Color de Rosa por Mayte Sánchez Sempere

viernes, abril 27, 2012


Mayte Sánchez Sempere, Madrid 1969.

Autoría de la foto Ilkhi Carranza.
Si me hubieran dado a elegir, mi primera palabra habría sido “lápiz”; la segunda, seguramente, “goma”. Empecé mi dibujo antes de los dos años y espero no darlo por terminado nunca; antes que dejar los trazos, se me acabará el papel. Aprendí a contar historias leyendo cómics y guiones de cine (leer párrafos de más de tres líneas me costó casi ocho años).

He publicado tres libros de poesía “Carnaval” (2007), “El año al que le faltó un mes” (2008) y "Últimas puntadas al sudario de Laertes" (2009), todos con la editorial “Poesía eres tú”. Además, he aparecido en las antologías "Desde mi ventana: soledad y vértigo" (Ed.Ábaco, 2006) , "Versos para derribar muros" (Los libros de Umsaloua, 2009) y "Poetrastos (por favor, tratar con cariño)" (LVR[ediciones 2011).

Mis relatos han aparecido en el número 4 de la revista Al Otro Lado Del Espejo y en la antología "Al Otro Lado Del Espejo - Narrando Contra Corriente" (Ed. Escalera, 2011).

En el terreno infantil, he escrito e ilustrado los títulos para niños "Polito y el planeta cero", "Polito y la luna azul", "Polito y el planeta rombo" y "Polito y la estrella cochina", publicados en 2011 por Edicions do Cumio en castellano, gallego y catalán.

Ahora ya tengo lápiz, goma, rotuladores, acuarelas y cientos de proyectos en mente que espero vayan viendo la luz poco a poco.

Si queréis contactar conmigo podéis hacerlo en MayteSanSem(arroba)gmail.com



Color de Rosa



Ahora estoy segura de que pequé de ingenua y aunque nunca sabré qué habría sido de mi vida si no hubiera empezado a trabajar en la oficina, sé que fue precisamente aquello lo que dio a mi existencia un giro brutal, no como suele decirse, de 360 grados, que en definitiva te deja en el mismo lugar, sino un giro de arriba abajo y de dentro afuera, algo así como darle la vuelta a un calcetín. En principio no debería haber sido así, pero lo cierto es que desde el primer día de oficina nada volvió a ser como antes.
Hacía solo tres meses que me había casado después de 15 años de noviazgo, uno de esos noviazgos de antes, de los que empezaban en el instituto y a los padres les encantaban. La hipoteca, el coche, los muebles, esas cosas cotidianas y teóricamente necesarias que a todos nos preocupan contribuyeron a que Carlos y yo decidiésemos que volviera a trabajar. Yo había hecho mis pinitos ayudado a mis padres en el negocio familiar, pero nunca me había enfrentado al mundo laboral de verdad. No me costó demasiado encontrar empleo, mi suegro era amigo íntimo de Alonso Mendieta, el jefe de personal de la Curtis & Newton’s en España, así que entré a trabajar como administrativa en su departamento de marketing. El trabajo era sencillo, el horario bastante bueno y el sueldo y los beneficios sociales, tentadores. Lo que no era tan bueno era el ambiente de trabajo.
Al principio pensé que a mis compañeras les había llegado alguna información sobre la amistad de mi suegro con Mendieta y me consideraban una enchufada:  no me dirigían la palabra ni para darme los buenos días. Estuve cerca de dos semanas comiendo sola y sin bajar a desayunar. Me dedicaba únicamente a trabajar y a escuchar sus conversaciones, intentando conocerlas pero sin atreverme a intervenir.
Me resultó muy duro, llegaba a casa por la tarde y sólo me apetecía llorar, no estaba en absoluto acostumbrada a que me rechazasen. Carlos intentaba animarme, pero yo rechazaba sus mimos, me encerraba en mi misma e incluso me mostraba irritable. Él, por su parte, estaba muy enfrascado en su trabajo, paraba poco en casa y al cabo de unos días optó por hablarme lo imprescindible, nada más.
Después de tres semanas ya no podía más y llegué a casa decidida a dejar de trabajar. Pero cuando, a las 10 de la noche llegó Carlos, mis planes cambiaron.
-          Me han despedido -. Dijo, mientras arrojaba contra el sofá un montón de papeles que traía en la mano. Eran los bocetos de las últimas campañas en que había estado trabajando.
Me tragué las lágrimas, asumí como pude mi papel de amante esposa e intenté apoyarle. Estaba hecho una fiera, así que ni se me ocurrió hablarle de mis problemas. Lo peor fue cuando me di cuenta de que toda nuestra economía dependía de mi trabajo.
A la mañana siguiente pensé que no sería capaz de entrar en la oficina. Incluso se me pasó por la cabeza entrar en un bar y animarme a base de coñac, como hacía mi padre. Pero, contra todo lo previsto, las cosas cambiaron.
Aquel día volvió de vacaciones Mari Carmen. A media mañana, cuando salían a desayunar, se acercó a mi y se presentó:
-          Hola, soy Mari Carmen. Llevas poco aquí ¿verdad?

