AGUA DE FREGAR, por Cesc Fortuny i Fabré

viernes, septiembre 15, 2017

Cesc Fortuny:

Me nacieron en Barcelona, mientras Morrison enviudaba a Pamela. Aprendí a domesticar armónicas y a exhibirlas en circos de pulgas, donde grandes hierofantes me mostraron el camino que lleva al gran agujero. Con oficio, albañiles de la palabra me han enseñado a alicatar mi casa. Me gusta surfear en olas de ruido, me gusta olfatear libros como el perro enganchado a la entrepierna, y en ocasiones, soy funambulísta de seis cuerdas. De muy joven me interesó el mundo audiovisual como herramienta para romper el discurso y el leguaje estructurado. Capturar un recuerdo y repetirlo fuera ya del ámbito de lo que denominamos realidad, ir mucho más allá y construirlo de la nada.

He realizado las siguientes residencias artísticas:

•    Un bonic jardí per a destroçar. Experimentación sonora para el proyecto Zé Pekeño. Centre d’art conemporani Konvent de Cal Rosal, (Berga, Colònia Rosal, Junio 2015).
•    El luto de los colores. Proyecto pictórico-poético integrado por Jaume Vendrell, Cesc Fortuny i Fabré y Marian Raméntol. Acrílico sobre lienzo sin bastidor de 2 x 2 m. Centre d’art conemporani Konvent de Cal Rosal, (Berga, Colònia Rosal, Septiembre 2011).
•    Metáfora, en busca del lenguaje único. Proyecto conjunto con Marian Raméntol en el que se experimenta con imagen, sonido y palabra en perpétua mutación. Centre d’art conemporani Konvent de Cal Rosal, ( Berga, Colònia Rosal, Agosto 2011).




Agua de fregar:

La siguiente es una recopilación de cinco relatos, uno de ellos dividido en dos partes, ambientados en una Barcelona eternamente anclada en los años noventa del siglo veinte. Se trata de una mezcla de vivencias reales y sueños completamente deformados por la memória. El protagonista es Max Torres, cuarentón, ocasional politoxicómano, militante bebedor, escritor de poca monta y ante todo antihéroe. Max Torres repasa con su mirada empañada por las drogas y el alcohol, la vida en una ciudad repleta de individuos abandonados al racismo y al sexismo, que practican con una devoción que al fracasado escritor, le repelen y lo atormentan por igual. El ambiente de Agua de fregar es falso, agobiante y teatral, como una máquina de tortura de cartón piedra, enmarcado en unos años noventa que nunca existieron. O sí


Número oculto

Bajé del autobús con las piernas dolidas, no es que sea muy alto, digamos que mido uno setenta y pico o por ahí, pero el caso es que en Barcelona los autobuses tienen plazas estrechas y en viajes largos terminas con las piernas medio dormidas.
Tenía frío y al ser muy de madrugada, todavía me mantenía en ese estado de letargo al que te somete la mañana.

Buscar trabajo, es una de esas cosas que menos me gustan, por eso lo hago tan pocas veces.
Me dirigía a una empresa de limpieza situada en lo que llamaban “La ciudad sanitaria de la Vall d'Hebrón” y que no era más que un puto hospital, enorme, pero puto hospital al fin y al cabo.
A mí me daba igual, el caso era trabajar en algo, y si se trataba de sacar la mierda de los demás, pues la sacaría y listos.
Me acordé de que había estado allí hacia muy poco tiempo,  en realidad apenas unas semanas, y que me había hecho unos análisis por un dolor intenso en el pecho.

Levantarme temprano no tenía nada de particular, como tampoco lo tenía presentarme a una entrevista de trabajo con una resaca del copón.
Me tuve que perder varias veces para llegar a un edificio que denominaban “traumatología”, que me pareció un nombre excelente para una chica. Sí, bien mirado podría llamar así a mi hija si algún día tuviese una.

– ¡Trauma!, ¡Trauma!, cariño, deja ya el chupete que se te van a deformar los dientes –. Y esas cosas.

Como decía, me costó llegar al puto edificio.
– Perdone, ¿sabe cómo puedo llegar al bloque de traumatología?
– Bueno, eso depende ... ¡lamadrequeteparió hijodelagranputa! – le gritó el tipo vestido con uniforme tres tallas grande y con una enorme porra, a un coche que pretendía entrar a un pequeño aparcamiento subterráneo.
Todo en él era enorme, bueno en realidad su cuerpo no lo era, pero el resto sí, gorra, uniforme, zapatos, porra, bigote ... enormes.

