Va de Cuentos

viernes, septiembre 18, 2009

Juliana Mediavilla Pablo


Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona.

Ha compaginado su trabajo como docente con su afición por la poesía.

Es miembro del grupo poético METÁFORA, adscrito a la biblioteca Mercè Rodoreda, en el que participa en la organización de diferentes actividades en torno a la poesía: talleres, recitales, tertulias poéticas, etc.

Escribe asiduamente en el foro poético poesiapura.com y se reúne en Barcelona con un grupo de poetas del mismo foro que dio lugar a la formación del Grupo Poético Laie, con el que colabora en diferentes proyectos poéticos.

Desde su trabajo como docente, ha participado en diversas publicaciones en revistas de los diferentes centros de Secundaria, así como en otras de ámbito local.

Publicaciones:

-EL MALETÍN (la luz de la memoria) Ed. Soria Edita 2004 (libro de relatos)

-Experimento poético. Ed. EDUCARTE 2006 (antología poética)

-Versos diversos. Ed. Ediciones Atenas 2007. Antología Grupo Poético Laie.


EL ÚLTIMO TARDÍO

Íbamos a llevar la becerras camino de La Ceña: ¡no corras, Felisín! -había dicho mi madre. La tarde quieta colgaba sus últimos oropeles en las pingotas de los árboles.

El trote de las becerras levantaba remolinos de polvo en la cuneta de la carretera: ¡Jote, jote! -decía el Felisín imitando sus cabriolas. Que no corras, que se lo diré a la madre, pero nada.

Cuando llegué a la portillera del Pago de Arriba, el Felisín ya se estaba colgando de una puerta y las becerras, Trinchera arriba, habían abandonado el trote de la carretera y buscaban la hierba fresca de los cirates.

Empezamos a andar entre las rastrojeras de las tierras, esquivando las cañas duras que se colaban por los agujeros de las alpargatas y nos martirizaban los pies. Desde el pueblo, de espaldas a nosotros, llegaban lejanas las voces de los muchachos que jugaban al rascatelibre en El Campo o en Las Peñas del Corral, y en la quietud de la última hora de la tarde sonaron claras las tres del Rosario.
A la altura de la Loma perdimos de vista a las becerras y nos quedamos junto a la hilera de endrinales. Los espinos empezaban a desnudarse haciendo más visibles sus frutos arrugados. El Felisín se llenaba los bolsillos de su pantalón de pana: ¡mira, mira qué blanditas, tienen miel!. Desanduvimos el camino comiendo endrinas que, aunque siempre resultaban ácidas y ponían la lengua áspera, eran, junto a los morones, el único fruto de La Sierra.

El Felisín y yo... en la hora mágica de una tarde agonizante. ¡Qué tristeza rezumaba el paisaje! Yo conocía la sentencia del Felisín, porque sorprendí aquella conversación, después de la consulta del especialista, cuando lo llevaron a la capital: que el chiquito no puede durar, que puede tirar meses, o a lo sumo algún año... Pero, ¿por qué?, ¿por qué? Qué adentro se me clavó el dolor de mi madre y la rebeldía de mi padre.

El día daba sus últimos estertores. Se levantó el Cierzo. De repente las piernas blancas del Felisín me parecieron más frágiles y desprotegidas. Anochecía cuando entrábamos por El Callejón, nos habíamos abrochado las chaquetas y aligeramos el paso.
-Pero cuánto habéis tardao, vienes helaíto. Siéntate aquí, pon los pies cerca de la cocina.
Qué calor tan confortable el de la cocina. El Felisín iba reaccionando; tenía los labios ligeramente violáceos y muy blanca la cara. Mi madre le dio el medicamento como todos los días.

Los especialistas también se equivocan, se pueden equivocar -pensaba yo una y otra vez. Pero ninguna conjetura me quitó el nubarrón negro que había impregnado aquella tarde otoñal de los matices más tristes y sombríos.

El Felisín se murió antes de que llegara la primavera siguiente. Un nueve de marzo, nevaba si Dios tenía qué. Había cumplido nueve años, yo tenía diez y medio. Entre los hermanos, éramos los escalones intermedios: él el segundo de los chicos y yo la segunda de las chicas. Aunque por la enfermedad faltó mucho a la escuela, había aprendido a leer y escribir y dibujaba aviones en las portadas de los cuadernos. Tenía los ojos negros y las mejillas pálidas y en su mirada de niño brillaba el destello de una extraña y precoz sabiduría.

