Las Máximas Capitales de Epicuro, por Ricard Desola.

viernes, diciembre 18, 2009

Ricard Desola Mediavilla
Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona.

Obra Publicada:

  • Causas Perdidas (1º Premio Águila de Poesía de Aguilar de Campoo, 2005)
  • Geoda (Seleccionada Certámen Ciudad de Zaragoza 2007)
  • Versos Diversos (antología), Ed. Atenas 2007.
  • Experimento poético (antología), Educarte, 2007.
  • Sabadell Nord, Ca n'Oriach, Can deu, Can puiggener…, (estudio sobre la historia de las migraciones en la zona norte de Sabadell), Museu d'Història de Sabadell, 2008.
Otros premios:
  • Hermanos Caba 2008, por Concretamente tú.
  • Asociación literaria Verbo Azul, 2008, por El animal que nombra.
  • 2º premio Amanecer de la Casa de Andalucía en Barcelona 2008 por Yo te imagino.
  • Accesit Premio Luys Santamarina 2006.



Las Máximas Capitales de Epicuro.

Las Máximas Capitales ofrecen, entre aquellos fragmentos de la obra de Epicuro que se conservan, una visión bastante completa de su proyecto ético, de su concepción de la vida feliz a través del conocimiento y comprensión de la naturaleza (físis) y de la práctica de la amistad como condición indispensable para lograr tal propósito. Aunque la física epicúrea no está desarrollada en las Máximas, todo cuanto se expresa en estas sentencias deriva de su concepción materialista del mundo y se halla en perfecta coherencia con ella.

Toda la obra de Epicuro tiene como fin último la vida feliz, es decir, todos los aspectos de su pensamiento (incluida su física) gravitan alrededor de una concepción ética que no difiere mucho de otras escuelas helenísticas de inspiración socrática en tanto que vincula los conceptos de justicia, sabiduría y felicidad. El principio socrático según el cual sólo el hombre justo puede alcanzar la felicidad se mantiene plenamente vigente en el epicureísmo, y aparece reflejado a lo largo de las Máximas Capitales. En la máxima V, por ejemplo, afirma Epicuro:

No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente; ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir placenteramente.


La ética epicúrea es, cómo corresponde a todas las éticas de su época, teleológica, ya que persigue un fin último que es la felicidad. En lo que se distingue el epicureísmo de otras escuelas helenísticas es, precisamente, en su concepto de felicidad, es decir, en su idea acerca de lo que es una vida feliz. Y el concepto de felicidad en Epicuro va estrechamente unido al sentimiento de placer. Una vida feliz será, por lo tanto, una vida placentera.
No se trata solamente de acumular sensaciones placenteras sin medir las consecuencias; un placer inmediato puede comportar un dolor intenso a largo plazo. Es necesario, por lo tanto, administrar los placeres mediante un cálculo racional y disfrutar tan sólo de los placeres que no comporten, por decirlo así, efectos secundarios indeseables. Dice Epicuro en la máxima VIII:

Ningún placer por sí mismo es un mal. Pero las cosas que producen ciertos placeres acarrean muchas más perturbaciones que placeres


Así, por ejemplo, abusar de ciertos alimentos deleitosos supone un placer a corto plazo, pero puede acarrear problemas de salud en el futuro, que acabarán produciendo más dolor que el placer que han generado en un primer momento. En la máxima XVIII, Epicuro vuelve a insistir en el cálculo racional de los placeres:

En cuanto al límite del placer puesto por la mente, lo produce la reflexión sobre esas mismas cosas que habían causado a la mente los mayores temores, y las de género semejante.


Que el placer deba ser controlado por la razón no significa, sin embargo, que sea la razón la fuente de la felicidad; la felicidad se logra exclusivamente a través del placer (o de la ausencia de dolor) siendo la razón tan sólo el instrumento que nos permite realizar el cálculo de placeres más conveniente. En este punto Epicuro es tajante. Placer y dolor son dos sensaciones opuestas que no pueden coexistir al mismo tiempo, tal como reza la máxima III:

Límite de la magnitud de todos los placeres es la eliminación de todo dolor. Donde haya placer, por el tiempo que dure, no existe dolor o pesar, o la mezcla de ambos.

