KANT DESPIERTA DE SU SUEÑO DOGMÁTICO (Y LUEGO VUELVE A DORMIRSE)

miércoles, octubre 22, 2008

Ricardo Desola Mediavilla

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona.

Obra Publicada:

  • Causas Perdidas (1º Premio Águila de Poesía de Aguilar de Campoo, 2005)
  • Geoda (Seleccionada Certámen Ciudad de Zaragoza 2007)
  • Versos Diversos (antología), Ed. Atenas 2007.
  • Experimento poético (antología), Educarte, 2007.
  • Sabadell Nord, Ca n'Oriach, Can deu, Can puiggener…, (estudio sobre la historia de las migraciones en la zona norte de Sabadell), Museu d'Història de Sabadell, 2008.


Otros premios:
  • Hermanos Caba 2008, por Concretamente tú.
  • Asociación literaria Verbo Azul, 2008, por El animal que nombra.
  • 2º premio Amanecer de la Casa de Andalucía en Barcelona 2008 por Yo te imagino.
  • Accesit Premio Luys Santamarina 2006.
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Kant escribe la Crítica de la razón pura tratando de salvar los restos del naufragio de la metafísica. No logró salvar gran cosa, pero dibujó con cierta precisión los límites del entendimiento, determinados por las formas de la sensibilidad, y puso de manifiesto que existen ciertos tipos de conocimiento que quedan fuera de los márgenes de la propia capacidad humana. Este cierto tipo de conocimiento es precisamente aquel que persigue la metafísica. En este sentido la Critica de la razón pura tiene mucho de punto final, es, por así decirlo, un libro de metafísica crepuscular.
Resultaría demasiado extenso desarrollar aquí las ideas expuestas en la primera crítica kantiana, aunque fuera de forma muy resumida. Baste decir que, según Kant, el conocimiento adopta la forma del sujeto que conoce (de la misma manera que el vino vertido en una copa adopta la forma de la copa). No existen propiamente conocimientos a priori, como ya sostenían los empiristas, pero sí es posible decir a priori algunas cosas sobre cómo ha de ser todo conocimiento posible, es decir, podemos saber (antes de toda experiencia), que cualquier conocimiento adoptará la forma del sujeto. Para Kant, espacio y tiempo son formas puras a priori de la sensibilidad, por lo que todo conocimiento de un objeto es concebido en un marco espacio-temporal.
Lo que Kant pretende es nada menos que construir una filosofía que supere al mismo tiempo los problemas del racionalismo y el empirismo y por ello ahonda en el estudio de las condiciones de posibilidad del conocimiento, llegando más lejos que Hume en tan ingrata tarea, pero obteniendo unos resultados igualmente desoladores.
Después de dejar bien claros los límites de la metafísica y del conocimiento, Kant centró sus esfuerzos en salvar la ética y la estética, que el bueno de Hume, temerariamente, había abandonado en el peligroso terreno de lo emocional.
Con la crítica de la razón práctica, el astuto Kant logró devolver el balón de la ética al campo de juego de la filosofía, aunque lo hizo de manera algo tramposa. Ahora las buenas personas no eran aquellas que obraban guiadas por buenos sentimientos, sino aquellas que obedecían la ley moral, accesible a la razón práctica y formulada en el imperativo categórico. Por su parte, el imperativo categórico (obra de tal modo que la razón de tus actos pueda ser elevada a la categoría de ley universal) pretende ser un principio ético basado en la razón. Parece que, al fin y al cabo, Hume no logró despertarle del todo de su “sueño dogmático”. En primer lugar, no existe ningún motivo racional por el cual la razón que guía cada uno de mis actos deba ser elevada a ley universal; esto parece más bien un disparate. Un psicópata que se dedicara a asesinar, por ejemplo, a personas vestidas de verde podría pensar, haciendo un uso correcto del imperativo categórico, que todas las personas vestidas de verde merecen morir. Claro que los kantianos se apresurarán a protestar diciendo que esta es una mala interpretación de lo que Kant pretendía afirmar. ¿Y qué es, entonces, lo que Kant pretendía afirmar exactamente?
Yo puedo pretender que cualquiera de mis actos, por descabellado que resulte, sea elevado a ley universal. No existe ninguna contradicción en ello. El imperativo categórico kantiano no es más que una nueva formulación (con palabras solemnes y gran pompa filosófica) del viejo principio cristiano según el cual debemos tratar a los demás de la misma manera que nos gusta que nos traten a nosotros. Pero si a nosotros nos gusta que nos azoten con un látigo, ello no nos autoriza a andar por ahí azotando indiscriminadamente a todo el mundo.
La ética kantiana todavía está plagada de ensoñaciones metafísicas, como muestra, por ejemplo, su idea de una ley moral absoluta, que pudiera ser aplicada universalmente y tuviera, por tanto, validez para todas las personas del mundo en todas las épocas.
De la misma manera que la primera crítica se refiere al entendimiento y a la facultad de conocer y la segunda crítica se refiere a la razón práctica y a la facultad de desear, Kant completa su tríptico filosófico con la Crítica del juicio, referida a la facultad de juzgar y a los sentimientos de placer y dolor como fundamentos del juicio estético. Su obra no sólo ejemplifica el giro estético que se produce en la filosofía, sino que se convierte en una de sus principales referencias.
La crítica del juicio es considerada como el primer tratado de estética realmente importante. Resulta paradójico que el primer tratado de estética realmente importante lo escribiera un tipo que, como es sabido, poseía la misma sensibilidad artística que una ameba. El propio Danto ironiza sobre ello en el tercer capítulo de su obra (La transfiguración del lugar común), al afirmar:

