LA OTRA SEÑORITA JULIA

viernes, abril 11, 2008

Julia no se parecía, afortunadamente, a la del ilustre dramaturgo de nombre
impronunciable, porque si a su corta edad el Destino la hubiese enlutado
con tan tremendos dramas, no hubiera resultado la deliciosa e
inocente compañera de viaje con quien me topé cuando el hastío de
la vuelta a la gris rutina se erigía, aquella mañana, como mi único compañero de
viaje.

Era frágil y menuda, con ese aspecto de musa de pintor
romántico que conmueve y te vuelve aterciopelada y te obliga a abandonar
esa dureza a plazo fijo que refleja tu rostro de mujer triunfadora. Sus ojos de color
indefinido, estaban velados por algunos mechones de cabello castaño que se
desmayaban sobre la casi transparente piel de sus mejillas.
Su palidez hacia presagiar que, pese a sus pocos años, había incubado ya
el mal de la heroínas del siglo XXVIII.

A primera vista, cuando alguien a pie de anden me confió la labor de cuidarla,
fui incapaz de sospechar la Master Class que aquel metro sesenta de fragilidad iba a darme. En ese momento sólo pensé en que mis nervios y mal humor de aquella mañana no eran los más idóneos para aguantar las impertinencias de una adolescente con la que nada tenia que ver y que me habían encomendado en honor a una amistad con su tía ,que yo no recordaba.

Como era natural el silencio se instaló entre nosotras nada más poner un pie en el vagón. Menos mal que la suerte parecía estar de mi parte.
Teníamos coches distintos, ella viajaría en clase Turista y yo en Preferente, así que lo máximo que tendría que hacer sería darme un paseo rápido para controlar, tal y como le había prometido a Vicenta, que todo estuviese en orden. Sería una mujer libre durante las seis horas que duraba el viaje. Podría acomodarme en mis dos plazas y no tener que hacer nada si no me daba la real gana. Eso hubiera sido lo lógico pero el estúpido revisor nos salió al paso nada más subir para pedirnos los billetes, así que no me quedó más remedio que obedecer su petición. Saqué mis dos billetes, sí dos, sé que puede sonar a ramalazo esquizofrénico pero es una costumbre que adquirí hace algunos años después de sufrir viajes interminables en los que un pelma te cuenta su vida, como si su vida fuera la única vida interesante de la Historia. Nunca imaginé que aquel gesto se prestaría a un equivoco, lo había ejecutado mil veces antes con personas igual de cerca que ahora lo estaba Julia y ningún revisor había atado cabos por su cuenta, sin preguntar, pero éste no hizo preguntas, directamente me adjudicó un papel que no me pertenecía.

Bien, acompáñenme por favor, su vagón es el primero de la derecha.- aluciné, aunque esa palabra y esa sensación no fueran la más adecuadas para alojarse en la boca de una ejecutiva de mi proyección, pero no pude sacarle de su error. Julia se había apresurado a cogerse de mi mano y me vi incapaz de deshacer aquel equivoco.

No sentamos, juntas pero sin decir palabra. El único sonido que lo monopolizaba todo era el de aquel tren abandonando la estación. Una vez que el tren se puso en marcha me levanté para quitarme el abrigo. Si aquel inoportuno revisor no hubiese modificado mis planes podría haberlo dejado en el asiento libre, pero claro, todos conocemos ese refrán que dice : “Hoy es un día estupendo verás como viene un descerebrado y te lo arruina”, pues bien yo ya había disfrutado de mi ración de descerebrado diaria. Me quité el abrigo y levante los brazos para dejarlo sobre la bandeja portaequipajes. No sé porque miré a Julia, pero la miré y le pregunté si quería que le subiera algo.

Sí, por favor, podría subirme la mochila.— mientras decía aquellas palabras me pregunté si habría alguien capaz de negarle algo a aquella criatura.


Se tomo su tiempo y antes de dármela cogió algo brillante de su interior, no pude verlo con claridad. Puse la mochila y el abrigo. Después de aquella frase de cortesía parecía que el silencio volvería a imponerse, pero no fue así, le robó su hegemonía el crujido el papel de plata que envolvía un pequeño bocadillo. Comenzó a comérselo arrancando pequeños pedazos, despacio, imitando con el movimiento de sus mandíbulas el cadencioso ritmo con que el tren se alejaba de los paisajes de mi casi olvidada infancia. Su actitud, callada y respetuosa me hizo pensar que tal vez todo podría discurrir como lo había planeado antes de que mi vieja amiga me pidiera aquel favor. Parapetada por mis inseparable gafas de sol, cerré los
ojos con intención de dormir durante el resto del camino. Mis
párpados se unieron con fuerza, exhaustos por los excesos nocturnos,
vencidos, como yo lo estaba. Los ojos agradecieron mi gesto acelerando la llegada de un reparador duerme vela.
De pronto sentí la leve presión de una mano sobre la mía y la voz de Julia.

-Disculpe señora, el tren se ha detenido.

Me quité las gafas y toda la violencia del sol se acurrucó en mis
retinas. Nadie había anunciado nada, o igual sí y yo no me había enterado, así que no tenía ni idea de lo que podía haber ocurrido.
Enseguida una voz impersonal anunció como si todos los viajeros acabáramos de despertar de un larguísimo sueño, que el tren se había detenido, pero no ofreció información alguna sobre la naturaleza de aquel inesperado parón.

