LOS DESCARNADOS AIRES DEL EXILIO, por: Jesús Ávila Zapién

viernes, diciembre 04, 2009

J. JESÚS ÁVILA ZAPIÉN

Nació en Sahuayo, Michoacán en 1964. Biólogo, poeta y cuentista. Sus inquietudes literarias las ha encausado a través de cursos y talleres en Morelia, Michoacán. Ha colaborado en columnas semanales de los periódicos: Provincia, Tribuna y Vox Pópuli; y en la sección poética de la revista Expresión Tecnológica, del Instituto Tecnológico de Jiquilpan. Publica textos en medios electrónicos como EL BOTE DE COLÓN; RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Blog del ganador del Premio Nacional de Cuento, San Luis Potosí 2008, Edgar Omar Avilés). Poemas suyos aparecen en el libro “Follaje de palabras” (1996). Fue premiado con mención honorífica en el certamen de poesía de los primeros Juegos Florales Villamar, 2004.

Tiene en prensa (para su próxima publicación) el libro de narrativa: “La vida imita al arte: personajes sin tiempo”.


ALGUNAS PUBLICACIONES SUYAS EN INTERNET:

El bote de Colón: “Metamorfosis”
http://www.elbotedecolon.blogspot.com/

RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Página de Edgar Omar Avilés, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2008): “Lío Letal”
http://www.rasabadu.blogspot.com/2007_08_10_rasabadu_archive.html

Vox Pupuli: “¡Salvemos al Amigo Lore!”
http://www.voxpopulis.com.mx/2009/05/personajes-de-sahuayo/





LOS DESCARNADOS AIRES DEL EXILIO: UNA VISIÓN RETROSPECTIVA DE MAX AUB


Con el confinamiento de un paria soterrado bajo el polvo de un abandono tan inmerecido como su anunciación, yace en esas memorables páginas de “Diarios”, el corazón profundo de un creador vedado por la mengua que supone la letra de un poeta muerto, relegado, como irónicamente lo predicen sus propios conceptos sobre el arte:

“No puede un arte prolongar su existencia, a pesar de su excelencia. Que lo bueno, repetido, deja de serlo. La decadencia nace de lo mejor. Por olvidarlo la gente se maravilla. ¿Cómo lo bueno ayer no lo es ya hoy? Olvida el tiempo, que siempre es parte de todo. Que la excelencia no es sólo del objeto sino de la hora.”


Max Aub (1903-1972); poeta hendido entre la periferia de una epidermis que zurce la apariencia y dualidad del ser: abismo o cielo, fuego o agua, escritor o mortal. A su propio decir:

“Existimos en lo que nos separa del aire. En el grito y no en el silencio, que es la voz de los abismos, de lo que todavía no es, de la nada, de lo que pugna por salir a la superficie”.


Para Aub, la literatura debe justificar una razón de ser, a más de divertir o ser bonita. Aub suprime el elemento irracional de lo que existe “porque sí” como ardid azaroso, para dogmatizar en formas permanentes del quehacer humano que a si mismo se forja y se trasciende, rompiendo los cánones indisolubles del tinte de roles yuxtapuestos:

“O se es jesuita o se es escritor; o se es comunista o se es escritor”…


Max Aub sufre enclaustrado en ese archivo que la literatura guarda a las generaciones futuras en la memoria a largo plazo; reclamando el reconocimiento que una obra clama por virtud de sus excelsas letras. Aub, no obstante, nutre su vital esencia de las voces que le precedieron y se dejan permear por sus escritos:

“No he escrito sino una sola cosa, anda repartida por cuanto hice. Lo demás es añadidura. Y esa cosa no es sino reflejo de lo que pensaron los demás, de lo poquísimo de lo que otros pensaron que a mí llegó. ¡Tener cien vidas para enterarme!”

“Lo que escribo, ¿cómo saber que no lo ha escrito otro, por lo menos en un idioma que desconozco? Consuelo.”

“Escribo para no olvidarme.”


Poeta inmerso en la farándula crítica que se respira en los años 40´s y 50´s en México. Su obra se nutre del creciente mimetismo de un orbe complejo, que no obstante dará lugar al surgimiento de uno de los frentes de la tradición hispanoamericana más fuerte que la literatura recuerde: Alfonso reyes, Torres Bodett, Salvador Novo, Villaurrutia, Pellicer, y demás correligionarios, herederos de la mejor literatura universal (española, francesa e inglesa, por supuesto). Poeta español de la intemporalidad; sus escritos rozan las yagas metafísicas que lo atormentan desde su obligado exilio en México, dónde –asegura– haber perdido hasta el acento:


“¡Qué daño no me ha hecho, en nuestro mundo cerrado, el no ser de ninguna parte! El llamarme como me llamo, con nombre y apellido que lo mismo pueden ser de un país que de otro”.

“¿Soy el que soy o el que fui? ¿No estoy más vivo –en los ojos de Madame Fénard, ya muerta– que éste que escribe ahora? ¿No era más completo? ¿Ayer, anteayer, hace diez años? ¿No vivo más preciso en el recuerdo de los demás? ¿En quién lee lo que escribo?
¿Escribir para mí? No es valedero, siempre se escribe para otro, aunque sea uno mismo –y me relea– Siempre de adentro a fuera, aunque sólo sea para volver a engullirse.”


