LA VIDA IMITA AL ARTE (DUOLOGÍA NARRATIVA) por Jesús Ávila Zapién

viernes, noviembre 26, 2010

Nació en Sahuayo, Michoacán en 1964. Biólogo, poeta y cuentista. Ha colaborado en columnas semanales de los periódicos: Provincia, Tribuna y Vox Pópuli; y en la sección poética de la revista Expresión Tecnológica, del Instituto Tecnológico de Jiquilpan. Poemas suyos aparecen en el libro “Follaje de palabras” (1996). Fue premiado con mención honorífica en el certamen de poesía de los Juegos Florales Villamar, 2004.
Tiene en prensa (para su próxima publicación) el libro de narrativa: “La vida imita al arte: personajes sin tiempo”.

Algunas publicaciones en la red:
El bote de Colón: “Metamorfosis”
RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Página de Edgar Omar Avilés, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2008): “Lío Letal”Vox Pupuli: “¡Salvemos al Amigo Lore!”

ALGUNAS PUBLICACIONES SUYAS EN INTERNET:

El bote de Colón: “Metamorfosis”
http://www.elbotedecolon.blogspot.com/

RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Página de Edgar Omar Avilés, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2008): “Lío Letal”
http://www.rasabadu.blogspot.com/2007_08_10_rasabadu_archive.html

Vox Pupuli: “¡Salvemos al Amigo Lore!”
http://www.voxpopulis.com.mx/2009/05/personajes-de-sahuayo/



LA VIDA IMITA AL ARTE
(DUOLOGÍA NARRATIVA)

La vida, la mísera vida, verosímil y sin interés, reproduce las maravillas del arte”
Óscar Wilde


LA CASA DE AIRE
Me recibió con recelo en la casa ambulante que instaló en la banca. El parque parecía contrastar en sus verdes y aseados jardines, con aquella mazmorra de trapos malolientes a manera de tienda de campaña. Un cordón atado desde el respaldo del banco hasta un árbol cercano, fungía de tendedero, izando algunas prendas; en tanto, un perro enano y bravucón refunfuñaba, ladrando con insistencia a los transeúntes, amarrado a una pata de la banca. Gallos y gallinas cacareaban –en la cima de harapos arrugados y cobijas mugrientas– añorando el gallinero. Sentada en un extremo: Margarita Torres, nonagenaria viejecita de cachucha ladeada con visera y nagua larga, bajo la cual sobresalían los desgarrados tenis. Sobre la mesa de palo yacía una bandeja roja, de la que probaba la vieja unos trocitos de tortilla remojados en leche, que más bien parecían comida para gatos.
¿Quién vive? –Me interrogó al acercármele. Bajo sus ojillos ladinos colgaban unos rugosos pliegues como de guajolote. No osó inmutarse al emitir su vocecilla de flauta constipada, para solicitarme una “cooperación”, que no limosna, según recalcó, mientras me echaba una mirada de reconocimiento.
¿Cómo la puedo llamar? –Acometí, entrando en la confianza ruin que reditúa una voraz moneda.
¡Margarita, la de las flores! –urdió, garbosa, mientras remojaba una tortilla macilenta, para luego empinarle un trago a la botella de plástico. Su cuello rugoso de vacilantes movimientos, emulaba no al humano, sino al roedor cogido en la faena, pillándose el bocado.
¿No van a hacer chilaquiles en tu casa? –Me inquirió apetitosa, denunciada por el hambre largamente contenida.
Hoy no. –Pude decirle, entreviendo la desilusión en la brusca quijada, que rumiaba golosa en la desesperanza, paseándose la lengua de lado a lado del labio.
Si hacen, me apartas un poquito, pero, sin mucho chile, ¿eh?
Margarita decía haber nacido en La Puntita, allá para San Rafael (aunque quizás mintiera, porque algún informante aseguraba que provenía del contiguo poblado de Paredones); pero, dada su extraña condición de invasora “a rajatabla”, se quejaba de los ruidosos borrachos, que no lejos de ahí la fastidiaban por la noche con su juerga; de sus dos hermanos que la abandonaron; uno enfermo, pero el otro, según decía, aunque era muy rico, por haber desenterrado una olla con monedas de oro, el muy ingrato, con todo y eso la botó a su suerte. Quejábase también de aquellos misioneros a los que dedicó hartos años de servicio, recabando limosnas: ellos también la habían olvidado. Sus ojos nublados bailoteaban con resignación, hurgando entre tiliches y recuerdos, mientras sus abultados muñones meneaban el menjurje que hervía en la cacerola de barro, alzando una humareda estrepitosa, a lo “Hermelinda Linda”. Era evidente el desamparo que enfrentaba: reinaba sola con sus animales domésticos, instalada con férrea voluntad en esa casa lindada entre paredes de luz y hojas al viento, cuyo piso era el metal helado de la banca del parque San Felipe. Cuando le pregunté por qué se había instalado en aquel inhóspito sitio, rezongó iracunda:
¡La calle es libre!, ¡y si tengo por vecinos más que pájaros, sea porque mi casa, antes derrumbada, la he vuelto a construir en este pedazo de patria que es tan mío, como de cualquiera pueden ser los árboles o el viento!
(A escasos metros, se erguía el módulo de policía, del cual, de vez en cuando, alguna mirada indiscreta se dirigía curiosamente hacia nosotros, pero sin atreverse a más).
Arguyendo una verdad tan cruda. ¿Quién podría osar echarle en cara lo contrario? o intentar demolerle acaso la primera piedra a esa intangible casa, donde, igual que al aire, a nadie nos está impedido entrar.


