EL AUTOEXILIO y otros relatos, por Jesús Ávila Zapién

viernes, noviembre 13, 2009

J. JESÚS ÁVILA ZAPIÉN

Nació en Sahuayo, Michoacán en 1964. Biólogo, poeta y cuentista. Sus inquietudes literarias las ha encausado a través de cursos y talleres en Morelia, Michoacán. Ha colaborado en columnas semanales de los periódicos: Provincia, Tribuna y Vox Pópuli; y en la sección poética de la revista Expresión Tecnológica, del Instituto Tecnológico de Jiquilpan. Publica textos en medios electrónicos como EL BOTE DE COLÓN; RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Blog del ganador del Premio Nacional de Cuento, San Luis Potosí 2008, Edgar Omar Avilés). Poemas suyos aparecen en el libro “Follaje de palabras” (1996). Fue premiado con mención honorífica en el certamen de poesía de los primeros Juegos Florales Villamar, 2004.

Tiene en prensa (para su próxima publicación) el libro de narrativa: “La vida imita al arte: personajes sin tiempo”.


ALGUNAS PUBLICACIONES SUYAS EN INTERNET:

El bote de Colón: “Metamorfosis”
http://www.elbotedecolon.blogspot.com/

RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Página de Edgar Omar Avilés, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2008): “Lío Letal”
http://www.rasabadu.blogspot.com/2007_08_10_rasabadu_archive.html

Vox Pupuli: “¡Salvemos al Amigo Lore!”
http://www.voxpopulis.com.mx/2009/05/personajes-de-sahuayo/


EL AUTOEXILIO


I

Para las actuales generaciones pudiera nada decirles el fofo apelativo, pero Lorenzo Gálvez Zepeda, el Amigo Lore, fue durante décadas un ser singular que recordarán sin duda los mayores con cierta simpatía. Parecía arrancado de esos comics de periódico de Lorenzo y Pepita, portando no sólo el nombre sino hasta el mismo peinado de aquel personaje ilustre de historieta. El Amigo Lore, a más de pasarse la vida montado sobre su desarrapada motocicleta flaca como él a un ritmo de calma infinita: calma para viajar (lo rebasaban hasta las bicicletas), para hablar y calma para vivir, solía dar de vueltas a manzanas enteras aventando “voladitos” con una moneda. Para los chicos del barrio era un ser enigmático, al que daba gusto ver llegar en su ruidoso insecto metálico, zigzagueando los cuadros de cemento con la greña ondulante y la cometa de su larga gabardina cortando aire. Nos saludaba amablemente con su hablar pausado, incitándonos a jugar a “la rayita”, para lo cual más de una vez nos dio dinero con el fin de prolongar el juego “de a cinco centavos la tirada. Nosotros sabíamos que el Amigo Lore no era rico, pero se las arreglaba para compartir lo poco que tenía.

En cierta ocasión, ya pasados los años de la adolescencia, lo encontré por la vecina población de Jiquilpan. Iba solo y jugueteaba con un niño en el asiento trasero del viejo autobús donde coincidíamos; no obstante, en momentos miraba abstraído las casuchas por la ventanilla, contemplando cómo se alejaba la calle reptando cual si tren; o quizás un recuerdo.

¡Amigo Lore! ¿Qué hace por acá, tan lejos de su pueblo? –Le dije–. Me respondió sin prisas, como lo caracterizaba:

Estoy aprendiendo a vivir sin mis amigos, mis calles, mi pueblo y sus lindas tradiciones. Llevo algunos años por acá, desbalagado de todos y de todo.

¿Y qué ha aprendido en este tiempo, Amigo Lore?

Pues, que puedo ser un hijo adoptivo de Jiquilpan, como ya fui alguna vez el hijo natural de Sahuayo.

¿Y no extraña a su gente allá? –Le dije, al tiempo que advertía el retorcijón de su boca compungida como si acabase de ingerir un trago amargo.

