EL RINCÓN DEL RELATO: "El pacto: F-2", por Manuel Gris Lorente

viernes, julio 17, 2015

                Manuel Gris Lorente lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, quizá incluso antes, pero como no tiene recuerdos de esa parte de la vida prefiere no arriesgarse a la hora de hacer una afirmación tan tajante.
                Influenciado por autores como Chuck Palahniuk, Charles Bukowski, Bret Easton Ellis, Janne Teller, Amy Hempel o Craig Clevenger su escritura está caracterizada por un uso de la locura y la anarquía literaria con la que intenta no dar pistas de qué va a pasar a continuación en sus relatos y novelas. De cuál será el siguiente paso.
                La escritura es una forma de escapar del mundo y lo que hay en él, de todo lo que nos para a la hora de ser nosotros mismos, tan intensa y rica, tan grande, que no sabe expresar ese sentimiento con palabras, así que no lo hace. Solo sigue adelante, sin tenerle miedo a la página en blanco, y con la seguridad de que cada letra que usa solo le da algo más de libertad.
 
 
EL PACTO: F – 2

    A través de las gafas de sol la ciudad era mucho más tranquila, como si todo pareciese ir tan despacio que el tiempo se detuviese. Las preocupaciones diarias, las ilusiones y los sueños, se mezclaban con el sonido de los tacones y los zapatos embetunados que, con una prisa que ni ellos eran capaces de notar, iban de aquí para allá creyendo que se dirigían a su destino. A lo que el mundo tenía preparado para ellos. Muchos no llegarían a ese final que  vende “Dentro del Laberinto” o “Cristal Oscuro”, con sonrisas y nubes que se van para que podamos ver el sol, sino que acabarían, más bien, como “Titanic”, con una abuela muerta y un chico sacrificado por culpa de la obesidad de una rica heredera. Pero la felicidad es algo que cada uno interpreta como quiere, como mejor le sirve, y por eso no dejé que sus vidas me molestasen. Y, aquel día, continué caminando. Alejándome de ellos. Bien lejos.
    Desde que inventaron los móviles de última generación y un mar de aplicaciones dictan nuestras vidas, la mía, concretamente la simplicidad que la caracterizaba, se volvió oficialmente loca. No sé cómo se aclara la gente con tanto gps y con esos whassapp, o como se escriba, y tampoco sé cómo no se dan cuenta de se están volviendo esclavos de una tecnología que está haciendo desaparecer el libre albedrío en nuestras vidas, una vidas que ven como normal el hecho de saber en todo momento donde estamos, qué hacemos y con quién. Con estas ideas en la cabeza miré a mi derecha, donde tras un cristal me encontré a una pelirroja que se tomaba un café mientras leía un libro, y me vi sacando del bolsillo trasero de mi pantalón el mapa de GoogleMaps que imprimí la noche anterior en casa y, tras estudiarlo de nuevo, me dije que no estaba seguro de dónde estaba el bar donde había quedado con Julio. El del reflejo de aquel cristal parecía, mirando aquel folio, un neandertal de esos que huyen del fuego y que tratan de matar a las nubes con lanzas y, de inmediato, sonreí al sentirme, como toda mi vida, extraño entre extraños.
    Soy una piedra en el zapato. Soy un copo de nieve de color gris.
    No estaba seguro de si había girado en la calle que tocaba, pero preferí hacerlo en la siguiente antes que darme la vuelta y deshacer lo hecho, o de preguntarle a alguien, así que opté por tomar  la primera esquina a la derecha. Cuando leí el nombre de la calle me encontré con que no me había equivocado. Que había casi llegado.
