LOS CIMIENTOS DE LA ILUSTRACIÓN

lunes, marzo 17, 2008


Ajenos a las especulaciones metafísicas de Descartes, los científicos siguieron con lo suyo.
El método recién adoptado por los científicos, basado en la observación y en los datos empíricos, responde a un presupuesto inicial de la ciencia que no puede ser compartido en modo alguno por la filosofía; la confianza en la existencia de un mundo exterior real, independiente de los seres humanos, estable y sometido a leyes. La ciencia es, por lo tanto, realista. La filosofía, después de adoptar como criterio de verdad la noción cartesiana de certeza, empieza a cuestionar la existencia de un mundo exterior y a recorrer un camino que la llevará a la total negación del mundo físico, es decir, al idealismo.
A finales del siglo XVII, concretamente en 1687, Newton publica sus Principia. Los nuevos descubrimientos de la física traen consigo la sensación general de que la naturaleza puede ser comprendida, e incluso dominada. El hombre se siente fuerte frente a un mundo cuyos misterios está empezando, por fin, a desentrañar.
Todo el siglo XVIII está atravesado por un sentimiento de optimismo, por una sensación de estar viviendo en los albores de una nueva época. A eso se le llama generalmente la ilustración. Pero ese sentimiento de optimismo, esa esperanza en un progreso de la humanidad, tienen su origen en la promesa que la ciencia llevaba implícita desde su nacimiento: liberar al ser humano de la ignorancia y del sufrimiento. Si la filosofía estaba supeditada a una noción de verdad que la obligaba a rechazar como falsa cualquier hipótesis que pudiera ser puesta en duda, llegando a negar incluso la existencia de los objetos que se nos presentan ante las narices, la ciencia poseía una noción de verdad más práctica y positiva. Todo descubrimiento científico era considerado una conquista de la humanidad.
El joven árbol de la ciencia expandió sus ramas en todas direcciones, como si intentara abrazar el mundo; química, geología, astronomía, medicina, botánica, el más mínimo detalle de la naturaleza era observado con fascinación. Las academias y las sociedades científicas florecieron por todas partes, se realizó un gran esfuerzo por medir la tierra, por dibujar un mapa detallado y completo de su superficie, lo que conllevó un gran desarrollo de la cartografía y la topografía.
También los filósofos fueron poseídos por el entusiasmo general de la época y no tardaron en subirse al carro de la “razón ilustrada”. A mediados de siglo, parecía realmente que la filosofía vivía una nueva edad de oro. Hume, Voltaire o Rosseau escriben sus obras en ese período. Sin embargo, a pesar de su aspecto saludable, la filosofía empezaba a marchitarse por dentro. La metafísica, el corazón que la había animado durante dos mil años, latía cada vez más cansado y decrépito. Si la ciencia prosperaba, a la metafísica le ocurría exactamente lo contrario. La noción cartesiana de certeza cambió las cosas de tal modo que la filosofía ya ni siquiera podía preguntarse qué es el mundo. Ahora, a lo sumo, se preguntaba: ¿puedo yo saber algo sobre el mundo? La noción cartesiana de certeza metió a la filosofía en una intrincada maraña epistemológica de la que no parece haber salido todavía.
El empirismo británico revisó concienzudamente los viejos conceptos, y ninguno de ellos superó el examen. Las percepciones que nos llegan a través de los sentidos no son fiables: son tan sólo una representación presuntamente causada por objetos exteriores, algo así como una huella. Pero entre el objeto y la representación existe un abismo infranqueable, o dicho de otro modo, jamás podemos estar seguros de que nuestras representaciones concuerdan verdaderamente con los objetos del mundo real; ni siquiera podemos estar seguros de que exista un mundo real independiente de nuestras representaciones. Los filósofos, que siempre habían intentado escapar de este mundo de apariencias, intentaban ahora regresar desesperadamente a él, y hallaban todas las puertas cerradas.
A medida que el campo de investigación de la ciencia iba creciendo, el campo de investigación de la filosofía iba menguando.
Alguien podría argumentar que es exagerado vincular el auge de la ciencia empírica con el declive de la metafísica. Incluso podría afirmarse que científicos y filósofos no eran personajes enfrentados. Es cierto que muchos científicos se interesaron por cuestiones filosóficas y viceversa. Sabido es que Kant se interesó vivamente por los descubrimientos de Newton y por la astronomía, y el propio Newton había titulado su obra Philosophiae naturalis principia matemática. Todavía en los tiempos de Newton se usaba la expresión filosofía natural para designar lo que actualmente conocemos como física o, en un sentido más amplio, estudio de la naturaleza. Además, el hecho de que muchos científicos se interesaran (y se sigan interesando hoy en día) por cuestiones filosóficas no tiene nada de extraño. De hecho, las cuestiones filosóficas deberían interesar a todo el mundo, ya que tratan de responder a preguntas que el ser humano se ha planteado desde la noche de los tiempos. Pero la ciencia como tal, independientemente de las inquietudes o dudas existenciales de los científicos que la llevan a cabo, conoce muy bien los límites de su método de investigación y el dominio donde debe aplicarlo.
