El mundo como ciudad y la ciudad como mundo, por Ricard Desola Mediavilla

viernes, enero 15, 2010

Ricard Desola Mediavilla
Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona.

Obra Publicada:

  • Causas Perdidas (1º Premio Águila de Poesía de Aguilar de Campoo, 2005)
  • Geoda (Seleccionada Certámen Ciudad de Zaragoza 2007)
  • Versos Diversos (antología), Ed. Atenas 2007.
  • Experimento poético (antología), Educarte, 2007.
  • Sabadell Nord, Ca n'Oriach, Can deu, Can puiggener…, (estudio sobre la historia de las migraciones en la zona norte de Sabadell), Museu d'Història de Sabadell, 2008.
Otros premios:
  • Hermanos Caba 2008, por Concretamente tú.
  • Asociación literaria Verbo Azul, 2008, por El animal que nombra.
  • 2º premio Amanecer de la Casa de Andalucía en Barcelona 2008 por Yo te imagino.
  • Accesit Premio Luys Santamarina 2006.




El mundo como ciudad y la ciudad como mundo.

El cosmopolitismo consiste en sentirse ciudadano del mundo, es decir, consiste en concebir el planeta entero como una sola polis, de la cual todos formamos parte. El cosmopolita no se siente extranjero en ningún lugar y acepta por igual a todas las culturas y formas de vida. El cosmopolita es partidario de un mundo como unidad, como ciudad, en cuyo marco tenga cabida toda la variedad étnica, social y cultural propia de la especie humana.


El cosmopolitismo no es, pues, una ideología determinada, sino más bien una actitud vital que se sustenta en valores como la libertad y la igualdad y, al mismo tiempo, en una cierta disposición psicológica. El cosmopolita posee una mentalidad abierta y curiosa, interesada por conocer y comprender otras culturas, lo cual suele traducirse en el hábito de viajar.

Es preciso señalar que existen factores sociales que, si bien no son determinantes, influyen poderosamente a la hora de forjar a un cosmopolita. Uno de ellos es, sin duda, el nivel económico. Las personas de clase social media o alta tienen mucho más fácil el acceso a una buena formación y mayor facilidad para viajar. Difícilmente alguien con unos ingresos que apenas le permitan llegar a fin de mes podrá permitirse el lujo de viajar de vez en cuando al extranjero.

Por supuesto, las excepciones son innumerables. Pero es evidente que las personas con recursos económicos están mucho mejor pertrechadas, si no para ser cosmopolitas, por lo menos para parecerlo.

Existe, sin embargo, en las grandes ciudades, lo que podría definirse como un marco para el cosmopolitismo de las clases más desfavorecidas o, dicho de otro modo, un “cosmopolitismo para pobres”.


Cualquiera de las grandes ciudades europeas posee actualmente, debido a la inmigración, una población diversa y multicultural. Gentes de todas partes del planeta conviven en un mismo barrio, en una misma calle, en un mismo edificio. Para conocer otras culturas ya no es preciso viajar; basta con llamar a la puerta de al lado. Podríamos decir que la ciudad se ha vuelto tan variada, desde el punto de vista étnico y cultural, que se ha convertido en una representación a pequeña escala de toda la diversidad humana. El que hemos llamado “cosmopolitismo para pobres” no pretende hacer del mundo una ciudad, sino que se enfrenta al hecho de que su ciudad se ha convertido de repente en un mundo.

En la ciudad como mundo juega un papel esencial la figura del inmigrante. La propia palabra que lo define (inmigrante) denota una acción que se perpetúa en el tiempo, que todavía no ha concluido. Una persona sólo es estrictamente inmigrante mientras realiza la acción de inmigrar; una vez ha llegado al punto de destino ya no debería ser llamado inmigrante, sino inmigrado. El término inmigrante parece referirse a alguien que está de paso, que todavía no ha echado raíces. Esta connotación de desarraigo puede transmitirse a través de varias generaciones; es frecuente en nuestra sociedad hablar de inmigrantes de segunda e incluso de tercera generación.

El mecanismo de defensa que adopta el inmigrante frente a la exclusión se traduce en la formación de comunidades estancas que se esfuerzan en preservar su identidad. Todas las etnias y culturas que habitan en la ciudad tienen sus propias fiestas y celebraciones, sus organizaciones, sus restaurantes, sus salas de baile, sus centros de reunión, es decir, todas las etnias y culturas fabrican representaciones a pequeña escala de sus lugares de procedencia. La suma de todas estas pequeñas representaciones de las diversas patrias que habitan en una misma ciudad es lo que conforma el marco en donde se desenvuelve el “cosmopolita pobre”.


Algunas de estas manifestaciones culturales “importadas” por los inmigrantes llegan a arraigar en la sociedad de acogida, o crecen de tal modo que compiten con el modelo que intentan emular. En Barcelona, por ejemplo, se celebra una Feria de Abril tan popular y multitudinaria que los propios políticos catalanes acuden a ella para hacerse la foto de rigor. Aunque es un ejemplo extraído de la inmigración dentro de un mismo estado, son perfectamente habituales las fiestas que celebran en cualquier ciudad europea las distintas comunidades latinoamericanas, africanas o asiáticas.

En su libro Diversitat i integració, el antropólogo Manuel Delgado afirma que estas representaciones se construyen en base a una idealización del lugar de procedencia; los inmigrantes traen consigo todo lo positivo de su cultura; la lengua, la música, la gastronomía, la indumentaria, etc., sustrayendo los aspectos negativos que les han forzado a emigrar, como la pobreza o la represión política. Las pequeñas patrias que conviven en una misma ciudad funcionan a la manera de un parque temático que muestra sólo la cara más agradable de cada una de ellas.

Esta multitud de patrias que conviven en un mismo espacio se concentra especialmente en los barrios más humildes. Los barrios altos de la ciudad están mayoritariamente poblados por individuos autóctonos. El cosmopolita rico puede viajar a muchos países y conocer muchas culturas, pero cuando regresa a su barrio se rodea de gente de su misma procedencia. El cosmopolita pobre, por el contrario, se halla inmerso sin haberlo pretendido en un océano de diversidad. Los trabajos más precarios son verdaderos laboratorios de cosmopolitismo en donde personas todos los rincones de la tierra comparten mesa y fatigas un día tras otro.

El cosmopolitismo posee, por lo tanto, una doble cara: aquella que concibe el mundo como ciudad y aquella que hace posible la ciudad como mundo.

Ricard Desola Mediavilla

3 Comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Cosmopolitismo como actitud mental también aunque no se viaje, también aunque no se viva en una gran urbe y, por tanto, se conviva con menos inmigrados. ¿Cosmopolitismo reverso de nacionalismo, de cualquier nacionalismo?
¿Mezcla reverso de pureza?
¿Cosmopolitismo base para la esperanza en un futuro mejor, gracias al conocimiento de las diferencias?

Albert Figueras dijo...

La doble cara de las cosas y de las palabras. Buena reflexión.

¡Es tan importante abrir las ventanas y las puertas para mirar qué hay en la habitación que está al lado o en el jardín!

Albert
http://www.albertfigueras.com

Beatriz Perez dijo...

Muy buen artículo para colaborar, desde el pensamiento y los valores, a definiciones que van a la raiz del problema. Castells habla de las comunidades como forma de afirmación de identidad. Diversitat i Integració, de Delgado, también aporta todo el tema de crítica tanto a los movimientos de las ONG que producen espacios culturales como espectáculos ambulantes del inmigrante, que debe justificar su existencia en la ciudad.

Un tema muy controvertido y que da para mucho.

Beatriz Pérez