EL RINCÓN DEL RELATO: "El Pacto: F-1", por Manuel Gris Lorente

viernes, junio 19, 2015

                Manuel Gris Lorente lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, quizá incluso antes, pero como no tiene recuerdos de esa parte de la vida prefiere no arriesgarse a la hora de hacer una afirmación tan tajante.
                Influenciado por autores como Chuck Palahniuk, Charles Bukowski, Bret Easton Ellis, Janne Teller, Amy Hempel o Craig Clevenger su escritura está caracterizada por un uso de la locura y la anarquía literaria con la que intenta no dar pistas de qué va a pasar a continuación en sus relatos y novelas. De cuál será el siguiente paso.
                La escritura es una forma de escapar del mundo y lo que hay en él, de todo lo que nos para a la hora de ser nosotros mismos, tan intensa y rica, tan grande, que no sabe expresar ese sentimiento con palabras, así que no lo hace. Solo sigue adelante, sin tenerle miedo a la página en blanco, y con la seguridad de que cada letra que usa solo le da algo más de libertad.
 
 
EL PACTO: F - 1

    Lo que os voy a relatar a continuación pasó hace mucho tiempo. Me gustaría habéroslo explicado en su momento pero, debido a una cadena de acontecimientos, me fue completamente imposible. Así que aquí y ahora, trataré de explicároslo con todo lujo de detalles. Lo prometo. Podéis creerme.
    A ver... creo que será mejor que empiece por aquel día.
    Sí, eso haré.

    Aquella mañana, en la que podría decirse que comenzó esta historia, me desperté con una resaca espantosa, de esas en las que lo único que deseas es matar a cualquier cosa que emita un sonido superior al movimiento de un pelo.
    Sabía que la cena en casa de Joaquín Sabina podía alargarse, hasta avisé a mi mujer para que cenara y se fuera a dormir sin esperarme, porque tenía que discutir con él y su agente los detalles de la próxima gira en la que iba a tocar con él y con Serrat y, como bien sabía, no se puede confiar en un roquero de la vieja escuela. No señor. Es como quedar para desayunar con Keith Richards y ser tan imbécil como para pretender llegar a la hora de comer a casa sin haber tenido al menos tres comas etílicos. Simplemente no se puede tener fe en ellos. Así que concretamos fechas y canciones y días de ensayo de aquí al verano, después conversamos sobre nuestras familias y proyectos personales y, después de los carajillos de Magno, llegamos a las copas de whisky, de ahí a algún buen cigarro aliñado y, a partir de la tercera raya, un gran vacío, uno de esos en los que solo recuerdas que te llevaban en coche y pasabas a través de una puerta, cosa que al despertar descubres que fue lo que realmente pasó.
    En realidad cuando me empeñé en ser bajista profesional ya sabía a lo que me enfrentaba, más que nada porque lo deseaba con todas mis fuerzas. La culpa la tuvo la película Velvet Goldmine, que me mostró un mundo en el que, con apenas 18 años, supe que o era el mío algún día o jamás podría ser realmente feliz. Así que agarré el instrumento que me pareció más fácil de aprender, aunque descubrí al poco tiempo que esa leyenda urbana de que el bajo es para los guitarras fracasados no es más que una mentira de las que te mandan directo al infierno, y ensayé noche y día, sin descanso, tocando sobre canciones de Black Sabbath, Jimi Hendrix o Nirvana, tratando de absorber como una esponja todo cuanto escuchaba de dioses como John Paul Jones, Jason Newsted o Flea, y así, poco a poco, conseguí domesticar a esas 4, y finalmente 5, cuerdas que me dieron, años atrás, todo lo que ahora puedo llamar mío.
    Por eso, pensé todavía tumbado en mi cama, no debes quejarte. Levántate, borracho de mierda, que hoy tienes cosas que hacer, continué diciéndome a mí mismo. Les prometiste a los ángeles negros, y muy en especial a Julio, que hoy empezarías a organizarte. Así que, en tono de ultimátum y bastante enfadado conmigo mismo, imbécil, me ordené, levántate.
