Sendero del Arroyo por Eduardo Moga

viernes, marzo 18, 2011

Eduardo Moga (Barcelona, 1962), ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída («Premio Adonáis», 1995), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006), Los haikús del tren (2007), Cuerpo sin mí (2007) y Seis sextinas soeces (2008). Ha traducido a Frank O’Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Ramon Llull, Carl Sandburg, Richard Aldington, Tess Gallagher, Arthur Rimbaud, Billy Collins y William Faulkner. Practica la crítica literaria en «Letras Libres», «Revista de Libros», «Archipiélago» y «Turia», entre otros medios. Es responsable de las antologías Los versos satíricos (2001) y Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004). Ha publicado también los compendios de ensayos De asuntos literarios (México, 2004) y Lecturas nómadas (2007). Codirige la colección de poesía de DVD ediciones.






Sendero del Arroyo

la sequedad impregna los ojos, y luego desciende por los conductos craneales, y vadea la tráquea, y alcanza los alveolos, siempre impacientes por dilatarse, y se diluye, por fin, en una sucesión de punzadas cordiales y contracciones gástricas. La sequedad promueve el silencio, como si reprimiese cuanto quisiera surgir y derramarse, cuanto participase de la condición de barro y de meteoro. Y en silencio caminamos, observando la delicadeza con que se posa el aire en las jaras despeinadas, la histeria siderúrgica de los saltamontes, la extinción y, a la vez, el nacimiento de las sombras [mueren las astilladas por el sol, depositarias de una frescura híspida, cimentada en un afuera sin final; brotan las que susurra el ocaso, que empieza a almendrar las crestas de los cerros]. Las sombras son una promesa, pero ocurren, se coagulan, no transigen: chirrían en los recodos del camino, como equimosis abruptas, o en las peladuras de los desmontes, o en la raíz de las colinas. La sombra es un dardo en la diana de la tierra, en el abdomen de la sequedad, en el silencio que se propaga como la penumbra. Caminamos. Se acercan tres, cuatro perros, entre ladridos metálicos, que resuenan en las laderas como la tos de un escrofuloso. La sed es un fluido. También los pasos que damos, enhebrados por una voluntad sin propósito. Los árboles, despellejados, nos adelantan: su prisa es subterránea y celestial; su ajetreo, un atropello de saprofitos y nervaduras. De una casa, a la que se dirige un sendero perezoso, llega una música indecisa y cascotes de voces; de otra, emborronada de encinas, sólo oímos el temblor acrílico de su quietud, el zumbido de su invisibilidad. El camino conduce al repetidor de televisión. El sol es una moneda de fuego que se derrama en la oscuridad que pisamos, en los regatos que no están, en los muros cuyos helechos ronronean. La sequedad nos estraga, aunque agonice. Caminamos. Sonreímos. Lejos, una campana.

EDUARDO MOGA

[Poema II de El desierto verde, inédito]

3 Comentarios:

Isabel Huete dijo...

Todavía no he conseguido cerrar la boca... ¡Qué gozada!
Besotes.

salvador dijo...

Me gustó este relato poético...

Aldara dijo...

Maravilloso Eduardo Moga, como siempre.

Salvador, no es un relato poético sino un poema en prosa. Relato poético sería la novela ''Seda'' de Alessandro Baricco, por poner un ejemplo muy conocido. Es decir, existe una gran diferencia entre un relato poético (o narración poetizada, o novela poética) donde hay una narración con una manera poética de contarla, y entre un poema que se vuelve prosa, pero no narrativa. Narrar es contar una historia, un relato. Poesía no es una historia, sino una pulsión de luz, o de sombra, que reverbera en el espacio, girando o quieta como un movimiento en espiral.

Saludos o felicidades por la magnífica entrada.