Han sido precisas todas estas consideraciones para llegar al punto que nos interesa tratar en el presente trabajo; el giro estético de la filosofía. Dicho giro no puede entenderse, como veremos a continuación, sin tener en cuenta el surgimiento y desarrollo de la ciencia.
El llamado giro estético de la filosofía comienza a producirse en una época concreta (la ilustración), cuando la ciencia empírica ha arrebatado a la filosofía la mayor parte de su objeto de estudio y la filosofía debe buscar nuevos campos de acción para asegurar su supervivencia.
El giro estético de la filosofía se produce cuando los filósofos dejan de mirar al mundo, porque el mundo ya pertenece por completo a los científicos.
La ilustración se presenta como una época de grandes esperanzas para la humanidad. Es la época de las luces, de la ciencia, de la razón. El hombre vuelve a ser el centro del universo, la iglesia (cuyo poder absoluto comienza a declinar después de siglos) comienza a ser seriamente cuestionada por los nuevos descubrimientos, aparecen las utopías políticas, florecen las artes y la cultura, se escriben enciclopedias y se construyen escuelas, universidades, bibliotecas y museos por todas partes. Las especies animales y vegetales son exhaustivamente estudiadas y clasificadas con el máximo rigor. Muchas creencias que en el pasado habían sido firmes y sólidas comienzan a tambalearse. Cierto es que el conocimiento de la naturaleza vino acompañado del dominio sobre ella, y en muchos casos, del dominio de unos hombres sobre otros. Pero culpar a la ciencia de las consecuencias negativas de la tecnología resulta tan injusto como ingenuo. Sabiduría y justicia no tienen por qué ser, como creían los antiguos griegos, la misma cosa.
Los avances científicos podían usarse para matar, pero también para sanar enfermedades o mejorar las condiciones de vida, y el riesgo que supone el mal uso de la tecnología es algo que la mayoría de la gente está dispuesta a asumir a cambio de una existencia más agradable. Hoy en día nadie renunciaría a su ordenador, a su aparato de televisión o a su teléfono móvil. Sólo los integristas religiosos y los filósofos tienen una visión absolutamente negativa de la tecnología.
Es preciso señalar que el motor que impulsa el movimiento de la ilustración no es filosófico, sino científico. Es la ciencia empírica la que, con sus sorprendentes descubrimientos, rompe con el pasado dogmático y crea el clima de optimismo propicio para que florezca el movimiento ilustrado. Trataremos de apoyar éste argumento con dos ejemplos: la adopción del sistema métrico decimal y el proyecto de la enciclopedia.



La adopción del sistema métrico decimal cumple una función puramente práctica, ya que unifica las unidades de peso y medida de diversos países y regiones con el fin de facilitar el intercambio, pero también responde a la voluntad de la ciencia de poseer un sistema de mediadas universal que le permita cuantificar los fenómenos de la naturaleza. Por descontado, a ningún filósofo se le hubiera ocurrido tal cosa: puesto que los sentidos nos engañan ¿para qué molestarse en medir los datos que los sentidos nos aportan? El sistema métrico es un instrumento genuinamente científico, y está basado en simples observaciones empíricas. El cuadrante del meridiano terrestre dividido por 10.000.000 nos proporciona una unidad de medida que llamaremos (como no podía ser de otro modo) metro. La décima parte de un metro es un decímetro, y un decímetro cúbico de agua pesa una cantidad determinada a la que llamamos kilo. Por otra parte, el agua se congela a una cierta temperatura y hierve a otra temperatura distinta; si dividimos por cien la diferencia entre ambas temperaturas obtendremos una unidad de medida térmica a la que llamamos grado centígrado. Y así sucesivamente. El sistema métrico decimal (paradigma de la ilustración) no tiene ninguna utilidad filosófica; los nóumenos, las mónadas o los imperativos categóricos no se pueden medir.
Otro ejemplo de la inspiración científica de la ilustración es el proyecto de la enciclopedia. De manera plenamente consciente, los primeros enciclopedistas estaban dando la espalda tanto a la religión como a la metafísica como fuentes de conocimiento. La enciclopedia (la compilación de todo el saber humano en una sola obra) responde no sólo a los intereses científicos, sino a la propia metodología de la ciencia, cuyo primer paso es el de recopilar tantos datos como sea posible, y ordenarlos de una manera racional con el fin de poder utilizarlos posteriormente.
Ciencia e ilustración son dos conceptos indisolubles, tanto es así que algunos pensadores del siglo XX (como Adorno o Horkheimer) han criticado a la ciencia para criticar a la ilustración y viceversa, considerando que el movimiento ilustrado tiene como consecuencia el imperio de la “razón instrumental”, es decir, una forma de conocimiento que es, al mismo tiempo, una forma de dominio. Hablaremos sobre ello más adelante, baste decir por ahora que incluso los filósofos más críticos con la ilustración creen que el conocimiento científico (y su inmediato derivado, es decir la tecnología) son inherentes a ella.