    Tras luchar contra la sabana que, como una anaconda, se empeñaba en asfixiarme, conseguí salir de la cama y, al instante, decidí tomarme un café antes de ducharme. Es algo que hago solo cuando mi cuerpo está tan fuera de lugar, tan hecho polvo, que si no lo hiciese me pasaría más tiempo del necesario enjabonándome recovecos de mi cuerpo, y en especial el ano, tratando de encontrar ese botón que me despertara del todo. Una vez me pilló mi hija mayor, y fue bastante bochornoso, aunque menos mal que ya sabe, tanto ella como la dos más pequeñas, que su padre trabaja en lo que trabaja y que, a veces, parte de este negocio es pasarte el día perdido, sin rumbo, tratando de respirar cuando toca y aguantando unas ojeras de las que harían sonrojar al propio Drácula. Al de verdad, no al maricón de Crepúsculo.
    Cuando llegué a la cocina, cogí la taza, la coloqué en su lugar y al instante encendí la cafetera de última generación, la que usaba George Clooney en los anuncios, y decidí sentarme en la mesa de la cocina, donde esperé mirando por la ventana a las nubes, que trataban de llegar hasta mi casa. Lentas, sin prisa, sabiendo que llegarían y, que cuando lo hiciesen, ese gris que las caracterizaba iba a dejar mi césped empapado, lo cual me pareció perfecto porque odio encender el riego automático. Después de que matará a aquel profesor, el que le hacía la vida imposible a mi hija menor, aplastándole la cabeza a golpes con el aspersor que está más cerca de la ducha de la piscina, me da cierto respeto volver a encenderlo por si algún trozo de cráneo o de cerebro, que escapó de la brecha que le hice como si fuera un batido de frambuesa, sale disparado embadurnando de sangre todo cuanto esté a menos de 1 metro de él. Bastante hizo ya ese hijo de puta, metiéndose con ella por el trabajo que yo tenía y por las “pintas”, esa fue la palabra que me dijo la pequeña que usó en plena clase, de presidiario que yo “gastaba”, de nuevo palabras textuales, como para que además me manchara a mí, a cualquiera de mi familia, o a mi piscina con los restos de su mierda de cerebro característico de los que no tienen respeto por los demás.
    Mi hija vino llorando a casa ese día, y él también lloró cuando le susurré al oído, después de clavarle en la cocina el cuchillo del pan en plena rótula izquierda, que iba a matarle a golpes.
    No es que lo haga muy a menudo, me refiero a lo de matar a todo cuanto haga daño a alguien que me importa o que tienen mi respeto como ser humano, pero siempre ha sido una necesidad que he sabido que tenía dentro. Igual que sé que tengo un corazón y un par de pulmones, las ganas de matar han formado parte de mí desde muy pequeño, casi tanto como memoria tengo. El único problema que me encontré al principio en mi extraña, a ojos del mundo, adicción era - porque ahora ya no lo es - el deshacerme de los cadáveres.
    De joven, entre los 16 y los 20 años, fue la época en que estuve más en forma con, a ver si me acuerdo, unos 15 asesinatos más o menos. Empecé a matar a cualquier desconocido que me molestase o se pasase lo suficiente conmigo y los demás como para que su desaparición le diera paz al mundo o, al menos, al trozo de mundo que debía compartir con esa persona. Así, al no estar vinculado a ellos en ningún aspecto en especial, no era para nada uno de los sospechoso principales y podía matarlos en cualquier lugar apartado, pero público para que así hubiese huellas de pisadas y dactilares de prácticamente todo el mundo, y una vez había terminado, los arrastraba hasta obras o callejones oscuros, donde los abandonaba con la seguridad de que a las autoridades les parecería que había sido un robo que se le fue de las manos a un par de yonquis. Cosa que, puesto que sigo aquí, supongo que siempre creyeron. A veces es aterrador pensar en la cantidad de robos, palizas o asesinatos que se dan a cabo en tu ciudad y que, por el motivo que sea, no se encuentra a los culpables y, pese a eso, a nadie le importa una mierda. Es como para comprarse un millón de cerrojos y alarmas de seguridad, como para envidiar a Estados Unidos por tener esa política en cuanto a posesión de armas. Pero a mí nunca me ha preocupado que alguien entre en mi casa o que me atraquen en la calle, para nada, sobretodo porque las pocas veces en que alguien me ha intentado robar lo he apuñalado y degollado y, tras darle un par de patadas de regalo, ha acabado abandonado en plena acera, y en cuanto a que entren en mi casa y me roben, bueno, digamos que vivo en una pequeña mansión de dos plantas a las afueras de la ciudad, con una valla electrificada que puede matar a un elefante si le pongo el voltaje máximo y que mis vecinos, el más tranquilo y amable, tiene en su casa un museo de armas de asalto y de caza que haría sonrojar a Elmer el Gruñón. Por lo que, no, no me preocupa que alguien como yo se tope conmigo.
