AGUSTÍN PORRAS. LA MOSCA BECQUERIANA , por Manuel Martínez Forega.

viernes, junio 18, 2010

Manuel Martínez Forega (Molina de Aragón –Guadalajara-, 1952) es poeta, ensayista y traductor. Ha publicado una treintena de títulos de esas disciplinas. Con He roto el mar obtuvo el premio de poesía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1986, publicado en 1987 y cuya segunda edición apareció en 1993 en Prensas Universitarias de Zaragoza. En 2005 ganó el Internacional “Miguel Labordeta” con 333 días. Ademenos (2008), su último título de poemas, ha sido reciente finalista del Premio Nacional de la Crítica 2009. También se le otorgó en 2002 el Premio Europeo a la traducción por su versión de El legado de François Villon. Preparó la edición antológica 20 poetas aragoneses expuestos para la Exposición Internacional Zaragoza 2008, ha editado, introducido, anotado y coordinado Toda la luz del mundo. Minimal love poems de Ángel Guinda, texto traducido a todas las lenguas de la Comunidad Europea. Y ha traducido, introducido y anotado la única edición castellana canónica de Monsieur Teste de Paul Valéry, amén de dar a conocer en España a los poetas checos Josef Kostohryz y Frantisek Halas y la poesía del francés André Pieyre de Mandiargues. De vez en cuando, hace crítica literaria en la prensa periódica y, más asiduamente, practica el reportaje y el artículo de opinión en la revista especializada Jara y Sedal Pesca.
Fundó algunas colecciones de poesía como “La Gruta de las Palabras” de Prensas Universitarias de Zaragoza y “Cancana” y “Libros de Berna” de Lola Editorial; el ciclo “Poesía en el Campus” de la Universidad de Zaragoza también se encuentra en su haber. Fue el editor de la Revista Pasarela de Artes Plásticas.

(fotografía: Manuel M. Forega: Columna Villarroya).



AGUSTÍN PORRAS. LA MOSCA BECQUERIANA , por Manuel Martínez Forega.