– Son la leche, ahí sólo se permiten ambulancias –. dijo sin mirarme.
– Le decía que estoy buscando el edificio de traumatología.
El tipo se rascó los huevos y me miró de arriba a abajo.
– Tienes que subir por el camino del fondo y al alcanzar la cuesta lo verás –. me llegó un tufo agrio de café con leche.
– Ya me han dirigido por ahí y por el camino de los jazmines y por el de atrás y el de debajo del puente, pero siempre que llego arriba, sólo veo un enorme aparcamiento desolado –. volvió a rascarse los huevos y se sonrió como una puta hiena.
– ¡Tienes que seguir hasta el fondo coño! – me gritó señalando con el dedo, la zona oscura en la que ya había estado varias veces.
Parecía una seta, con esa enorme gorra de plato. Los pantalones le caían por atrás como si no tuviera nalgas con qué llenarlos, cuando se dio la vuelta para señalar gritando que tenía que seguir por el aparcamiento hasta el fondo, le clavé los ojos en el culo.
Muy cerca de nosotros pasó una mujer de unos cuarenta y cinco, vestida con el pijama blanco que usan las enfermeras, era chaparra, de baja estatura y con enormes pechos. Me miró, la miré. Me quise sentir deseado, pero me dio vergüenza pensar que me había visto mirándole el ausente culo al mono.


Pasé del tío y seguí andando, la verdad es que el guardia de seguridad tampoco me prestó mucha atención a mí. Me di la vuelta y fingí dirigir una última mirada al guardia, aunque lo que hice fue mirar de lejos los glúteos de la cuarentona. De reojo percibí al mono rascándose los huevos.

La entrevista era a las siete de la mañana ya que era la hora en que el tipo que debía atenderme estaba en la oficina, luego se iba con la furgoneta a hacer reparto de material a los diferentes empleados.
Atravesé el desértico aparcamiento y llegué pronto, casi un cuarto de hora.
En la entrada había una mesa de recepción y una silla vacía, y en la mesa los restos de lo que parecía una cena. Una fiambrera con algo de pasta y una lata de coca cola. Di unas cucharadas a la fiambrera y luego me bebí la lata. Miré a mi alrededor y vi unos buzones a mi izquierda y unos ascensores frente a ellos, a mi derecha.
Entonces oí un ruido y entró un tipo vestido como el mono de la gorra, aunque este tenía serios problemas para conseguir meter la barriga dentro de los pantalones.

– Perdone, estoy buscando esta empresa –. le dije mostrando la tarjeta que llevaba.
Ni siquiera la miró, se limitó a menear la lata y tras decepcionarse y lanzarla a una papelera bajo la mesa, y que rebotara cayendo por el suelo, sacó otra del primer cajón, la abrió y se bebió media de un solo trago.
– Ahí –. señaló los buzones mientras se dejaba caer con fuerza sobre la silla y miraba con cara de cabreo la poca pasta que quedaba en la fiambrera. Comparé la tarjeta del bolsillo con los buzones y di con la empresa.

Me metí en el ascensor. Una mujer entró con un carrito de la limpieza. El gordo la miraba por atrás. Ella llevaba unos auriculares y no le prestaba atención, parecía no darse cuenta de las asquerosas miradas del portero.
Me sonó el móvil cuando aún se cerraban las puertas, miré el grueso y sudoroso cuello del guardia y tardé en reaccionar. Ya subiendo eché un ojo al número y apareció oculto. Proferí un monton de improperios y tacos contra mi desconocido interlocutor, o sea que me cagué en su madre y otras lindezas. “Qué gilipollas, si no se identifica, no contesto, ¿y yo que sé quién es ese hijodeputa?” Pensé mientras llegaba al rellano de la quinta planta y se abrían las oxidadas y pintarrajeadas puertas del ascensor.

Aquél edificio olía a vómitos,  lo noté al entrar, pero pensé que era la comida del guardia, que por cierto me estaba dando ardor de estómago y me obligaba a eructar. Supuse que mis eructos olían a rancio y me dio vergüenza por la entrevista.
Muchas veces he pensado que me preocupo demasiado por el trabajo, en realidad me gustaría no dedicarme a nada, vagabundear por ahí sin un céntimo mangoneando a los amigos. Ahora un trabajo de mierda, ahora un mes de paro, pero no tengo valor. En realidad soy un burguesito acomodado y necesito tener un trabajo más o menos estable para pagar mis vicios y sentirme seguro. Aunque nunca me siento seguro y tampoco puedo pagar mis vicios. Me gustaría ser un bohemio y no tener donde caerme muerto ... pero lo primero que hice en cuanto obtuve un trabajo estable, fue asegurarme un pequeño apartamento en un barrio obrero, donde me mato a pajas casi siempre que puedo.

