LISANDRO ALONSO: La libertad de la palabra, por Samuel Sebastian

viernes, julio 18, 2014

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).



 LISANDRO ALONSO: La libertad de la palabra




La primera película de Lisandro Alonso comienza con un hombre talando árboles. Uno tras otro. De forma completamente despasionada y mecánica, nuestro protagonista va talando uno a uno todos los árboles que tiene alrededor. No hay nada más detrás de sus actos. No sucede tampoco nada en particular durante su trabajo. La película dura poco más de una hora y todas estas secuencias duran casi la mitad del metraje. Solamente se permite un descanso para comer y oír la radio. En ese momento tenemos una sensación de alivio, el protagonista parece que deja de brutalizarse y se detiene por un instante para disfrutar del entorno natural en que se encuentra, informarse u oír un poco de música en un trasto viejo que contará su edad por décadas. Por un momento, pensamos que tal vez podría suceder algo importante en su vida pero nunca llega a suceder nada. Todo esto parecería banal si no fuera porque la película de Alonso se titula La libertad (2001) y es a través de su título y su propuesta de mostrar la alienación laboral tal y como es, sin ningún ornamento, lo que hace que todas las películas del director argentino tengan siempre un subtexto, una clave detrás de los fotogramas que nunca se desvela porque debe ser el espectador el que lo haga. Y es eso lo que hace que sus películas sean una continua búsqueda, un reto para la audiencia. Antes de la secuencia citada anteriormente, entre los créditos iniciales y el título de la película, vemos al protagonista comiendo de noche al aire libre. No vemos nada de lo que le rodea, aunque por los sonidos intuimos que se encuentra en un bosque: una tormenta se acerca y los animales parecen un tanto alborotados. Un plano similar será el que marque el final de la película. Ocurra lo que ocurra, nuestro protagonista siempre acabará cenando frugalmente a la luz de un fuego, sin dirigirle la palabra a nadie y sin que nadie le hable a él.

En sus propuestas, Lisandro Alonso prescinde al máximo de las palabras y de hecho solo las utiliza para reflejar cuestiones banales (saludos, comentarios intrascendentes), mientras que los personajes se muestran por sus propios actos y solo quedan definidos por ellos. Como sucede con el protagonista de su segunda película, Los muertos (2004), un hombre, Vargas, que recién salido de la cárcel busca a su hija, para lo cual debe recorrer atravesar una gran parte de Argentina hasta llegar a la frontera del norte. Su viaje, marcado por el silencio y el misterio, tiene el aire de una pequeña epopeya, casi al estilo de las películas de Herzog como Aguirre, la colera de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972) o Fitzcarraldo (Fitzcarraldo, 1982). El poder de la naturaleza parece ser el único que obste a Vargas de conseguir su objetivo. Su resistencia a desfallecer parece la misma que la de su autor al componer planos de hipnótico estatismo, que se van sucediendo de manera cálida y tranquila y nos da la impresión de que en el universo de Alonso no importa la palabra, ni siquiera es necesaria, tal vez porque no es demasiado importante la comunicación.

Con su tercera película, Fantasma (2008), Lisandro Alonso cerró un ciclo y, al mismo tiempo, mostró su universo como un universo cerrado que solo puede ser explorado por los mismos protagonistas de sus películas. En Fantasma, los protagonistas de sus anteriores películas deambulan por un cine casi vacío mientras se proyecta Los muertos. Los personajes ajenos a las dos películas anteriores, y que también son espectadores del filme, se muestran como extraños que miran de manera distante la película, sin entender del todo su significado, incluso se marchan del cine a mitad de la proyección. La idea del cine como una fantasmagoría que inunda un momento de nuestras vidas y después se desvanece es la que subyace en la película. Al mismo tiempo, Lisandro Alonso muestra las entrañas físicas del cine, de lo que sucede mientras tenemos el ánimo suspendido en nuestra fantasía. La película se acaba cerrando en sí misma. Todo queda vacío de nuevo, como en Tren de sombras (1997), los fantasmas aparecerán en la próxima proyección.

1 Comentarios:

Alvaeno dijo...

Excelente trabajo, y una buena forma de hacernos pensar. Una reflexión sobre el comportamiento de los hombres que actúan mecánicamente.
Saludos