No todos los placeres son, sin embargo, iguales. Existen, según el epicureísmo, placeres que son naturales y necesarios (aquellos que eliminan el dolor, como el placer que produce el hecho a beber agua a una persona sedienta), otros que son naturales, pero no necesarios (como el disfrute de los alimentos refinados) y otros que no son naturales ni necesarios y que se sustentan en la vana opinión (éste último caso es el de los placeres relacionados con los honores y con la adulación de los demás).

La felicidad del hombre no se halla, por lo tanto, fuera de éste mundo (como ocurre en el caso de la filosofía platónica) sino que se sustenta en causas completamente físicas y materiales. El pensamiento epicúreo se basa en una física materialista y su ética se halla en perfecta concordancia con ella. La física epicúrea recoge las teorías atomistas de Leucipo y Demócrito, ligeramente modificadas y ampliadas para que den cabida a una doctrina ética coherente. El Ser que Parménides postulaba único, infinito, homogéneo e inmóvil, se convierte a través de los atomistas en una multitud infinita de manifestaciones del Ser (los átomos) que se mueven a través del vacío, engarzándose y separándose según sus formas y trayectorias de manera completamente azarosa. No es preciso desarrollar aquí la física epicúrea, pero sí cabe señalar que la doctrina ética expuesta en las Máximas deriva de una física materialista basada en las teorías atomistas, lo cual tiene una importancia decisiva a la hora de considerar una sensación causada por elementos físicos (como es el caso del placer) como fuente única de la felicidad. Dicho de otro modo; una doctrina filosófica que admitiera realidades espirituales o inteligibles de naturaleza no-física, no podría basar su ética en algo tan aparentemente mundano como es el placer. La vida feliz deriva, pues, de la física, es decir, del conocimiento de la naturaleza, como se deduce de la máxima XI:

Si nada nos perturbaran los recelos ante los fenómenos celestes y el temor de que la muerte sea tal vez algo para nosotros, y además el desconocer los límites de los dolores y los deseos, no necesitaríamos de la investigación de la naturaleza.


En la máxima XII prosigue la misma argumentación. La investigación de la naturaleza es, por lo tanto, esencial para la vida feliz.
Por mucho que el ser humano logre evitar el dolor y vivir de forma placentera durante muchos años, el final de la vida es necesariamente la muerte, ya que los átomos que se han agregado para formar nuestro cuerpo terminarán, más tarde o más temprano, por disgregarse. La muerte, cuya evocación provoca temor y sufrimiento, constituye para el hombre una de las principales causas de infelicidad. ¿Cómo es posible, entonces, una vida placentera bajo la sombra siempre amenazante de la muerte? El temor a la muerte ha de ser, pues, abordado también por el epicureísmo, especialmente al tratarse de un destino ineludible que no es posible burlar mediante ninguna estratagema. En varios lugares aborda Epicuro éste problema. Hallamos, por ejemplo, en la máxima II, la siguiente afirmación:

La muerte no es nada para nosotros. Porque lo que se ha disuelto es insensible y lo insensible no es nada para nosotros.


Podemos encontrar otra formulación de este mismo argumento, más detallada y extensa, en la epístola a Meneceo:

Así pues, el más terrible de los males, la muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente y, cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros.


Observamos también aquí la importancia de la física y sus consecuencias sobre la ética; puesto que los hombres somos tan sólo agregados atómicos y nuestra felicidad reside únicamente en la sensación, ni estaremos presentes cuando los átomos que nos componen se disgreguen, ni debemos temer nada de un estado en donde la sensación no es posible. No existe por lo tanto ninguna posibilidad de una vida ultramundana, en la cual hallar una recompensa o un castigo; todo se reduce al mundo físico (al mundo de las sensaciones). Para Epicuro las sensaciones son la única fuente de conocimiento, como se deduce de las máximas XXIII y XXIV. Nada más lejos de la concepción platónica, en donde la sensación resulta siempre sospechosa porque pertenece al mundo de los sentidos, y en donde el conocimiento sólo puede ser adquirido mediante la razón.

