CICLO DE POESÍA INTERNACIONAL: LA OBRA POÉTICA DE RICARDO RUBIO (Argentina)

viernes, diciembre 04, 2015

Ricardo Rubio (Mayo 1951), escritor, poeta, dramaturgo y ensayista argentino.
Miembro del Grupo “Arte en tus manos” y “Literatura en tus manos”, desde 2012. Coordina Talleres literarios desde 1980.  Corrector de la revista “Comunicarnos” de la Comisión de Niñez y Adolescencia en Riesgo de la Arquidiócesis de Buenos Aires desde 2004.

En su larga trayectoria ha desempeñado diversos cargos relacionados con la literatura:

* Desde 1980 dirige el Grupo Literario LA LUNA QUE, que integraba desde 1978.
* Secretario General de la AAP, Asociación Americana de Poesía (1999-2002).
* Miembro del Comité de Organización de la Fundación Argentina para la Poesía (1997-2003)
* Miembro del Grupo de reflexión "Antonio Aliberti" (1999-2000)
* Integró el Grupo de Trabajo de la revista "AquíAllá". Director: Julio Bepré (2003-2005).
* Integró el Grupo de Trabajo de "Hojas del caminador" de 2004 a 2007. (Director: Alberto Luis Ponzo).
* Secretario de Cultura de la Sociedad Argentina de Escritores (Oeste Bonaerense) (2004-2007)
* Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (Oeste Bonaerense) (2007-2010)
* Promotor y delegado en Buenos Aires del I, II, III, IV y V Congreso Internacional de Poetas  Escritores en San Marcos Sierras, Córdoba, celebrados en 1997, 2000, 2002, 2003 y 2005 respectivamente.
* Como secretario de la Asociación Americana de Poesía fue coordinador de las Primeras Jornadas Literarias, en Victoria, provincia de Entre Ríos (17/5/2000).
* Promotor y delegado en Buenos Aires de la "Primera Tournée Poética del Norte", en las provincias de La Rioja, Catamarca y Tucumán, junto a Norberto Barleand y Julio Carabelli.
* Integró el comité ejecutivo de "Marcha poética", en Buenos Aires, 2003-2008.
* Integró el comité ejecutivo de "Mujer Poesía", en Buenos Aires, 2005-2008.
* Integró el grupo de estudio “Aula Poética”, durante 2005.
* Coordinó las tertulias "Tinta Buenos Aires" (2000-2005).
* Dirigió con Carlos Kuraiem la "Muestra Itinerante de Revistas Culturales y Literarias" (2000-2010).

Sus obras han sido traducidas al italiano, ruso, francés, catalán, gallego, inglés, alemán y rumano.

Desde 1978 hasta la fecha ha publicado 15 poemarios, ha sido incluido en 19 antologías y ha antologado otras 8, así mismo en el campo de la dramaturgia ha publicado múltiples obras de treatro de repercusión internacional, en su haber literario cuenta además con 5 ensayos y 6 obras de narrativa.


LA OBRA POÉTICA DE RICARDO RUBIO

Muestra Poética:

Nada sabemos salvo el desencuentro

Simulo distracción mientras agito otro tiempo
que inflama el corazón del amanecer.

Cierro los ojos e imagino los signos
    de un lenguaje universal.
Busco razones
mientras palpito tristezas
   derramadas en las grietas
   de un espacio perplejo.

Cuando el alba abre caminos,
absorta, la lucidez se espanta.
¿Con qué veneno ahogamos la insistencia
   y la ilusión, si de nadie es la luz de la distancia?
Ninguno es dueño del color con que atardece.
La conciencia navegó milenios para llegar aquí
y forzó un hombre aturdido 
   en medio de las piedras.

Hay alamedas heridas de sed,
pájaros con estertores de pánico,
pequeños peces luchando contra el invierno.
Pero hay manos de mujer
   a lo largo de mi espalda
   que mitigan la ferocidad de la vida.
Así siento las caricias y los desaires.
Ahora los años acosan para siempre,
   y son apenas silencio
   en el fondo de un gesto.


El cuerpo es esta inmediatez

Busco respuestas en un rostro antiguo.
Cierro los ojos e imagino gestos en el aire,
pretendo encerrar en una voz el arcano
   de la noche universal.
Intenté la vida en la palabra,
el agua en el gesto y la tierra en el amor.
e insisto en creer que no ha sido vano,
que los pasos alimentaron el trueno
y que cada instante
   fue un grito buscando eternidad.

