JAN POLKOWSKI. SILENCIOS INTERRUMPIDOS (I)

viernes, octubre 08, 2010

L’Espluga de Francolí, 1971 es poeta y traductor. Traduce del polaco y del esloveno. Cabe mencionar sus traducciones de Czesław Miłosz (Travessant fronteres. Antologia poètica 1945-2000, Proa, Barcelona), de Adam Zagajewski (Tierra del Fuego/Terra del Foc, Deseo, Antenas, todas en Acantilado, Barcelona) y los ensayos de Zbigniew Herbert; y del esloveno, las traducciones de Aleš Debeljak (La ciutat i el nen, Barcelona, Edicions la Guineu) y Lojze Kovačič (Los inmigrados, Siruela, Madrid).
Como poeta, ha publicado Llocs comuns (Lugares comunes) (2004); Retorns de l’Est (Tria de poemas 1990-2001) (Retornos del Este –Poemas escogidos, 1990-2001) (2005); Inventari de fronteres (Inventario de fronteras) (2006). En 2008 aparece su último libro de poemas: La disfressa dels arbres (El disfraz de los árboles). Algunos de sus poemas han sido traducidos al croata, esloveno, inglés, polaco y sueco.



JAN POLKOWSKI. SILENCIOS INTERRUMPIDOS (I)


Cultivar la poesía va asociado a una serie de ideas preconcebidas que le dan un aura particular, que distingue a este género de otros géneros literarios y que le otorga un lugar preeminente en una clasificación que parece imponerse en el imaginario común. Algunas de estas ideas se ven fortalecidas en épocas determinadas. Seguramente, hay una relación directa entre la sociedad del momento y la idea que se tiene de la poesía en una cultura determinada. Aunque muchos intenten negarlo e intenten hacernos creer que hemos pasado ya incluso el postmodernismo, en el fondo seguimos siendo deudores del Romanticismo, que impuso la idea platónica del poeta, del inspirado. El poeta escribe porque es un instrumento, él se ve dictado por unas fuerzas superiores que intervienen en él. El poeta, entonces, está sujeto al capricho de estas fuerzas, y cuando no aparecen, directamente la voz de su poesía enmudece. Hasta que vuelven a aparecer. Y pueden tardar días (autores prolíficos que no han dejado de escribir nunca, y que han publicado una obra inmensa, inalcanzable, incluso para ellos mismos), puede tardar meses, o puede tardar años, muchos años. Poetas que desaparecen por un año, por tres años, que nunca más aparecen o que reaparecen, nuevos y los mismos, al cabo de 10 o 12 años. No se tiene esta misma idea de los narradores, como si éstos no tuvieran inspiración. La inspiración puede ser cualquier cosa, un paseo, una mirada, cualquier accidente cotidiano que despierte un pensamiento en la mente del observador, poeta o narrador. Si existe la inspiración, existe ésta en todos los autores, pero después es el trabajo posterior el que determina el resultado de la obra artística. Es decir, la mirada y el lenguaje surgidos de una chispa fortuita.
Y las chispas encienden estímulos en la escritura, o se apagan en su incandescencia. Chispas que surgen del contacto, de la fricción. La mente las puede recoger. Muchas se pierden, no por falta de inspiración, sino a veces por el estado de ánimo, o porque no encuentran la mirada adecuada. Y sin mirada no se trasciende al lenguaje. Pero independientemente del tiempo que tarde el poeta en volver a dar forma a las chispas, a las miradas, al lenguaje que determina a unas y a otras, lo que realmente importa es cómo lo consigue, cómo acumula las miradas para llegar a su término, a la publicación de esa fulguración en la que se convierte un nuevo libro de poemas.



Jan Polkowski publicó su último libro de poemas en 1990. Y desapareció de la escena literaria. Se había convertido, en 10 años, desde la publicación de su primer libro Esto no es poesía, en 1980 en uno de los autores más valorados de su generación. Según algunos críticos, en el autor más sobresaliente de esa generación, aunque este tipo de juicios es siempre muy discutible. Y en 2009 publica de repente un nuevo libro que contiene cerca de 40 poemas originales, y algunas traducciones de poetas rusos. Un libro lleno de construcciones, de un lenguaje en plena incandescencia. 19 años de silencio poético. ¿Qué provocó este silencio? ¿Ha ido escribiendo Jan Polkowski durante todo este tiempo? ¿Dónde están las chispas que no han llegado a materializarse? ¿Es fruto de un período creativo que se inició no hace mucho tiempo? Respuestas que nunca sabremos, porque Jan Polkowski ya se ha construido un nuevo sujeto con esta reaparición. ¿Es otro poeta? Los poemas del último libro adoptan unos caminos diferentes a los poemas de los libros anteriores, es la misma voz poético pero que transita por otros derroteros.
Retrocedamos veinte años, cuando Polkowski publica su ya penúltimo libro. Al final de la década histórica en Polonia: Solidaridad, Estado de excepción, caída del comunismo, elecciones libres. El libro más emblemático de este período es el Informe desde la ciudad sitiada, de Zbigniew Herbert. Pero es un autor que nació en 1922. Los autores de la Nueva Ola, nacidos alrededor de 1942-1947, ya pierden su influencia en contrarrestar el lenguaje de la poesía y se percatan que hay que buscar nuevos caminos en su vía poética. Mientras, aparecen unos autores nacidos en la década de los 50, Bronisław Maj, Zbigniew Machej, Jan Kasper, Maciej Niemiec y precisamente Jan Polkowski. Aparecen, alcanzan su apogeo en aquella década e inician una caída en picado. Son autores que no han conseguido formar parte de ninguna generación, que no han podido crear un espacio entre la generación anterior, y la generación posterior, ésta última presionando mucho más para entrar en escena. De ellos, el más visible es Jan Polkowski, no sólo por la calidad de su poesía sino también porque se erige en el poeta de la época. Siguiendo la estela de Zbigniew Herbert, los postulados de desenmascarar la lengua de los poetas de la Nueva Ola, y además incide de manera especial en el fortalecimiento de unos constructos sociales e ideológicos de capital importancia en la Polonia de la época. Con el factor nacionalista y la religión a la cabeza.
Resume toda esta situación un poema que se ha convertido en el punto de inflexión de la poesía polaca reciente. El poema es “Para Jan Polkowski” y su autor Marcin Świetlicki, que se convertirá en el nuevo modelo a seguir para toda una generación. La primera estrofa reza:

Hay que cerrar de golpe todas las portezuelas de cartón y abrir la ventana,
abrir la ventana y ventilar la habitación.
Siempre era posible, pero ahora no lo
conseguimos. Es el único caso
cuando de los poemas
queda sólo pestilencia.



Y después sigue hablando de la poesía de los esclavos. Estos esclavos son autores como Jan Polkowski que no pueden liberarse de su país, de las contingencias sociales, y que se convierten en figuras que alcanzan casi el rango de mito. Y aquí entra la crítica al mesianismo, al romanticismo, a la figura del vate en Polonia. Años atrás, en otro poema, el autor Jan Lechoń escribió que cuando veía la primavera quería alabar la primavera, y no Polonia. Es ésta misma actitud la que Świetlicki le reprocha a Polkowski.
Y pasada la década de los años 90, ya con una estética predominante que es del todo distinta, Polkowski empieza su camino del silencio. Se impone en Polonia la poesía de la cotidianidad, el poema “Para Jan Polkowski” fue aprovechado por otro poeta, Krzysztof Koehler para acuñar una etiqueta que aplicaría a la poesía derivada de Świetlicki y de los autores que le seguían: el o'harismo, del autor norteamericano Frank O'Hara. Se utilizan los varios registros del lenguaje, con una cierta predilección por una dicción baja, informal e incluso vulgar; se atiende a los aspectos inmediatos del autor, pero sin una dimensión social. El estilo elevado de Polkowski, a veces enfático, no encuentra su lugar.
Reaparece 20 años más tarde, con el mismo estilo elevado, una dicción clara, rica. Pero abandona la dimensión social, se concentra en su interior, en las relaciones con las personas que le son cercanas: la desaparición de la madre, historias de su infancia, como cuando estuvo a punto de morir:

RÍO

Soy medio siglo más joven,
pesco con un palo en un azud.
Pero me inclino demasiado, y al poco, balanceándome,
navego y borbollo como una ampolla vacía arrojada al agua.
Mamá interrumpe este breve viaje, me arrastra hasta la orilla
gritando de terror.
Después, me despierto en casa y me toco con cuidado.
Existo, encuentro el trozo de líber de un sauce
enganchado fuertemente a la piel.
¿Quién soy, quién seré si me lo quito?
¿Quien se hunde y duerme? ¿Quien muere y se despierta?
¿Quien ve y quien se desespera?
Tendido, nacido de nuevo, en sábanas almidonadas toco
el futuro y el pasado encerrados en un trozo de corteza seca.
Por primera vez descubro el interrumpido pulso interior
de la oscuridad y noto el sabor dulce
del universo.

Aparecen, en este poema que abre el libro de Polkowski, Cantus, elementos que definen claramente su nueva vía poética. Las chispas, la mirada que se convierten en un texto poético. Son la presencia de la madre, que planea por todo este libro, la concreción del lenguaje y el uso de palabras que se enfrentan a la simplificación de los medios: azud o líber. La búsqueda constante de la personalidad, presente en muchos otros poemas, el sentimiento de haber nacido de nuevo, de la renovación (¿cómo poeta?) o de acudir atónito al paso del tiempo y a las consecuencias de su acción. Y finalmente, la revelación expresada aquí en los tres últimos versos.
No obstante, el lector, después de haber entrado a través del umbral del recuerdo en este poema, quedará atrapado en una red que cada vez le parecerá más amenazadora y sombría. Polkowski abandona el haberse podido convertir en un vate, abandona el tono de reinvidicación en su poesía, y empieza a hurgar en su propio yo, lleno de claroscuros, de sombras que parecían estar dormitando para aparecer en el momento adecuado. Y la desilusión, el desencantamiento que no sabemos si llega a alcanzar a la misma poesía:

“Los sueños y los deseos dan vueltas caóticamente
como falenas, enredados en sí mismos, resignados,
muriendo sin batalla y sin testigos.
El tiempo es como un recuerdo de viajes infantiles,
demasiado borroso e incierto como para descubrir
la ocultada vida de los acontecimientos no cumplidos.”

Es una visión amarga que encierra desencanto, dolor, pero que merece que nos adentremos en sus cauces para descubrir de nuevo aspectos del mundo a través de chispazos, de miradas, de lenguaje.

1 Comentarios:

María Eleonor dijo...

Siempre he pensado que un gran poeta es aquel que desde su dolor más profundo comunica, quiere comunicar, se permite llorar en público y sacar su frustración; esa poesía desgarradora, lacerante y fuerte son las que me mueven, esas que tienen un grito pegado y que no siente vergüenza de ser escuchada, opinada y muchas veces poco entendida, muchas poco valorada.

Gracias por el tremendo aporte.
Siempre asomo y leo este portal maravilloso,es un enorme placer venir acá y enfrentarme cara a cara con la buena literatura.