    “La Galaxia” no es el nombre que le hubiese puesto a mi bar, pero supongo que cada uno es fan de lo que le sale de los huevos, así que me asomé a través de la puerta abierta. Al fondo me pareció ver a Julio, en una esquina y de espaldas a la pared, leyendo el periódico. El resto de gente que habitaba aquella pequeña habitación, que no llegaban a la media docena, parecían tan perdidos, tan aburridos y abocados al pesimismo más decadente que, lo juro, hubiese estado dispuestos a matarlos a todos en ese mismo momento y, seguro, ni uno solo de ellos me habría pedido clemencia, sino más bien me hubiesen dado las gracias. Ninguno bajaba de los 50 años y, lo más seguro, todos tenían a su mujer en casa esperándoles para cenar sabiendo que su marido, aquel que juró quererla porque dijo que la quería, prefería pasar la tarde emborrachándose en un bar para así hacer más llevadera la cena, que estar con ella compartiendo las anécdotas del día a día. Nunca lo comprenderé. Lo juro por mis hijas.
    Pero Julio no era uno de ellos. Bajo esa imagen de viejo amargado, de persona a la que la vida le ha dado tantas ostias y ha visto y vivido en sus propias carnes tanto sufrimiento, había un hombre que se reía de los comentarios más soeces y no dudaba en darte la razón cuando dabas tu opinión sobre las tetas de cualquier compañera del aula de escritura, o de la camarera de turno. También me olía, y me gustaba imaginar que era cierto, que estaba empezando a tener un romance con Abril, la otra mayor de la clase, pero nunca me ha gustado chafardear en la vida de los demás, por lo que solo era una intuición. Y ahí se quedó.
    Le saludé levantando la mano en cuanto tuvimos contacto visual, a lo que él contestó haciendo lo mismo, y después, con una serie de gestos, traté de decirle que si quería que pidiera un par de whiskys. Él, para decirme que sí, dejó crecer en su cara una amplia sonrisa al tiempo que derramaba su caña en el suelo, dándome a entender que la hora de los alcoholes suaves había llegado a su fin. Solo eran las cinco y media de la tarde, pero al no tener ninguno de los dos nada que hacer ni aquella noche ni a la mañana siguiente nos pareció, en el momento de concretar aquella reunión, una buena ocasión para emborracharnos y reírnos un poco del mundo al tiempo que intercambiábamos información vital sobre Antonio.
    Al llegar a la mesa, y tras el saludo de rigor y las preguntas del tipo “¿cómo te va?” y todas esas mierdas que se suele decir solo para dar a entender a los demás que tenemos educación, el primer whisky duró lo mismo que un cojo en San Fermines, así que decidimos que la siguiente copa, en lugar de en vaso pequeño, sería en vaso de tubo y con un solo hielo.
    —Así es como beben los hombres —me dijo un Julio que parecía que se había quitado esa careta de hombre apaleado por los años y que, en su lugar, había optado por la de hombre mayor que en su interior guarda la energía y las ganas de vivir de un chaval de veinte años. Me gustó verle así, me gustó mucho sentir esa fuerza que, a través de sus ojos, escapaba al mundo como agua de un grifo.
    El vaso de tubo no duró mucho más que el primero, por lo que pedimos un tercero sin mucha demora.
    —¿Sabes que le pasa a esta generación?, —me preguntó Julio después del segundo trago y siguiendo con la conversación, que habíamos comenzado hace un rato, sobre el mundo en el que vivíamos —que no saben darnos las gracias por lo que les hemos dado. Y no me refiero a decirlo, sino más bien a vivir la vida que les hemos regalado de una forma digna, de una forma correcta. Cómo mi Sara estaba haciend...
    Su voz se quebró de un modo que es difícil de explicar, así que ni siquiera intentaré  inventarme una metáfora. Solo diré que fue desgarrador. Se notaba mucho dolor en ese silencio, demasiado como para que una persona normal pudiera vivir con él sin volverse completamente loca, pero supongo que Julio no era una persona normal. Era un luchador, un superviviente, de ese tipo de personas que ya no quedan en el mundo, de esas que harían lo que fuera a quien fuera solo para que todo estuviera en su sitio. Me recordaba tanto a mí que no podía evitar quererle, aunque no como lo hacía Desirée.
    —Menudo marica está hecho en viejo. —me pareció oír esta impertinencia de boca de un hombre de unos 60 años con boina que se sentaba a apenas 3 metros de nosotros. Le miré, él no me miro, y después volví con la tristeza de mi compañero. Pero sin olvidar esa cara.
