EL RINCÓN DEL RELATO: UN PRIMER BESO (parte III), por Manuel Gris Lorente

viernes, septiembre 01, 2017

Manuel Gris Lorente lleva escribiendo desde que tiene uso de razón, quizá incluso antes, pero como no tiene recuerdos de esa parte de la vida prefiere no arriesgarse a la hora de hacer una afirmación tan tajante. Influenciado por autores como Chuck Palahniuk, Charles Bukowski, Bret Easton Ellis, Janne Teller, Amy Hempel o Craig Clevenger su escritura está caracterizada por un uso de la locura y la anarquía literaria con la que intenta no dar pistas de qué va a pasar a continuación en sus relatos y novelas. De cuál será el siguiente paso. La escritura es una forma de escapar del mundo y lo que hay en él, de todo lo que nos para a la hora de ser nosotros mismos, tan intensa y rica, tan grande, que no sabe expresar ese sentimiento con palabras, así que no lo hace. Solo sigue adelante, sin tenerle miedo a la página en blanco, y con la seguridad de que cada letra que usa solo le da algo más de libertad.


 UN PRIMER BESO (parte III)

Toni nos subió en una montaña rusa. Cada palabra, cada frase, cada broma y risa forzada de mi amigo, iban dirigidas a esa conversación que le llevaría a decir, tras un par de amagos disfrazados de bromas:

—Por cierto, ¿por qué no estamos ya en el agua? La hemos probado antes y está buenísima, ¿verdad?

Me miró con el mismo gesto simpático y amable que había usado con ellas y yo, tratando de no pensar en que era obvio que eso de que nos habíamos bañado era mentira porque teníamos los dos el pelo tan seco como la arena, contesté:

—Claro…, está muy, muy buena —pude decir.

Él se le levantó, ellas se levantaron y yo me levanté y, corriendo medio por las ganas de bañarnos, medio porque nos quemábamos los pies con la arena, llegamos tan rápido al agua que sólo pudimos entrar dando saltos y tirándonos a lo bestia, salpicando a cuantos compartieran un radio de tres metros con nosotros. Ellas, nos dimos cuenta al sacar la cabeza a la superficie, entraron más lentamente; la gorda porque parecía que no quería mojarse el pelo y la fea porque…, bueno, no sé, quizá porque quería parecer más femenina de lo que en realidad era. Es algo que suele pasarles a las chicas con cuerpos poco femeninos según los cánones establecidos por las revistas para anoréxicas. Sólo hay que fijarse en que aquellas que tienen algo más de músculos o de vello que las demás son, en un 100% de ocasiones, las más monas o las que más se pintan de todas. Eso en el caso de que sean heterosexuales, que suelen ser sólo el 15% del total, porque al otro 85% les importa tres cojones quién mire y cómo porque todo se soluciona con un buen empujón o una patada en los huevos. Y listo. Pero ni sabía, ni sé ahora mismo, si esa chica era o no lesbiana, así que diré que entraba despacio para parecer más fina. Aunque después de lo que pasó en el agua tampoco me extrañaría que se hubiese pasado a la otra acera. Peores motivos para hacerlo he oído.

Cuando al fin el agua les llegó al cuello comenzaron a nadar hacia donde estábamos nosotros. Puntualizo que yo tocaba fondo, por lo que no me costaba mucho mantener la cabeza fuera del agua, y Toni, que medía cerca de metro sesenta, se las veía y deseaba para mantenerse a flote. En una nueva jugada maestra por su parte dijo:

—Nos hemos puesto muy lejos de la orilla, casi no toco… —y miró a su enorme ligue, a esa boya que atraía todo su deseo como la mierda a las moscas. Ella, que podía ser pija rematada y tonta del culo pero al parecer el tema de tontear lo tenía muy controlado, le contestó.

—Yo te ayudo. Ven, abrázate a mí.

En dos brazadas Toni llegó a su triángulo de las Bermudas y, en unas pocas más, mi fea llegó a mi lado.

—Yo tampoco toco —me dijo clavando sus ojos vidriosos en los míos—. ¿Me ayudarías?

Y había llegado el momento, me dije, es ahora cuando voy a dar mi primer beso. No sabía si alegrarme o aterrorizarme cuando ella, como si fuese una pluma llevada por el viento, llegó al metro cuadrado en el que me encontraba y se colocó como lo haría una novia en el momento en que su reciente esposo está a punto de meterla, para metérsela, en la suite nupcial. Por simple inercia, y gracias al cine, puse mis brazos donde tocaba, el derecho bajo sus rodillas y el izquierdo agarrándola de la cintura, y ella contestó rodeándome con sus brazos al cuello y pegando sus pechos al mío. Estaba tan cerca que pude ver el bigotillo que le asomaba por el labio superior, oler su aliento a Cheetos y notar sus pezones, duros por lo fría que estaba el agua o por la excitación, clavándose en mí como cuchillos amenazantes, como fusiles que están a punto de pegarme un tiro a quemarropa. Y sin pensarlo ni saber por qué, la besé.