-          Tres semanas... me llamo Rosa -. Me pilló tan de sorpresa que no sabía qué decir.

-          ¿Te vienes a desayunar?
En aquel momento veía a Mari Carmen como a mi salvadora. Me daba la impresión de que debía ser una persona importante cuya opinión respetaban las demás., algo así como la lider del grupo Llegué a imaginar que las otras chicas no me habían aceptado en su grupo a la espera de que ella diera el visto bueno. Me sentía como un niño al que su madre rescata del patio del colegio.
Mari Carmen no paró de hablar durante el desayuno. Había estado de vacaciones en la India y nos enseñó fotos, folletos y algunos recuerdos. Yo, que lo más lejos que había ido era a Italia en el viaje de novios, estaba impresionada con todas aquellas maravillas y me sentía un poco paleta al lado de las demás, que parecían acostumbradas a ese tipo de viajes.
Pasé el resto del día como en una nube, convencida de que por fin empezaba a encontrar mi sitio en aquella oficina. Parecía que todo empezaba a rodar y para rematar la jornada, cuando estábamos a punto de salir, Mari Carmen vino a nuestro despacho:
-          Chicas, el sábado en mi casa.

-          ¡Claro! – contestó Irene, una de mis compañeras - ¡Es tu cumpleaños!

-          ¡Qué memoria! Venga, os espero a todas.
Y acercándose a mi mesa me dio una tarjeta de visita.
-          Las demás ya saben venir. Si tienes problemas para encontrar la casa, me llamas.
Me besó en la mejilla y se fue.
Cuando llegué a casa era otra persona diferente a la que se fue por la mañana. La angustia había desaparecido, me sentía capaz de todo y hastá dejó de preocuparme el despido de Carlos.
Sin embargo él estaba hundido. No se había quitado el pijama, no se había peinado ni afeitado. Lo encontré tirado en el sofá encima de los papeles que trajo la noche anterior. Llevaba todo el día viendo la televisión, sin moverse ni para comer. Eso sí, se había fumado por menos dos paquetes de tabaco y había hecho tres quemaduras en la alfombra.
Me impresionó verlo así, a él, que siempre había llevado las riendas de nuestras vidas, que siempre sabía qué hacer y cómo hacerlo. Por suerte, la nueva situación en la oficina me permitió ver las cosas de una forma nueva. Si Carlos no podía, podría yo por él, ya era hora de que Rosa, la eterna niña mimada, tomase el mando.
Estuve dudando si ir al cumpleaños de Mari Carmen hasta el propio sábado por la tarde. Carlos me animaba: a él siempre le gustó alternar con sus compañeros de trabajo, así que finalmente me decidí a ir.
Como no sabía qué regalo llevar, fui a lo seguro: de camino a su casa pasé por un VIP’S y le compré el último éxito editorial.
La casa me pareció preciosa, grande, luminosa, decorada con gusto. Estaba llena de objetos exóticos, seguramente procedentes de sus viajes. Había preciosos muebles de teca y sobre los sofás blancos de piel, brillantes cojines de seda bordada. Entre las plantas de interior magnificamente cuidadas destacaba una colección de jaulas indias, las alfombras persas cubrían el suelo casi por completo y sobre los aparadores se alineaban figuritas de marfil, máscaras africanas, budas y un sinfin de objetos menudos de todos los colores.
Yo me había arreglado lo mejor posible y gracias a eso no perdí la seguridad en mi misma al ver al resto de mis compañeras. Aquello parecía una fiesta de la alta sociedad: vestidos largos, moños altos, bolsitos mínimos y alguna que otra joya espectacular. Por suerte mi conjunto de pantalón de seda azul marino y mi gargantilla de perlas no desentonaban demasiado; mi regalo, sí: no vi un solo libro en toda la casa.
Mari Carmen me recibió con una sonrisa encantadora, como si nos conociésemos de toda la vida. Me presentó a su marido Omar, tan exótico como la decoración. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida: alto, musculoso, moreno, ojos verdes. Mari Carmen me explicó que era de origen egipcio:
-          Como Omar Shariff, pero más guapo – rió mi anfitriona, dándome un codazo. Tenía razón.
La fiesta resultó más bulliciosa de lo que supuse en un principio: la bebida no era de muy buena calidad, la música era estridente y estaba muy alta y mis compañeras criticaban a voces a personas de las que yo ni siquiera había oído hablar. Agobiada por el ambiente, salí a la terraza. Omar estaba allí sentado fumando tranquilamente. Me ofreció asiento y tabaco y acepté; acepté eso y más. Podría decir en mi descargo que había bebido más de lo conveniente, pero lo cierto es que me dejé llevar. Cuando Mari Carmen nos descubrió, estábamos besándonos prácticamente desnudos sobre la hamaca.