La llevo en un rinconcito de mi corazón. –Sentenció, rendido ya por la emoción desbordada a flor de piel.

Porque mi corazón es lo bastante grande para todos.

¿Qué tan grande? –Le insistí, pero me respondió sólo el silencio de su chupado rostro, que irradiaba borbotones de añoranzas por los errantes ojos. No dijo nada, y se bajó a tientas en aquella parada, dejándome un adiós inconcluso con su mirada triste.

En ese instante recordé aquel gesto que tuvo con nosotros los niños de ese barrio y ese tiempo, mismo gesto que tal vez seguiría teniendo con los nuevos muchachos en su arrumbado exilio (muy a pesar de sus años y limitaciones de siempre), y entonces comprendí que un corazón sin ataduras, puede llegar a ser, sin duda, extraordinariamente grande.


LA SILUETA CANSADA

II

Movido por la sensación ambigua de extrañeza que siempre me inspiró el exilio del Amigo Lore, me había propuesto seguirle el rastro en la vecina población de Jiquilpan. Tras irme preguntándole hasta al mismo viento, llegué al lúgubre refugio de una derruida vecindad. Pero ahí sólo encontré desolación y olvido.






Afuera de un cuartucho sin puerta, yacía embrocada una silla de madera (sin hilos) avivando una lumbrada de objetos apilados. Al interior, el cuarto reflejaba un alto grado de insanidad. Un montículo de tierra cubría parcialmente una bota, un balón desinflado, cucharas de plástico, palos, papeles, una bocina, y los marcos sin retrato –junto a sus efigies– de Daniel Comboni y San Jorge Bendito. En el muro sur colgaban un sombrero, un espejo, estampas y algunos tazones; en la pared norte, un crucifijo.

No me costó enterarme por boca de los albañiles que derruían todo a golpe de martillo, que el Amigo Lore acababa de ser desalojado de aquella mazmorra.

Nosotros sólo acatamos órdenes para echarlo. Ya ve, restauramos el lugar, quemando también estos tiliches, aunque, lejos se ve que el tipo no se merecía esto, porque, el pobre… es un alma de Dios. –Dijeron lastimeros, los victimarios.


Luego de saber que podría hallarlo sentado en la banca de cualquiera de las múltiples plazas de Jiquilpan o en la sastrería que frecuentaba, lo encontré por las afueras del viejo mercado, cerca de otra vecindad encubierta por la céntrica calle Diego José Abad, donde ahora vive. Encorvado, bolsa en mano, parecía andar con la prisa contenida, como queriendo desvanecerse entre la multitud. Ya los años le cubrían de un crudo invierno su nevado pelo. Pude entreverlo en la figura desganada y corva, correosa por el tiempo. Detrás de mi saludo efusivo (tenía seis horas acechando su arribo) y de ofrecerle cortésmente el remanso de una sombreada banca, procuré desentrañar el misterio de su exilio, ungiéndolo de compañía con el maleable bálsamo de unas cuantas palabras.


Amigo Lore, ¡qué gustazo! Se conserva usted igual. ¿Pues, qué edad tiene?

Ochenta años. Nací el 6 de noviembre de 1928 en Guadalajara, aunque me trajeron a Sahuayo cuando tenía cinco o seis años.

Allá todos lo consideramos paisano. ¿Cuánto hace que radica por acá?

Me vine el 20 de enero de 1980, montado en una bicicleta y sin un centavo en la bolsa.

¿Qué no tiene familia en Sahuayo, que vea por usted?

Nada más Rosa María mi hermana, dos años menor que yo, que es madre de la congregación de la Santísima Trinidad. Ella vive con Lupita, la hija de don Antonio Sánchez, en la calle Madero, junto a una sastrería. La última vez que estuve enfermo vino a visitarme y a traerme comida; duré dos meses con las piernas hinchadas, sin poder andar. Pero ya no puede venir porque tiene ulcera en la pierna, y dice que le da vueltas el piso. Por eso ya no viene.

¿Y usted de qué diablos se mantiene?

