GIACOMO CARISSIMI por Francisco Javier Irazoki

viernes, mayo 10, 2013

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes; en 2009 La nota rota, semblanzas de cincuenta músicos; y, en 2013, Retrato de un hilo, libro de poemas en verso. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.






GIACOMO CARISSIMI


Giacomo_Carissimi
                                                    
 
          Ottavio Pitoni nos cuenta que Giacomo Carissimi (Marino, 1605 – Roma, 1674) “era alto, esbelto y proclive a la melancolía”.
           De su padre, Amico, sabemos que es originario de Umbría y que fabrica toneles. Giacomo, sexto hijo, crece en un paisaje de colinas y viñedos. Y, quizá por reacción contra ese panorama de vides, escoge la música en una familia sin antecedentes artísticos. El gesto de independencia lo celebra con un vaso de agua, porque nunca bebe vinos ni licores.             
           Sus biógrafos parecen menos abstemios, y no consiguen ponerse de acuerdo sobre la fecha en que el músico empieza a cantar en la catedral de Tívoli. Los achispados corean que, a los dieciocho años, ya es organista. Sirve después a Getulio Nardini, vicario de Asís, y pronto ocupa el cargo de maestro de capilla de la catedral de San Rufino en Venecia.
           Los estudiosos barajan con abulia nuevas cifras. Hacia 1630, Carissimi acepta trabajar en el Colegio Germánico de Roma, institución jesuítica, y en la cercana iglesia de San Apolinario. Allí canta, compone y enseña música durante el resto de su vida. La primera de las actividades es rara en la orden de san Ignacio de Loyola, que casi un siglo antes desdeña los cánticos, y nadie explica este cambio. Sí existe un documento que detalla las vestiduras lujosas de Giacomo, así como los sueldos que cobra, y entre sus alumnos figuran el francés Marc-Antoine Charpentier, el alemán Johann Caspar von Kerll y posiblemente el italiano Alessandro Scarlatti. Se ordena sacerdote a la edad de treinta y dos años. Algunos investigadores aseguran que en 1643 sucede a Claudio Monteverdi en la función de maestro de capilla de la catedral de San Marcos de Venecia, pero enseguida salen colegas levantiscos que niegan el dato. 
           En cuanto intentan definir la personalidad de Carissimi, los biógrafos vuelven a la gresca. La mayoría habla del temperamento apacible del compositor, con elogios a su frugalidad monástica. Al final dejan caer que muere enfermo de gota.
           ¿Por qué las composiciones de Giacomo Carissimi magnetizan a Marc-Antoine Charpentier y también a los hombres del siglo XXI? Acaso porque no pierden elegancia en la frontera que trazamos entre el Renacimiento y el Barroco. Aunque el italiano inventa la forma definitiva del oratorio y redacta el tratado Ars cantandi, a veces le reprochan la escasa osadía del estilo. Escritas en una época convulsa, a mí me gusta la serenidad que transmiten todas sus piezas. Son las páginas de un revolucionario conciliador.
           Pero el nombre de Carissimi va unido a la desventura. Él lega sus creaciones al colegio donde ha pasado más de cuatro décadas, y el papa Clemente X amenaza con excomulgar a quien venda o traslade la obra del compositor. La pérdida para la cultura ocurre en 1773, cuando la Compañía de Jesús queda prohibida y sus enemigos roban y malvenden los archivos de San Apolinario. Pietro Alfieri refiere que un canónigo compra en una tienda de comestibles varias partituras de Carissimi que se usaban “para envolver mantequilla y boquerones”. No hay noticias sobre los demás originales.
          Como el mendigo que recuenta sus céntimos, hacemos la lista de oratorios de Giacomo Carissimi: Jonas, Judicium extremun, Jephte, Balthazar... Y aún se ignora si los motetes y misas que se le atribuyen son monedas falsas.
            Levantamos los pecios de una nave que naufragó, y cada astilla tiene un valor repentino. Aquí son fragmentos musicales de aquella obra saqueada.

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)

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