WASIS DIOP por Francisco Javier Irazoki

viernes, febrero 10, 2012

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.










                                           WASIS DIOP

           Lo veo a la puerta de una escuela de París. Rodeado de otros padres que también aguardan el reencuentro con los hijos, sobresale su figura de casi dos metros de elegancia. Es un hombre afable y de trato sencillo, sin las debilidades narcisistas del músico triunfador.
           El senegalés Wasis Diop (Dakar, 1950) me describe su infancia y adolescencia en África. Lo interrumpo para decirle que la primera parte de su biografía tiene varios puntos en común con las experiencias de Salif Keita. «Ah, Salif es uno de mis mejores amigos», responde risueño. En efecto, como el cantautor maliense, Wasis nace en una de las familias prestigiosas de su país. Pertenece a la etnia lebou. El padre es un guía espiritual que aconseja sobre los cultos sagrados. El hijo crece en el barrio Colobane y a los catorce años aprende a tocar la guitarra. Decide ser artista, con el previsible disgusto paterno. ¿Cómo olvidar que la música fue siempre un oficio de los griots, gente bohemia y sin asiento fijo? A principios de los años setenta prepara la huida hacia lugares menos opresivos.
           En 1974 actúa con Umban Ukset y crea el grupo West African Cosmos. Nadie habla entonces de la world music, pero Wasis Diop y sus compañeros ya fusionan el jazz occidental y la música africana. Con todo, las giras y el disco de estos pioneros no pasan inadvertidos. En 1975  Wasis fija su residencia en París, ciudad bella donde echa en falta el calor humano, y, después de liderar West African Cosmos hasta 1979, planea la carrera artística individual. Realiza muchos viajes. En Japón conoce a Yasuaki Shimizu, el compositor vanguardista con quien trabaja asiduamente, y allí se enamora de Kaoru, una joven estudiante de canto clásico. Asimismo vive durante cierto tiempo en Jamaica, acogido por Cedella Booker (madre de Bob Marley) y Jimmy Cliff. Cuando en 1981 se instala de nuevo en Francia, despliega una fuerte actividad: singles, álbumes con el japonés Shimizu y la malgache Marie-France Anglade, redacción de guiones cinematográficos… y, por fin, logra el éxito comercial con un tema (Le dernier qui a parlé) compuesto para la cantante Amina.
           1992 es una fecha importante en la vida de Wasis Diop. Escribe la banda sonora de la película Hyènes, dirigida por su hermano Djibril Diop Mambety. Los críticos elogian al cineasta, que firma media docena de filmes (Touki Bouki, La petite vendeuse de soleil, etc.), e igualmente resaltan la sensibilidad del músico. Han transcurrido seis años desde el fallecimiento de Djibril, pero Wasis se emociona todavía al evocarlo.
          A partir del disco Hyènes, sus obras consiguen resonancia internacional. En particular los álbumes No sant y Toxu. Además del atractivo de una voz grave y cálida, Wasis posee especial tacto para unir culturas distantes. El violonchelo y la kora, o la lengua inglesa y el wolof senegalés, se complementan gracias a la aptitud de un creador. Y las letras de las canciones no esquivan asuntos delicados, como el racismo entre los africanos que se discriminan por matices de sus pieles oscuras. «El color es un dolor / y, en contra de lo que creemos, / sobre todo allí abajo», escuchamos en Le lion est mort, place aux hyènes, un homenaje a Djibril. En la política, Wasis admira a dos personas cuya conducta me convence: Nelson Mandela y el poeta y estadista Léopold Sédar Senghor. 
                   Si llueve a cántaros en París, Wasis Diop ríe por teléfono. «Adoro la lluvia, que ya sabes cuánto escasea en mi país», dice. Con frecuencia añora la tierra natal. Recuerdo la noche en que me confesó su deseo de regresar a África. Explicaba sus proyectos (la dirección de una película, el nuevo disco…) mientras saboreábamos un vino ibérico que a los dos nos removía algunas nostalgias.

                                                                                      
FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)

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