He agarrado trabajitos, pero ora ya no puedo, no me dejan mis piernas. Todavía hace tres meses trabajaba repartiendo hielo, de doce a tres de la tarde, y me pagaban treinta pesos diarios; pero me corrieron, y aquí estoy…

Entonces, ¿qué come usted, Amigo Lore?

Tortillas frías con sandía, tortillas con piña… no crea que es mentira. No me he alimentado bien, ya ni dientes tengo. –Me dice, desprendiendo su “veintiúnica” dentadura superior.

Y en esa bolsa, ¿qué carga?

Está el tiempo muy trabajoso, verá… pero aquí traigo mis tijeras para arreglar mi ropa, traigo mis lentes (saca unos enormes anteojos de mica negra que parecen de motociclista) porque me lloran mis ojos, por eso los ocupo. Traigo mi agua azucarada sabor guayaba (me muestra una botella de agua turbia, con un vil trozo de guayaba flotante), y hasta mi batería; porque allá donde vivo está muy oscuro para ir al baño. ¿No quiere un chocolatito? –Me dice, ofreciéndome un piloncillo envuelto–.

No, gracias Amigo Lore. Oiga, y ante su soledad, ¿nunca pensó en casarse?

Nomás me junté tres meses con una mujer allá en Sahuayo. Una tal María Luisa. Me pedía la ropa para lavármela, y mentiras, nomás me la escondía. Era muy agresiva, por eso ¡que me le retiro!... Mi hermana, reparaba de coraje; me decía que estaba pecando mortalmente porque: “sólo los animales se juntan”.

Oiga, amigo, y, ¿en qué duerme?

No, yo no duermo ni dos ni tres horas. El corazón no me trabaja bien, y resuello con muchos trabajos; luego, la circulación me falla: se me entumen la rodilla, el tobillo, las plantas… los pies, los siento como si fueran de madera. Ahorita traigo jodida la rabadilla porque allá donde vivía se quedó mi cama; acá duermo en unos cartones tapados con dos colchas y me cobijo con otras dos. Eso sí, ¡diario madrugo a mis dos misas: de seis y de siete! Y Dios me ha ido ayudando.

Amigo Lore, usted no está solo, en su pueblo hay gente que lo recuerda con cariño. –Al oírme, se le rasan sus verdosos ojos como ágatas.


El

Amigo Lore vive1 a duras penas de los “tratos” con algunas cosas que, seguro se encuentra por ahí desbalagadas. Trae un enorme anillo de cobre con una piedrota falsa, el cual asume sea de oro e insiste con la ganga de venderlo en cuarenta pesos. Hace meses canjeó su bicicleta a un tipo “marigüano” a cambio de dinero y un radio; pero según dice, al final de cuentas lo estafó, llevándose el vehículo para pagarle con una mirada de odio cada vez que se lo encuentra. Su ropa despide ese aroma a polvo y soledad animal, pues carece hasta de una tina para poner a calentar al sol un poco de agua. Mirándolo en desamparo, su dolor parece encarnarse en todo hombre como un amargo espejo existencial en el que bien podríamos, sin saberlo, ya estarnos reflejando.


1Fallecería el 14 de julio del 2009, poco después de este reencuentro.



¡ADIÓS, AMIGO LORE!

III

Flaco como ermitaño desgarbado, su señorío de pájaros le daba un aire quijotesco. La vocación de soñador, hidalga y noble, le apartaba del mundo cual dócil fauno enaltecido, confiriéndole el extraño don de quien no sabe de política ni de almacenes, sólo de lluvia y de banquetas, del lenguaje de los árboles con su interrogación de hojas, de panes y sonrisas. Todas las mañanas asistió puntual a sus dos misas de seis y de siete “a recargar las pilas del vivir”, según decía, mientras los veintinueve años de ese arrojado exilio en bicicleta (a la ciudad de las jacarandas), sin un cinco en la bolsa, le pasaban factura. “¡Amigo Lore!”, le llamaba la gente, tildándolo de loco. Sin comprenderle el alma de mancebo del tiempo, orador de banquetas y postigos, saltimbanqui de todos y de nadie.