Ahora advierto que la quietud
   se une al futuro que nadie espera.
Quiero desechar los imanes y los espejos,
el mercurio y el silicio,
y todo lo demás que la razón no aferra;
quiero razonar la incomprensión de la materia
    y su ojo ciego,
la espera y las derrotas que la hacen injusta,
las noches y los ruidos
    cuando aturden la esperanza.

Comprender la comedia indecisa
    que de mano en mano derrama miseria
    y presagia dolor.
Quiero olvidar fingir que estamos juntos
    para desistir o vencer.

La oscuridad es luz en las puertas de una casa
o polvo de hueso en un reloj de arena.


El tiempo hace en los deseos
una herida innecesaria


Ofrezco agua como un corazón
    que abre las puertas de su sangre.

El pan va de mi mano hasta el perdón.
Un silencio curador roza las sombras
y sobre el fuego un cántaro con menta
    disuelve el fragor desde el aroma.

Te ofrezco esta voz.
Mis palabras son ecos vibrantes
    en este universo.
Pero el adentro, páramo absoluto:
cerrado, oscuro, sin tiempo;
es ceniza invisible que socava,
que indomiza, que ciega;          
es estela de vapor que separa el primer llanto
    de la última risa que entintó nuestra bravura,
ese transcurso es un hueco,
un abertal oscuro,
un cadalso donde no se reza.

Como un puma herido
    quisiera subir a los árboles.

Todos los días el sol dibuja la ciudad
y en cada amanecer aparece el cemento
    que endurece el plasma.


La soledad amenaza los relojes

El sol y la bruma no corrigen el grito.

Un niño se arrodilla ante la tarde,
mira sin memoria, pero elije la música:
quiere saber si cabe la mano en la razón.
Quiere crecer como un sauce,
mullido de holgura.

Intenta la palabra
sin la lengua torpe de los gigantes. 

La espesura le aturde la juicio
—todo en la lejanía es confuso—.
Y es que aquí nada descansa,
el presente arde y es un tiempo de rescoldos.
Aunque los ojos desmayen en las redes del afán,
la mano aceptará
y el corazón agotará el ánimo y la paciencia.

¿Qué haré con las tardes
    cuando las luces agrisen la poesía,
cuando el aroma de los años que me visten,
palpables como rocas, inevitables, absurdos,
tremolen la vida buscando un cardinal
y nadie me diga lo que sé?

Acaso llenaré el silencio con un hueco
   que la noche esconderá entre sus piedras.
No habrá rincones para llorar
   ni bosques donde reír.


Sendero sin demoras a los fuegos de la ensoñación

Levanto la mano y busco
   la vocación del tiempo en la corriente.

Crece la maleza y el romero reconoce su semilla
   en la fronda inagotable.
Polen y descendencia, caricia y descanso,
y la destemplanza, tentando al salto, a la rotura.

No es buena la voz que nace en soledad.
El tiempo es más largo cuando la idea  
    no declama su impaciencia.
Los ojos pueden ver con claridad el bosque
y se oyen el crepitar del grillo
    y el fresno zumbón.

El universo inunda de llamas la piel
    y la razón se pone a navegar;
el pájaro canta e inmutable el lagarto
    se come la luz del mediodía.

Así late el sol en un cuerpo cálido
    cuando toca la carne que no rechaza,
y comprende el arduo y complejo
    proyecto de la materia.
La espera se hace ausencia
y un cuerpo vertical,
mitad abismo, mitad cencerro,
se nubla de versos.


Nos mantenemos agua  en un estanque mensurado y atónito

Acaso consagramos las tardes al estupor.
Alejados del ya,
indagamos lugares sagrados de la memoria:
los pródigos sueños, las tantas quimeras,
las ambiciones que crecían temerosas
con lentitud de otoño.

Tristemente, el niño se obliga
a dejar la ingenuidad y juega a estar cansado.

Las horas se hacen interminables días en la luz.
Inteligibles las cosas se ufanan de existencia.

