ANTONIONI y EL GRITO: La maldición de la existencia, por Samuel Sebastian

viernes, junio 20, 2014

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).


ANTONIONI y EL GRITO: La maldición de la existencia.




No cabe duda de que Antonioni, junto con Kieslowski, es uno de los directores que más se ha preocupado por analizar los problemas de la sociedad contemporánea posterior a la II Guerra Mundial y en particular la imposibilidad de explicar adecuadamente los sentimientos a las personas más cercanas. De esta manera, estas sensaciones interiores se van acumulando hasta que estallan en un momento imprevisto. Sucede con los personajes principales de la llamada "trilogía de la modernidad y sus insatisfacciones": La aventura (L'avventura, 1960), La noche (La notte, 1961) y El eclipse (Eclipse, 1962) en la que desarrolló un estilo propio en el que los personajes evitan la acción convencional y, por el contrario, el autor se dedica a desarrollar el mundo interior de estos, de manera contemplativa. Un estilo que alcanzó su máxima expresión en Blow Up (Blowup, 1966): un fotógrafo descubre la clave de un asesinato accidentalmente en una fotografía suya, pero este hecho, el más impactante del film, no tiene sin embargo demasiada importancia en la trama de la película.

Sin embargo, para mí, la esencia del cine de Antonioni, y la desesperación existencialista que exhalan muchas de sus películas, se encuentra contenida en la secuencia final de su película El grito (Il crido, 1957) y que, de hecho, da nombre a la película. El grito trata la historia de una pareja que conviven juntos, Aldo e Irma, pero no están casados ya que ella está casada con un hombre que vive en Australia. Cuando el marido de ella muere, él propone que se casen y así podrán legitimar la hija que tienen en común. Sin embargo, la respuesta de Irma hace que el mundo se le venga abajo a Aldo: en realidad, ella nunca ha estado enamorada de él y todo ha sido un engaño. Aldo, desilusionado, se lleva a su hija en un viaje iniciático en el que se mezclarán nuevas experiencias con el recuerdo de su amor por Irma. Al final, decidirá volver a su ciudad natal y la encuentra enormemente cambiada: los habitantes del pueblo protestan airadamente porque el pueblo va a ser derribado para construir un aeropuerto. Él, sin embargo, busca a Irma y la encuentra con un bebé en sus brazos, al parecer feliz con su nueva vida. En la secuencia final, Aldo decide ir a la refinería en la que trabajaba cuando vivía en el pueblo. Irma se da cuenta y lo persigue. Aldo sube a la torre de la refinería y que alguna vez él ha mencionado que le traía muy buenos recuerdos, ya que desde ella podía ver el pueblo, el colegio de su hija y la casa en la que vivía con Irma. En realidad, todas esas cosas han dejado de tener significado para él. Aldo sube a la torre, ante la mirada impotente de Irma y se lanza al vacío ante la mirada horrorizada de Irma, que lanza un grito desgarrador. La película termina con la imagen de Irma arrodillada junto al cuerpo inerte de Aldo y acariciándolo suavemente.

Sin duda, todo el viaje iniciático de Aldo está construido en función de esta secuencia final, en la que todas las expectativas que tenía en la vida perderán definitivamente su sentido. Para Aldo, el interés por la vida carece de sentido si en su propio hogar, el pueblo del que tiene los mejores recuerdos, no hay nada que pueda motivarlo. El existencialismo inspirado en Albert Camus que desprende toda la parte final resulta de una opresión casi insoportable. Hasta entonces, Antonioni ha jugado con habilidad a un doble juego: a pesar de que los protagonistas de su película son personas de condición humilde, sus preocupaciones intelectuales son más bien propias de gente con un alto bagaje intelectual. Aldo, por ejemplo, en una escena recuerda cómo mientras toda la gente de su grupo de amigos quería ir a bailar, Irma prefería ir a ver a un museo y aquel detalle, presumiblemente, hizo que ella captara su atención. No obstante, al final Antonioni deja de lado todo su discurso intelectual y se centra en la naturaleza humana, en los deseos que satisfacen nuestra existencia, en nuestra individualidad única frente a los deseos de la masa. Resulta llamativo cómo, a pesar de la justicia y la desesperación de las manifestaciones de los habitantes del pueblo, Aldo prefiere volver a su origen íntimo, al lugar en el que se encuentra su hija y la mujer de su vida, y la constatación de que toda aquella felicidad vivida ya no es nada más que una etapa del pasado que nunca recuperará, le llevará al suicidio. Aunque sea al final Irma la que grite, evidentemente el grito silencioso es el de Aldo, un grito de rabia e impotencia, el grito de la permanente insatisfacción humana que tantas veces reflejó Antonioni.