Iba una vez Guillermo “el de las gelatinas”, muy peinadito al circo, cuando topó con el Amigo Lore.

Amigo Guillermo, ¿a dónde se va tan animoso?

Al circo, Amigo Lore. ¿No se le antojaría acompañarme? –Le dijo Guillermo, con su ingenua expresión de niño grande, vestido en short y de tirantes, a la usanza del cómico Chabelo.

Nooo, mi amiiiigo, muuchas graaacias. –Contestó Lore, casi en cámara lenta.

A propósito, dígame, ¿cuánto va a costarle su diversioncilla esa ¿eh?

Nomás diez pesos.

Ahí está lo malo, que lo están timando feo, mi amigo. –Le advirtió, cambiando el tono y elevando el dedo índice.

Yo, por menos de la mitad de ese precio me atrevo a hacerle ¡circo, maroma y teatro! Usted ya sabe de mis habilidades. –Aclaró presuntuoso, dándose el lujo de hacer un rondín en bicicleta sin siquiera tocar el manubrio; abriendo pomposo, los brazos en cruz.

Nomás dice, y ahorita mismo arrancamos para el corral de mi casa, ¡y verá qué magno escenario le monto ante su vista!... Guillermo, un tanto perturbado, se quedó viendo la cara de máscara siniestra, de quien ya se hacía con esos centavitos en la bolsa para salir corriendo a derrocharlos en su vicio predilecto de aventar “voladitos”.

No, amigo “Lore”, ahí será para otra. –Inquirió, desconfiado.

¡Anímese, mi Guille! –Le insistió el otro, reparando –para muestra–, el armazón esquelético de su mohosa bicicleta, flacucha como él, mientras los aires zarandeaban la cometa en cola de su gabardina, dándole un aspecto verdaderamente demoniaco.

Bu-eno… al cabo, sstch, con usted qué pierdo. –Aceptó, deslumbrado.

Llegarían a la casa del Amigo Lore, enclavada en lo que fuera el viejo cementerio, cerca del corral de Guillermo, donde una vez ajusticiaran con un pedradón a Don Celerino, su padre, por andar espantando a los chamacos.

¡Le voy a hacer al hombre elástico!, amigo Guillermo. Profirió, quitándose de golpe, gabardina y camisa. Traslucía un luengo dorso de costillas relamidas de las que pendían sendos hilachos por brazos, que al instante, fingiendo una grácil pericia, había de entreverar a sus piernas de popote. En esas estaba, pero al querer destrenzarse…

¡Ahorita me destuerzo! (jalando, infructuosamente los anudados brazos). ¡Ya verá que sí me suelto! (mordisqueándose la lengua). ¡Ay, amigo Guillermo!, écheme, por Dios, una manita para desatorarme… ¡Ay! (Pelando los ojos por el tremendo esfuerzo).

Tras el “leve percance”, el Amigo Lore, medio desentumido y no librado del todo, se iría cojeando al tejaban, sólo para reaparecer dando saltitos, para ir cobrando impulso.

¡Mire, amigo Guillermo, qué bonito! –Descolgándose por la gruesa reata amarrada a un madero podrido del tapanco. Embutido en un calzón de manta, se había puesto unos zapatos rotos de payaso, que posiblemente pertenecieran a Don Ciriaco, aquel viejo ventrílocuo de la carpa que acampaba en la esquina.

¡Ahí le voooooooy! –Gritó, ahora encaramado sobre dos latas con lazos, que fungieran de zancos, pegando un salto para treparse y, quedar atravesado a un neumático que colgaba del apolillado techo; el cual, por cierto, ya crujía por el martirio.