    —Per...dóname. —a cada temblor de la voz de Julio mi alma perdía una esquina y se volvía más pequeña. —Es que no puedo evitar pensar en... ella, ya sabes. Y más con todo lo que estamos haciendo los ángeles negros. Los recuerdos son una puta muy dulce, pero suele usar un látigo muy fino.
    —No te preocupes, —le dije mientras buscaba su mirada, tratando de mostrarle así que lo decía completamente en serio. —te entiendo, y créeme —entonces nuestros ojos se encontraron, y lo dije —si te digo que ese hijo de puta va a tener su merecido...
    Y, con estas palabras, dimos por iniciada la conversación que nos había llevado hasta ahí.

…...

    Antonio Manrique. Niño de papá. Millonario. Pirómano en su tiempo libre. Y en un futuro no muy lejano, me repetí, persona muerta tras sufrir el peor de los dolores.
    Saqué una libreta de pentagramas de la funda del bajo que, a modo de bolso femenino, llevaba a todas partes. Era otra de mis manías, puede que la más característica: excepto a fiestas o a reuniones importantes, como por ejemplo del colegio de las niñas, siempre llevaba mí bajo Music Man StingRay 4, color clásico natural, conmigo. Siempre. Después abrí el bolsillo delantero y saqué un bolígrafo, al tiempo que le dije a Julio.
     —Te toca pagar la siguiente, yo voy repasando todo lo que necesito saber.
    —¡Oído Cocina! —me contestó haciendo un saludo de soldado que, supongo que debido a sus años de trabajo en la policía, hizo perfectamente.
    Le vi ir a la barra con decisión, mirando a todos los viejos con los que se cruzaba y pude sentir su alegría, sus ganas de vivir. Estaba lleno de una vitalidad demasiado pura para la edad que tenía, no sabría explicar por qué. Cuando llegó a la barra, dejé caer mis ojos en el anciano que había insultado a mi amigo cuando se había puesto a recordar a su nieta. Se tambaleaba levemente en su silla, mirando el programa que emitían en la televisión, y de vez en cuando soltaba alguna otra impertinencia a los que le rodeaban. Estaba molestando. Me concentré en él y, al minuto, volví en mí  y comencé a pasar páginas y más páginas de la libreta, llenas de melodías y letras escritas aquí y allá, hasta que llegué a la lista de preguntas que había escrito de camino a casa el día que los ángeles negros hicimos el sorteo en el bar. Eran solamente dos preguntas, pero cada una llevaba adosadas unas tres o cuatro sub-preguntas.
    Cuando lleguemos a ese momento lo entenderéis.
    —Aquí lo tienes. ¡Joder!, ¡sí que vas bien preparado! —dejó los vasos y cogió mi libreta, a una velocidad que me sorprendió, y comenzó a ojear mis preguntas. La sonrisa inicial que había traído consigo desde la barra fue convirtiéndose en una mueca seria, y sus ojos se concentraron en cada palabra que encontraba como si estuviera, más que leyéndolas, estudiándolas. Al terminar me miró.
    —Vale, —y se sentó —comencemos.
    Lo primero que necesitaba era una descripción física, lo más detallada posible ya que debía reconocerle en el mismo momento de toparme con él en el lugar que, ya en la segunda pregunta, Julio me aportaría. Para mi sorpresa, el problema de su físico y de saber quién era nada más tenerle delante se me antojó lo más sencillo del mundo.
    —Lo dejé en una silla de ruedas de por vida… al lanzarle por una ventana después de una paliza que le di intentando matarle, —me confesó sin un ápice de vergüenza, con una sonrisa en la cara que le dio un aire tan perverso como sincero —así que le reconocerás enseguida. Además… —este silencio es lo que menos me gustó de la charla. Con diferencia. —siempre va con dos guardaespaldas rusos. Ellos van a ser el mayor de tus problemas. Jamás se apartan de él.
    —La palabra “jamás” suele ser muy relativa, —le contesté, recordando algunos capítulos de mi pasado al tiempo que miraba de reojo al viejo tambaleante, que continuaba gritándole a cualquiera que se pusiera delante de él. —así que no te preocupes. Sé lo que me hago.