Me planté frente a la puerta de la empresa, esperé un momento y me ajusté los tirantes para subirme los pantalones. Supongo que pensé en el guardia con cabeza de seta.
Llamé intentando no parecer demasiado violento ni demasiado pusilánime. Silencio.

Volví a llamar con cierto reparo, puesto que temía parecer impaciente, claro que tampoco me convenía aparentar una gran despreocupación, que me sudaba la polla vamos.
Quería dar sensación de seguridad, pero también de extrema paciencia, como Arnold Schwarzenegger vestido de monje budista.

    Miré mis bracitos y mis piernecitas como alambres, mi barriguita... En ese momento volvió a sonar el móvil. Número oculto. Me volví a cagar en la puta madre que parió al que me llamaba por no dejar ningún mensaje y recordé que sería mejor poner el teléfono en silencio para evitar dar la impresión de que no me importaba la entrevista. Al mirar el reloj del móvil vi que pasaban veinte minutos de la hora en que habíamos quedado. Me pareció imposible ya que en la entrada había visto un reloj que marcaba quince minutos para la hora hache. A no ser claro, que estuviera parado. Con lo cual era bastante evidente que había llegado más de un cuarto de hora tarde y muy probablemente el tipo que me había dado cita, se había largado a trabajar. Eructé otra vez y el olor a rancio se incrustó en la puerta. Me quedé un buen rato sin decidirme, no me atrevía a marcharme, pero tampoco tenía claro si dejar una nota o si era mejor desaparecer e inventar una escusa y llamar por teléfono. “Bueno, ¿se acuerda de mí?, soy el de la entrevista. El caso es que se tiró una mujer al metro y estuvimos un buen rato atrapados y sin cobertura.” Me pareció una escusa imbécil.
Seguro que no lo creerían, sería mucho mejor desaparecer discretamente y no decir nada, aunque por otro lado tenían mis datos ... ¿se comunicarán estas cosas las empresas entre ellas?

Se abrieron las puertas del ascensor y entró un hombre descomunal, vestido con pantalones azules y casaca azul, ropa de trabajo gastada y sucia. Patizambo, andaba bamboleándose. Desprendía un fuerte olor corporal, agrio, húmedo, aceitoso como un barril de crudo. Andaba muy rápido y con la velocidad de un pedo se plantó a mi lado, frente a la puerta. Me dio un empujón sin ni siquiera mirarme, de mala gana aspiró la colilla de cigarro puro que se agarraba desesperado a su enmarañado bigote rubio, sacó unas llaves del bolsillo y abrió resoplando.
Tras la puerta, apareció un pequeño cuartucho desordenado, lleno de cajas con productos de limpieza y archivadores. Había también una pequeña mesa de despacho y una silla en la que se sentó el tipo del cigarro, que pronto lo sumió todo en una espesa neblina.

Al cabo de un rato, escudriñando unos documentos, se percató de mi presencia y me miró desafiante. Permanecimos así, en silencio, expectantes … pensé en Django, pensé en Clint Easwood, pensé en Duelo al sol, y finalmente me atreví a hablar.

– Buenos dias, estoy buscando al señor Garay, para una entrevista. Siento el ret ...
– Siéntate –. dijo escuetamente, y me senté mientras terminaba de ordenar algunos papeles desperdigados sobre el caos de su mesa. Me pareció que eran currículos, y también me pareció que casi todos provenían de gente latinoamericana. Me miró con sus pequeños ojos claros.
– ¿Cómo te llamas? – sin dejar de escudriñar sus papeles.
No respondí, estaba bloqueado, la realidad transcurría ajena, de repente yo era un mero espectador, unos simples ojos sin cerebro, un mono atado a una silla obligado a ver una película de Tarzán.
Se paró con todas las hojas entre las manos, incrédulo, se detuvo unos segundos y luego reaccionó apagando el puro con rabia en un extremo de la mesa. Luego me dedicó una sonrisa forzada.

– Vamos a ver amigo, ¿de dónde sales tú?
– Del ejército.
– ¿Y hiciste algo de limpieza en el ejército?
– No.
– ¿Y antes?
“No.”
– ¿Nunca?
– No.
– Bueno … – hubo un silencio en el que el hombre se rascó la calva y dejó los papeles encima de la mesa.
– ...bien chaval, servirá, tendrá que servir, si te digo la verdad estoy hasta los cojones de los putos indios y de las zorras de sus mujeres –. y volvió a dedicarme una sonrisa forzada, o quizás no era forzada y no podía reírse mejor.
– ¿Quieres empezar ahora? – me tendió la mano.

