LA MUERTE DE DIOS y VI

miércoles, junio 14, 2006

En esta caricatura, el hombre que descree de valores absolutos refiere todo a su pulsionar dominante enfundado en el rango de su vida afirmada a costa de los demás; y, solo, encontrará un estado de pacificación total que no se vale de marcos de ubicación que pudiera pregonar. En otras palabras, si descree de absolutos descreerá de relativos porque no podrá contarconlas perspectivas anuladas -las de otros- y, a lo sumo, escuchará otros planteamientos para superarlos. Y será un solitario pulsionante que desde luego renunciará a presentar su mensaje de vida o sus creencias como prototipos a seguir por los demás. Si intenta predicar, entonces vuelve a ser un moralista hipócrita. Y Nietzsche quiere librar al hombre de esa falsía que recomienda formas de vida para establecer dominios enmascarados. Si impone su perspectiva a los demás como definitiva usando la fuerza, entonces requiere de seguidores y ahí se descubre debilitado y dependiente; su resentimiento será cada vez mayor. ¿Tiene sentido esa moral? La estrategia de globalización de la vida alude a un hombre disuelto en la masa e interactuando por razones de utilidad; pero ése no es el hombre nuevo de Nietzsche, quien debería retirarse de los agrupamientos, y, si se globaliza desde el pulsionar de la voluntad de poder entonces se irá destruyendo. La paradoja es inevitable: si no hay valores, entonces el valor de desenmascarlos obliga a separarse de dos condiciones:

a) de la necesidad de agruparse dominando y,

b) de la necesidad de imponer a otros una perspectiva propia

En el primer caso nuestro hombre nuevo está solo; en el segundo depende de otros a quienes pueda manipular. Si se sugiriese que el nuevo hombre debe estar solo usando a los otros, a quienes abiertamente debe manipular sin culpas, el hombre de nuestros días se parece mucho a esa mueca. Cuando la mueca de soledad y manipulación satura el espíritu la conciencia se autoanula, se confunde y pierde los rastros de identidad que le devuelve el prójimo. Una soledad colectiva acumula dolor y resentimientos; una manipulación global de todos sobre todos agota la confianza en el hombre, generando un gremio de suspicacias defensivoofensivas sin descanso. Y ésa es la crisis de la razón de nuestro tiempo. Si Dios ha muerto todo está en crisis; y si todo está en crisis la moral es imposible.

Por eso la respuesta a las últimas dos preguntas se da casi por sí misma, es obvia. Conservar la vida en un medio amoral es jugarla constantemente en la constelación del juego de fuerzas: en la trama de las fuerzas uno debe asumirse una entre las demás, peleando, luchando, hecho un pulsionar dominan te-domi nado que no puede cesar pleno de reposo y, por lo mismo, la vida conservada a través de la trama de la guerra halla consuelos de paz efímeros donde ese peculiar estado de felicidad es cada día más contingente: no hay meta histórica, no hay progreso real en donde reparar la pena de sufrir a cambio de algo futuro, no hay sobre todo un mapa de desprendimiento que suavice el tráfago de vivir. Sí. Se puede conservar la vida muriendo cada día, llorando cada día un poco hasta volverse hombre de la ironía o vástago de la melancolía. Hoy se conserva la vida riéndose hasta de uno mismo o logrando que todo lo que uno mismo es se convierta en el hontanar del dolor. La muerte de Dios impide al hombre matizar su lucha y orientarla a contextos de ayuda desinteresada; y es que la deshumanización de los nexos se confunde con un ahora de conquista que perfila en cualquier otro un estorbo que debe ser apartado del camino.

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