Juliana Mediavilla Pablo


Sonia Fides

Nació el 14 de agosto de 1.969 en Madrid. Empezó a escribir poesía casi por casualidad durante el verano de 2004. En el año 2006 ganó el Premio de Poesía Nicolás del Hierro con mi primer libro, “Mirar y ser mirada”, y quedó finalista con este mismo libro en el Premio Internacional de Poesía Dionisia García y en el Premio Nacional de Poesía Vicente Martín. En el año 2008 ha publicado su segundo libro de poemas “Electra se quita el luto”, poemario finalista en el Premio Internacional de poesía ciudad de Melilla.
Algunos de los poemas de su primer libro han sido traducidos al inglés y aparecen publicado en la revista de Poesía americana The refined savage. Igualmente ha colaborado en algunos números de la Revista de literatura Iguazú y en el Panfleto cultural Calidoscopio. En estos momentos trabaja en un nuevo libro de poemas y ultima su primer libro de relatos.


NE PAS DÉRANGER

Jacqueline sintió un peso extraño en ese lugar donde la cama deja de serlo para casi convertirse en un abismo, algo parecido a lo que siente una mujer delgada cuando come más de la cuenta. Levanto la cabeza levemente, dirigió los ojos hacía el lugar que trataba de impedir con tanta insistencia la movilidad de sus pies. Pareció no extrañarse al ver un montón de cámaras fotográficas, de distintos modelos, esparcidas sobre la colcha roja. Movió los pies sin importarle, que con su imprudencia, algunas de ellas pudieran peder la vida al caer al suelo. Hacía veinticuatro horas que había dejado de ser una mujer delicada. Recostó de nuevo la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos con suavidad. Comenzó a sonar el teléfono y entonces los apretó cada vez más fuerte hasta obligar a la luz a buscar otra salida. Volvió el silencio o eso creía. Enseguida oyó tres leves golpes sobre el esmalte de la puerta. Se tapó la cabeza por completo, además de ciega, quería volverse sorda. Volvió a mover los pies. Un estruendo sobre el suelo le dio la solución, la excusa perfecta para no moverse de la cama, la excusa perfecta para no darle la razón a aquellos que habían decidido acabar con su larga carrera de modelo. Recordó donde estaba y aquella canción que decía... “Paris, a matin de décembre.... J'ai bien reçu ta lettre ... » . Descolgó el teléfono, marco el número de la recepción. Al otro lado del auricular una voz nasal le preguntó en que podía ayudarla, no tardó en contestar:

—Sí, buenos días, necesito que me mande a alguien a recoger una nota.

No es necesario, señora, puede usted dictarme el mensaje si lo desea.
Perfecto, apunte :


Querido Mario :

He decidido marcharme de la ciudad. Gracias por el interés que has puesto en intentar salvar mi carrera con este último reportaje, pero no puedo hacerte esto. Elegir Paris para inventarnos mi resurección ha sido un completo error, te pido disculpas. Espero que puedas perdonarme el plantón y el destrozo de las cámaras fotográficas. Me hubiera quedado, no creas que me apetece demasiado ser un cadáver con treinta años, pero me bastó un corto recorrido por algunas de sus calles para tomar conciencia de que no hay mujer más fotogénica que Ella.

Tuya siempre.

Alicia.
Sonia Fides

6 Comentarios:

Bletisa dijo...

Distintos estilos pero dos pesos pesados.
Encantada siempre de volver a leer a estas señoras.

Amando Carabias María dijo...

Vidas que respiran en un folio.

Juan Martín Serrano dijo...

Juliana: "se murió antes de que llegara la primavera". Y es que se escribe para vivir, para espantar a la muerte. Y como no es posible matar a la muerte, me deleito en la ternura de un Felisín corretón y en la frescura de nombres y toponímicos que me saben a endrinas dulces.

Sonia: y eso es lo que me gusta del relato, que es abierto y se desarrolla como un sueño de posibilidades e imposibilidades varias, y el lector puede presuponer, volver a leer, aportar para poder entender que Jacqueline tiene celos de Paris, o que cansada del mundo-star se suicida, o que critica con su desplante el "tinglao" culturizante de la anorexia, o que se siente traicionada por su mentor el fotógrafo.

SONIA FIDES dijo...

Gracias chicos por hacerme siempre un hueco.

Un abrazo súper.

Juan Martín Serrano dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Dédalus dijo...

Enhorabuena por esta selección. No las conocía, ni a Juliana ni a Sonia.

Saludos.