Mi primer impulso fue decirle que no, pero no tuve valor y me entró miedo de perder el trabajo.
– ¡Claro!
– Verás, la cosa consiste en hacer las entregas de material con la furgoneta. Sabes conducir, ¿no?
– ¡Claro!
– Bien pues, acompáñame e iremos a llevar todo esto a los curreles –. tiró los papeles con desgana a un saco lleno de basura.
– ¡Claro!
Metimos las cajas en el ascensor, y bajamos hasta el aparcamiento subterráneo del edificio. El hombre sudaba desmesuradamente, embutido en esa ropa azul gastada. Parecía que todo era un esfuerzo terrible para él.
Cargamos las cajas y salimos con el coche al primer destino. Al salir, el hombre dedicó un gesto obsceno al segurata de la cabeza de seta.

– ¡Lamadrequeteparió hijodelagranputa! – gritó el segurata tirando la enorme gorra al suelo.
El tipo había vuelto a encender un cigarro puro y se reía con ganas.

– Qué cabrón que es el pobre –. y se reía.
– ... todos son de Méjico, o de Colombia, o de por ahí –. y lanzó la mano al aire con desprecio, como indicando un lugar inexistente.
– El jefe no quiere que contrate gente de aquí, por los sueldos ... ¿sabes?
– No.
– Esos monos cobran menos –. me aclaró sonriendo.
– ... pero yo estoy hasta la polla de aguantar la cara de mono de esos indios de mierda ...
Me acordé de que había silenciado el móvil y lo puse otra vez en modo “normal”.
No tardó en sonar, indicando que había cuatro llamadas perdidas con un número oculto. “Joder.” pensé, y me guardé el teléfono en el bolsillo.

– Las que están buenas son las de Puerto Rico … – dijo incorporándose con entusiasmo, como si no alcanzara a ver algo que estaba bajo el morro del coche.
– ... y las cubanitas –. añadió frenético.
– Menudos culos que zarandean esas guarras –. e hizo un ademán con las manos, como palpando redondeces invisibles.
Volvió a sonar el móvil y lo saqué del bolsillo para ver quién era. Numero oculto.
– ¡Tu puta madre! – se me escapó.
El hombre me miró de reojo y resopló humo de puro, llenando el coche con ese huidizo esperma expulsado del estrecho cipote de tabaco.
– ¿Te persigue una mujer, chaval?
– No, en realidad he empeza ...
– A mí me persiguió una que estaba muy encabronada conmigo, una chavala que conocí en este curro. La secretaria del jefe nada menos.” reflejaba la nada en sus ojos, como si quisiera recordar algo y le costara invocar la imagen.
– … un día subí a las oficinas y se me enganchó en la polla como una sanguijuela –. seguía con esos ojos enloquecidos.
– Una universitaria según me dijeron. Son las peores, estudian tanto que no tienen tiempo de follar y cuando salen de la universidad están locas por echar un buen polvo –. puso el intermitente y paramos en doble fila.
– Me crees, ¿verdad chaval?
– ¡Claro!
Así que bajamos, y me hizo cargar con una de las cajas. Abrió la puerta de un pequeño gimnasio y entramos, había un chica limpiando, tendría unos veinticinco años.
El hombre esparcía la ceniza del cigarro sin ningún miramiento, y el humo apestaba el pequeño lugar.

– Bueno, aquí tienes al nuevo encargado. A partir de ahora, vendrá él en mi lugar y te traerá lo que le pidas, obedécele en todo, es tu jefe –. me presentó de mala gana, sin ni siquiera mirarle a los ojos.
– Hola, me llamo Max –. dije yo tendiéndole la mano, mientras ella miraba al suelo que le quedaba por fregar, sin corresponder al gesto.
    Tras acordar la próxima visita, volvimos al coche, el hombre se despidió dando un portazo.
Seguimos las visitas toda la mañana, unas cuantas comunidades de vecinos, un par de guarderías, tres casas particulares, otro gimnasio, una pequeña tienda de ortopedia…

– Joder, es que no hay ni una que se salve. No tienen culo, no tienen tetas, y esas caras de ... de … – decía enrojeciendo.