    Levanté el vaso, que descubrí prácticamente vacío, y brindamos.
    —Vale, creo… que… —terminé de anotar los detalles físicos que Julio me dictó mientras me terminaba mí whisky; delgado, rubio, pelo largo, nariz aguileña. —lo único que me falta es que me digas a que lugares suele ir para divertirse. ¿Discotecas, clubs, bares de ambiente?
    —Eso sí que es fácil.
    Puticlubs. Al parecer eran sus lugares favoritos a la hora de desahogar sus ansias pirómanas porque, el angelito, no solo se entretenía quemando bosques o lugares repletos de gente, no señor, también se ponía cachondo quemando a las pobres mujeres que, ya fuese obligadas o no, se dedicaban al noble arte de dar placer a los demás a cambio de dinero.
    Cada vez deseaba más tener a Antonio Manrique delante de mí, porque este dato en concreto me hacía hervir la sangre, pues nunca he entendido que placer les da a algunos hombres el tratar a estas mujeres como objetos, como simples muñecas a las que hacer cosas sin pensar en que tienen unos padres, unos hijos, un marido en casa. Tengo muchas amigas en el sector, no solo de drogas, alcohol y aplausos viven los músicos, y no me arrepiento de haber participado en orgías o intercambios de parejas. H. y yo tenemos un pasado la ostia de divertido, porque el sexo está ahí para disfrutar de él y de lo que puede darte si de verdad te conoces y has probado, como mi mujer y yo de nuevo, todo lo que hay en el gran abanico de las fantasías sexuales. Este es el motivo por el que  me quedé mirando tan fijamente a Desireé la primera vez que la vi en el aula, porque no estoy seguro de si era ella, o alguna muy parecida, la travesti con la que me acosté mientras mi mujer le chupaba la polla, pero supongo que este es un tema que no viene a cuento, por lo que lo dejaré aquí y volveré a aquel bar donde me dije que Antonio Manrique, el pirómano hijo de papá condenado a vivir en una silla de ruedas, la había cagado pero bien. No os hacéis ni idea aún.
    Le pregunté cuál era su favorito y me respondió que uno llamado Kaloha. Bien, pensé, de nuevo un golpe de suerte. Dicho club estaba situado a las afueras de la ciudad, cerca del aeropuerto, por lo que después de secuestrarle no tendría que conducir durante mucho rato antes de llegar a la Caja. De nuevo, como si el destino estuviese de mi lado, la suerte volvía a sonreírme. Era como si estuviesen todos los planetas alineados para que yo fuese el elegido de quitarle de encima al mundo la existencia de tan odioso personaje. Y esa sensación me hizo sentir de maravilla.
    —¿Alguna otra duda?
    Le contesté que no, que todo estaba listo. Que no debía preocuparse por nada a partir de ahora.
    —Dale por muerto. —le anuncié. Y después, nada más.
    La tarde transcurrió como si aquello, más que un asunto de negocios, se tratase de una reunión de antiguos alumnos cosa que, en parte, éramos. O más concretamente íbamos a serlo porque si todo aquello salía bien, si cada uno de nosotros conseguía asesinar a su víctima, lo más seguro sería dejar de vernos para siempre. Olvidarnos de que alguna vez nos conocimos. No sabía si los demás habían caído en ese pequeño detalle de que si seguíamos viéndonos quizá alguien, algún buen policía o al menos uno que supiera sumar dos y dos, podría empezar a sospechar el por qué unos conocidos de prácticamente todos los alumnos de aquella clase de escritura, habían muerto en un periodo de tiempo relativamente corto. Cada uno tendríamos nuestra coartada para nuestro enemigo, el que necesitábamos ver muerto, pero no era así para el que nosotros mismos teníamos asignado para darle defunción por sorteo. Y eso era un gran problema. Uno muy a tener en cuenta.