Una vez eliminado el miedo a la muerte, el único obstáculo que halla el ser humano en su intento de llevar a cabo una vida feliz es el dolor, ya sea de naturaleza corporal o anímica. Debemos recordar que Epicuro concibe el alma como algo material, es decir, también el alma está compuesta por átomos y por lo tanto es tan perecedera y corruptible como el cuerpo. La única diferencia entre el cuerpo y el alma consiste en que ésta última está compuesta por un tipo de átomos especialmente sutiles. Todo es, por tanto, materia; incluso los dioses (cuya existencia acepta Epicuro) son seres materiales formados por átomos. Advertimos en esta concepción monista del cosmos una de las grandes diferencias entre la filosofía epicúrea y el platonismo, que parte de una concepción dualista y sostiene la existencia de dos realidades distintas, una física y la otra inteligible. Puesto que la filosofía de Epicuro pretende conducir al hombre a una vida feliz, y siendo el dolor y la enfermedad los principales obstáculos para lograr ese fin, el objeto de la filosofía no puede ser otro que la sanación (ya sea del cuerpo o del alma). Es decir, la filosofía epicúrea es eminentemente terapéutica.


Una vida sin dolor es, para el epicureísmo, fácil de conseguir si vivimos de una manera acorde con la naturaleza. Comienza la máxima XV con la siguiente afirmación: La riqueza acorde con la naturaleza está delimitada y es fácil de conseguir. También el cálculo de placeres es determinante a la hora de mantener una existencia acorde con la naturaleza. Epicuro ensalza los placeres naturales y necesarios y acepta algunos placeres naturales aunque no necesarios siempre y cuando sean administrados con moderación y prudencia. En cualquier caso, censura el abuso de estos placeres, tal como queda reflejado en la máxima X: Si las cosas que producen placer a los perversos les liberaran de los terrores de la mente respecto a los fenómenos celestes, la muerte y los sufrimientos, y además les enseñaran el límite de los deseos, no tendríamos nada que reprocharles a éstos, saciados por todas partes de placeres y carentes siempre del dolor y el pesar, de lo que es, en definitiva, el mal.


Los deseos naturales pero no necesarios no acarrean dolor si no se sacian (hallamos ésta afirmación en la máxima XXX), por lo tanto el ser humano puede prescindir de ellos siempre que lo desee, limitando así sus posibles consecuencias perniciosas. El tercer grupo de placeres, es decir, aquellos que no son naturales ni necesarios, son despreciados por Epicuro, ya que no tienen su origen en la naturaleza sino en la vana opinión.

La filosofía epicúrea combate, pues, el dolor del cuerpo y del alma (el dolor del cuerpo producido por la enfermedad y el del alma provocado por los temores que invaden al hombre, como es el caso del miedo a la muerte). Existe otro requisito indispensable para lograr la vida feliz: la práctica de la amistad. Es por ello que Epicuro concibe su escuela como una comunidad en la que un grupo de gente convive y comparte todos los aspectos de la vida. La importancia de la amistad en el epicureísmo queda reflejada en la máxima XXVII:

De los bienes que la sabiduría ofrece para la felicidad de la vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad.

Y en la máxima siguiente (XXVIII) vuelve a insistir:

El mismo conocimiento que nos ha hecho tener confianza en que no existe nada terrible eterno ni muy duradero, nos hace ver que la seguridad en los mismos términos limitados de la vida consigue su perfección sobre todo por la amistad.


