CICLO DE CINE ARREBATADO: INLAND EMPIRE, por Samuel Sebastian.

viernes, agosto 16, 2013

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).


CICLO DE CINE ARREBATADO: INLAND EMPIRE

05 inland empire

¿Cuándo acaba el sueño y cuando comienza la pesadilla? ¿Cuándo la realidad a la que estamos sometidos comienza a abandonarnos y nos sentimos desamparados en el mundo de la noche? En las películas de David Lynch, todos los personajes tienen más de una cara y todos los escenarios luminosos tienen su parte oscura. Nadie es demasiado inocente como para vivir con tranquilidad y las sociedades que Lynch construye, absorben todo tipo de personas mientras demuestren que son lo suficientemente inestables como para rebelarse de manera inesperada no solo contra el espectador, sino contra el propio director. Así lo eran los protagonistas de Eraserhead, Terciopelo azul o Carretera perdida. Hasta que nació Inland Empire, película excesiva, arrebatada, sin límites, aterradora y hastiante al mismo tiempo, hermosa por su descripción del horror sin palabras, voluntariamente incomprensible, arrebatada y arrebatadora.

Recuerdo que una vez, a la salida de un cine, un grupo de jóvenes se preguntaban entre ellos sobre el significado de algunos elementos de una película de Lynch. Su desconcierto era mayúsculo. No solo no entendían la mitad de cosas que habían pasado en la trama sino que tampoco encontraban un significado claro a algunos elementos de la historia que habían quedado voluntariamente en el aire. La película era Mulholland drive. Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de aquellos jóvenes, que indudablemente no sabían quién era David Lynch, si hubieran visto Inland Empire, la siguiente película del director y que comparte con la anterior su radical fractura narrativa entre una primera parte en la que se presenta a los personajes de manera narrativamente verosímil y una segunda parte en la que todo puede ocurrir y de cualquier manera posible. Igualmente, hay otros detalles que me parecen interesantes, como el hecho de que ambas películas compartan en su título el nombre de un área de California, un toque de realidad que sirve a Lynch para enmarcar sus narraciones.

Como gesto arrebatado, el director rodó esta película sin un guion concreto ni una idea previamente clara de cual sería el contenido del filme, al contrario, quería ver cómo una serie de imágenes iban creciendo y tomando forma en su mente al tiempo que se desarrollaban en la película. Y este es el punto más interesante de Inland Empire, observarlo como el proceso de un trabajo inacabado, una serie de ideas expandidas, cuya relación entre ellas proviene más bien de la asociación que haga el espectador con ellas más que de la inexistente narración del filme. Porque lo que más le ha interesado a Lynch en esta película es multiplicar su imaginario absorbiendo una gran cantidad de referencias cinéfilas a lo largo de toda la Historia del Cine: Inland Empire es el 8 y medio de Lynch y también el Persona de Lynch, El crepúsculo de los dioses de Lynch y El resplandor de Lynch, entre otras muchas películas. El director americano quiso hacer con esta la película definitiva de su carrera (hasta la fecha, siete años después, no ha vuelto a realizar otra) y para ello se sirvió de su cómplice en otras películas, Laura Dern, con la cual supo encontrar el desequilibrio natural en el que desarrolla su cine. Seductora y profunda, surrealista y sin sentido, sueño dentro de un sueño y película dentro de una película, abismal y vacía, Inland Empire difícilmente puede compararse a cualquier otra película, por su gran cantidad de excesos y su falta de concesiones.