POETIZAR EL VACÍO: JOSÉ CARLOS BECERRA, INEQUILIBRIOS DE LA IMAGEN. por Jesús Ávila Zapién.

viernes, junio 25, 2010

J. JESÚS ÁVILA ZAPIÉN, nació en Sahuayo, Michoacán en 1964. Biólogo, poeta y cuentista. Sus inquietudes literarias las ha encausado a través de cursos y talleres en Morelia, Michoacán. Ha colaborado en columnas semanales de los periódicos: Provincia, Tribuna y Vox Pópuli; y en la sección poética de la revista Expresión Tecnológica, del Instituto Tecnológico de Jiquilpan. Publica textos en medios electrónicos como EL BOTE DE COLÓN; RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Blog del ganador del Premio Nacional de Cuento, San Luis Potosí 2008, Edgar Omar Avilés). Poemas suyos aparecen en el libro “Follaje de palabras” (1996). Fue premiado con mención honorífica en el certamen de poesía de los primeros Juegos Florales Villamar, 2004.
Tiene en prensa (para su próxima publicación) el libro de narrativa: “La vida imita al arte: personajes sin tiempo”.

Algunas de sus publicaciones en la red:

El bote de Colón: “Metamorfosis”
RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Página de Edgar Omar Avilés, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2008): “Lío Letal”
Vox Pupuli: “¡Salvemos al Amigo Lore!”




POETIZAR EL VACÍO: JOSÉ CARLOS BECERRA, INEQUILIBRIOS DE LA IMAGEN.

La poesía como búsqueda, como expiación ante el conjuro que la realidad nos tiende con sus trampas de enrarecimiento. Signos de abrumadora fascinación que se cuece entre los límites de lo impensado, desatando in vitro los influjos de apremiantes elucidaciones: “Cada rama del árbol habla un lenguaje que no entendemos”, sentencia Paz, y acorde a esta implosión de la realidad se generan oscilantes fuerzas en los separos cognitivos de la propia individualidad, desencadenando posturas cuya condensación de índole metafísica, más que psicológica, provee los estados propicios para atemperar esa materia inasible del decir poético.
Más allá de las posiciones reflejas de la rebelión o del desciframiento, esa otredad nos encausa hacia una inquietante renovación del universo perceptible, sustentado en el imponderable poder ser de la creación artística. Paz lo ilustra en su concepción Aristotélica de la poesía cuando afirma: “El poema no dice lo que es, sino lo que podría ser, y su reino es el del imposible verosímil”. Evidencia a todas luces patente en el poder alquímico y utópico de la recreación poética.

Para José Carlos Becerra (Tabasco, México, 1937-1970), poeta sombrío, fincado en el desarraigo y el espejismo brumoso de lo real, las poderosas fuerzas que tensionan en perfecto inequilibrio sus disquisiciones metafóricas, son el resultado de una incesante búsqueda por las discontinuidades retorcidas de la apariencia sensible, sustentada a su vez, en un regreso a la emanación primigenia de los artificios del lenguaje. Indagación que cesaría sólo con su prematura muerte (ocurrida en un accidente automovilístico en Brindisi, Italia, en 1970, cuando se disponía a conocer la tierra de sus sueños: Grecia) privándonos de la extraña luminosidad de sus desvelamientos. Arquitecto del lenguaje (y de profesión), filósofo (oyente en las aulas), arrojado al precipicio de una realidad ambigua, supo tentar con sus abrumadoras imágenes, el vacío de ese fondo tortuoso que detona su poesía como un eco, desde el encumbramiento de su materia verbal; depurada, en la más culta perfección, pero sometida a fuerzas cuyo fugaz deslumbramiento vuelve añicos el espejo de su inmortal creación. Imágenes incandescentes y mordazmente sombrías a la vez, que pretenden aprehender el despeñamiento de un mundo al borde del caos, erigido desde el andamiaje de una realidad enrarecida y cruenta; pero, paradójicamente, aferrada a ese vital goce por la fascinación del existir.

Genial poeta, injustamente valorado por el desconocimiento de su breve, pero fructífera obra. José Carlos, es punta de lanza de la ruptura generacional de su época, llamado a desgarrar los cánones predominantes por su concepción estilística renovadora (tras ecos latentes de Saint-John Perce, Claudel, y el mismo Lezama Lima). Bastaría comparar un verso de algún poeta actual, como Benjamín Prado, por ejemplo, y otro de José Carlos, para percibir la vigencia connotativa de un lenguaje que ya desde entonces se fraguaba en él, 39 años atrás. Sus poemas, recogidos por José Emilio Pacheco y Gabriel Said bajo el título “El otoño recorre las islas”, son una espectacular muestra de poesía lúcida e imaginativa, cuyas imágenes brillantes penden a veces de sofismas empeñados en desentrañar el absurdo de esa “aparente” cotidianidad del ser:

“Más allá del mensaje radiado por los cabellos de los ahogados, de la bajamar que deja grises los labios como el dolor inexperto, de las maderas podridas y la sal constituida por el crimen de las aglomeraciones solitarias, del pecho marcado por el hierro del silencio; más allá, el chillido del pájaro marino que demuele la tarde con un picotazo en el poniente, la mujer que atraviesa la noche con una inscripción azul en los ojos, el hombre que juega distraído con el amanecer como con un cuchillo filoso y deslumbrante.” (Relación de los hechos. Era, 1967)