Desde que Boileau se preguntara “¿Qué ha hecho España por Europa?” y a sí mismo se respondiera: “Nada” (asunto que trató en legítima defensa Juan Pablo Forner), parece que España, en efecto, volviera desde entonces los ojos hacia más allá del Pirineo para encontrar espejos donde mirarse. Es bien sabido, porque la tradición literaria así lo refiere, que la poesía moderna se despliega a partir de las obras de Rimbaud, Baudelairey Mallarmé. Sostenemos (con mucho gusto, dicho sea de paso) esa losa desde entonces, desde que Les fleurs du mal, Une saison en enfer o L’apès-midi d’un faune son consagradas como inexcusables espejos donde mirarse si queremos avanzar en eso que se llama “la conciencia poética”. Pero Bécquer fue coetáneo de todos ellos, de los tres, de Baudelaire, de Rimbaud y de Mallarmé. Nada tuvo que ver con ellos o muy poco y, sin embargo, desde hace ya ciento doce años, no podemos administrar nuestra poesía sin pensar en Bécquer, sin tener la conciencia de su razón operística y sin que nadie que se tome en serio la poesía gire sus ojos, sin cruzar la cordillera, a este otro espejo. No lo afirmo yo sólo. Darío, Juan Ramón, Cernuda, Gil de Biedma, Guinda o de Cuenca también: Bécquer es sin duda el referente de la poesía moderna entendida como tal en nuestro país. Digo todo esto porque quien ha escrito este libro lo sabe bien, porque, encima, es un estudioso y amador de Gustavo Adolfo Bécquer; más aún: de la familia Bécquer y porque La mosca becqueriana es, en el fondo, un homenaje al poeta sevillano. Más aún otra vez: una declaración de amor a los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano.
Este —como él mismo lo llama— “simpático romance” está escrito en 529 versos heroicos monorrimos, con sus pares asonantados y distribuido en cinco estancias, lo cual da idea ya de la conciencia formal de Agustín Porras al componer este poema; da idea de su ars bene dicendi, de cómo, para empezar, echa mano del dictado clásico y, en las dos primeras estancias, enarbola el tic retórico de la captatio y la introductio, respectivamente, que suspenden al lector en la expectativa de una revelación que ha durado 85 versos en hacerse evidente. El ser epifánico es, al final de estos 85 versos, esa mosca sabia y gentil que nos revelará a su vez datos secretos para indagar en la búsqueda de autoría de unas ilustraciones de Valeriano Bécquer que es, a la postre, el apoyo argumentativo que el propio Agustín Porras ha incluido en el libro como apéndice gráfico. Hasta este testimonio, hemos recorrido otros 170 versos; es decir, el doble de los invertidos para la captatio benevolentiae y la introductio, y que, a su vez, constituyen lo que la retórica llama invectio. ¿Qué ocurre en los 274 versos restantes? Pues precepto retórico otra vez: actúa la memoria. Desde que Apuleyo inscribiera aquel tú oculto y llenara las alforjas de su asno de personajes y de historias fantásticas, hemos acudido a él (al tú, quiero decir) con regular frecuencia como atavío personal para sostener la incredulidad. El tú de este romance, ante las pruebas incontestables que el poeta le muestra, se rinde finalmente a lo imaginario, a lo fantástico, a lo fabuloso, lo cual tiene un valor sustancial cuando hablamos de literatura (creo que fue Nabokov —y, si no, que alguien me corrija— quien dijo que ficción es ficción y calificar de real un relato es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador.
Que Agustín Porras haya llevado su embaimiento al extremo, a la hipérbole, responde al género, a la intención, al proyecto de esta obra que bien pudiera haber titulado El poeta y la mosca. Pero decía que en los 274 versos siguientes interviene la memoria. Y así es: Agustín Porras no se limita a desentrañar los valores de esta fábula díptera, sino que, para redimirla de su monográfico entramado, acude a sus querencias personales y nos extrapola a un mundo literario por el que transitan editores, libros y escritores de la talla de Gaspar y Roig, la Biblioteca ilustrada, De mayne-Reid, Julio Verne, Laboulaye, Cervantes, los hermanos Grimm, Altolaguirre, el propio Bécquer, su amigo Ferrán, etc. y que ilustra con citas bien escogidas para asentar una realidad literaria presente en el romance y presente, desde luego, en la memoria del poeta Agustín Porras.
El romance constituye también un detallado recorrido toponímico por la geografía becqueriana del Moncayo (Alcalá, Añón, Veruela, La Diezma, Trasmoz...); la toponimia literaria (Tarazona, la Cruz Negra, el bosque de Constanza y Garcés). Ninguna de las dos hace ascos tampoco a la toponimia histórica (la ermita de Pedro Atarés, el castillo de Ximénez de Urrea o el precipicio donde despeñaron a la tía Casca). Todas estas referencias se intercalan con el relato descriptivo, elegante y rítmico, asunto que Agustín entiende y ejecuta magníficamente. Por fin, junto a su gran amigo Bécquer, su amigo del alma, aparecen personajes coetáneos, también becquerianos, que comparten con él la amistad y el amor por Gustavo Adolfo y por las tierras del Moncayo.
¿Qué más podemos pedirle a este romance? Tiene de todo y, en particular, emana una gentileza de la que me honro en abusar. Aunque, puestos a pedir, yo al romance no le pediría nada más. Ahora ya sé por qué Agustín Porras sabe tanto de Bécquer, así que confiesa, Agustín: ¿dónde llevas la mosca?
AGUSTÍN PORRAS (Antequera, Málaga, 1957).

Buen aficionado al mundo de la poesía (dirigió, entre otras, las revistas Poesía, por ejemplo, La primera piedra y El invisible anillo), muy pronto volverá a escena con El Alambique.

Es autor de una pequeña biografía de Gustavo Adolfo Bécquer (Ed. Eneida, Madrid, 2006) y de la antología Cuatro gatos. Otras voces fundamentales en y para la poesía española del siglo XXI (Huerga y Fierro editores, 2009), un acercamiento a la obra poética de Ángel Guinda, Javier Salvago, Lorenzo Martín del Burgo y María Antonia Ortega. Como poeta, ha publicado el libro Ojalá (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2006) y el simpático romance La mosca becqueriana (Olifante, Papeles de Trasmoz, 2009).

2 Comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Quizá hubiera que retomar con nueva mirada la poesía del sevillano. Me parece (y es una opinión tan subjetiva que casi no merece la pena) que le ha hecho mucho daño la lectura evidente, la superficial.

Martín Roque Laimito Correa dijo...

La impronta del vate del Betis está presente en todo genuino poeta, pues el egregio sevillano supo sintetizar los grandes tópicos poéticos.