    Pero en ese momento no le expliqué a Julio mis preocupaciones, estábamos tan volcados en el noble arte de beber hasta perder el conocimiento que, sinceramente, creo que ni tan siquiera se me pasó por la cabeza romper el ambiente con tal tema. Solo quería pasarlo bien con mi amigo, tras el cual vi como el anciano maleducado se levantaba en dirección al lavabo. Sonreí y decidí hacer lo mismo.
     —Tendrás tu venganza, Julio, —le agarré del hombro, pasando mi brazo por encima de la mesa, y le miré a los ojos. —te lo prometo.
    —Gracias, F.
    —Oye, —comencé a decir. —¿te apetece que te llevé a un bar rockero muy chulo que conozco?, está aquí cerca.
    —Claro, amigo.
    —Genial. —y me levanté diciéndole. —¿Te importa pagar esta última ronda?, necesito ir al lavabo.
    —No hay problema. —me respondió con una sonrisa en los labios.
    Me colgué la funda del bajo en el hombro derecho e inicié mi camino hacia el lavabo. Era uno de estos antiguos que tenías en frente tuyo, nada más entrar, el lavabo y a derecha e izquierda los servicios de mujeres u hombres. La puerta de la derecha estaba cerrada y, al intentar abrirla, salieron de su interior un par de insultos entrecortados, debido a la borrachera que llevaba encima, del anciano de la boina. Perfecto, pensé mientras abría el bolsillo delantero de mí funda y la sacaba.
    Me asomé para contar a los pocos clientes que seguían en sus mesas. 5. La otra puerta, con el dibujo de una mujer con paraguas y sombrero del renacimiento, estaba abierta y sin nadie dentro. Más que perfecto, pensé, y me la guardé en el bolsillo mientras volvía a asegurarme de que todos seguían atentos a la televisión, que así era.
    Esperé apoyado en el umbral de la puerta que unía el lavabo con el bar y, en cuanto el viejo salió y me empujó pidiendo espacio para poder salir, le tape la boca con mi mano izquierda al tiempo que con la derecha le clavaba en el estómago mi navaja de mariposa Nieto 326-C, que compré en un viaje que hice con mis hijas y con H. a Toledo. Los ojos del viejo se abrieron como si estuviera viendo un fantasma y me lo llevé hasta el lavabo de las mujeres, donde le hundí aún más la hoja de acero en su interior. Tras sentarle en el wáter, se la saqué notando como, además de ella, estaba saliendo de su cuerpo parte de un alma. De una vida. Me acerqué a su oído y le susurré.
     —El respeto a los demás es algo que hay que tener siempre en cuenta, —le clavé una vez más la hoja y, tras sacársela de nuevo, concluí nuestra charla con un  —nunca sabes quién va estar en la habitación.
    Cerré la puerta hasta que hiciera clic y me lavé las manos en la pica. Con calma. No había peligro alguno. En los bares, si un hombre va al lavabo y se encuentra la puerta del servicio de mujeres cerrada nunca intentará entrar. Es matemático, 10 de cada 10 no lo intentan.
    Crucé el bar como si no hubiera pasado nada. Nadie me miro, pues estaban demasiado ocupados con la televisión, que miraban con ojos vidriosos de alcohólicos crónicos. Nadie reparó en mi persona, que pasó entre ellos contándolos para asegurarse de que no faltaba ninguno. Volvían a ser 5. Nadie nos iba a recordar, le dije mentalmente a Julio, pues no éramos más que dos desconocidos que habían tomado un par de copas en la parte más alejada del bar. Solo eso. Nada más.
    Al llegar a la calle me encontré a Julio esperándome, con la mirada perdida en el cielo sin estrellas que cubría la ciudad. Iba a ser una muy buena noche, desde luego. No hacía ni frio ni calor, 0 grados que decía mi padre. 
    —¿Crees que todo saldrá bien? —me pregunto mi amigo, sin dejar de mirar al cielo.
    —No te preocupes por nada, —sentencié  —nadie jode a los ángeles negros.
   
……

    —¿Qué te preocupa? —a H. nunca se le escapaba nada. Me conocía tan bien y sabía leer mi cuerpo de una manera tan precisa que casi parecía que en lugar de mi mujer era yo mismo.
