¡A TOMAR VIENTO! (De la tradicional afición de los poetas por estar siempre en las nubes), por Agustín Porras.

viernes, febrero 12, 2010

AGUSTÍN PORRAS (Antequera, Málaga, 1957).

Buen aficionado al mundo de la poesía (dirigió, entre otras, las revistas Poesía, por ejemplo, La primera piedra y El invisible anillo), muy pronto volverá a escena con El Alambique.

Es autor de una pequeña biografía de Gustavo Adolfo Bécquer (Ed. Eneida, Madrid, 2006) y de la antología Cuatro gatos. Otras voces fundamentales en y para la poesía española del siglo XXI (Huerga y Fierro editores, 2009), un acercamiento a la obra poética de Ángel Guinda, Javier Salvago, Lorenzo Martín del Burgo y María Antonia Ortega. Como poeta, ha publicado el libro Ojalá (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2006) y el simpático romance La mosca becqueriana (Olifante, Papeles de Trasmoz, 2009).





¡A TOMAR VIENTO!
(De la tradicional afición de los poetas por estar siempre en las nubes)

Aunque han sido muchos los estudiosos de Bécquer que, desde la muerte de éste último, se interesaron por conocer y divulgar las posibles fuentes de inspiración de sus famosos versos, fijo ahora mi atención en el francés Robert Pageard, promotor involuntario de este breve artículo, que trató de darnos en su edición de las Rimas (C.S.I.C., Madrid, 1972) una fiable guía acerca de los autores y/o textos que, a su entender, influyeron notablemente en el sevillano a la hora de componerlas.

Asegura este autor que es de Lamartine de quien hubo de tomar Bécquer el modelo para aquel poema panteísta, romántico por excelencia, en el que su atormentado autor suplica a la Madre Naturaleza que se apiade de él, arrastrándole en el torbellino que levantan sus titánicas fuerzas, para poder así liberarse de la soledad y del insoportable sufrimiento que ésta última le provoca. Se refiere Pageard a la famosa rima LII (35), que dice:


Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino
¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura
¡llevadme con vosotras!

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad!¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!


Y cita este autor como prueba de su argumento el poema “L’isolement” (El solitario), inserto en el libro Meditaciones poéticas (1820), en cuyo final encontramos casi un calco de las imágenes expuestas en la segunda estrofa del texto becqueriano:

Cuando la hoja de los bosques cae en la pradera,
el viento de la tarde se levanta y la arrebata a los valles,
y yo soy semejante a la hoja marchita;
¡llevadme como a ella, tempestuosos aquilones!


Desde entonces (y hace ya más de treinta años), en todos los estudios consultados se da por hecho que la fórmula elegida por el sevillano es versión de la empleada medio siglo antes por el gran poeta romántico francés.

Por supuesto, sería absurdo negar las coincidencias entre ambas composiciones; pero…me parece adecuado sugerir aquí la posibilidad de que (sin que ello contradiga lo afirmado anteriormente) ambas composiciones no fuesen sino una de las muchas variaciones de tan, por aquel entonces, tópico asunto. Pienso que, en vez (o además) de en ésta, quizá nuestro poeta bien pudo haber fijado su atención sobre una menos conocida composición (contemporánea a la de Lamartine, y titulada “El aburrido”) de su siempre admirado Enrique Heine. Inserta en su obra Nocturnos, había éste plasmado en dicho texto el insoportable hastío que le ofrecía la vida parisina, con su falsa moral y su voluntaria e incomprensible esclavitud frente al dinero (hábito bastante universal, por cierto). Anónimamente traducido en prosa al castellano, en Barcelona, para la Biblioteca de Ambos Mundos, llaman la atención en este poema dos aspectos claves: la presencia de las nubes como añorado vehículo de salvación a su desesperada espera, y la expresión “llevadme con vosotras”, fórmula literal empleada por Bécquer como estribillo para su famosa rima. Decía Heine:





Nubes que pasáis por sobre mi cabeza, llevadme con vosotras a cualquier lejana tierra –a Laponia, al Africa, aunque sea a la Pomerania.- Lejos, más lejos aún. Oh!, llevadme con vosotras.”




Sabemos que Bécquer conocía perfectamente el francés, lengua en la que (quizá a través de la traducción llevada a cabo por Nerval) pudo entrar en contacto por vez primera con la obra del gran romántico alemán, fallecido en París apenas dos años después de que nuestro poeta se instalara en la capital de España. Pero hay también afirmaciones recogidas por la pluma de algunos de sus contemporáneos que apuntan la posibilidad de que el sevillano hubiese adquirido en sus años de plenitud creadora algo más que simples nociones de la lengua alemana.

