BILLIE HOLIDAY por Francisco Javier Irazoki

viernes, julio 13, 2012

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.










                                 BILLIE HOLIDAY

 
          Abandona el nombre real, Eleanora, en la niñez, cuando también deja atrás la vivienda de su madre y se emplea de criada. Su biografía acumula velozmente las miserias: malos tratos, violaciones, penuria económica. La adolescente se prostituye y es encarcelada.
          Los hombres blancos se alejan del Harlem neoyorquino tras la crisis financiera de 1929, y el antiguo barrio residencial se convierte en el gueto de los negros. Los místicos conviven con los mafiosos, y las bailarinas más sensuales se cruzan con los predicadores en un paisaje de iglesias rodeadas por burdeles. Los escritores ponen su sello: la Meca de la bohemia negra. Allí se abren los clubes que concentran la música experimental y el jazz, y allí empieza a actuar Billie Holiday (Baltimore, 1915 – California, 1959). La chica se refugia en el sitio que le sirve para cantar sus humillaciones de recién liberada de la cárcel.
         Billie lleva tiempo sobre los escenarios a cambio de propinas irrisorias. Tiene dieciocho años cuando la descubre el productor John Hammond, miembro de una familia adinerada y quizá el hombre que se acerca a ella con las intenciones mejores. Se dice que, medio siglo más tarde, Hammond muere escuchando un disco de la que fue su protegida. Gracias a él, la muchacha logra trabajo en orquestas prestigiosas, graba varios temas, colabora con los pianistas Teddy Wilson y Count Basie y, sobre todo, con el saxofonista Lester Young, alma gemela. Debajo de la voz de Billie Holyday, y a veces filtrado entre las palabras, el saxo de Lester Young expresa la misma herida.
         En 1936, Billie publica su primer álbum en solitario. Recorre ciudades y crece su fama, pero en la década de los cuarenta ya son evidentes los estragos que le producen las drogas. Nunca se recuperó de la infancia infeliz, ni de los amores fallidos, y el alcohol y la heroína cavan el resto del abismo.
         Llega el dinero con el éxito de God bless the child, Lover man y Strange fruit, y se evapora en los camerinos controlados por las falsas amistades. Billie continúa con las giras, se deja llevar, aparece en la película New Orleans, y sus estancias en los sanatorios ponen la sordina a los aplausos. El sobrenombre, Lady Day, no disimula el desgarro.
         Apenas se detiene en los últimos años de su vida. Vuelve al lado de Count Basie; trabaja con el saxofonista Stan Getz y el pianista Mal Waldron; escribe un libro, Lady sings the blues. Y se presta a muchas, acaso demasiadas, grabaciones. Ahora las encontramos en puestos de baratillo y, a pesar de la valía discutible de algunos álbumes, el enigma de su voz sigue joven.  
         El escritor y crítico musical Noël Ballen destaca el hecho de que Billie Holiday no use el scat, esas onomatopeyas con que la mayoría de los vocalistas de jazz sustituyen las palabras de una canción. Ella quiere decir su dolor con la máxima claridad posible.         
         Cuando escucho sus discos, me viene a la memoria un encuentro, en Pamplona, con escritores vascos. Uno de ellos, Juan Garzia Garmendia, explicaba que había superado una depresión nerviosa, y que la música de Lady Day fue la única compañía. “No se puede estar en un agujero más profundo”, se dijo al sentir la angustia transmitida por aquellas canciones. Y entonces Juan acertó con la salida del laberinto: plasmar en sus páginas algo que tuviese la rotura de Billie Holiday.     
          

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)

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