CICLO PROSA POÉTICA: LLUVIA, por Jaume Vendrell

viernes, julio 13, 2018

Jaume Vendrell Ginel, Barcelona, 1976:

Cofundador de la formación Oxímoron, con la cual ha realizado diversos espectáculos poéticos, “Bluesía”, en el área metropolitana de Barcelona.
Miembro del colectivo artístico Grup Tremó durante el año 2010.
Ha publicado el libro de poemas En la luz no hay más que unos ojos entornados (Ediciones Alvaeno, 2012). Ha colaborado con poemas en revistas como Piedra del molino y El horizonte literario contemporáneo. Parte de su obra ha sido incluida en revistas digitales como Absenta (Chile) y La Náusea (Barcelona).
Interesado en la pintura e Influenciado por los artistas plásticos figurativos del siglo XX ha expuesto su obra pictórica en diversos locales de la ciudad de Barcelona.

Textos perteneciente al próximo libro de Jaume Vendrell "PSICOFONÍAS DEL ÚTERO"


LLUVIA

        “Cuando se carece de imaginación, morir es cosa de nada; cuando se tiene, morir es cosa seria.”
                                                                     LOUIS-FERDINAND CÉLINE, Viaje al fin de la noche


Llueven huesos en mis pesadillas, carámbanos de calcio; golpean el camino sinuoso de los sueños igual que la baba uterina golpea el tedio de vivir. Se desploman los huesos con la verticalidad de un satén bordado con lirios. Desgarran la extensión del  cielo gris en su caída,  impactan con la nieve pálida de invierno, irrumpen en la muerte con inquietante solidez.
Sorprende su conducta pesada, lo grávido que resulta el desplazamiento incoloro al que se aferran. Sorprende la provisionalidad con la que eligen este cuerpo como huésped.

Me pregunto si todo el estruendo provocado mantiene relación con lo convulso de esta entidad inhabitable.

Saboreo la degradación impune de las madres sonámbulas, el vapor de los fetos, pues fui protegido por las aguas que bañaron mi tristeza en la penumbra del gran órgano. Degusto la sonrisa fugaz de los chiquillos antes del fragor de los tambores, ya que mantuve la cualidad de la inocencia permaneciendo inmutable, quieto y en silencio, ajeno al salvajismo que pateaba las calles.

El poder onírico del ensueño grita a través de mis aullidos que resuenan en la distancia plena. Soy un visionario soñado por el humo de las horas, fusilo las muecas que irradian desde el fondo de los negros túneles, los tics heredados de los padres. Violo las heridas con el vaho de la lengua.

Me aferro al contacto de la respiración profunda, del sudor salado que brota en las noches de bochorno en pleno estío, las noches abisales, densas como la palidez de los ojos cuando miro de frente a la muerte o forcejeo sin éxito con las palabras.

Llueven reminiscencias que anhelan ser algo tangible, no el hallazgo arqueológico de las huellas y los vestigios, edificaciones amortajadas por la epopeya de sus vigas que tan solo son hoy los escombros de una ciudad incorpórea, un espacio vacío reducido a cenizas, a la nada hueca – ni rastro de la extensión que fue ayer, ahora sombra en desuso tras los pies de una turba hacinada en una gota de semen –.

Toda esta calamidad de basalto y sedimentos, de voces enlatadas entre muros pertenece a la tormenta de la fiebre, al frio despeñado de las rocas.

Las metáforas penetran en el cráneo a través de un tubo, el vientre se inflama por el hambre y la bulimia, por los ecos dilatados de la ausencia.

Hoy soy solo el reflejo de una mancha nerviosa tras la estela de un lápiz que zozobra junto al polvo blanco insomne;
la obstinada oposición a morir en agosto.