    Pero aquel día, mientras bebía mi café y observaba las nubes, solo pensaba en la víctima que me había tocado en el sorteo de los ángeles negros, como nos hacemos llamar los alumnos del aula de escritura en la que me apunté hace un año, más o menos. Cuando, un día de borrachera, nos contamos los unos a los otros quienes deseábamos que muriesen y que, por diferentes motivos, no podíamos llevar a cabo nosotros mismos el asesinato, tuve que ser yo el que propusiera que nos los intercambiáramos. En un principio todos dijeron que era una gran idea, que de ese modo no nos cazarían, y así, poco a poco, creció un germen al que todos empezamos a ver como una esperanza, una luz detrás de las nubes creadas por cada uno de los cabrones que nos hacían la vida imposible.  En el momento del sorteo, que hicimos en el mismo bar 5 semanas después tras relatarnos por turnos, con todo lujo de detalles, cual era nuestro elegido, deseé el de Julio. Sin dudarlo. Deseaba tener el placer de hacerle sufrir al hijo puta que puteaba a ese pobre hombre, y llevarle, mecido en sus propios gritos de dolor, hasta ese lugar donde todos acabaremos siendo nada y, echando la vista atrás, desde luego acabó siendo exactamente eso.
    Miré el reloj después de apurar mi café y descubrí sorprendido que ya eran las dos pasadas. Si me daba prisa llegaría a tiempo para recoger a H., que es como mi mujer prefiere que la llamen, a la salida de su tienda y después a las niñas en el colegio. Les había prometido ir a comer al Foster ese mismo día, para celebrar el acuerdo que iba a tener con Sabina. Las cuatro, las dueñas de mi vida y de mi hogar, eran, y aún son, muy fans de él, aunque las pequeñas no entienden ni la mitad de lo que canta, cosa que me alegra porque de no ser así me acribillarían a preguntas todo el tiempo sobre el porqué de según qué metáforas o frases que Sabina suelta en sus canciones, pero tengo suerte, solo se quedan con el hecho de que todo rima y se puede bailar en cierto sentido, lo cual me hace sentir afortunado porque creo que no hay nada peor para un padre que tratar de explicarle a una niña de 6 años qué quiere decir cuando alguien pregunta “¿cómo vais de chocolate?” o dice “Entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre, muñeca”. Y ya no hablemos de algo parecido a “tenemos caprichos, muñecas hinchables” que, por suerte, la mediana está convencida, y convenció a las demás, de que estaba hablando de su Barbie.
    Me puse unos vaqueros y la camiseta de la gira del 2.003 de Staind sin haberme  duchado antes, porque H. siempre me ha dicho que mi olor corporal tras una borrachera la excita mucho y, para que negarlo, esperaba que aquella noche las niñas se fueran a dormir temprano y pudiésemos echar un buen polvo, y después me hice una coleta para disimular que llevaba cerca de 3 días sin peinarme. Nunca me han gustado los peines. Siempre me han parecido un invento que destruye el modo en que realmente somos, igual que el maquillaje o los tacones, y que son maneras que tiene el ser humano de no mostrarse a los demás en todo su esplendor, en toda su tristeza y angustia y alegría, como si jugásemos a las cartas con el resto del mundo, tratando de ganarles. La vida, tal como yo la veo, debería ser como una gran playa nudista, donde no hubiese nada que nos ocultara de los ojos de los demás, donde con un gesto, una mirada o una postura ya se supiese más de uno mismo que con cien palabras enlazadas correctamente. Tal como yo veo la vida, todos deberíamos actuar en consecuencia con lo que deseamos, con lo que sentimos, con lo que nos mueve a hacer cualquier cosa, lo que sea.
    No hay acciones estúpidas, no hay palabras inoportunas, solo momentos desaprovechados que nunca sabremos como hubiesen sido si en lugar de escondernos hubiésemos actuado.
    Me subí al coche y puse la radio, cualquier emisora, no importaba. De todo se aprende, pensé, de todo puede sacarse algo. Miré, como siempre porque puedo ser un asesino pero no un incauto, a derecha e izquierda cuando saqué el morro del coche y, como no vi a otro vehículo que me impidiera pasar, aceleré y giré a la izquierda, en dirección a la tienda de H.
