LA MUERTE DE DIOS III

viernes, junio 09, 2006

Nietzsche es el artífice de la muerte de Dios. Hacia 1881 Nietzsche concibió la idea de que todo en el mundo es Voluntad de Poder o juego de fuerzas que se suprimen entre sí; así, la fuerza pulsionante de] pájaro que vuela sofoca la pulsión débil de la fuerza que expresa al tallo de la flor que emerge; o la fuerza del hombre superior pulsiona golpeando, humillando, vejando al hombre que pulsiona una fuerza débil. Para Nietzsche la Voluntad de Poder es una trama del mundo donde todo fluye y llega a ser para dejar de ser -juego heraclíteo de los vaivenes, pues panta rei todo fluye- y es pulsionar de fuerzas cuyo juego consiste en fortalecerse debilitando o debilitarse fortaleciendo, es un mundo limitado en su totalidad porque el conjunto de fuerzas sólo puede ser finito para repetirse (de otro modo se diluirían las fuerzas en un pulsionar que hacia el infinito se iría debilitando), y es un mundo caótico en el sentido de que todos los sentidos que le adjudicamos al mundo son antropomorfizaciones donde proyectamos al hombre en el mundo. Así, el fluir, el pulsionar, la finitud y el caos son atributos de un mundo que únicamente pude ser Voluntad de Poder ordenada al modo del retorno; todo ha de repetirse porque el cruce de los horizontes habla de un conjunto de fuerzas finitas que pulsionan hasta agotar todas sus combinaciones posibles más allá de las cuales sólo cabe pensar en su repetición; y no pueden no repetirse porque la propia debilidad pulsional de la fuerza que las consume tiene que estimular o excitar la pulsión fortalecida de su retorno, pues una fuerza débil incita a otra fuerte para que el juego infinito no cese jamás. Y -agrega Nietzsche- el pulsionar de fuerzas retornante convierte a la vida en una trama trágica donde lo que se hace está ya determinado a ser de nuevo y así ha sido ya antes eternamente: no hay libertad. Por eso, la historia del hombre recorre tres períodos fundamentales que deben repetirse sin reposo: el período premoral (Grecia y Roma), el período moral (mundo judeo-cristiano) y el período transmoral (hombre nuevo). El primero es un período caracterizado por la fuerza que pulsiona de modo dominante, con apego al cuerpo, la guerra, la sensualidad y el deseo irrefrenados; es un mundo donde el instinto prevalece por encima de la razón y el dionisíaco festín de las horas se vive con entusiasmo pues sólo hay tierra y dioses humanos, ¡ay! demasiados humanos. Pero con el advenimiento en la historia del cristianismo y su devoción monoteísta, la pulsión de la fuerza quedó debilitada; se produjo una era de hombres débiles e hipócritas que mintieron: exaltaron el más allá contra la Tierra, prometieron otra vida en lugar de ésta; señalaron al cuerpo como asiento de los pecados, cuya mácula vuelve a la sexualidad indeseable y a la vida un tormento por el que hay que pagar una deuda con el Dios todo-poderoso. Inventaron la moral como instrumento para que los más débiles -los ascetas, los reprimidos, los tímidos abocados a las tareas del espíritu- pudieran dominar a los débiles engendrando en ellos la culpa y con ello el deseo de perdón como pago de la deuda: se proclamaron representantes de Dios en la tierra para perdonar en su Nombre los pecados y así posibilitar la reconciliación con Dios, levantando al hombre de esta vida a otra vida eterna; prometieron la resurrección de la carne- negando la carne, pues el camino es la mortificación del deseo, y, plenos de falsía farisaica, se entronaron papas y cardenales poderosos dominando a las masas porque en el nombre del amor acumularon arrepentimientos y poder en sus manos. Este período moral cifró su sentido como negación del hombre y la vida al postular la idea de Dios y su Moral culpígenas. Para Nietzsche Dios ha muerto porque ya es tiempo de que la fuerza pulsionante de la vida retorne por medio de hombres nuevos, filósofos del peligroso quizás, que cuestionen los valores denunciando la hipocresía que ocultan; filósofos que promuevan la recuperación del cuerpo, la devoción por la tierra y la asunción del poder sin culpa; filósofos de nuevas tablas que puedan vérselas sin Dios, y que, profetas de los próximos años, ubiquen su vida más allá del bien y el mal, pues esos valores tienen que ser superados lo mismo que la lógica con la que el pensamiento ha puesto camisa de fuerza a todos los deseos.
(continuará ...)

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