EGO AGRESTIS por M. Martínez Forega

viernes, junio 24, 2011

Manuel Martínez Forega (Molina de Aragón –Guadalajara-, 1952) es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado una treintena de títulos de esas disciplinas. Con He roto el mar obtuvo el premio de poesía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1986, publicado en 1987 y cuya segunda edición apareció en 1993 en Prensas Universitarias de Zaragoza. En 2005 ganó el Internacional “Miguel Labordeta” con 333 días. Ademenos (2008), su último título de poemas, ha sido reciente finalista del Premio Nacional de la Crítica 2009. También se le otorgó en 2002 el Premio Europeo a la traducción por su versión de El legado de François Villon. Preparó la edición antológica 20 poetas aragoneses expuestos para la Exposición Internacional Zaragoza 2008, ha editado, introducido, anotado y coordinado Toda la luz del mundo. Minimal love poems de Ángel Guinda, texto traducido a todas las lenguas de la Comunidad Europea. Y ha traducido, introducido y anotado la única edición castellana canónica de Monsieur Teste de Paul Valéry, amén de dar a conocer en España a los poetas checos Josef Kostohryz y Frantisek Halas y la poesía del francés André Pieyre de Mandiargues. De vez en cuando, hace crítica literaria en la prensa periódica y, más asiduamente, practica el reportaje y el artículo de opinión en la revista especializada Jara y Sedal Pesca.
Fundó algunas colecciones de poesía como “La Gruta de las Palabras” de Prensas Universitarias de Zaragoza y “Cancana” y “Libros de Berna” de Lola Editorial; el ciclo “Poesía en el Campus” de la Universidad de Zaragoza también se encuentra en su haber. Fue el editor de la Revista Pasarela de Artes Plásticas.

(fotografía: Manuel M. Forega: Columna Villarroya).



Ego agrestis


M. Martínez Forega

En torno al yo salvaje (emblema del arrebato emocional estructurado, locus meditativo sobre el logos, la vida y el hombre) se ha dicho poco respecto a su destilación decimonónica que no se encuentre asociado a una postura exclusivamente científica o a la más ortodoxa corriente representada por el cogito ergo sum (véanse R. Laing, D. Cooper y, con más fortuna, creo, Heidegger y Blanchot). Pero es éste asunto de profesionales; en consecuencia, no se me ocurrirá ni siquiera aproximarme a la paradigmática imagen de aquel *asno con cascabeles+ tan ilustrativa del petulante patoso que osa opinar sobre un asunto del que lo ignora todo.
Ciñéndonos al exponente artístico-literario, T.S. Eliot, O. Paz y M. Praz han tratado de explicar ese impulso *salvaje+ del genio creador constriñéndolo en los límites conceptuales donde la razón desempeña el papel preponderante. Elliot lo atempera, Paz lo explica maravillosamente, Praz lo reivindica. Jung et alia CJolande Jacobi sobre todoC han ensayado una plantilla psicohistórica aplicable a aquellos símbolos o arquetipos artísticos y literarios (tanto da) por donde parece entreverse la eclosión del ego agrestis. Ardua labor sería la de poner en duda tan dignas revelaciones. Pero a cualquiera le es lícito desenvainar la espada de la experiencia y afrontar con las singulares razones de su ignorancia las reglas canónicas y la exégesis académica.

Desde luego la etimología no nos presta mucha ayuda para desenmascarar la semántica actual que preside el término central al que nos referimos. Si acudimos a los étimos, ese ego resulta un tanto montaraz, desposeído del matiz *beligerante+ y contranormal que es presumible queremos otorgarle. Georges Bataille esbozó algunos de sus rasgos: *Reír, feliz y maldito, ignorante, ingenuo.+ Claro que la esencia verdadera del yo salvaje se manifiesta a través de un impulso que el romanticismo magnificó y que las artes contemporáneas han venido manteniendo (aun con sus puntuales palinodias) como rasgo inquebrantable de su ser defendiéndolo, con lapsus que no lo han hecho peligrar, por encima de todo, y ahí seguimos. Me estoy refiriendo, naturalmente, a la valoración suprema de la subjetividad del individuo respecto a todo y a la consecuente preponderancia de la diversidad sobre la unidad clásica. Este rasgo ya fue condenado críticamente por el krausismo y sus acólitos ( en España con firme convicción) y fracasó.
En las colectividades antiguas el individuo era relegado en beneficio de la unidad del Estado; la patria era al mismo tiempo principio y fin de toda vida personal. Sólo sobresalía el individuo que había servido y contribuido al engrandecimiento de su pueblo, que por su pueblo había combatido (el general tebano Epaminondas, muerto en la batalla de Mantinea tras ganarla, constituye un buen ejemplo). El significado del estado social prevalecía sobre la personalidad en sí misma, y un centro común absorbía toda actividad, despistándola de las distintas esferas privadas donde pudiera ejercitarse. Toda manifestación del espíritu revistió ese carácter majestuoso y elevado, y la literatura, particularmente, se convirtió en una deificación de los grandes nombres y de los notables hechos políticos. Así pues, la relevancia de la propia personalidad, distinta, unívoca, era privilegio del Estado.