    Pensé, me acuerdo muy bien, en ella y en las niñas y en lo mucho que se iban a ensuciar sus faldas cuando tratasen de limpiar sus pequeños dedos de salsa barbacoa. Pero sobretodo pensé, más bien deseé con todas mis fuerzas, que la radio me diese una canción, la canción perfecta para la victima que me había tocado tras el sorteo de los ángeles negros.
    Tenía que ser perfecta. Tenía que ser esa canción o ninguna.
    Aquel día, aquella emisora, no me la dio. Tendría que esperar un par de días más para dar definitivamente con ella.
……

    Antonio Manrique, al parecer, era uno de los mayores pirómanos de la historia de España. Había sido responsable de más de cien incendios, entre ellos el que le costó la vida a Sara, la nieta del Julio Losantos, mi compañero de los ángeles negros. Esto, y ya, es lo que hasta  ese momento sabía de mi víctima, y era suficiente como para que me ardieran las venas de ganas de hacerle sufrir el mayor de los tormentos, pero insuficiente como para llevar a cabo lo que en el cine y libros y comics se ve tan sencillo, como es el acto de matar a otro ser vivo. Me faltaba mucha más información, pero, por entonces, tenía las suficientes patas de gallo en ese tema, tantos nombres y caras y almas a mi espalda, que ese detalle no me va a quitar ni mucho menos el sueño. En algún momento sabría más sobre él. En algún momento llegaría más información.
    Lo que primero hice fue aceptar que era la primera vez que iba a matar a alguien que no conocía y, por alguna razón, era extrañamente excitante. A todas mis victimas las he tenido delante de mí en alguna ocasión, ya fuese haciendo lo que es motivo suficiente para su exterminio, o cuando las seguía tratando de averiguar más sobre ellas, buscando los puntos flacos y las horas y las fechas de sus actividades cotidianas, pero esa vez seguirle no era una opción, ni siquiera algo que me hubiese planteado. Puesto que Antonio tenía bastantes enemigos, como Julio por poner un ejemplo, no me convenía que mi nombre se añadiera a la lista, lo cual era fácil que ocurriese si me veían cerca de él a parte del momento en que me lo  llevase a la Caja. No me convenía que creyesen que le seguía o que nuestro encuentro no era algo casual porque ser recordado, en esta ocasión, no era ni mucho menos una opción posible, ni tan siquiera a tener en cuenta. La vida de mis hijas y mi mujer estaban por primera vez en juego porque, hasta donde sabía, Antonio también era un hombre poderoso y con muchos contactos peligrosos. Debía ser una sombra, una imagen que no se recordaría al día siguiente, alguien que nadie pudiese señalar, describir o recordar. Solo acabaría siendo, en definitiva, un borracho más que tenía un contacto gracias al cual podía llevarle a un lugar al que nadie más podía. Ese era mi plan.
    Solo me falta ese lugar.
    Si yo fuese uno de esos asesinos desorganizados, de esos que pillan todavía clavándole el cuchillo a la víctima o follándosela, no hubiese pensado tanto y me habría dejado llevar por el odio que me invadía cada vez que pensaba en él. Pero no lo soy. Para nada.     Tampoco me parezco a esos psicópatas que salen en las series de televisión, que carecen de sentimientos, o en las películas, que hacen planes muy enrevesados destinados únicamente a terminar con una única víctima, a la que esperan tener tan perdida o mareada, o qué sé yo, que tienen esa fe absurda e infantil de que simplemente, llegado el momento, la persona objetivo se dejará matar sin tratar de defenderse. Ni hablar. No soy de esos. No soy un Dexter, ni un Patrick Bateman, ni siquiera un Hannibal Lecter. No. Nada de eso. Yo soy muy diferente.
    Cuando era joven, más o menos en la misma época en la que comencé a tener la necesidad imperiosa de matar, empecé a interesarme por asesinos reales, esos que nadie quiere conocer o estudiar porque creen que si alguien se enterase le tomarían por un loco, un tipo peligroso... bueno, en este caso yo sí que lo era, pero esa no es la cuestión, digamos que de los asesinos, de esos que verdaderamente merecen mi admiración por el hecho de no querer ocultarse, se puede aprender mucho, y no hablo solo de sus errores para así no cometerlos, que también, me refiero a sus palabras, a sus motivos, a lo que sentían y deseaban en realidad.
