JACEK GUTOROW. EN LA LÍNEA DE LA SOMBRA

viernes, junio 03, 2011

L’Espluga de Francolí, 1971 es poeta y traductor. Traduce del polaco y del esloveno. Cabe mencionar sus traducciones de Czesław Miłosz (Travessant fronteres. Antologia poètica 1945-2000, Proa, Barcelona), de Adam Zagajewski (Tierra del Fuego/Terra del Foc, Deseo, Antenas, todas en Acantilado, Barcelona) y los ensayos de Zbigniew Herbert; y del esloveno, las traducciones de Aleš Debeljak (La ciutat i el nen, Barcelona, Edicions la Guineu) y Lojze Kovačič (Los inmigrados, Siruela, Madrid).
Como poeta, ha publicado Llocs comuns (Lugares comunes) (2004); Retorns de l’Est (Tria de poemas 1990-2001) (Retornos del Este –Poemas escogidos, 1990-2001) (2005); Inventari de fronteres (Inventario de fronteras) (2006). En 2008 aparece su último libro de poemas: La disfressa dels arbres (El disfraz de los árboles). Algunos de sus poemas han sido traducidos al croata, esloveno, inglés, polaco y sueco.



JACEK GUTOROW. EN LA LÍNEA DE LA SOMBRA


Un instante de tormenta en Cracovia. Dura una media hora. El día se ha levantado claro, con sol, y después se ve interrumpido por este aguacero repentino, que sorprende a los habitantes de la ciudad. Lo limpia todo, es como una purificación de ese gran organismo que es la tierra. El agua que ha caído descubre todos los objetos bajo otra luz, más resplandeciente, más nítida. Obliga a otra mirada. Destacan los árboles, las hojas, los troncos con su intensidad de tonos marrones. Paseando por el parque verde que son los Planty, cualquier paseante puede ver cómo la tierra quiere absorber el agua, cómo penetra. Los ojos también quieren absorberlo todo, también quieren penetrar en el interior de las cosas, pasando de la tierra, de los árboles, a los resbaladizos adoquines de las calles del casco antiguo. La mirada se desliza suavemente para detenerse en algunos instantes en los objetos, las luces, los cuerpos. Una mirada como la del poeta que define su mundo a partir de lo externo. 



Una mirada a partir de lo externo, a partir de lo extraño que a veces deviene más familiar que nosotros mismos, o que todo lo que consideramos propio. Así es como podríamos definir la poesía de Jacek Gutorow. En ella, la observación arrebata el protagonismo a las personas, a las reflexiones interiores. Es la característica más evidente en sus poemas: 

AMAPOLAS
Acabadas de traer del campo.
Una silenciosa vigilancia con el fondo
de la pared blanca. Pétalos rebosantes
de rojo hasta un extremo.
¿Cuándo terminará el significado al por mayor?
¿Cuándo el por menor del azar lo sustituirá?
Las sombras en la pared no tienen nada
que echarse encima, quizás sólo la leve indiferencia
de las cosas más duraderas que el pensamiento que las creó.




La reflexión parte de fuera, pero va penetrando en el interior, nos va uniendo. El trabajo del poeta se asemeja aquí a enhebrar una aguja y empezar a coser prendas para llegar a una imagen completa, mientras se cose se está proyectando uno mismo, y el resultado es a la vez algo que nos es propio y ajeno. Es así un deambular en este mundo de realidades ficticias, de ficciones reales, de fronteras difuminadas que nos ha tocado vivir. Por eso, tal vez, la observación es todavía más necesaria, proyecta luz y nos vemos proyectados en ella, un círculo que nunca se puede cerrar. Como la sombra que no se puede ensombrecer a sí misma. El reflejo que no se refleja a sí mismo. Una espiral de ilusiones que el tiempo detenido que provoca el poema intenta captar. Como el rojo rebosante de los pétalos, una mirada que inmediatamente habla más de sí misma que del propio objeto. El rojo no puede saberse rebosante, no conoce la gradación. Ésta se construye desde el momento que la miramos, que la comparamos, que le damos un valor.

POEMA ERÓTICO DE LA LLUVIA
La lluvia nos tiene
como sombras, cuando la oscuridad
es una aguja en la esfera del reloj.
Las gotas bajan por el vidrio
y esperamos algo solar
en esa gota.
Un aura o aureola
del cuerpo. Estamos en la lluvia
como fósiles vivos:
temblando con el pulso
lascivo de los muertos, desnudos
en formas simples y abstractas. La noche
cierra los dientes. El agua gorgotea
en los zapatos tras la puerta.
La muerte, como la lluvia, sigue
el rastro de cada pensamiento interrumpido.



En la poesía de Gutorow, los agentes externos muchas veces aparecen en forma de amenaza no cumplida, como si fueran animales que estuvieran al acecho para el asalto definitivo. Nuestro deber consiste, pues, en ir descubriendo esos peligros acechantes que son, en el fondo, los temores que encierra cada uno a partir de las propias experiencias. Y éstas se ven resaltadas siempre que hay un cambio en nuestro devenir, puede ser tener amapolas traídas del campo, puede ser una tarde de lluvia, que todo lo purifica y todo lo deja al descubierto. O también como la omnipresencia de las sombras, que definen las formas en otra dimensión, se muestran en una cara oculta que hay que descifrar sin descanso.

ELEGÍA
No creo en la misión de las sombras.
Tiene que haber otra salida, no sólo
corredores juntados con un clip
a las calles, y la niebla gris bajo el cuello
del cielo. Tu corazón estalló en cien pedazos,
y cada uno de ellos llegó a reflejar a la gente,
sus habitaciones, telarañas en esquinas, ceniceros
llenos. No creo en la forma
definitiva; hay siempre un error en el sistema,
la cornisa del sentido se hunde bajo su propio peso,
¿lo oyes? El eco penetra por las capas
de un silencio idealmente recortado.

Los diferentes niveles del poema anterior, en los que se funden varios campos, como las manualidades (que remite a la infancia y a un cierto poder de creación), o también el mundo informático que pasa a una transcendencia superior, o la cotidianidad de nuestras vidas, el abandono en el que surgen las telarañas, y las habitaciones donde observamos y nos sentimos observados (por nosotros mismos) muestran cómo construye, o más bien, cómo construía un balance entre lo abstracto y lo concreto Jacek Gutorow en sus primeros libros. Una creación que se encierra en sí misma y que se va descubriendo por la luz que arrojan sobre ella los objetos que precisamente no emiten luz. Pero es el poeta quien la recoge. Es este cambio de visión en la poesía el hecho que permite calificar a Jacek Gutorow como uno de los autores que mejor han sabido fundir las enseñanzas de un cierto postmodernismo en la poesía sin caer nunca en un discurso críptico, cerrado, a veces del todo inconexo. Porque Gutorow se sirve de la duda para iniciar una lucha incansable hacia un sentido que, aunque fragmentado, pueda permitir al lector acercarse a la realidad de una manera diferente.