    —Bueno, —comencé a decir al tiempo que dejaba la taza de café, que iba a ser mi único desayuno aquel día, en la mesa y cerraba la libreta de pentagramas donde tenía apuntado todo lo necesario para que Antonio tuviera el final que se merecía. —es sobre el asunto que te conté el otro día. Lo de mis compañeros del aula.
    Nunca he tenido secretos para H. Nunca.
    Cuando nos conocimos, en el festival Rock Am Ring del 2.003, me leía el pensamiento cada vez que trataba de contarle alguna fanfarronada para llevármela a la tienda de campaña, pero era como un muro de contención contra el que chocaba y rebotaba para explotar en mi cara todo cuanto le decía. Me sentí, al instante, prendado por esa forma de ser tan sincera y directa, tan única comparada con todas las chicas que había conocido gracias a mis primeros conciertos y posteriores backstages. Ella era verdaderamente única, y no me importa repetirme, así que aquel día me puse como reto dormir con ella esa noche. Como fuera. Y lo conseguí. El primer beso nos lo dimos en el mismo instante en que AudioSlave llegaba al final del primer estribillo de Shadow on the Sun. Aquella noche dormimos juntos, que no follamos, porque acabamos tan colocados de ácido que a duras penas pudimos encontrar la tienda, así que nos despertamos sentados delante de los stands de camisetas. Nos compramos la de la gira de Zwan para conmemorar aquel extraño despertar. Ese día, el último día del festival, lo pasamos juntos, bebiendo, hablando, viendo a nuestros grupos favoritos y drogándonos, y creo que podría decir que, hasta aquella fecha, fue el día más increíble de mi vida, por lo que se lo dije y ella coincidió conmigo, así que decidimos pasar la siguiente semana dando vueltas por Alemania de turismo. Fue un viaje increíble en todos los sentidos que acabó con los dos viviendo en mi casa a las dos semanas de volver a España. Seis meses más  tarde nos casamos, solo para que mi familia y la suya nos regalaran los electrodomésticos que nos faltaban y nuestros amigos nos dieran el dinero suficiente para que ella abriera su tienda de camisetas, y dos años después empezó la avalancha de niñas que, una tras otra, adornnaron mi vida de una forma que no creía posible ni en mis mejores sueños. Me hicieron feliz. Más feliz.
    —¿Y qué pasa?, lo harás bien seguro. No creo que suponga un problema para ti.
    En cuanto llegamos a un punto en el que empezamos a contárnoslo y a compartirlo prácticamente todo, desde miedos y sueños, hasta parejas en club de intercambios u orgías en fiestas donde acudíamos después de los conciertos que daba, no pude resistirme a contarle con pelos y señales que es lo que hacía a veces cuando llegaba tarde a casa. Ella al principio creía que bromeaba pero, cuando vio que hablaba muy en serio, y tras asimilarlo, empezó a creerme y a comprenderme. Ella es así, tan abierta a todo lo que hay en el mundo en tantos aspectos que no le cuesta ver más allá de las cosas, por lo que, para ella, mi adicción solamente pasó a ser algo que me hacía mucho más especial. Nunca le he dado miedo, jamás me ha juzgado ni me ha dicho que dejara de hacerlo, solo me anima desde aquel día. «Como cuando tocas el bajo,», suele decirme, «con él en las manos eres insuperable. Y con la vida de esos hijos de puta en ellas no creo que seas diferente, así que ¿por qué voy a tener miedo a perderte?» y después siempre me besa.    
    —No es eso cariño, —traté de explicarme lo mejor que pude —es que esta vez es algo diferente.
    —¿En qué sentido?
    Decidí que la mejor manera de tranquilizarla sería contándole todo lo que ella aún no sabía, como lo de los dos rusos que seguían a todas partes a mi víctima, lo de su silla de ruedas y su aspecto físico, y lo que sabía que la pondría como una moto, la afición de Antonio por mutilar a prostitutas usando al mayor de sus amantes, el fuego.