    Por ejemplo, Ed Gein. Es uno de los más famosos y a la vez menos conocidos, porque si digo que mató a tres mujeres y solía robar cadáveres del cementerio nadie sabría de quien le hablo, pero si digo que tenía el cadáver de su madre encerrado en una habitación, o que creaba muebles con los cráneos y demás huesos de los cuerpos exhumados y se vestía con la piel de sus víctimas, todo el mundo piensa en Psicosis o La Matanza de Texas, películas que se inspiraron en su persona. O si hablo de mi favorito, Jeffrey Dahmer, una persona que mató a 17 hombres, todos homosexuales como él, me veo obligado a nombrar una de sus declaraciones más famosas, la que decía que solamente les mataba porque no quería que se fueran a casa, que le dejasen solo. Es cierto que después practicaba necrofilia y canibalismo con ellas, pero lo que realmente hay que tener en cuenta de estos dos casos, de estos dos ejemplos de entre muchos que hay en los anales de los asesinos famosos, es que ambos solo querían ser libres, sentirse bien con ellos mismos ya fuese vistiéndose con la piel de mujeres muertas o comiéndose el corazón de esos hombres que no le quisieron. Solo querían hacer del mundo un lugar mejor, aunque solo se centrasen en ellos mismos, cosa que tampoco se diferencia mucho a lo que hacen muchos políticos o futbolistas a día de hoy.
    Leí, estudié y aprendí. En la vida solo con estos tres verbos, con gastarlos hasta que prácticamente se conviertan en tu nombre y apellidos, puedes llegar a hacer lo que quieras, a alcanzar esa cima en la que nadie jamás vuelva a molestarte. Y aunque en tu camino te encuentres con momentos difíciles, como el que tuve que vivir para acabar con Antonio, si has aprendido lo suficiente tras estudiar lo que vale la pena de todo lo que lees, nada, y digo nada, puede interponerse en tu camino. Sea cual sea. Y en especial el que conlleva matar a alguien.   
    Pero, aun estando tan seguro de mis conocimientos y del plan que pensaba llevar a cabo, debía quedar pronto con Julio a solas si quería que todo saliese según lo previsto. Tenía que citarme con él, en un bar por ejemplo, para no dejar ningún cabo suelto mientras nos poníamos ciegos de whisky.
    Había bastantes primeras veces en ese nuevo asesinato, algunos riesgos o pasos que, si daba en falso, acabarían conmigo y mi familia. Estaba muy excitado.
    Me decidí a llamarle desde el estudio de grabación a la mañana siguiente. No debía permitirme intercambiar más información de la necesaria con cualquiera de los ángeles negros, y mi teléfono móvil era uno de ellos.
    Recuerdo que no podía esperar, no quería esperar. Y mira que me estaba gustando  aquella hamburguesa y lo estaba pasando muy bien con mis hijas y mi mujer en aquel restaurante, pero mi cabeza, sencillamente, no podía parar de pensar en Antonio.

…...

    El día había sido tan igual al anterior, tan repetitivo y me había aportado tan poco que podía afirmar, sin miedo a sonar depresivo, que fue como si nunca hubiese existido. Un presente que se había ido para convertirse en un pasado que ya estaba ahí, que hubiese dicho Nietzsche o Schopenhauer si no lo hubiese pensado yo antes.
    Mi profesión es, a veces, aburrida hasta decir basta y te llena tan poco el alma como una patada en los cojones pero, supongo, que todos los trabajos son así. Y digo que “lo supongo” porque aparte de tocar el bajo y haber servido copas en algún bar, para poder pagar alquileres y material, no he tenido ninguna otra experiencia laboral. Pero tanto H., como mi hermano o mi cuñada, me han contado mil y una historias sobre jefes mal follados con vidas llenas de absolutamente nada que les llene, y de compañeros inútiles que solo tienen ese puesto porque ellos mismos, o algún familiar, se la ha chupado a quien tocaba cuando tocaba y del modo en que a ese jefe le gustaba y, claro, así va este país, cayendo por un precipicio que está tan gastado y pulido debido a todos los que por él han caído, que ni ramas a las que cogerse le quedan. A veces creo que deberíamos hacer una purga, una limpieza como la de los nazis pero con cabeza en lugar de con odio sin sentido, en la que todo el que no fuese completamente útil, todo aquel que solo suponga una carga en el mundo laboral y que se pasase, de media, más de la mitad de sus horas en la oficina perdiendo el tiempo fuese lanzado, con una piedra atada al cuello, a un pozo lleno de gasolina en llamas en la que naden cocodrilos con trajes ignífugos, que les desmembrarían al tiempo que sufren quemaduras de tercer grado. No sé cómo morderían, la verdad, pero es una imagen que me ha surgido ahora de golpe, al recordar lo sumamente aburrido que fue aquel día, y me ha arrancado una sonrisa
    Mi sentido del humor es así. Sin sentido.