Sé que es ridículo decirlo, todo paso en el mar, pero sus labios estaban muy salados, cosa que de primeras me gustó porque siempre he sido más de salado que de dulce, pero a los pocos segundos en que permanecí ahí clavado, sin hacer nada más que pegar mis labios a los suyos, su lengua se hizo camino a través de mis labios y entonces empezó a recorrer cada centímetro de mi boca como si buscase algo. Me acuerdo muy bien de esta chorrada. Recorrió mis muelas, mi lengua, por arriba y por abajo, e incluso creo que trató de llegar hasta mi campanilla, porque no sé qué más querría tocar tan al fondo. Y entonces, tratando de que una arcada no estropeara ese momento, empecé a mover mi lengua haciendo lo primero que se me ocurrió, o sea círculos, y choqué con la de ella un millón de veces a falta de saber con exactitud qué era lo que debía hacer en realidad. Por algún motivo, aquello me hizo pensar en algo sin sentido, en la lucha entre Darth Vader y Obi Wan Kenobi antes de que este último mirara a Luke y desapareciera, por lo que no supe cuándo acabar por miedo a que si lo hacía moriría como en la película. Entonces ella se detuvo y sacó su lengua de mi boca.

No había abierto los ojos en todo el rato que duró el beso porque creí que así debía hacerse, y tampoco me moví porque no supe qué hacer si lo intentaba, por lo que cuando la miré me encontré con una cara inexpresiva, como de cera, que me miraba de arriba abajo, que no entendí porque nos llegaba el agua hasta un poco más abajo de los hombros y no se podía ver mucho en realidad, y dijo:

—¿Y las manos?

«¿Y las manos?», pensé, «pues aquí, agarrándote para que no te hundas», contesté moviéndolas y acariciando la parte interior de sus rodillas y su espalda. No comprendía a qué se refería.

—¿Cómo? —fue todo cuanto pude contestar. La perplejidad me tenía poseído.

—No has tocado nada… ¿Por qué?

¿Tocado nada? Quizá en esa época fuera muy ingenuo en cuanto al sexo femenino y lo que escondía tras esa máscara de suavidad y olores a frutas, pero lo que sí sabía es que había que respetarlas. No se me ocurrió tocarle las tetas o el culo o frotar mi minúsculo —por aquel entonces, ¡ojo!— pene erecto por su muslo porque, con sinceridad, sólo quería darle un beso, no violarla. Quería tener esa primera vez que todo el mundo suele recordar, en realidad, con el mismo respeto que se pretende tener sexo: como algo único. Dale el significado que quieras a «único».

Me quedé mirándola sin saber qué contestar, sin saber qué decir que no sonase a «vete a la mierda, zorra», por lo que no dije nada; sólo miré a mi izquierda, por encima de la cabeza de la fea que se llevó mi primer beso, donde vi a Toni besando a la chica enorme que parecía que se lo estaba comiendo como lo haría un tiburón, como una serpiente pitón. Lo único que podía hacer él era intentar escalar por el cuerpo de ella como lo haría un casteller, tratando de no pensar más que en lo que está haciendo, el resto no importa, el resto no existe. Sus bocas eran una y las manos de Toni, más hábiles que las mías en ese menester, recorrían cada centímetro de la espalda y el culo, cuando desaparecían bajo el agua, de aquella obesa niña, alternándose con los pechos, los cuales sobó con tanto ahínco que, durante un buen rato, uno escapó de su madriguera y flotó libre en el mar, como una medusa en busca de un pie al que joderle el día. La areola era del tamaño de una galleta María y del mismo color, y su pezón podría haber dejado en ridículo al destornillador más afilado que tuviera mi padre en su caja de herramientas. Me quedé bastante perplejo por esa postal, y también me puse bastante cachondo al verles, cosa que la fea notó bajo el agua.

—Vaya… al fin —me susurró y me besó. Esta vez fue ella la que sí movió las manos. Bastante bien, creo recordar.

El resto de la jornada, que se podría señalar en un horario como el periodo que estuvimos besándonos y/o tocándonos, porque soy lento pero no tonto y acabé por mover mis manos, duró cerca de una hora, y la siguió unos veinte minutos en los que Toni y yo decidimos no salir del agua por dos motivos: el primero es el obvio, el que cualquiera puede entender y tampoco voy a regodearme mucho en él, así que paso al dos, que fue el de comentar la jugada, algo bastante estúpido porque durante toda la hora nos íbamos mirando mutuamente, lo cual me gustó también, el hecho de sentirme observado. Creo que ahí empezó una de mis grandes pasiones, la cual contaré más adelante, en esos momentos en los que hacía cosas sabiendo que alguien estaba mirando, que alguien estaba disfrutando como si fuese yo el protagonista de una película porno y a la inversa, mirando lo que otros hacían, escondido sin estarlo. A la vista pero oculto.

Nunca más supimos nada de ellas. Se fueron cuando dijeron que iban a irse y nos llamaron cuando dijeron que lo harían, o sea nunca. Creo que los cuatro supimos que ese momento era nuestro y para eso, y poco más. Ninguno nos hicimos ilusiones con los otros, hubiese sido algo estúpido porque, ya centrándome en mi persona, Toni sabía sus nombres pero yo, ni entonces ni ahora, sé quién era ni cómo se llamaba esa chica, atlética, fea y de tetas firmes, que se llevó mi primer beso, ese que nunca más volví a dar. Supongo que la vida está llena de cosas que pasan por primera vez y que malgastamos, que lanzamos a dianas que son en realidad agujeros donde todo queda olvidado, pero siempre he creído que lo importante en la vida es eso; hacer y no mirar hacia dónde se dirige nada de lo que hagamos, porque si lo hiciésemos, si investigáramos bien cada cloaca a la que damos partes de nuestra historia, nunca haríamos nada en absoluto.

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