Saqué el teléfono para avisar a Pablo del retraso, si la parada se
dilataba mucho no llegaría a tiempo de asistir a su estúpida cena.
¡Ojalá el tren no volviera a ponerse en marcha!
Marqué el número pero no contestó, le deje un mensaje en el contestador automático.
Trate de hablar en voz muy baja, pero no puede evitar que Julia escuchara lo que le decía a mi triunfador marido.

—Hola Pablo, soy yo, voy de camino a casa pero el tren se ha detenido de manera inesperada en medio de ninguna parte. No sabemos a que se debe ni cuanto se dilatará la parada, si no llegó a tiempo vete sin mí.—Quise acabar mi mensaje enviándole un beso pero no lo hice. Aquella omisión me hizo sentir mal.

-No se preocupe, seguro que no es nada, enseguida estará usted en casa.

Lo que me faltaba por oír. Aquello comenzaba a convertirse en un disparate porque sino que hacia una mocosa como Julia tratando de tranquilizarme a mí,
a una alimaña de los negocios curtida en mil batallas.

-No lo estoy, bonita, es que tengo una cena importante para mi
marido y si seguimos aquí no llegaré. Por cierto, no tendrías que
avisar a tu familia del posible retraso

- No, estoy acostumbrada a viajar sola.

Después de pronunciar aquella frase, aparentemente inofensiva, se abrió la caja de las sorpresas.
El tren seguía sin arrancar y Julia comenzó a relatarme un montón de episodios de sus viajes por el mundo, supongo que con el ánimo de mitigar la espera.
Su último viaje se había desarrollado por Italia. Comenzó a relatar
con la osadía y la impudicia que sólo se tiene a los quince años, su
primer escarceo amoroso al abrigo de la complicidad de la Isla
Tiberina, el deseo pedido en La Fontana de Trevi.
Lo contaba todo de manera minuciosa, con entusiasmo pero sin vehemencia, de manera ordenada, como si fuese una eficaz guía turística que se afana porque la persona que tiene a su cargo no vuelva a casa defraudada. Roma es la ciudad que pone fin a su viaje de fin de curso. La ciudad les recibe con una inhóspita mañana.
Una llovizna incómoda les sale al paso y desluce su paseo final.
Desoyendo las advertencias de los profesores abandonan la ruta turística. Su joven enamorado recela de abandonar el sendero marcado, pero Julia le convence con un beso
largo y cálido. Comienza la huida y a ella no le gusta lo que ve.
Miseria y dolor en el rostro de un anciano desdentado. Julia quiere
ser pintora y la escena le recuerda un lienzo del gran Caravaggio,
penumbra y dolor. Saca del bolso un pequeño monedero, botín de otro
viaje, y deposita todo el dinero que le queda sobre la mojada mano
del mendigo. Está entusiasmada mucha belleza
para sus audaces ojos y mucha conciencia social para los tiempos
que corren, pienso yo absorta mientras sigo escuchándola.
Daniel le da un codazo cómplice para advertirle de que
aquello es una locura, pero no dará marcha atrás. Se alejan de allí
y cuando presiente que el anciano ya no puede verles, se sienta
sobre la húmeda calzada romana y saca de su bandolera el
carboncillo y su cuaderno de bocetos. Comienza a dibujar. La gente
se agolpa junto a ella. Cada pliegue de vida del modelo lo retratan con precisión
sus manos. Cuando cree haber sido capaz de captar toda la esencia de
aquel hombre le ofrece su trabajo a los transeúntes. Un trajeado
ejecutivo deposita un generoso billete sobre su empapada mano, Julia
no quiere aceptarlo, detesta los mercantilismos a los que esta
sometido el arte, pero tiene que volver a casa.






Estoy tan subyugada por lo que cuenta, por como lo cuenta y por el regalo que está suponiendo su presencia, que hasta he olvidado la avería
del tren y de mi cena con los insoportables amigos de Pablo.
Me siento perdida en la profundidad de sus ojos de niña-mujer.
La veo mover los labios pero he dejado de escuchar lo que dices,
su voz parece haberse apagado.

No entiendo nada. Llega de nuevo el silencio y con él alguien ajeno a nuestra escena,
que repite mi nombre con insistencia.
No puedo moverme y siento un enorme calor que me
aprisiona todo el cuerpo. Abro los ojos, tratando de contestar a la
llamada, y veo la intensa claridad de un cielo más azul que nunca
hiriéndome a su paso. Un rostro anónimo me mira fijamente. Consigo
que un hilo de voz se derrame por mi garganta seca y pregunto dónde estoy.
La desconocida voz que me hizo abrir los ojos, me da la noticia,
mi coche se salió de la calzada y he sufrido un gravísimo accidente.
Llevo más de una hora inconsciente...¿Coche?, pero si yo viajaba en tren.

Enseguida pregunto por la niña y me dicen que viajaba sola. No puede ser, me intranquilizo e intento incorporarme pero una nueva voz me dice:
"Tranquila Julia, soy médico, vamos a llevarla al
hospital, tiene muchas roturas"
Ahora le encuentro sentido a todo.

Mi vida pasada, la que me hacia feliz, la que olvidé para
acomodarme en mi privilegiada existencia me ha dado un toque de
atención. Hay muchos cambios por hacer pero sonrío, tengo una nueva
misión por delante, volver a ser la señorita Julia.

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