    Llevaba dos días seguidos tocando cerca de 5 horas, sin descanso, líneas de bajo para un grupo pop que trataba de parecerse a Manel pero, si es posible, más aburridos aún, y acabé por perder el norte y la paciencia, y entonces solo pensaba, mientras no dejaba de tocar, en lo bien que estaría en mi lugar secreto, ese en el que guardo todos mis instrumentos y amplificadores, y donde puedo practicar tocando los estilos que me gustan sin que nadie me moleste, sin que nadie me oiga y pueda hacerme un gesto que, para bien o para mal, influenciaría en mi improvisación.
    Hace ahora unos 20 años, más o menos cuando comencé a salir con H., que encontré ese lugar perfecto.  Lo llamo la Caja. Es grande sin ser inmenso, cómodo sin ser confortable y, lo mejor de todo, está apartado de la ciudad, cerca del aeropuerto, por lo que las únicas personas con las que me cruzo por los pasillos de la inmensa nave industrial buscan lo mismo que yo, un lugar donde estar solos, por lo que prácticamente ni nos miramos a la cara, ya no digo hablarnos. Somos fantasmas los unos para los otros. No sabemos si realmente estamos ahí.
    Dentro de la Caja tengo mi colección de bajos, unos 15, perfectamente colocados en sus soportes, clavados a la pared, cubriéndola como si se tratasen de cuadros. También tengo un tresillo de un color indeterminado, tanto por la mierda que lo cubre como por mi daltonismo, que suelen usar las pocas visitas que dejo que vengan a verme, y una mesa de 1’5 x 1 metros, con un portátil sobre ella y cubierta de pentagramas y notas y demás ideas que suelo apuntar en momentos de inspiración, debajo de la cual tengo una nevera repleta de cervezas y mortadela con aceitunas. Son dos cosas que me ayudan a pensar. Mis amuletos. Eso sí, tiene que ser con aceitunas.
    Y nada más. Esa es mi Caja, y también es el último lugar que ven la gran mayoría de mis víctimas.
    Al no tener cámaras de seguridad en el interior, las hay pero son para intimidar, y la única que funciona solo cubre la entrada principal, es fácil entrar y salir cómo y con quien quieras a cualquier hora. Además el de seguridad me conoce, es muy fan de mi trabajo, tanto que a veces incluso tocamos juntos para pasar las horas de madrugada en las que ambos estamos agotados de trabajar. Hace poco me pidió colaborar en algún disco conmigo, y desde luego que lo hará. Ya cuento con él para grabar las guitarras de soporte en el próximo disco de Pablo Alborán.
    Es perfecta mi Caja. La Caja. Estoy tan orgulloso de ella, de todo lo que guarda y todos los secretos que jamás le ha contado a nadie que, tras mi mujer y mis tres hijas, puede que sea lo que más amo del mundo, pues empezó siendo solo un lugar donde pulir el diamante que finalmente me ha labrado un futuro, y acabó siendo esa amiga que me está ayudando cómo nadie a dar rienda suelta a ese impulso que me susurra al oído, prácticamente todo el tiempo, que mate, que descuartice, que mutile, que cubra mis manos de pegajosa y sabrosa sangre. Que no me olvide de ella.
    Aquel día, tras terminar de grabar la última canción, la que da comienzo el álbum y que hemos grabado la última porque es una superstición de esta banda de cuyo nombre, con sinceridad, no tengo ni putas ganas de recordar, les di la mano. Ellos me dieron las gracias con una efusividad sincera y les deseé mucha suerte, pues la iban a necesitar, aunque finalmente nunca la tuvieron. Recogí mis cosas y me despedí de todos los que se cruzaron conmigo de camino a la salida. La mayoría de gente con la que trabajo, excepto la pareja que acabó en manos de Abril, me caen bien. Son buenos profesionales y nunca han hecho nada que me haya animado a matarlos.
    Llegué al coche y miré el reloj tras encender la radio. Las cinco menos cuarto de la tarde. No había prisa, llegaba de sobra a mi cita con Julio.
 
 
Continuará....

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