Una vez que el hombre logra vivir practicando la amistad, de modo acorde con la naturaleza y habiendo vencido, a través de su comprensión, el temor a la muerte y los recelos ante los fenómenos celestes (la expresión es de Epicuro), alcanza el estado propio del sabio, caracterizado por la total ausencia de temor, lo cual le confiere la imperturbabilidad (ataraxia) frente a los avatares de la existencia. El sabio no precisa, pues, de riquezas, honores u otros bienes que algunos hombres se empeñan en perseguir: Poco le ofrece al sabio la fortuna. Sus mayores y más importantes bienes se los ha distribuido su juicio y se los distribuye y distribuirá a lo largo de todo el tiempo de su vida (máxima XVI).


En la máxima XVII concluye:

El justo es el más imperturbable, y el injusto está repleto de la mayor perturbación

Observamos que en ésta máxima, Epicuro vincula explícitamente la justicia con la imperturbabilidad propia del sabio, es decir, considera que el hombre sabio es, al mismo tiempo, justo. Éste es un rasgo socrático, como comentábamos al principio. Hallamos, sin embargo, una diferencia con los postulados socráticos en la definición epicúrea de lo justo. Dice la máxima XXXI:

Lo justo según la naturaleza es un acuerdo de lo conveniente para no hacerse daño unos a otros.

No precisa Epicuro recurrir a una instancia superior o trascendente para definir la justicia; la justicia no es una idea platónica ni tampoco una ley universal ajena al ámbito humano.

La justicia es, pues, un acuerdo para no hacerse daño unos a otros, una especie de pacto que garantiza la convivencia. Epicuro sostiene una concepción de la justicia poco habitual en el mundo griego (en el libro II de La República, por ejemplo, Glaucón defiende una concepción de la política como convención, pero es rápidamente neutralizado por Sócrates). La justicia como pacto estrictamente humano (como contrato social, dirían los ilustrados muchos siglos más tarde) tiene el único fin de asegurar la convivencia pacífica entre los seres humanos. La misma argumentación se prolonga durante las cuatro máximas siguientes, hasta su conclusión:


La justicia no fue desde el principio algo por si misma, sino un cierto pacto sobre el no hacer ni sufrir daño surgido en las convenciones de unos y otros en repetidas ocasiones y en ciertos lugares (máxima XXXIII).


Hallamos aquí otra consecuencia ética del materialismo epicúreo, ya que si todo lo que existe es materia, no es posible fundamentar la justicia en un orden ontológicamente superior. Por la misma razón, tampoco la injusticia es censurable por sí misma, sino porque sus consecuencias son indeseables, tal como sostiene la máxima XXXIV:

La injusticia no es por si misma un mal, sino por el temor ante la sospecha de que no pasará inadvertida a los destinados a castigar tales actos.

Se trata de un castigo humano, no divino, y por lo tanto el temor que inspira es exclusivamente aquel que los hombres pueden infringir (Epicuro no cree que los dioses se interesen por los asuntos humanos o intervengan en ellos). Los que cometen injusticias viven siempre bajo el miedo a ser descubiertos, no por los dioses, sino por sus semejantes.

Como la justicia se basa en un pacto de no-agresión (no hacer o sufrir daño), la ley se convierte en un mero instrumento de convivencia que los hombres pueden cambiar o adaptar a las circunstancias.

Si en la época de Sócrates y Platón era posible pensar un orden político como reflejo de un orden cósmico, Epicuro escribe en un momento histórico muy distinto; la polis se ha derrumbado, el mundo se halla en plena transformación, y la situación no invita a pensar en realidades absolutas. La justica y la ley deben adaptarse, pues, a las condiciones de cada lugar, como se desprende de las máximas XXXVII y XXXVIII.

En este sentido, como en tantos otros, la filosofía de Epicuro sigue siendo actual hoy en día, y la lectura de sus textos, en especial de sus Máximas Capitales, apenas ha perdido vigencia más de dos mil años después de que fueran escritos.


2 Comentarios:

Anónimo dijo...

Es sin duda un gran texto,me ha servido mucho en mis ultimos estudios.Gracias.

Anónimo dijo...

Es un instrumento muy útil para leerlo muchas veces hasta su total comprensión para aplicar esta filosofía de la vida en las actividades diarias.