STANLEY KUBRICK: La experiencia de la evolución por Samuel Sebastian

viernes, febrero 14, 2014

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).




STANLEY KUBRICK: La experiencia de la evolución


Stanley Kubrick pensó en 2001: Una odisea en el espacio (2001: A space odissey, 1968) más que como una película, como una experiencia total de los sentidos, una historia que fuera más allá de las películas convencionales del género que se habían hecho hasta entonces. Y así fue. El resultado, como ya sabemos todos, es el de una película que no solo ha despertado la admiración de las sucesivas generaciones y ha inspirado centenares de películas y obras posteriores, sino también muestra una nueva forma de entender la evolución y la inteligencia humana. Como experiencia, 2001 reúne sabiamente y de manera simbólica, los momentos claves de la evolución humana y lo hace sin necesidad de explicitar palabra alguna. Por ello, nos centraremos en tres secuencias que sirven para ilustrar esta evolución:
– La película comienza con unos homínidos en estado prelingüístico. En algunas versiones del guion y en la novela de Arthur C. Clarke escrita al mismo tiempo que se realizaba la película, se señala que nos encontramos en la sabana africana y que, durante una larga sequía, los monos prehumanos han debido luchar por su supervivencia. En un momento dado, aparece un monolito negro de gran tamaño que, en el momento en el que la Tierra se alinea con Júpiter, la Luna y el Sol, emite un ruido ensordecedor. Los homínidos, evidentemente, no son conscientes de esta alineación, pero en una escena siguiente, el monolito parece influir en el comportamiento de uno de los homínidos, o al menos eso pensamos: el homínido se encuentra jugueteando con unos huesos de animales y, poco a poco, comienza a entender que esos huesos pueden ser útiles como arma y, de hecho, la primera vez que usa ese hueso-arma será para ahuyentar a los vecinos que les impiden beber en una charca. Cuando ahuyenta al jefe de la banda rival, lo golpea hasta matarlo y se produce, tal vez, el primer asesinato de la historia. Curiosamente, esta escena luego sería reinterpretada por Terrence Malick en El árbol de la vida (The tree of life, 2010). En ella, un dinosaurio está a punto de aplastar a otro dinosaurio moribundo pero, en el último momento, se arrepiente y le salva la vida. En 2001, en cambio, la evolución no se observa a través del perdón, al contrario, es la violencia animal la que subyace en el ser humano, un tema que después Kubrick retomaría con La naranja mecánica (The clockwork orange, 1971). Esta nueva arma es usada para cazar una gran cantidad de animales y, en una de las más espectaculares elipsis de la historia del cine, el homínido lanzará el hueso con un grito desgarrador y este se convertirá en una nave espacial. Tanto el guion original como la novela hablan de la amenaza nuclear como un peligro latente. El hueso se habrá convertido en una bomba atómica.
– El segundo gran momento de la evolución humana es el contacto con la inteligencia extraterrestre. En este punto del filme ya ha aparecido el lenguaje, un lenguaje en ocasiones banal, como el de la llamada del protagonista a su casa, o tan técnico que resulta casi ininteligible: los protagonistas hablan con una terminología y unos códigos solo entendibles para los de su entorno. La trama gira entonces en torno al descubrimiento del gran monolito en la Luna. En una misión secreta, un grupo de investigadores viaja a las excavaciones en las que se ha descubierto la extraña forma extraterrestre. Cuando llegan a ella y se vuelve a producir la alineación de los astros con Júpiter, se produce el mismo ruido ensordecedor. Esta escena final cierra el círculo de, precisamente, la no–evolución del ser humano: los seres humanos se comportan igual que los homínidos un millón de años antes. Se sienten desprotegidos, ignorantes de lo que sucede, a merced de un gigantesco monolito del cual buscan el significado, pero, ¿lo tiene?
– En la parte final de la película, el astronauta David Bowman reniega de la tecnología y desconecta el ordenador central de la nave que viaja en dirección a Júpiter y, en particular, hacia el monolito negro que se encuentra flotando en su órbita. El ordenador, dirigido por los jefes de la misión que se encuentran en la Tierra, se ha comportado exactamente igual que el hueso del homínido: un arma ejecutora que ha terminado sin piedad con la vida de varios seres humanos. Una vez desconectado el ordenador (HAL), vuelve el silencio. Así, la película comienza y termina con seres humanos que no necesitan palabras para comunicarse: el astronauta, como el último hombre nietzscheano, entra en el monolito que es una pórtico a las estrellas. Allí se desarrollará el resto de su vida, en una especie de zoo en el que es observado por unas especies alienígenas a las que nunca llegamos a ver y que, suponemos, se comunican con él de alguna forma no verbal. Después de morir, Bowman vuelve a la Tierra convertido en un nuevo tipo de ser humano, suponemos que más evolucionado. Su experiencia exterior puede servir para que la especie humana pueda evolucionar, tal vez rechazar la violencia que la ha sometido durante tantos años, y después, ¿qué?

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