LIBERA ME: El silencio opresor, por Samuel Sebastian

viernes, agosto 15, 2014

Samuel Sebastian es un escritor y cineasta valenciano. Hijo de la pintora Ester Rodríguez Ro. Licenciado en Historia del Arte, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y después inició su tesis sobre los documentales de la guerra civil española y la memoria histórica. Igualmente, ha realizado el Máster de Guiones de la UIMP - Valencia.
Su trabajo como cineasta comenzó en 2005 con el rodaje de la película experimental El primer silencio (2006). Desde entonces ha alternado el rodaje de películas de ficción y documentales sociales con la realización videocreaciones y videoclips.
Sus películas han sido exhibidas en festivales de todo el mundo como, entre otros, el de Cusco (Perú); San Diego (Estados Unidos); La Paz (Bolivia); Rosario y Buenos Aires (Argentina); Lisboa (Portugal); Bilbao, Madrid, Sevilla, Córdoba, Barcelona y Valencia (España); Bolonia, Milán y Turín (Italia); París (Francia); Johannesburgo (Sudáfrica); Melbourne (Australia) o Daklah (Marruecos). Ha obtenido diversos reconocimientos como el de mejor documental español en el Festival de Madrid por La Moma (2007) o el de mejor documental valenciano de 2009 por Las migrantes (2009). También, obras como El primer silencio (2006), La Moma (2007), Las migrantes (2009) y varias de sus videocreaciones han sido proyectadas por diferentes canales de televisión.
En la actualidad, su documental La pausa dels morts (2011) ha sido proyectado en diferentes festivales internacionales y prepara un nuevo largometraje de ficción para 2012.
Como escritor ha obtenido diversos reconocimientos: finalista del premio internacional Pablo Rido por La ciudad de la luz (2005), segundo premio en el certamen La Nau - Universitat de València por Un invierno sin Vera (2006) y finalista del premio Isabel Cerdà de narrativa breve por Les cartes de Lilit. Ganó el XXXVII Premio Octubre de Teatro por Les habitacions tancades (2008).


LIBERA ME: El silencio opresor



Uno de los cineastas que más reacio se muestra frente al éxito es, junto a Jean–Luc Godard, Alain Cavalier. La mejor muestra es que, después del éxito alcanzado por Thérèse (1986), se alejó durante un tiempo del largometraje, realizando trabajos experimentales para televisión y volvió siete años después para realizar una película extraña, compleja, difícil de interpretar incluso en la filmografía de un director que siempre se ha caracterizado por su experimentalismo. Libera me (1993) es un simbólico alegato en favor de la libertad que tiene fue rodado sin ninguna línea de diálogo, como si de una sucesión de viñetas se tratara, ya que tampoco en el filme de Cavalier hay ningún movimiento de cámara. El mismo Cavalier se refería a esta ausencia de diálogos en la película afirmando que "hay momentos en la vida en los que no es necesario hablar".

Libera me no tiene una trama argumental propiamente dicha, sino que las secuencias se encadenan entre sí a través de relaciones sutiles, puramente visuales, y el montaje de las mismas incide en la deconstrucción de la propia escena, lo cual hace compleja su descripción en palabras. La renuncia a la palabra es, como sucede también en el caso de Charles Chaplin, un acto de resistencia, pero si en el caso del cómico británico su resistencia era individual, la de Cavalier forma parte de un colectivo al cual se le ha negado la palabra. La contextualización del drama en principio nos podría situar en a ocupación nazi de Francia por la iconografía empleada (reclusión, tratamiento inhumano a los prisioneros, delación, represión social), sin embargo su significación se sustrae a los límites de ese periodo de tiempo, de hecho no aparece en ningún momento referencia visual alguna al régimen nazi o a la resistencia francesa, ni ninguna bandera o emblema de ninguna nación. Es cierto que en el régimen nazi encontramos todo un catálogo de terrores a los que es fácil remitirse cuando observamos alguna injusticia o ataque a los derechos humanos, pero no hay que olvidar que el régimen nazi no fue el único y bien al contrario, antes del régimen nazi ya se habían cometido un sinfín de atrocidades y después se han cometido muchas más: desde los genocidios de Indonesia a los gulags de la Unión Soviética, desde las matanzas en Ruanda o en los Balcanes hasta los sofisticados asesinatos selectivos perpetrados por los Estados Unidos. Pocos estados se libran del olor a podredumbre que implica tener en sus estanterías hacinados una gran cantidad de asesinados con sus propias manos, e incluso estados que se definen a sí mismos como democráticos y respetuosos con la vida de las personas. De todo eso habla sin decir una sola palabra la película de Cavalier, que más que un film narrativo está construido como una investigación en torno a la crueldad a través de actitudes y gestos que acaban anulando a las personas hasta destruirlas definitivamente. Y para destruir a una persona no se necesitan palabras.