Volvió a sonar el móvil. Número oculto. Rechacé la llamada.
– Bueno chaval, ¿piensas contestar o qué? ¿No tendrás un bebé por ahí y te están reclamando responsabilidades? –. me dijo partiéndose de risa.
– Métete el teléfono en el culo, a ver si no suena –. y se volvió a partir de risa con más fuerza, aderezándola con algún estruendoso pedo.
Decidí que lo mejor sería cerrar el teléfono para que no sonara y el hombre no me volviera a humillar otra vez.
– Ahora vamos a ver a una zorra que te vas a cagar –. y me miró acercando la cara hasta casi quemarme con la colilla del cigarro. Lo noté excitado, más excitado que antes, quiero decir. Y olí su aliento que me produjo arcadas. Las disimulé y detuvimos el coche frente a otra pequeña guardería, en un barrio cerca del aeropuerto del Prat. Me hizo cargar con una caja enorme que me deslomó por completo, y mientras se toqueteaba entre las piernas, llamó al timbre.
– ¿Si? – nos dijo la cabeza de una mulata de Puerto Rico, según me informó repetidas veces el fumador de puros con el bigote lleno de baba, no sé si por efecto de la nicotina o por su descomunal calentón.
La chica abrió la puerta y pasamos.
Mientras yo dejaba la caja en una silla, él le dedicó un repaso y se centró en las enormes caderas. Se trataba de la chica con las caderas más exageradas y prominentes que yo haya visto jamás, tendría unos treinta años y llevaba el pelo recogido en un pequeño moño que parecía mucho más pequeño al estar en la cabeza que aquella enorme mujer.
– Ya veo que estás muy bien –. y le dedicó otro repaso, esta vez deteniéndose en sus enormes pechos.
– ¿Necesitas algo más cariño? – dijo el hombre en un tono dulzón que le quedaba ridículo.
– Nada mi amor –. dijo con un dulce acento del Caribe y con una desgana absoluta, me pareció que intentaba disimular el asco que le daba el tipo y posiblemente yo mismo.

Cuando el hombre dejó de ponerse cachondo, me presentó y nos fuimos.
– ¿Has visto a esa zorra? – me gritó fuera de sí.
– A esa me la iba yo a llevar a casa y le iba a meter la tranca por el agujero del culo. A esa le metía tanto requesón entre los dientes que … – y siguió mientras gesticulaba como si realmente estuviera follando con un enorme culo imaginario.
La tarde no fue mucho mejor que la mañana, la pasé en la oficina repasando pedidos y aguantando al desenfrenado fumador de puros y su descontrolada testosterona.
Llegué a casa hacia las ocho de la noche y mientras sacaba una cerveza del frigorífico, encendí de nuevo el móvil.
Tendría unas diez llamadas perdidas de un número oculto, me sentía cansado y humillado, me sentía como si me hubiera dedicado a violar niños en algún programa de televisión. Abrí otra cerveza.
Pensé en la escena, yo enculando a un crío en algún “reality show” para amas de casa divorciadas que han desarrollado una fuerte aversión a los hombres, o para los putos inútiles de los que se han divorciado, que se creen que una fregona queda mejor en manos de una mujer que en las de un tío. Me sentía jodido.
Sonó de nuevo el móvil, era un número oculto. Descolgué sin pensar.
– ¿Si?
– ¿El señor Máximo Torres?
– Sí.
– Verá, le llamo del hospital … – dijo una voz nasal, una voz de hombrecillo, de oficina, de funcionariado. Una voz de café a las ocho, desayuno a las dos y me voy a las cinco. Una voz de me ha tocado quedarme hasta tarde por tu culpa pedazo de capullo.
– ... usted vino a hacerse unas pruebas hace unos quince días.
– Sí –. En realidad no le estaba prestando atención.
– ... bu... bueno –. tartamudeó.
– ... el caso es que tengo que hablar con usted.
– No me diga, casi ni me había dado cuenta.
– Tengo que darle una mala noticia ... ¿está usted bien? – se interesó sin tartamudeos.
– La verdad es que no, he tenido un día muy duro. ¿Y usted que tal está?
– Voy tirando, me matan las cervicales –. dijo con su voz suplicante.
– Pobrecito –. le dí un par de tragos a la cerveza.
– El caso es que en realidad ... tengo ... señor Máximo Torres ... –. dijo queriendo ser solemne.
Me tiré un par de pedos esperando que no los oyese, pensé que al menos el olor no le llegaría.
– ... que darle un par de noticias –. me pareció un chiste, un chiste malo.
– Verá señor Torres, los análisis indican que le quedan veinticuatro horas de vida.
– Claro, y supongo que de las dos, esta es la buena noticia, ¿verdad? – Incrédulo y cabreado.
– Bueno ... sí, porque llevo todo el día intentando localizarle, pero su teléfono siempre estaba cerrado o fuera de cobertura.
Sentí que el amanecer quedaba ya muy lejos.

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