CICLO DE CINE ARREBATADO: BLUE, por Samuel Sebastian.

viernes, marzo 22, 2013

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).


PRESENTACIÓN
Cine arrebatado es un homenaje a las películas excesivas, movidas por la pasión de explicar una historia, una vivencia, un mundo al límite y sin hacer ninguna concesión al público, a la comercialidad o a cualquier otro de los factores que gobiernan el cine convencional. A veces, este tipo de experiencias las han narrado cineastas al borde de la muerte, del abismo, cegados por su adicción a las drogas o al alcohol, devastados por enfermedades mortales o apartados de la sociedad por su forma de pensar o por sus películas, pero en todo caso, siempre han demostrado una pasión por el cine que ha ido más allá de cualquier sentimiento racional.
01 Blue

BLUE
Cuando Kassimir Malevitch pintó Composición suprematista: Blanco sobre blanco (1918) muchos críticos afirmaron que había llegado el final de la pintura. Posiblemente, esos críticos eran descendientes de los otros que dijeron que con la disolución de las imágenes impresionistas ya no tenía sentido continuar la evolución del arte pictórico y, a su vez estos mismos, debieron ser los hijos de aquellos otros que dijeron que con las pinturas de Goya y con los románticos, que buscaban un alejamiento consciente de la mímesis realista, también había llegado el fin de la pintura. La cuestión es que tanto Malevitch como  Monet y  Goya, se asomaron al abismo. Atravesaron el límite que les permitía las condiciones sociales y miraron hacia donde nadie se había atrevido a mirar antes.
Setenta y cinco años después, Derek Jarman, enfermo terminal de SIDA, decidió pensar en voz alta sobre su enfermedad cuando los enfermos que la padecían eran considerados como unos apestados. No se enfrentó a ninguna imagen, como lo hubiera hecho cualquier cineasta convencional, su mirada se dirigía a un azul absoluto, sin matices, que solamente podía ser franqueado a través de su voz. A través del azul que inunda la pantalla de Jarman, vemos como pasa el tiempo lentamente por medio de sus melancólicas palabras y del escenario sonoro que el creador ha construido. La visión de Blue transmite un malestar respecto de la vida y nuestros semejantes ya que refleja la terrible incapacidad del ser humano de poner en palabras o en imágenes los sentimientos más íntimos, los que nos angustian y nos hacen sentirnos ínfimos y mortales, los que hacen que, después de todo, encontremos más sentido a dejar de vivir que a mantenernos vivos. Porque Blue no es la película de una persona que va a morir, sino de un suicida, de alguien que ya no quería rodar más en su vida a pesar de que su interior le gritaba que continuara (de hecho, su última película, Glitterbug, consistía solamente en imágenes de archivo rodadas en super 8).
Hay una tensión durante toda la película entre la persona que quiere marcharse y la que se queda. Entre la que dice: Muchachos Perdidos/ Dormir para siempre/ En un abrazo querido/ Sal tocando los labios/ En los jardines submarinos/ Dedos fríos de mármol/ Tocan una sonrisa antigua/ Una concha suena/ Susurro. Y la que, por el contrario ama aún las cosas sencillas de la vida, las que pronto dejará de poder apreciar. Jarman evita así enfrentarse a sí mismo (como antes sí lo había hecho Hervé Guibert en otra película arrebatada, El pudor o el impudor) y, por el contrario, deja que sus palabras fluyan para que el espectador sea más consciente de la fugacidad de todo lo que nos envuelve: La película se abre pidiéndole a un joven que abra los ojos y termina poniendo un delfinio sobre una tumba, en poco menos del tiempo que tarda en apagarse una vida.