LUMEN DEI

martes, octubre 10, 2006


Nang ... nang ... nang ..., las campanas sonaron metálica y melancólicamente. Nang ... nang ... nang... Al fondo del claustro, tres figuras oscuras, se acercaron a la puerta de la biblioteca. Pausa, absoluto recogimiento. Tres golpes de una mano huesuda en una puerta carcomida y sucia. Ni una palabra. De la biblioteca, salieron dos encapuchados más que se unieron en la peregrinación de los otros tres. Con paso ligero, las manos entrecruzadas en las mangas, absoluto recogimiento. Seis figuras, diez, muchas, se unieron al séquito de frailes que entraron en la gran sala. Más de cuarenta monjes se congregaron en la sala ocupando sus lugares correspondientes. Dios es grande, load, load al Señor, pero en silencio, ni una palabra, absoluto recogimiento. El hermano Julián, un buen cristiano, humilde, pequeño, entregado, sumiso, esclavo. Sus manos nervudas, temblaban al tiempo que describían una cruz en su enjuto rostro. Más tarde se arrodilló y besó el suelo. En su mente, una idea clara se repetía con absurda insistencia: Dios, hablar con Dios, rezar. Los días en el monasterio no eran muy variados, a parte de las tareas destinadas a la subsistencia de los frailes, pasaban la mayoría del tiempo rezando. ¿Hablando con Dios?. Después de cenar, con absoluto recogimiento, cada monje ocupó su celda, su anticipo del ataúd, donde día a día habían ido muriendo sin ningún fin. ¿Sin ningún fin? no, habían ido muriendo, por Él. Julián ocupó su celda, cerró la puerta de pesada y húmeda madera, y miró la estancia. El pequeño cuarto, se componía de un colchón en el suelo y un crucifijo en la pared. Las paredes llenas de desconchones, estaban frías, muertas. Julián se precipitó sobre la cama des provista de patas, levantó el colchón. Un grupo de insectos negruzcos, correteó al contactar con la luz del candil. El monje, cogió algo, a juzgar por su cara impaciente, se diría que era un objeto de culto. El silencio del monasterio era absoluto, la preparación, la luna casi llena iluminando el patio exterior, un ligero pinchazo. Julián, se tendió en su camastro y esperó, su plegaria estaba hecha, la monótona operación nocturna, se había consumado, y ahora esperaba los resultados. La vista empezó a nublarse y una sensación de embaimiento, le invadió, montones de puntos de colores revoloteaban a su alrededor, luces ..., luces ..., colores ..., aquellos cánticos ..., ruidos, golpes apagados, el revolotear de unas alas, y la voz ... Aquella voz penetrante, pero tranquilizadora, aquella voz ... la Voz. Una gran luz central amarillenta, luego blanca como la nieve, más tarde el silbido ensordecedor, el silencio, la ceguera ... Julián se contorció en una convulsión agónica y desesperada mientras su rostro enjuto y pálido sonreía estúpidamente. A la mañana siguiente, la policía llenaba la celda de Julián, fotos, recogida de muestras, el forense, el comisario ... "Ha muerto por una sobre dosis de heroína." Esa noche, como todas las noches, Julián vio a Dios, pero su luz le abrasó. Murió con absoluto recogimiento.

Cesc Fortuny i Fabré

4 Comentarios:

Kamehame dijo...

Hmmmm...
Creo que este ya me lo habia leido...

TRISKEL dijo...

Pues yo no!
Como siempre me sorprendes, y eso me encanta.
Solo se la que muerte por sobredosis es muy cruel, yo creo que esa noche Julian bajó al infierno.

Navarra Ordoño dijo...

Buuuuuuuuuuuh
Buuuuuuuuuuuuuuuuuuuh
Faig pam i pipa a aquests frarets tan simpatiquets!!!
Salutíferes ones!!!!!

PlanB dijo...

Més, més, jo vull més.