La decisión es al fin un nervio que obedece,
un latido que se expresa, que se abre.
El tiempo deviene en el verdadero sí de las manos
y descree de oscuros enemigos revelando un calor
    que no sucumbe al frío de la tristeza.

Aún así la paciencia hace lentos los meses,
los siglos llevan en andas lo indecible de lo eterno,
la levedad y la caricia se someten a la ansiedad,
el olvido se hace nunca y la esperanza brisa.
El antes alberga una quietud
    y el ahora una historia y un silencio.

No tenemos tiempo más que para nombrarnos.
Casi siempre el árbol es más débil que su flor.
Nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas.


El muro de los miedos nos encierra y nos fatiga

Pretendo gestos de hombre con dudas de niño.

Reviso el tiempo con las manos
y creo acariciar las figuras de otros sueños.
En ese lugar el silencio aturde
y la soledad impera en la noches
cuando recuerdo la redondez de las mentiras.

Ante el ahogo lleno mi copa con tedio,
y nacen los demonios, las paredes finales,
los hoyos oscuros.
Objeto la muerte que nos forma y malenseña. 
y no pretendo esconder la mano que escribe.

Acaso partido en minúsculas trizas,
pueda dormir el insomnio del recuerdo.
Sobrará tiempo para dejar de rechinar,
para olvidar los temores, para dejarse vivir.

Y a pesar de las arenas que caen de las manos,
no hay entre los dedos más que fantasmas.
Si late el corazón
    los días que restan se ahogan de alegría.

Ignorar el proyecto del universo
    es formar parte del espanto,
es el deseo de la ausencia del ya.


Los ojos se cierran a la danza o se abren al dolor

El tala se ciñe entre arrugas y silencio;
entra y sale del aire con una fuerza antigua.
Se lleva la última gota de las acequias
hacia un torrente invisible
que no alcanza su piel muda.

Cuando el monte envuelve su sed y su tristeza
el cielo lo ve alzar los brazos al viento.

Navegaré la eternidad para entender este porqué,
este confuso caracol que se ahoga entre arena y sal,
esta ambición que cae en las manos de la intolerancia,
este falso remanso de la idea.
¿Cómo ver el otro lado del espejo
    cuando el núcleo está en la carne?
¿Cómo ser uno cuando desmayo?

La vida se contrae, se recuesta en la senilidad,
se apostema y se aturde.
El delirio invade las formas, la razón vacila,
la desnudez intenta un color en las tinieblas
y busca una especie, una estirpe, una tribu,
un cimiento donde sembrar el aire.

Pero la luz se hace noche, niebla, sopor,
confusión de lirios a la sombra de un nogal.
Carreras infames dibujan un pasar delgado y pueril.

El ocaso es demasiado vértigo para la desnudez.


La razón es ciega cuando se agita un prisma
Cualquier palabra no es tu palabra;
no es tuya la voz del niño
    con garganta de trueno,
ni el color del tulipán, ni la brisa del sur.
Ese escudo no te cubre del temor,
esa cota no impide el paso de las flechas.

A veces, la luz se dispersa
    para dejar un hueco confuso
    en el ojo de los hombres.

Cuando los bosques en tierras aún indecibles
    no imaginaban su follaje,
cuando el sol era un punto
    con todos los puntos encendidos,
cuando los astros eran fragmentos
    de un único astro incomprensible y loco,
y la molécula vibraba en la insistencia,
    el escriba ya era parte de un recuerdo
    en la materia,
y aunque sus ojos no atinaban ni el espíritu
    ni el hueso, ni el calor, ni la intemperie,
en su inercia la vida planeaba la risa de la pasión
    y el cuarto oscuro de la ciencia.

Luego un hombre entrevió el roce, la fisura,
el músculo partido
    por la simple disolución de la franqueza.

Y gimió.