*Los dioses no han basado su causa en otra cosa que no sea ellos mismos, el Estado no admite otra causa justa que la suya (...) )por qué basar siempre mi causa en fines ajenos? Como ellos, basaré mi causa en mí mismo, en mí individualidad... Mi causa no es general, sino única... No admito nada por encima de mí.+ Estas palabras de Max Stirner constituyen una apología del egoísmo en su estricto sentido etimológico y reivindicador, una afirmación de la individualidad (su hipérbole epistemológica fue desarrollada por Paul Valéry en Monsieur Teste) frente al Estado, al que más tarde Schopenhauer definiría como *la obra maestra del egoísmo inteligente y razonado.+ Pero conforman además un intento de emancipación social del individuo. El subjetivismo romántico, si bien encontró vago cauce político en nuestro siglo a través de la socialización de los derechos individuales y del ejercicio práctico de la noción de libertad, se fijó ante todo en las artes y, a través de ellas, en la protesta contra la rutina académica, contra la tiranía de las reglas y preceptos y las imposiciones de la tradición clásica y, por consiguiente, en el espíritu de libertad que lo anima. Todo ello, dentro de un contexto estético (aunque social) agresor, tiránico e insolente, no tuvo otro remedio que manifestarse a la manera salvaje. Los alter ego artísticos alcanzaban el extremo de lo posible quitándose la vida (a veces, su transmutación encarnada corría igual suerte CLarraC); argumentaban el suicidio como un acto, además de amoral y rebelde, de libertad superlativa del individuo y no en aras de aquel Estado clásico, a la postre criminal, cuyas consecuencias sufrieran Sócrates y Séneca, entre otros. El yo salvaje debatía contra la usurpación del derecho *a ser uno mismo+, contra la vieja escuela que ahogaba la personalidad de artista, mataba la inspiración y la originalidad e impedía el progreso del gusto: *(Si todo es viejo aquí, abajo todo; destruyamos todo a ver qué pasa!+, propuso Larra en un excelente alarde de exquisita ferocidad y mala leche.

El yo salvaje, sin embargo, no deja de ser una expresión más que con pretensiones definitorias ha ensayado enmarcar el espíritu que habita nuestro tiempo, pero todavía, a lo que parece, sin éxito. Por todas partes se advierte un hormigueo de voces semejantes a aves de rapiña sobrevolando una antigua herencia putrefacta tratando de arrancar el mejor bocado. No es ésta nuestra tarea; antes al contrario, debemos alentar lo vivo, nuestro tiempo está ya saturado de cadáveres de los que sería, además de nauseabundo, indigno alimentarnos. Desenterrar se ha convertido en práctica tan habitual que ya cada uno llevamos nuestro muerto a cuestas, nos acostamos con él, bebe en nuestra copa, hurgamos en sus entrañas con el indecente propósito de encontrar en él el último vicio censurable sin alimentar los nuestros, cuando son en realidad nuestros excesos los que confieren a lo vivo el meritorio riesgo de vivir. Apostar por lo que vive (no por *la vida+, que es objeto bien distinto sin que sea necesario siquiera esbozar un ejemplo ilustrativo), representa un riesgo frente a la extendida y vulgar idea de *vivir la vida+, tras la que se oculta precisamente el verdadero padecimiento humano: en efecto, el ser humano no vive la vida, sino la muerte con registros que le inducen a asociar a aquélla toda una decadente terminología recogida en el pueril diccionario de la sociología política: amor, felicidad, éxito, cultura, benevolencia, humildad, solidaridad... son términos conformadores de la falaz panacea del bien vivir. Apostar por lo que vive conduce inevitablemente a ser solo (*estar+ solo sólo en la accidentalidad) y no parece aventurado afirmar que el ser humano siempre se ha sentido solo. Con más razón el yo salvaje emerge de esta consciente soledad como el kraken liberado de su ergástula en el abismo oceánico, y cuando se mira a sí, en su tiempo, cuando se descubre frente a su soledad especular, se admira de ella, de cómo le ha sido Cy seráC posible convivir con ella. Me refiero a una soledad esencial Cno accidentalC, a la que encarna nuestra edad sola constituyéndose así en su cuerpo. La amistad, la cultura, el amor, la sociedad... palabras y contenidos aún mágicos para el pusilánime, no son sino accidentes que, aun contribuyendo a nuestra *personalización+, revelan, justamente por su necesidad, el lado oscuro de nuestro sufrimiento. Rara vez un humano ha osado decir *no estoy solo+; pero más extraño todavía resulta oírle manifestar: *soy solo+, porque este abandono es sólo perceptible mediante la reflexión, y ésta constituye una noción fundamentalmente temporal. En último término, ser solo es consecuencia inequívoca del contraste entre nuestra efímera existencia y la infinitud abrumadora del tiempo. La conciencia de su brevedad es precisamente la que otorga a los logros de nuestra existencia el carácter de satisfactoria conquista. El héroe es esto, el mito es esto, el yo salvaje, como pretendida adherencia de ambos, también es esto: persiguen quedar fijados en el infinito plano curvo del tiempo sobre el que transcurrimos (*Nosotros somos el tiempo y no son los años sino nosotros los que pasamos. El tiempo posee una dirección, un sentido, porque es nosotros mismos.+, ha dicho Octavio Paz).
Ahora bien, precisamente porque todo se crea y fluye de nosotros, tenemos el suficiente arrojo para arrostrar nuestra más inconfesable esencialidad (debilidad a la vez) y hacerla objeto de innúmeras máscaras. El yo salvaje es una más (no importa en qué plano la coloquemos), y nos mira, nos incita, nos invita )acaso como consecuencia de una impresión común, por todos compartida, de una misma necesidad común: la terrorífica pero sublime soledad última?



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