Volvamos a los tiempos de la Ilustración; mientras la ciencia crece saludable y vigorosamente., ¿qué ocurre con la filosofía?
Desprovista de una columna vertebral sólida, la filosofía empieza a desplazar su atención desde la metafísica hacia otros horizontes. Pero ¿qué horizontes le quedan?
Uno de ellos es, como no podía ser de otro modo, la ética.
La ética siempre ha formado parte de la filosofía y constituye, además, una disciplina invulnerable a los asaltos de la ciencia empírica. La ciencia intenta describir el mundo, la ética (como señalara Hume astutamente) no pretende decirnos cómo es el mundo, sino cómo debería ser. De un juicio de es no puede deducirse un juicio de debe ser, en eso consiste la falacia naturalista. La ciencia empírica, por tanto, nada tiene que decir en el terreno de la ética.
Pero a lo largo de la historia, la mayoría de las propuestas éticas se habían sustentado en sistemas metafísicos previos; ¿cómo fundamentar una ética sin recurrir a la metafísica y sin caer en el relativismo?
Era preciso que la ética descendiera del cielo platónico a la tierra y habitara entre los hombres, tanto más en una época marcadamente antropocéntrica como la que nos ocupa. Era precisa una ética práctica que pudiera ser aplicada en las comunidades humanas, que sirviera, incluso, como fundamento de dichas comunidades o, por decirlo de otro modo, era precisa una ética política. Muchos pensadores ilustrados, como Hobbes, Voltaire o Rosseau, liberados ya de los viejos y oxidados sistemas metafísicos, empiezan a centrar su atención en el ser humano, en su historia, en sus comunidades, en sus valores. La filosofía política no era un invento reciente, se remontaba a los tiempos de Platón. Pero la eclosión de la reflexión política durante el período ilustrado es tan espectacular que no tiene precedentes en la historia del pensamiento, y ejemplifica perfectamente el cambio de rumbo que experimenta la filosofía.
Lejos de buscar fundamentaciones metafísicas, la filosofía de la ilustración no concibe el orden político como reflejo de un orden superior, de naturaleza divina; es el hombre quien construye su propia sociedad y quien decide el modo en que ha de ser gobernada. La sociedad es contemplada como un pacto entre iguales, como un contrato mediante el cual todos los hombres han de salir beneficiados. La idea de un orden social como pacto tampoco era especialmente novedosa (Epicuro, por ejemplo, defiende algo parecido en sus Máximas Capitales), pero retomada y defendida con vehemencia por los pensadores ilustrados, constituía todo un desafío al orden político y filosófico que había imperado durante más de mil años.
Por supuesto, existen otras causas que explican el auge del pensamiento político durante la ilustración; nos hallamos en los albores de la revolución industrial, asistimos al nacimiento de la burguesía y el proletariado, y ya empiezan a notarse los cambios sociales, demográficos y tecnológicos que obligarán a replantearse las formas de organización del antiguo régimen. Todo ello culminará en la revolución francesa. Pero también es cierto que todos estos cambios están directamente influidos por el progreso de la ciencia empírica y, sobretodo, por sus aplicaciones técnicas, sin las cuales no hubiera sido posible la industrialización.
La ética y la política, sin embargo, no son suficientes. El giro de la filosofía pretende abarcar todo aquello que escapa al dominio de la ciencia empírica, todo aquello que no pertenece al mundo objetivo.
Es en este contexto donde aparecen los primeros pensadores que abordan temas cuestiones de estética, como Sahftesbury o Hutcheson, preocupados por hallar una definición de la belleza, en la naturaleza o en el arte. Como dijimos más arriba, la noción de belleza (no de arte) fue el primer objeto de estudio de la estética. Cuando, en 1752, Baumgarten usó por vez primera la palabra estética, la definió como “ciencia de lo bello, a la que se agrega un estudio de la esencia del arte, de las relaciones de éste con la belleza y los demás valores”.
La palabra estética deriva del griego aisthesis que viene a significar sensación. La belleza es, por lo tanto, concebida como sensación, es decir, como algo relativo a la experiencia sensible. El término estética alude, incluso en su etimología, a los sentidos y al mundo físico, y sin embargo su principal objeto de estudio (la belleza) se hallaba más cerca de ser un concepto metafísico que una propiedad de la naturaleza. La estética de Baumgarten surge, por así decirlo, con una contradicción bajo el brazo.
Semejante contradicción era, sin embargo, necesaria.
La filosofía no podía centrar su atención directamente en el arte después de siglos de palaia diaphora. Era preciso un concepto (todavía con vinculaciones metafísicas) que mediara en la vieja disputa entre filósofos y artistas, y ese concepto no podía ser otro que la belleza.
La noción de belleza sirvió a los filósofos como caballo de Troya para entrar en el mundo del arte con el máximo disimulo posible. Más adelante volveremos sobre éste asunto.

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