Jamás en mi vida me había sentido tan humillada. Sin darnos tiempo a vestirnos, Mari Carmen nos empujó chillando dentro del salón. Yo intentaba adecentarme como podía mientras mis compañeras reían a carcajadas y de paso echaban miradas cargadas de intención a Omar.
La esposa despechada me arrastró hasta la puerta gritando:
-          ¡Eres una puta desgraciada! ¡Te traigo a mi casa y así me lo pagas, cabrona! ¡Toma tu mierda de libro y métetelo por el culo!
De un portazo me dejó en la escalera con los pantalones desabrochados, el top enroscado alrededor del cuello, el sujetador en la mano y sin zapatos. Muerta de vergüenza, me vestí tan rápido como me lo permitió un temblor de piernas incontrolado. Dudaba si llamar a la puerta y pedir mis zapatos cuando salió Omar, sonriente, llevándolos en la mano.
. Menudo numerito -. Me dijo, mientras cerraba la puerta. Dentro, Mari Carmen continuaba gritando, ahora insultos hacia su marido.
Omar me apartó con delicadeza el pelo de la cara, me besó en los labios dulcemente y me dijo:
-          ¿Terminamos en otro sitio?
Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Todo lo que había sucedido me había despejado por completo, había recuperado la conciencia: yo estaba casada y él también. Sin embargo nunca había sentido aquella urgencia, aquel deseo casi doloroso. Conscientemente, me olvidé de Carlos y de Mari Carmen, acepté la mano que me tendía y me fui con él.
Amanecimos en un hotel céntrico, felices y relajados después de una noche sumamente satisfactoria... de hecho, la más satisfactoria que podía recordar. Llamé a Carlos y le dije que lo sentía, que la fiesta se había alargado, que no se preocupase, que íbamos a tomar un chocolate con churros, que ya llegaría, que ya le contaría… Sentada desnuda en la cama de un hotel con un hombre distinto de Carlos por primera vez en mi vida, me di cuenta de que algo había cambiado para siempre. Pensé que jamás podría volver a mirar a mi marido a la cara, pero pude.
Para ser la primera vez que mentía a Carlos lo hice con mucha soltura. Estoy convencida de que no se dio cuenta de nada. Él seguía hundido en su depresión, durante todo el domingo no me dirigió la palabra más que lo estrictamente necesario: tráeme una cerveza, sube la tele, no tengo hambre, no hagas tanto ruido.
Yo, por mi parte, pasé el día pensando en cómo iba a enfrentarme a mis compañeras al día siguiente y esperando una llamada de Omar.
La mentira me pesaba dentro como algo físico, pero el placer de recordar a Omar compensaba la culpa que sentía al mirar a Carlos. Su apatía y abandono me justificaban en cierta manera. Y la emoción de la aventura me llamaba a seguir adelante.
El lunes llegué a la oficina encogida y nerviosa. Salí del ascensor colorada como un tomate, incapaz de mirar a nadie a los ojos. Sentía los ojos de mis compañeras clavados en todas partes, escuchaba sus risitas y no era capaz de contestar a sus saludos más que con un hilo de voz.
Pasé la mañana enfrascada en mi trabajo, tratando de no pensar en nada, intentando no escuchar sus conversaciones en voz baja: estaba segura de que hablaban de mi. Por supuesto, no bajé a desayunar ni me moví de mi sitio; trataba de evitar el inevitable encuentro con Mari Carmen.
Cuando ya me iba, a punto de pulsar el botón del bajo en el ascensor, Mari Carmen se coló dentro. Pude ver la cara de asombro de una de mis compañeras que también iba a salir pero que dio un paso atrás, dejándome sola con ella en aquel mínimo espacio. Quería morirme.
-          Gracias -. Me dijo en voz baja cuando se cerraron las puertas, y me alargó un papel doblado por la mitad.
Salió del ascensor con prisa y cara de pocos amigos, cruzó el vestíbulo a toda velocidad y salió a la calle antes de que me diera tiempo a reaccionar. Abrí el papel y leí: “en media hora en la cafetería del número 17”. ¿Qué? No parecía que estuviera furiosa, pero aún así no tenía ninguna gana de hablar con ella... aunque en cierto modo se lo debía. Tenía que acudir a la cita, qué horror. Al menos, era en un lugar público, no en un callejón, así que seguramente no tenía intención de matarme.
Mari Carmen me esperaba sentada en una mesa al fondo del local, tiesa, seria, elegante, con su taza de té y su aire de superioridad. Casi no me atrevía a mirarla. Me senté frente a ella y articulé un tímido “lo siento”.
-          No te preocupes. No es culpa tuya -. Contestó con un tono que me pareció casi cordial.

