“La Nota Rota” de Francisco Javier Irazoki: ALBAN BERG

viernes, mayo 14, 2010

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.











ALBAN BERG



              Siempre me gustó su figura de gigante blando junto al pequeño y nervioso Anton Webern. También su caligrafía de enamorado en las cartas a las mujeres. Dibuja unas hierbas y montañas y, persuasivo, escribe dos líneas de notas musicales.



Nacido en una familia de comerciantes adinerados, Alban Maria Johannes Berg (Viena, 1885 – 1935) se educa entre objetos de arte. La música y la poesía suavizan el rigor católico que le imponen en su infancia y adolescencia, y respira libre a los diecinueve años, cuando conoce a Arnold Schönberg. Se convierte en alumno del teórico de la dodecafonía, pero sin arrumbar los apuntes de Derecho. Quedan atrás los fracasos escolares, las crisis psicológicas y un intento de suicidio.




Si el matrimonio con la cantante Hélène Nahowski le da sosiego, esa calma aumenta en medio de la galerna: la mala salud equivale a buena suerte en vísperas de la Primera Guerra Mundial. No participa en las batallas y lee Wozzeck, una pieza teatral de Georg Büchner, que lentamente transforma en ópera. Y alcanza el estilo propio. En su época de revoluciones y escuelas enfrentadas, Berg es una isla de eclecticismo. Nadie acierta a conectar como él las técnicas seriales y la tradición tonal. He leído los reproches que el filósofo Theodor Adorno le hace al respecto, y me parecen elogios involuntarios.


Tres situaciones marcan especialmente su vida personal y artística. La primera es una inesperada protección: en 1927 firma con la casa editora Universal el documento que le resuelve las necesidades económicas, y se retira a una vivienda lindante con un bosque. Se da a la tarea de crear durante casi todos los momentos del día, pero la autoexigencia siega un campo de páginas garabateadas, y son escasos los frutos que recoge.


Aunque íntimo, el segundo suceso queda registrado en lo que Alban Berg compone. Cuando empieza la etapa madura, se enamora de una mujer, Hanna Fuchs, con la que vive una fogosa relación adúltera. Los dos se sienten incapaces de renunciar a la pasión que los une, y tampoco pueden despedirse de sus cónyuges respectivos, y sufren en una frontera reflejada en la música.


Con frecuencia, al escuchar una creación de ese periodo, recuerdo que la hija de Hanna Fuchs conserva la partitura de la Suite lírica en que Berg traduce para su amante las claves de un criptograma. En el sistema musical alemán las notas son representadas por las letras del alfabeto, y la composición repite una célula melódica con las iniciales de Fuchs Hanna y Berg Alban.


La tercera circunstancia es bien conocida: los jefes del nazismo tildan de “degenerada” la música de Alban Berg y sepultan el nombre del autor en una década de silencio. Mientras sólo se oyen el traqueteo y las soflamas militares que alteran el significado de la obra de Richard Wagner, el vienés se abriga con una piedad irónica. No muestra ningún disgusto, sino el desapego de un fatalista.




Pero la coraza de indiferencia se le agrieta en las últimas contrariedades. El deseo de precisión y la tristeza por el exilio de Schönberg -víctima de las delaciones de los antisemitas- le impiden terminar Lulu, su segunda ópera, y deben transcurrir cuarenta y cuatro años para que otro músico austríaco, Friedrich Cerha, ponga el punto final al tercer acto de la obra y ésta se estrene en París. Deja asimismo inédito el concierto A la memoria de un ángel, dedicado a una hija de Alma Mahler.


Muere de una septicemia causada por la picadura de una abeja, y quienes trataron a Alban Berg atestiguan sobre su fuerza espiritual. Dicen que la blandura física que yo le intuí bajo el traje de franela escondía un carácter enérgico y luminoso.



FRANCISCO JAVIER IRAZOKI

(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)

1 Comentarios:

María Eleonor dijo...

Me pareció un tremendo aporte a mi escasa cultura, muchas gracias.