De su obra se dice:

Son estos versos de Rubio un diálogo con el destino, una canción a lo que la vida tiene de desolado, y hago suyo el acento de la musicalidad que casi no se encuentra en la poesía de hoy. El color con que atardece es uno de los pocos libros que reúnen la melancolía y la exhortación, la reflexión y la honda musa, y tanto puede ser cantado como estudiado.
El arte que brota de la realidad de este poeta y hermano es un vasto camino de palabras ajustadas al tiempo que le toca; héroe y escriba, joven y anciano, son sólo circunstancias de un momento y un lugar que amplían la metáfora.
Elvio Romero

Ricardo Rubio recrea los mitos, trata de ordenar el futuro como ese Tiresias de T. S. Eliot en "El sermón de fuego" de La Tierra baldía (III, vv. 218-220), o como ese Hanrahan de The Power (1928), de William B. Yeats, quien ebrio o sobrio irá por el alba para limpiar las lacras o las cenizas que alimentan a los humanos. La poética sonora y precisa de Ricardo Rubio busca, en la dimensión de estos seres míticos que son el Guerrero y el Escriba, la elevación del hombre y la expurgación del cosmos, sabe que el mundo es un ser perecedero que morirá para rehacerse una y mil veces, como ya lo había intuido Zenón de Citio en el siglo IV a. de J. C.
Juan-Jacobo Bajarlía

Nacido en Buenos Aires en mayo de 1951, su presencia puede llegar a sorprender por la diversidad de los temas abordados, con tanta naturalidad como pasión. Además de ejercer su profesión de analista programador, ha cumplido con su vocación  estudiando diversas artes: letras, filosofía, filosofía oriental, música, teatro. Su primer libro, editado en 1979,  es un símbolo desde su título de la trayectoria inicial y el futuro: “Pie a pie, algunos pasos”.
Y estos pasos se fueron sucediendo y ahondando  hasta hoy, no subido a una maquinaria para avanzar y hacerse “famoso”, sino sencillamente “pie a pie”, trabajando y siguiendo con admirable firmeza un intenso quehacer.
   Desde entonces, pues, Ricardo Rubio nos ha dado los poemarios “Clave de mí” (1980), “Pueblos repentinos” (1986), “Historias de la flor” (1988),  “Arbol con pájaros” (1996), “Simulación de la rosa” (1998), y en narrativa “Calumex”, novela (1982), “La trama del silencio”, cuento (1998).
   No termina aquí el testimonio de una obra de densidad y variedad crecientes. También es autor de teatro: “Los remolinos” (1998), “La trama del silencio” versión teatral (1998), Numerosas obras fueron estrenadas: los dramas  “De fiesta” (1985), y “Bar del poeta” (1986), las  sátiras “Tire y afloje” (1987) y “Ultimas horas de un violador” (1990), entre otras. Y todo esto, que no es poco, entre sus regulares trabajos como editor de los principales libros, colecciones de  poesía y narrativa, de autores de diversas corrientes estéticas, y sus actividades como coordinador del Grupo Literario “La  Luna Que”, la dirección de la revista del mismo nombre y el Boletín de literatura Tuxmil.
Alberto Luis Ponzo

Toda la poesía de Ricardo Rubio nos ha venido preparando para este encuentro con la sabiduría milenaria. No nos asombra que preceda al libro un texto preliminar con un epígrafe del Panchatantra. Ahora ve al hombre como el guerrero sagrado que cumple su destino de vértigo, lucha y amor. Reflexiona una vez más sobre las limitaciones de la raza, en la legitimación del saber poético, donde se encuentran sus íntimos personajes: el niño guerrero y el escriba nocturno. Estamos en la instancia que Martín Heidegger ha llamado Die Kehre, el retorno del hombre a su origen, y la vuelta del Ser al hombre.  Me hace feliz dar la bienvenida a este libro de Ricardo Rubio y compartir la aventura metafísica de su poesía.
Graciela Maturo (sobre “El color con que atardece”)

5 Comentarios:

Rolando Revagliatti dijo...

¡Qué bueno hallar en "La Náusea" a Ricardo Rubio, la muestra poética, los comentarios de otros escritores a propósito de su obra!


Rolando
www.revagliatti.com.ar

*

Ricardo Rubio dijo...

Que la bienaventuranza premie a los generosos, a los demás les basta con la indiferencia. Muchas gracias, queridos amigos. (Ricardo Rubio)

Jorge Oscar Bach dijo...

Sin dudas uno de los mejores poetas contemporáneos argentinos. Una poesía clara, elaborada, amante de la metáfora y con un sentido profundamente metafísico. Un gusto leerlo en este sitio

Anónimo dijo...

excelente literatura Argentina para trascender

Anónimo dijo...

Felicitaciones, me gusto mucho la reseña, me quedo con ganas de mas! saludos.