ORNETTE COLEMAN por Francisco Javier Irazoki

viernes, enero 10, 2014

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes; en 2009 La nota rota, semblanzas de cincuenta músicos; y, en 2013, Retrato de un hilo, libro de poemas en verso. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.










ORNETTE COLEMAN


          Amo la música hecha con cucharas”, ha dicho uno de los más buscados agitadores artísticos. Los guardianes del orden parecen menos apacibles que él.
          El autor de la frase, Ornette Coleman (Fort Worth, Texas, 1930), portero de un hotel, aligera con el estudio de la teoría musical sus tedios juveniles y entra con el saxo en los locales nocturnos de Los Ángeles. Necesita el jazz liberador. Al tocar los acordes del rhythm’n’blues en las orquestas sureñas tuvo la impresión de que palpaba los barrotes de un presidio.
          En los años cincuenta del siglo XX, Coleman escribe páginas que se estrellan contra dos paredes. La primera de éstas limita un espacio de conservadurismo. Sus partituras interesan a un hombre de negocios, Red Mitchell, quien las vende a una casa de discos, pero los músicos que deben interpretarlas se refugian detrás de la segunda pared: no consiguen orientarse entre las novedades armónicas del compositor. Impasible, Ornette pide ayuda a varios jóvenes amotinados (el trompetista Don Cherry, el baterista Billy Higgins, etc.) y unidos graban el álbum Something else. El inmediato apoyo del contrabajista Charlie Haden fortalece al conjunto. 
          El tejano inventa una palabra -armolodía- para definir su forma de componer y, antes de matricularse en la School of Jazz de Lenox, opina que cualquier sonoridad puede transmitirse con un timbre personal. A su juicio, el líder de la banda desempeña un papel modesto. Cuando aplica estas teorías delante del público neoyorquino, se oyen abucheos, y Coleman resiste con humor. A mí me recuerda a un forajido feliz. Una obra, Free jazz, de 1960, es su nueva acometida, y con ella nace la corriente jazzística libre de las convenciones de ritmo y armonía. Ornette recibe muestras de incomprensión. Al menos le reconocen la importancia de los temas que edita.   
    

          Inesperadamente, durante dos años, vive en el mismo pozo de silencio que Thelonious Monk. Con hambre atrasada, aprende a tocar el violín y la trompeta, e inaugura en Nueva York su Artist House, un lugar donde da cobijo a los artistas sin techo en los círculos comerciales. En la casa se imparten cursos y se investiga, y allí discuten los instrumentistas, entre los que destaca un discípulo brillante de Coleman: Jamaaladeen Tacuma. 

Desde aquellos días experimenta con creadores de orígenes distantes (chinos y nigerianos), y a veces se esconde en Joujouka, un pueblo de las montañas del Rif marroquí. En ese paraje se mueve como un revolucionario con artilugios humildes pero protegido por la complicidad de hombres de talento, y pacientemente pule las armas: el sincretismo, los apuntes sinfónicos, la construcción de escuelas. El hijo Denardo, baterista del grupo Prime Time, sigue los rastros rebeldes del padre.

Pasadas las tormentas, aún me parece válida la sentencia del saxofonista Cannonball Adderley: “Ornette Coleman ha sido una gran fuerza en el jazz moderno; ha inspirado a un montón de gentes, ha asqueado a otro montón, pero ha obligado a todo el mundo a pensar”. 

  
         Cuando suenan sus discos de insurrecto (Chappaqua suite, Change of the century, The shape of jazz to come, The art of the improvisers,This is our music...), creo que me vigila con mirada oblicua y que, debajo del bigote cano, sus labios dibujan una sonrisa de bandolero tranquilo.        


FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)