    —¿Que hace...qué? —dejó todo lo que estaba haciendo y me miró a los ojos buscando en mis pupilas un indicio de que estaba mintiendo. Algo que le sacará esa imagen que no podría olvidar en mucho tiempo.
    —Les quema los pies. Las desfigura... algunas veces las acaba matando.
    —¡Maldito Hijo de puta! —no pudo reprimirse —¿Y porque nadie lo ha detenido?
    —Mi compañero del aula —preferí desde un principio no dar nombres. Hay una gran diferencia entre contarle la verdad a alguien y hacer que esté en peligro al hacerlo. —me ha dicho que su padre es muy poderoso. Al parecer su sombra cubre mucho más de lo que nos podamos cualquiera de nosotros imaginar.
    —¿Y solo por eso se cree con derecho a destrozarle la vida a una prostituta? —estaba muy cabreada, tanto que iba esquivando mi mirada desde hacía un buen rato. H. es de esas personas que cuando algo le desagrada opta por esconderse en sí misma, y lo consigue tratando de no tener contacto con nadie, ya sea visual, auditivo o táctil. Pero de pronto, sin yo esperarlo, me miró —¿Qué tienes pensado hacerle a ese hijo de puta?
    No pude evitar sonreír. La amaba, y aún la amo, con una locura que supera a cualquiera que os podáis imaginar.
    Mi plan era sencillo, tanto que aún tenía muchos cantos que hacían falta pulir.
    Lo que quería hacer era ir al Kaloha la misma noche que él estuviera allí. Y entonces, así como el que no quiere la cosa, iniciar una conversación con Antonio. Aunque sea difícil de imaginar, sobre todo para los que jamás han ido a un puticlub, en ese tipo de lugares es común entablar amistad con otros clientes. Solo hace falta estar bebiendo al lado de alguien y opinar sobre aquella chica o la otra y, antes de que puedas darte cuenta, te conviertes en su mejor amigo. Y eso es lo que quiero utilizar.
    —Además allí me conocen, —continué explicándole a H. —ya lo sabes, y no me costará conseguir que crea que soy un cliente con contactos. Entonces le prometeré una sesión especial con una chica y, cuando esté a solas con ella, le secuestraré.
    —¿En quién estabas pensando?
    —En Betty, quizá. Ya sabes que me debe una.
    —Lo sé. Lo de su marido fue un gran detalle por tu parte. Me alegro de que me hicieras caso. —lo de Betty fue uno de los primeros asesinatos que cometí gracias a un chivatazo de H. Ella es su amiga desde que estaban en la universidad, y aunque sus caminos fueron por lugares diferentes, la amistad no murió. Entonces llegó aquel marido gilipollas que la pegaba, una de esas palizas acabó en un aborto, y H. me lo dejó caer. Aquel hombre estaba mejor muerto y, para que mentirnos, así fue.
    —¿Crees que ella querrá ayudarme?
    —Bueno... está en deuda contigo, pero quizá se expondría demasiado. Seguro que todas allí le conocen y ninguna quiere estar a solas con él.
    —Lo que suponía, —contesté, algo desilusionado. —¿qué me aconsejas entonces?
    H. se quedó pensativa. Miró el reloj, atenta a que no se le olvidará la hora de despertar a las niñas para que yo las llevara al colegio, y después a través de la ventana. Cerró los ojos.  Decidí centrarme en mi libreta, dejándola inmersa en sus ideas, tratando de encontrar en aquel amasijo de letras una idea que me abriese el camino que me llevaría a abrir en canal a Antonio. Y una voz, la de H., me sacó de allí.
    —¿Y qué tal yo?
    Mi cara, al mirarla, debió ser un poema. De esos que te descolocan con tanta energía que apenas te acuerdas de respirar tras haberlo leído.
    —¿Tú qué? —la había entendido, pero me negaba a creer que había dicho eso.