(Del libro en prensa La vida imita al arte: personajes sin tiempo. De Jesús Ávila Zapién)




Margarita Torres Cárdenas


EL PAYASITO DE LA ESQUINA

Lleve su primavera”, anunciaba Chincholín, el payasito de la esquina, ofertando los globos de colores retorcidos y largos como ramos florales. Bajo un sudor profuso, devolvió el saludo a la pequeña que paseaba con su madre en motoneta. Reían destellos sus faltantes dientes y arrugaban dos lágrimas embadurnadas de pintura las mejillas maltrechas. Cerca, la vendedora de helados vestida de pingüino aspiraba siquiera a redondear el día. El mendigo de enfrente, fantaseando, se chupaba intranquilo los agrietados labios bajo un sol declinante. Por la misma acera, una niña ofrecía olorosos panes de canasta junto al viejo del carrito de la fruta, conformando un cuadro de pintura antigua. Nadie les compraba. Chincholín se talló el sudor sobre la frente con el antebrazo, sin dejar de sonreírle a algún chiquillo que pasaba de largo. Sus cabellos de estambre colorido disimulaban el verde triste de sus ojos acuosos; un chaleco parchado le cubría la camiseta percudida, dándole ese cruel aspecto de circense olvidado. Llevaba un pantalón lila bombacho, enfundado a su gruesa figura cuando ocurrió el percance.
La estampida de transeúntes distraídos que pasaban de prisa enrarecía el ambiente de una extraña inquietud. El instante dilataba su segundo huraño sobre el suelo de asfalto indiferente con la prisa de los coches sin rumbo. Sólo el cielo pareció brillar de otra manera, orquestando la escena que se veía venir…
El payaso se frotó los ojos en aquel instante congelado al tiempo. “Lleve su…” alcanzó a decir, cuando se desprendía el vehículo del cauce. El derrape ante el frenón estruendoso. El desconcierto fatal de tensos rostros indecisos, que buscaban resguardo en la banqueta. El coche sin control… Duda, miedo, sobresalto; el empuje certero de una mano oportuna que sortearía el impacto, arrojando de bruces al coloreado cuerpo.
¡Uf, qué cerca!, prorrumpió de entre la agitación el viejo del carrito. Unos tipos rapados con tatuajes obscenos descendían desde los mil infiernos, escoltados por el ruidoso volumen del estéreo. Con la estúpida sonrisa difuminada en humo pretendían ignorar el contratiempo, al comprar hasta el último globo del payaso, quien, ofuscado, habría de reprobarles la truculenta enmienda con su negativa (las miradas perplejas avalaban su légamo de dignidad como respuesta). El arribo de un “niño de la calle” apacigua el momento, su mirar suplicante sólo aspira a ondear un imposible globo que, como tantas otras cosas, parece inalcanzable. Magnánimo, el payasito le acaricia el pelo, desdeñando la oferta del hampón iracundo que le azota con su resuello alcohólico. Sin pensarlo dos veces, obsequia el globo al pequeñito. Despabilado, el carro huye con la bazofia a bordo, retumbando su rabia por la calleja incierta.
Cuando el juglar hubo posado el palo de globos en la pared de junto, compartía ya el alborozo de quien iba con la vistosa pompa y una caja de chicles sin abrir. Taciturno, debió tallar dos lágrimas que no eran de pintura, antes de hundir los guantes blanquecinos de sus empobrecidas manos por los bolsillos rotos del overol.

La agónica tarde silenciaría sus luces. Alumbraba la noche alguna efímera sonrisa.


(Del libro en prensa La vida imita al arte: personajes sin tiempo. De Jesús Ávila Zapién)


Manuel Figueroa González, “Chincholín”

4 Comentarios:

Ada dijo...

Margarita libre. Sin nada, con todo. Aparentemente feliz en una casa donde todos pueden entrar, donde sus vecinos son los árboles, los pájaros y el viento. Margarita con hambre, sin abrazos, sin nada en lo que sujetar su vida.

"Chincholín" riendo y regalando primavera. Siendo blanco de las burlas para divertimento de otros. A veces no deberíamos olvidar que todos tenemos corazón y que debemos intentar no romper el de los demás.
Se me ocurre que Margarita podría prestarle una habiración a "Chicholín" y empezar a conocerse, quizá lleguen los abrazos.
Me encantaron los dos relatos.
Saludos

J. J. A. Z. dijo...

Gracias por su comentario. Ambos personajes son del tipo que vemos "sin ver", todos los días.

Un saludo

Iose Kefalia dijo...

Hola donde podre conseguir este libro????

Iose Kefalia dijo...

Hola buena tarde donde podre adquirir este libro