“…Kant, que parece haber sido más que insensible al arte, culminó su ciclo con el que aún pasa por ser uno de los tratamientos del arte más importantes de toda la literatura filosófica”.

La Crítica del juicio es, como todos los libros de Kant, una obra enormemente confusa y aburrida. Cada párrafo debe ser leído una y otra vez, y aún así muchos de ellos resultan ininteligibles para cualquier persona de inteligencia media. Su abominable prosa parece estar especialmente diseñada para entorpecer la comprensión del sufrido lector. De hecho, enfrentarse a los textos kantianos supone, para todos o casi todos los estudiantes de filosofía, un penoso deber y un verdadero suplicio. ¿Por qué Kant se empeña en decir las cosas del modo más enrevesado posible? Éste es un misterio que trataremos de resolver un poco más abajo. Pero volvamos a su tercera crítica.
La primera aportación relevante de Kant a la estética consiste en señalar que la satisfacción que determina el juicio del gusto es totalmente desinteresada.
Este desinterés ante lo bello queda explicado (por decirlo así) en el siguiente párrafo:

“Llámese interés a la satisfacción que unimos con la representación del objeto. Semejante interés está, por tanto, siempre en relación con la facultad de desear, sea como fundamento de determinación de la misma, sea, al menos, como necesariamente unida al fundamento de determinación de la misma. Ahora bien, cuando se trata de si algo es bello, no quiere saberse si la existencia de la cosa importa o solamente puede importar algo a nosotros o a algún otro, sino de cómo juzgamos en la mera contemplación” (17).

Para comprender mejor la autonomía del juicio estético debemos considerar que dicho juicio no produce conocimiento alguno (no es un juicio propio del entendimiento). Los juicios lógicos del entendimiento son determinantes, los juicios del gusto (o juicios estéticos) son reflexionantes, lo cual significa que no constituyen ni determinan el objeto, no lo enlazan con ningún concepto como ocurre con los juicios de conocimiento; son, por tanto, completamente subjetivos. Afirma Kant lo siguiente:

“Para discernir si algo es bello o no, referimos la representación, no por el entendimiento al objeto con vistas al conocimiento, sino por la imaginación (tal vez unida al entendimiento) al sujeto y al sentimiento de agrado o desagrado experimentado por éste.” (18).