-          Mira, no sé lo que ocurrió, yo nunca…

-          No has sido tú -, me interrumpió - ha sido una trampa.

-          ¿Una trampa? – no podía entender de qué me estaba hablando. ¿Su marido me había tendido una trampa?

-          Sí, una trampa, un montaje. Siento que te haya tocado a ti pero no tenía otra opción, las demás no son de fiar.
Me quedé mirándola con la boca abierta, incapaz de comprender nada.
-          Omar no es mi marido, es un actor al que contraté para interpretar ese papel. En esta oficina, ya lo habrás notado, son todas unas envidiosas, malas personas  e hijas de puta que sólo se fijan en las apariencias. La casa tampoco es mía, la alquilo todos los años para la fiesta. Realmente no tengo nada, no viajo, paso las vacaciones con mi madre en el pueblo y luego busco por internet fotos, cojo mapas y folletos en las agencias… en fin, que es todo mentira.

-          Pero… no entiendo… ¿por qué yo? ¿para qué?

-          Necesitaba deshacerme de Omar, de la casa, de todo. No soporto esta vida de teatro, pero tampoco puedo confesar. Necesitaba una buena razón y decidí que tú eras perfecta. Nadie sabe nada de ti, no tienes nada que perder…

-          ¿Nada que perder? ¡He mentido a mi marido, le he sido infiel!

-          Bueno, eso tampoco es tan grave ¿no? No tiene por qué enterarse.

-          ¡No tienes vergüenza! – estaba indignada, me habían tendido una trampa y yo había caído como una estúpida.

-          Mira, lo mejor es que lo olvides. Omar ya ha cobrado por todo y me ha asegurado que no volverá a aparecer por aquí durante un tiempo. Yo voy a pedir un traslado a Burgos, que está más cerca del pueblo. Y tú, serás la heroína que ha acabado con la perfecta Mari Carmen. Sólo te pido que no digas nada de todo esto.
Salí de la cafetería como si me hubiera tomado tres whiskys en lugar de un café. Todo me daba vueltas. Omar no iba a llamarme, todas sus palabras y caricias estaban pagadas, había puesto en peligro mi matrimonio por culpa de un grupo de locas incapaces de relacionarse de una manera normal...
De pronto, sonó el móvil. Me temblaban las piernas y no acertaba a sacarlo del bolso pensando que quizá fuera él. Pero no…
-          ¿Rosa? Soy Javier, el socio de Carlos. Dile de mi parte, si le ves, que es un cabrón –. La voz sonaba alterada y al borde de las lágrimas.

-          Pero ¿qué pasa?

-          ¿Que qué pasa? Pregúntaselo a él, si le ves –. y cortó.
La media hora que tardé en llegar a casa fue la más larga de mi vida. Cuando abrí la puerta encontré el salón completamente desordenado. Faltaban libros en la estantería, el portátil no estaba en su sitio y el televisor tampoco. Corrí al dormitorio a comprobar si estaba el joyero. Estaba todo revuelto, la cama deshecha, los armarios abiertos, los cajones de Carlos vacíos y el joyero, en su sitio. Recorrí la casa llamando a mi marido pero lo único que quedaba de él eran los huecos que habían dejado sus cosas.
Sobre la mesa del comedor encontré una carta. “Lo siento” decía “debería decirte esto a la cara pero no puedo. La razón de que me despidiesen fue que tengo una relación desde hace tres años con Patricia, la mujer de Javier, y él se ha enterado. En unas semanas te llegarán los papeles del divorcio. Tú ya no me necesitas, tienes tu trabajo y puedes arreglarte sin mi. Espero que puedas perdonarme”.




3 Comentarios:

Anónimo dijo...

Además tuvo el talento y la personalidad suficiente para descubrir y respaldar a Juan Cruz Bordoy, publicado por Javier Pérez Ayala en Poesía Eres Tú.
Lo mejor para ti, Mayte.
Miguel.

Janial dijo...

Mentira y cobardía, siempre van de la mano, pero los falsos,generalmente no se dan cuenta, así que Carmen pensará siempre que se ha quitado un peso de encima, Carlos engendrará hijos con Patricia y Rosa pensará que ha sido una imbécil, sí, pero que le quiten lo 'bailao' con Omar.
Me parece -es sólo una opinión- que al final del cuento coges un poco de carrerilla, como queriendo quitarte la historieta de encima cuanto antes.

Mayte Sánchez Sempere dijo...

Gracias, Miguel. Juan Cruz se lo merece.

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Janial, muchas gracias por tu apunte. Repasaré ese final a ver si lo mejoro ;)

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Y ya que estoy agradeciendo, gracias a La Náusea por hacer un hueco a mis letras entre sus páginas.