¡Mire la palomitaaaaaa! –Emitió un chillido eufórico, al tiempo que alzaba con bordón el sombrero apachurrado, para aventar, en el acto, el plumerío de una infeliz gallina enana. La llanta descolgaba veloz de lado a lado como péndulo chirriante, llevándose el escuálido cuerpo, que, al pasar junto a Guillermo, se soltaba “de avioncito”, gesticulando ingenuo su barreteada cara.

¡Aquí le voy de muertitoooooo! –Alcanzó a vociferar, boquiabierto, mientras la podrida viga crujiría de última queja, partiéndose de tajo, descombrando el lastimoso tejaban, convertido en un marasmo blancuzco que alcanzó al desprevenido Guillermo con un leño. Nuestro patitieso héroe, yacía quejumbroso… empanizado en polvo del adobe, como bailarina de ballet en salvavidas de látex.


El pasado 14 de Julio se marchó el Amigo Lore, dejándonos esa sensación inconclusa de haberle podido aligerar un poco su desgracia. Él, que tenía por discreta razón para su exilio, el amor a los parques que colmaban Jiquilpan de fragancia, concediéndole esa paz translúcida para leer los diarios, quizá sin saberlo, había pactado en el andén de la distancia algún adiós verdiazul como sus ojos. Nadie hubiese creído que paradójicamente moriría sobre la banca de uno de esos parques que tanto amó; justo en martes, día que a cuenta gotas esperaba con ansias para procurarse el apoyo inmarcesible de su hermana Rosita. Se fue poco a poco, ¡desde tantas dolencias atrasadas!... con el arrullo maternal de la ciudad que él mismo había elegido por hospicio.

¿La galleta que lo atragantó?: …la gran coartada.


No fue más que un falso pretexto de su ideático ser para dejarnos solos.



NOTA FINAL ACLARATORIA


Estos textos forman parte del libro en prensa “La vida imita al arte: personajes sin tiempo”, del mismo autor; los cuales fueron publicados en los periódicos michoacanos Tribuna y Vox Pópuli como un intento de pausar en el tiempo las peculiaridades de algunos de los seres protagónicos locales “memorables”, inmersos en la ajetreada dinámica transicional de un pueblo que gradualmente se transformó en ciudad.

El Amigo Lore nació un 6 de noviembre de 1928 en Guadalajara Jalisco, México; pero sus padres lo trajeron a Sahuayo, Michoacán, siendo apenas un niño. Miembro de una familia comerciante de clase media alta, su vida transcurrió apaciblemente entre las mocedades picarescas del que “se va de pinta”, sin grandes consecuencias, y el sutil desenfado del grácil mozalbete que sigue el sendero de las correrías, tertulias o moliendas, en un próspero pueblo que acoge con gracia sus desplantes y vagancias, a razón de ver plasmada en él esa figura de inofensivo vago, cuasi caritativo, practicante de todos los azares.

La figura de Lore, sin duda, tiene algo de estereotipo universal (lo mismo pudo ser de Madrid que de Lisboa) por ser uno de esos actores, diríase Rilkeanos, cuajados de modo imperceptible, pero conjunto, con otros ingredientes folclóricos que condimentan el modus vivendi de los pueblos, dentro ese molde unitario al que hoy decimos microhistoria.



Algunos links de referencia:


http://voxpopuli.com.mx/cultura/semblanzas/iadios-amigo-lore/


http://www.voxpopulis.com.mx/2009/05/personajes-de-sahuayo/

2 Comentarios:

Anónimo dijo...

BUENO POR TI ALGUNOS NO LO CONOCIMOS ES INTERESANTE QUE RETOMES LA VIDA CLASICA DE SHY, YA QUE EN LA ACTUALIDAD LA CULTURA DE EL PUEBLO SE ESTA CADA VEZ PERDIENDO MAS. SIGUE CON TU PROYECTO.....

Anónimo dijo...

Gracias por tu opinión. Personajes como el amigo Lore tienen un caracter tan universal que suelen pasar desapercibidos, pero irradian la fuerza de toda humanidad cuando nos percatamos de su singular simpleza.

Un abrazo afectuoso.

J. Jesús Ávila Z.