Leer a Aub, es adentrarse en el acotamiento humano deslindante entre lo inmaterial del ser y su vital fatalidad. Es percibir atmósferas que del exilio acarrean gélidos vientos subversivos. Max, poeta sobrio de la palabra aguda, plasma con su rudo aforismo a la manera de Nietzche, lo penetrante, y nos hace encarnar la endeble historia personal que se extingue en cada sesgo que la edad, con su respiro, guarda al despertar del sueño. Palabras de absoluta crueldad que se desgarran en su irónico atuendo, pero que azotan con su viento las ventanas de la certidumbre y el amparo en que creemos morar:

“No hay nada más espectacular que la muerte.”

“La mayor felicidad es arrojar algo del propio cuerpo: orina, semen, ideas, notas, aun devolver cuando lo pide el cuerpo.
Cuando dejas de echar mueres. Toda muerte es un cólico miserere.
La muerte es una obturación y el hombre un canal.”

“México. No empezamos a vivir sino con la muerte, entonces empiezan a comprenderle a uno los hombres”.

“¿Qué pesamos? Nada. ¿Qué valemos? Lo que somos capaces de pesar.”

“Con la muerte acaba la soledad.”


Max Aub, lleva el sello de una mente libre, sin ataduras religiosas o de cualquier otra índole. Se autonombra pesimista, paria, hombre cuya vida lo llevó por caminos que jamás hubiera escogido:


“El optimista es un hombre que espera, el pesimista desespera.”

“El optimista espera ser de la próxima promoción, que el arroz esté a punto, que la película sea buena, etcétera, y encuentra disculpas para todo cuanto no encuadra exactamente con lo esperado. El pesimista ve en todo la medida de sus prevenciones, y buscando concatenaciones pasa por alto lo bueno que le puede suceder por lo malo que espera…”

“¿Qué puede saber Dios de la vida humana si es inmortal e ignora la muerte? Y el morir es la condición esencial de la vida.”

“Hamlet, Don Quijote, Fausto, no creen en Dios, son… y aún panteístas. Ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Goethe creían en ninguna religión revelada. Creían en una incognoscible fuerza extraña al pensamiento humano. Por eso sus criaturas calan tan hondo en el porvenir y en la tragedia individual del hombre.
Milton, Dante, Calderón, sinceros creyentes, construyen prodigios arquitectónicos, pero ninguno de ellos crea un tipo de hombre. La seguridad en la vida futura se lo impide.”


Aub toma la literatura como la razón de su existencia. En sus años de exilio desempeñó el periodismo, la crítica literaria, escribió teatro, cine, poesía, cuento, novela… misión ardua y trasgredida a tope por tumultuoso designio:

“La gran ventaja de los seres de ficción sobre los reales, para construir hipótesis históricas, es que son intangibles.
El escritor mata cuando describe, pero hay –hubo en el momento de la creación– un auténtico paso de lo uno a lo otro. No toma hechos muertos, los mata, asesina la realidad…
Somos, y es de lo que somos y no de lo que tal vez seremos, de lo que hay que sacar una regla de vida.
La única manera de ser Dios es ser novelista… o director de cine, donde se fotografía a los individuos desde el ángulo de Dios.”


Los hiperbreves de Max Aub, son digna muestra de la mejor minificción actual, manifiestan rescoldos estilísticos no exentos de un ácido humor negro:

“La certeza es la fe; la duda, literatura”.

“Cuando te pintas no te vistes, Marujilla, sino que te desnudas.”

“Cada día el entierro del día anterior.”

“Si cree en Dios. ¿Porqué no es usted un santo?”

“Duele lo que no se tiene. Todo son muñones: quieres coger las cosas con la mano que te falta. Siempre faltan manos.”

“¡Esos ojos viejos de los perros! Mucho más viejos y tristes que los de los hombres. ¡Esos ojos muertos de los peces, todavía más viejos!”

“Una guerra debiera resolver siempre un problema. Lo curioso es que, generalmente, no lo resuelve más que por la destrucción. Y si a la nada se le puede considerar solución…”

Hoy, las voces de la contemporaneidad esbozan nuevas plumas con diversos matices sobre el polvo de lo escrito. Max Aub parece emerger de un tiempo mítico y desperdigado con su reclamo por las horas idas, para fatalizar lo ineludible del destino que le tocó bregar, y que tal vez a quienes escribimos nos aguarde:

“Para escribir al cumplir cincuenta años: mi primera sensación es de asombro. ¿Qué hice? Muy poco de lo que hubiese deseado. Me llevó la vida por caminos que jamás hubiera escogido. No he hecho más que defenderme, protestar…
Nací para ser escritor y no me dejaron, siempre me faltó sosiego para serlo".(8 de diciembre de 1952. Diarios 1939-1952)




Por: Jesús Ávila Zapién
Jes530@hotmail.com

2 Comentarios:

salvador dijo...

Estáis en las sección de recomendados de la revista digital Letras (Fuengirola)
como siempre buen trabajo el que hacéis.
saludos

Amando Carabias María dijo...

Me gusta este artículo, en que desmenuza, para mi sorpresa, la modernidad incombustible de un escritor que sólo encontraba en la escritura el oxígeno suficiente para respirar.