Independientemente de sus desconocidas dotes políglotas (hay quien asegura que también traducía del italiano), lo que quiero señalar aquí es que las coincidencias expresivas con que manifiestan estos poetas el atractivo y contagioso esplín de la época no debilitan en absoluto la enorme originalidad y valía de sus respectivos autores. Es más: no me parece muy descabellado apuntar la hipótesis de que tanto el texto de Heine como el de Lamartine y el de nuestro poeta (entre muchos otros) pudieran ser frutos, a su vez, de un consciente homenaje a otro muy anterior en el tiempo, obra del más legendario bardo teutón: Friedrich Hölderlin. Éste (antes de abandonar la diosa Razón -o ser abandonado por ella-, y, bajo la nueva identidad de Scardanelli, dedicarse a hacer reverencias a los escasos visitantes que se acercaban a casa del bondadoso Zimmer), escribió, hastiado de la vida capitalina y anhelando la saludable rutina de marinos y labradores, los versos que integran “Fantasía del atardecer”, uno de cuyos fragmentos tomo de la traducción que Luis Cernuda realizó en 1935 para la revista Cruz y Raya:


Por el cielo crepuscular la primavera abre;
rosas innúmeras florecen; quieto semeja
el mundo áureo. Oh, llevadme hacia allá,
purpúreas nubes, y que allá arriba
en aire y luz se aneguen mi amor y sufrimiento.
Pero como ahuyentado por inútil pregunta
el encanto se va. La noche cae. Y solitario
bajo el cielo, como siempre, estoy yo.




De nuevo la soledad y la súplica a las descomunales fuerzas de la Naturaleza para que barran con él tanto sufrimiento como alberga. Parece como si todos los autores citados en este breve comentario hubiesen heredado, unos de otros, el mismo molde con que dar a luz sus muy similares sentimientos. ¿Hölderlin, por tanto, como primer motor o raíz de esta tradicional afición de los poetas por la arriesgada aventura de estar en las nubes?

En absoluto. Seguramente habría que retroceder al principio de los tiempos para encontrar el origen de tan universal oración, que, presumiblemente, seguirá repitiéndose mientras el hombre siga teniendo los pies sobre la Tierra. Lo que es evidente es el poderoso atractivo de esta imagen como bálsamo líricamente desesperado. Otra cosa es la fuerza, la intencionalidad, la veracidad, la estética con que cada poeta se interroga, se rinde o se rebela. No era mi propósito tratar de seguirle la pista a los infinitos posibles participantes de tan atractivo relevo, sino, simplemente, desbaratar el sumarísimo juicio que de descarada copia lamartiniana lleva arrastrando desde hace ya muchos años la (como casi todas las suyas) fenomenal rima de Bécquer, encuadrándola así en el ámbito de una fórmula universal, casi de género, que entusiasmaba a nuestros mayores, y que ojalá tarde mucho tiempo en dejar de hacerlo a quienes nos sucedan, por más que los fabricantes de versos que más publicitan y venden hoy día parecen llevar poca sangre en las venas.

¡Qué curioso! A punto de firmar estas impresiones, me salta ahora a la memoria aquella canción de nuestra Rosalía de Castro, de famoso y pegadizo estribillo:


Airiños, airiños aires,
airiños da miña terra;
airiños, airiños aires,
airiños, levaime a ela.

Incluida en sus Cantares gallegos (1863), también en esta composición, hermana menor de las ya citadas (en cuanto a intensidad y objeto de su deseo, ya que no es su total aniquilación lo que la poeta solicita, sino un empujoncito del viento amigo para arribar en un instante a su querida e inolvidable tierra gallega), volvemos de nuevo a encontrarnos con un poeta malherido de soledad (de soidás preñada) y rogando ser barrido de la tierra como una folliña seca.

¿Tiene sentido aquí hablar de copia, de nuevo? Es evidente que no. Nada hay más natural (valga la redundancia) en nuestra naturaleza que sufrir a causa de ella. He aquí el verdadero sentido de aquella afortunada expresión de Eugenio d,Ors, al sentenciar que lo que no es tradición es plagio: seamos originales en la verdadera intensidad (no en la maniera) con que hacemos públicos nuestros afectos. Personalmente, no comparto esa popular imagen que se tiene de los artistas como estrambóticos personajes que, a pesar de tener los pies en la tierra, parecen estar siempre en la luna (o, al menos, en las nubes). Ojalá todos fuésemos capaces de vivir con la misma honestidad que ellos el profundo misterio que cada uno representamos, antes de que (pues así será, más tarde o más temprano) nos vayamos definitivamente a tomar viento.



Agustín Porras

1 Comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Que los poetas se leen es algo histórico. A veces uno piensa que la mayoría de lectores de poesía son poetas. Pero que siempre que los críticos o analistas encuentren similitudes entre poemas, signifique copia o influencia consciente, no me parece que siempre sea cierto.
Que, por citar este caso, Bécquer conociese el poema de Lamartine, o el Heine o el de Holdereim y que conscientemente fuese llevado por uno de ellos, o por los tres al tiempo, a escribir su rima es una conclusión que siempre se da por buena, y siempre me ha parecido arriesgada.
Más bien estoy de acuerdo con esta otra afirmación que también se sostiene en el espléndido artículo:

"(...) lo que quiero señalar aquí es que las coincidencias expresivas con que manifiestan estos poetas el atractivo y contagioso esplín de la época no debilitan en absoluto la enorme originalidad y valía de sus respectivos autores."

Estoy más de acuerdo con una especie de influencia inconsciente que depende más bien de las propias tendencias o gustos de las épocas y de las personas.
El poeta, aunque sea malo, si es honesto, suele huir de la copia consciente como se huye del fuego.