    —Que yo podría ser esa chica, —exactamente eso —piénsalo, ninguna querrá involucrase en este plan porque no se trata solo de estar en esa habitación al final, si no de que los guardaespaldas se crean que el tipo este va a entrar en ese cuarto sin que haya peligro. —y tenía razón, joder. —Tendría que estar todo el rato por la sala del Kahola, insinuándose, para que no fuese sospechoso. Es la única manera que tienes de hacerlo sin que esos putos rusos sean un problema. Además, —puso esa cara de chica mala, de actriz porno que sabe que aunque vayan a darle mucha caña es ella la que manda en la cama, que tanto me gustaba. —Josef me conoce muy bien, y seguro que no le importa que haga el paripé en su local.
    Era una buena idea. Una muy buena idea.
    Josef, el dueño del club, y primo de Betty, había sido una especie de novio de H. antes de conocerme. Incluso después, habíamos participado juntos en alguna orgía que él había organizado, por lo que nos tenía un cariño, digámoslo así, especial. Haría lo que fuera por H. y, por lo tanto, por mí. 
    —Es buena idea, —debía decírselo porque lo era  —pero no quiero que corras peligro. Lo último que quiero es perderte.
    —No sé dónde puede estar el peligro. En aquel club estaré mucho más segura que  aquí en casa, porque Josef no hará otra cosa que vigilar que no me pase nada. Seré su chica preferida aquella noche.
    —Visto así...
    El reloj señaló las 7 de la mañana y H. salió de la cocina, zanjando así la conversación, en dirección al cuarto de las niñas. Era hora de ir a clase.
    Me terminé mi café y comencé a darle vueltas al asunto. H. iba a ser un gran gancho, pues además de poseer una belleza de esas difíciles de olvidar, como la que tienen Jennifer Lawrence o Mena Suvari por poner dos ejemplos solamente, pero alejada de los cánones establecidos tenía un cuerpo que aún hacía suspirar a más de uno y que  mantenía con orgullo tras tres partos prácticamente seguidos, por lo que nadie se extrañaría, y menos en un puticlub, al saber que era una chica especial, de las que solo están con clientes exclusivos o, en el caso de la noche en que secuestraría a Antonio, con alguien que conocían a  uno de esos clientes.
    Empezaban a estar pulidas todas las esquinas de aquel plan.
    Oí unos pasitos lentos y arrítmicos que se dirigían a la cocina y la primera en entrar fue la más pequeña, seguida por la mayor y, como siempre, la última era la mediana. Había salido a mí, le encantaba el olor y el tacto de las sábanas por la mañana. Me dijeron buenos días, me dieron un beso cada una y se sentaron en la mesa.
    —¿Habéis dormido bien?
    —Tengo sueño... —dijo la pequeña
    —Eso te pasa por haber estado despierta hasta tan tarde ayer. —le recriminó H. Le gustaba mucho hacer de poli malo con las niñas.
    —Es que me gusta mucho esa peliiiii. —alargó la -í- tratando de darnos lástima. Fracasó estrepitosamente.
    —La has visto mil veces, cariño. —le dije sonriendo y guiñándole el ojo a la grande, consiguiendo que tanto ella como la mediana comenzasen a reírse.
    —Por eso me gusta... —y puso morritos de niña triste, como ella los llama. Cree que funcionan conmigo, que soy capaz de darle la razón en todo cuando los hace. Y es cierto…
    —Bueno, vale. Pero la próxima vez acuérdate del sueño que tienes ahora, —la miré como creo que hacen los padres responsables, cosa que nunca he pretendido ser —¿sí?
    —Vaaaale. —y comenzó a beberse su leche con Nesquik.
    Miré a H., que me contestó con una sonrisa cómplice, y después al resto de las mujeres de mi vida. Todos los días daba gracias por tenerlas conmigo, por ser mi luz en este camino llamado vida y que, sin ellas, sería incapaz de aguantar.
    Me detuve en la pequeña, que bebía casi sin respirar su Nesquik, y me dije que seguro que la próxima vez que dieran una película que le gustase en la televisión se pasaría por el forro mi consejo y se iría dormir tarde. Se parecía a H. en eso. Daba igual lo que le dijeras, si estaba decidida a hacer algo, lo haría.



Continuará...
Viene de la publicación del pasado 19 de junio

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