Siendo el juicio del gusto totalmente subjetivo, diríamos que no puede ser universal, ya que cada cual tiene un gusto propio que determina su valoración particular de un objeto como bello o no bello. Pero Kant sostiene que, puesto que todos los seres humanos estamos constituidos de la misma manera y poseemos las mismas facultades, es forzoso que haya algo en común en todos los juicios del gusto particulares que nos permita considerar una, por así llamarla, universalidad subjetiva.
Sobre aquello que es simplemente subjetivo la razón no puede, en principio, emitir ningún juicio. Pero sí puede hacerlo apelando a una raíz común que presuntamente poseen todos los juicios del gusto particulares; se trata de una estrategia para situar a la estética dentro del dominio de lo racional, es decir, para legitimar la estética como disciplina filosófica. Algunos pensadores se han preguntado por qué Kant escribió la tercera crítica, dando con ella una preeminencia filosófica a la estética que anteriormente no poseía. Al hacerlo, Kant aseguraba para la filosofía un nuevo territorio que, por su naturaleza, no parecía susceptible de ser abordado por la ciencia empírica.
Si la finalidad del conocimiento es el objeto y la finalidad del juicio moral es el bien (o la ley moral), ¿cual puede ser entonces la finalidad del juicio estético, por naturaleza subjetivo? Siendo el juicio estético desinteresado y desvinculado de cualquier concepto, parece que no tiene finalidad alguna. Kant resuelve el problema afirmando que el juicio del gusto, aún siendo subjetivo y careciendo de finalidad, actúa como si fuera conforme a fin, es decir, responde a una finalidad sin fin.
Ante el objeto bello, la imaginación y el entendimiento entran en una especie de “libre juego de las facultades” que constituye la base del juicio estético.
Hume había fundamentado la estética en las emociones; el placer que experimentamos en la contemplación de un objeto es la causa de que lo consideremos bello. En el pensamiento kantiano las emociones no son la causa, sino el efecto de la experiencia estética. Cuando un objeto es bello se produce esa especie de “libre juego” de las facultades que se resuelve en una sensación placentera. Kant no explica muy bien en qué consiste exactamente ese “libre juego”, ni por qué se halla vinculado a las sensaciones de placer o displacer.
La filosofía kantiana distingue entre lo bello natural y lo bello artístico; al juzgar un objeto natural como bello lo consideramos como si con ese fin hubiera sido producido por la naturaleza, sin embargo el arte bello es producido por el genio como si fuera parte de la naturaleza, es decir, la naturaleza se muestra tanto en su propia belleza como en la obra de arte. Decir que el ser humano contempla la belleza natural como si fuera una obra de arte y la belleza artística como si formara parte de la naturaleza no es decir mucho, y aun en el caso de que semejante afirmación fuera cierta, no constituye ninguna definición de la belleza. La belleza sigue siendo, en la obra de Kant, una completa desconocida.
Aun así, lo bello natural conserva una preeminencia ontológica en el pensamiento kantiano. Esa preeminencia de lo bello natural sobre lo bello artístico no tardará mucho en ser subvertida por Hegel.
De todos modos resulta extraña esta división entre lo bello natural y lo bello artístico. Si, en lugar de la belleza, estudiáramos los colores, ¿distinguiríamos entre lo azul natural y lo azul artístico?
Si un objeto posee cierta belleza, esa belleza será la misma sea el objeto natural o artístico, de la misma manera que el color azul es el mismo en el objeto natural y en el artístico, y cualquiera puede comprender el significado de “azul” sin que importe en lo más mínimo la naturaleza del objeto al cual se atribuya la propiedad de ser azul. Se supone que lo bello natural y lo bello artístico comparten una cosa, esto es, la belleza. En consecuencia, la belleza (considerada de modo absoluto) es una propiedad que tienen algunos objetos, independientemente de que sean montañas o catedrales góticas.
La distinción entre lo bello natural y lo bello artístico parece, a primera vista, completamente absurda. Pero no lo es tanto si consideramos que la filosofía usa el concepto de belleza como un medio para legitimar su interés por el arte.
Kant distingue también entre lo bello y lo sublime, siendo lo sublime (matemático o dinámico) aquello que por su inconmensurabilidad desborda el juicio estético. Lo sublime produce placer, pero también terror al ser contemplado, un terror que nace de la imposibilidad del juicio estético para abarcarlo y comprenderlo.
Puesto que ya hemos resumido (aunque de forma sucinta) las principales tesis kantianas en el campo de la estética, regresaremos a las preguntas que nos hemos formulado anteriormente: ¿por qué Kant lo hace todo tan difícil? ¿por qué convierte todo lo que toca en un galimatías filosófico?
¿Acaso no podía, el anciano de Königsberg, haber dicho las cosas de una manera más llana y accesible?
La respuesta es que, por supuesto, Kant podía haber dicho lo mismo sin usar un vocabulario tan pedante y un estilo tan impenetrable. La filosofía no tiene por qué ser abstrusa ni provocar dolores de cabeza. Platón o Nietzsche, por poner dos ejemplos ilustres, son pensadores de gran profundidad y poseen, al mismo tiempo, un estilo ameno que permite disfrutar (desde un punto de vista literario) de sus obras, además de comprenderlas.
Lo que pretendía Kant era, sin embargo, todo lo contrario.
En un momento en el cual la metafísica agonizaba y la filosofía corría un grave peligro, la mejor manera de defender el territorio filosófico consistía en alzar a su alrededor una muralla de argumentos pomposos y de tecnicismos incomprensibles, o dicho de otro modo: era preciso convertir la filosofía en un asunto de especialistas, en una disciplina a la que sólo una élite pudiera acceder. De hecho, la filosofía siempre había sido patrimonio de una élite y los filósofos siempre han sido reacios a divulgar sus conocimientos o a dejar entrar a cualquier indocumentado en su torre de marfil.
En tiempos de Kant, la ciencia se había especializado de tal modo que ya poseía una terminología propia, incomprensible para los legos. La ciencia se había convertido, por decirlo así, en un asunto de iniciados, o por usar una expresión más moderna, en una cuestión de profesionales. La terminología científica y su particular metodología, tan vinculada a los avances tecnológicos y a una determinada comprensión del mundo que comenzaba a dar frutos visibles, causaban el respeto y la admiración de todo el mundo.
Como afirma Matthew Stewart en su irreverente libro La verdad sobre todo:

Los filósofos modernos comparten cierto tipo de inquietudes y Kant – más en concreto, la apoteosis de Kant – viene a responder de algún modo a dichas inquietudes. En primer lugar, los filósofos reclaman generalmente la respetabilidad profesional. Kant proporciona la terminología compleja, la vaga idea de un proyecto especializado de investigación, y suficiente humo y espejos como para convencer a los intrusos de que se está llevando a cabo un trabajo serio.

Es decir, humo y espejos; eso es lo que aporta fundamentalmente la filosofía kantiana. Comprendemos entonces el empeño de Kant por presentar sus tesis del modo más esotérico posible, su vocabulario “especializado” no es más que un disfraz solemne: todo en él es apariencia, todo en él es simulación, todo en él es estética.
Cabe decir que el viejo Kant logró su propósito. La filosofía recuperó, a partir de su obra, buena parte de la solemnidad que poseía en los tiempos de la escolástica, hasta tal punto que incluso hoy en día, cuando uno cita a Kant debe hacerlo con veneración y respeto, obedeciendo a cierta liturgia, para no parecer frívolo o poco académico. Otro aspecto de dicha liturgia filosófica se basa en la creencia de que sólo es posible comprender a un determinado filósofo si lo leemos en su propio idioma, como si su pensamiento, al ser traducido, perdiera parte de su sentido. Con la ciencia empírica no ocurre lo mismo; las verdades científicas son exactamente las mismas en inglés, en alemán, en quechúa o en swahili. Así, si hablamos de la sensibilidad en Kant, hay que poner entre paréntesis Sinnlichkeit, si hablamos de la sensación hay que poner, también entre paréntesis, Empfindung, y así sucesivamente, como si la palabra en castellano no bastara o la traducción resultara siempre sospechosa. Es curioso que la filosofía, y especialmente la filosofía racionalista, que trata sobre verdades absolutas y por lo tanto universales y accesibles a todo el mundo, sea tan tiquismiquis con el tema de las traducciones. Esta superstición tan extendida entre los filósofos, según la cual un pensador sólo puede ser plenamente comprendido en su propio idioma, invita a pensar que existen idiomas más “filosóficos” que otros. Puesto que Alemania es una nación que cuenta con numerosos e ilustres pensadores, la conclusión más evidente es que el alemán es “un idioma muy apropiado para la filosofía”. Esta absurda creencia (la de que existen lenguas filosóficamente superiores) será tomada muy en serio por los idealistas alemanes. Pero regresemos a la estética kantiana.
La Crítica del juicio ha pasado a la historia por ser el primer tratado de estética realmente importante, pero no porque sus reflexiones acerca de la belleza y el arte sean profundas y reveladoras (son más bien incompletas y confusas).
Contra lo que pueda parecer, en la obra Kantiana la forma tiene mayor relevancia que el contenido y el sueño dogmático (del cual jamás llegó a despertar por completo) es mucho más importante que la vigilia. (continuará ...)

Ricardo Desola Mediavilla

3 Comentarios:

aigua maria dijo...

Estupendo trabajo Ricardo.

Acercas a los Grandes de una forma que casi podemos darles la mano, nada fácil.


Un beso "chiquitín".

Anónimo dijo...

Muy buen trabajo, una muy buena deducciòn de la filosofia kantiana.

Tomás dijo...

Estimado
Creo que lo que estaba pensando Kant al escribir "obra de tal modo que la razón de tus actos pueda ser elevada a la categoría de ley universal" era justamento eso. Piensate universal. Piensate unido a todo. Si lo que vas a hacer puede afectar a otro ser vivo. Esa accion universalmente afectara (acabar/no acabar) a todos los seres vivos (la principal tarea de la moral no es justamente eso. Identifcar la particula elemental que hace justamente que puedan o no puedan existir seres sobre los cuales aplicar una moral?)
Ojala se entiende mi punto de vista
Abrazo :)