Partiendo de la concepción Lezámica de las “Eras imaginarias”, donde una metáfora no consiste solamente en la libre asociación de dos características semánticas de un par de palabras, sino en la fusión de dos reinos distintos: el divino y el humano, el pasado y el presente. Luis Robles, en su ensayo “Trasmitir el fuego. Las Eras imaginarias de José Carlos Becerra” (“J. C. B. Los signos de la búsqueda”. Fondo editorial tierra adentro, 2002), enfatiza que José Carlos en el poema “La venta”, al otorgar un sentido metafórico y hacer de cualquier piedra, una con valor imaginario o histórico, le otorga una “carga”, una “extensión” que ninguno de los elementos antes tenía. Y con la alegoría de las ruinas como raíces históricas, pretenderá contrapuntear la edad mítica, recuperar esa grandeza, recrear los rituales de la cultura Olmeca, logrando crear un tiempo y un espacio que están fuera de la Historia determinada por el “logos” real o Aristotélico:

“la brisa parece recrear ese lejano olor”… (“Evocando el tiempo mítico”)

“la iguana fluye succionada por otro tiempo” (“Tiempo en que el estado de las cosas no cambia”)

“Todo duerme, todo se nutre de su propio abandono, en el centro de la inmovilidad reside el verdadero movimiento”.

(Recreando ese tiempo eterno e inmóvil de las Eras imaginarias. Para el poeta, la vía de acceso a “la otra orilla” son las inmensas cabezas de piedra; son un resto del pasado, y como tales, permiten acceder a él):

“Todo yace enterrado en el ciego peso de la piedra… …de donde parece surgir, igual que una burbuja de aire que respira allá adentro, esa sonrisa”.

Robles, cita a Schneider para esclarecer como las piedras Olmecas atravesaron los siglos desde ese “otro tiempo” para ofrecernos una imagen condensada y unificada de un pasado que no presenciamos, y develar así, el simbolismo de la piedra como inmortalidad: “La piedra es el ritmo creador en su estado sólido; es la cultura del movimiento esencial; la música petrificada de la creación”.

José Carlos Becerra Lacroix, visto en retrospectiva, es un poeta mayor que por la circunstancia de su muerte, acaecida en plena lozanía creadora, no ve logrado su proyecto; sin embargo, deja una vertiente poética retomada, en parte, por David huerta o Montes De Oca; poetas de una infinita imaginación metafórica, los cuáles, no obstante, viraron hacia otros cauces, dejando a José Carlos enclavado y solo en la flecha de su destino, tanto o igual que en sus anonadantes versículos:

“Amanece en medio de mí; en un lado se quedan el parque y los almendros, el río, la torre de la iglesia, la ciudad de mi infancia, los juegos olvidados; ¿en qué orilla me quedo mirándolos? Es todo, yo iba a decir algo, yo iba a inventar algo.” (“La otra orilla”; de Relación de los hechos, Opus Cit.)

Hugo Gutiérrez Vega, poeta y amigo personal de Becerra, le dedicó un poema llamado “Carta al poeta”, escrito desde Londres en mayo de 1970 (“Las peregrinaciones del deseo”, Lecturas mexicanas, 1992), del cual despliego:

“Era el momento de la conjuración de todas las piedras del camino”. “Ahora, con tu muerte, el río de las palabras ha disminuido su caudal”. “Hablaremos de ti como se habla de esos ausentes dones que un día nos da la tierra y que nos quita con su inocente furia al día siguiente”.



Cierro con un modesto homenaje personal a este imprescindible poeta:

FIN DE BÚSQUEDA

(Réquiem por José Carlos Becerra)

Sufrirás el sentido
de lo que no despierta,
su rito de silencio
que vive extinto en ti.

Un fulgor sucedáneo te estremece,
desborda tiempos, viajes…
(–inaudito espejismo que se anula;
más allá de Liverpool: la nada–)
hoy la trama del bosque confabula
para extraer tu alma.
Italia incierta ¿recorres?
y un refugio nostálgico
endilgado de un astro
transfigura su luz.

Mayo, 1970
( tu auto, ligero como un vaho)
Claudel y Saint-John Perse
tiñen la bruma, el desconcierto,
los espejos de cielo
proyectan el Egeo acariciado;
corre prisa tu partida
pero llegas despacio,
(nadie puede fugarse de sí mismo)
revelación de un raro signo
que amanece:
33 años, finitud profética
para restar del alma un cuerpo.

El peligro, como mudo fantasma
de tu verso sombrío y voluptuoso
te acecha en la comba
de asfalto que prescribe
–fatalidad contigua que la vida
usurpa con tu ausencia al precipicio–

(–Aquí te leo:

“Como si el poeta,
mudada ya la piel
de sus abundancias retóricas,
retornara por la curva con que su destino
alcanzaba fatalmente
su trazo más perfecto”)

Brindisi, San Vito de los Normandos,
¡Grecia, inmolada por las aguas
que ya no has de abordar!
(yaces muy lejos de ti mismo)
inflexión y riesgo = parábola suicida,
concertado mausoleo.

Poeta, en tu incesante búsqueda,
al cruzar esta curva que te embriaga
¿a quién le perteneces?
y, ¿qué verso ulterior se esfumó inédito
a la isla
más huérfana de tu poesía?

–Enigma póstumo–

(en tu poema leo:

“Y volveré a surgir
el día en que rompa los vidrios de mi muerte,
pero esta vez no será posible el accidente,
la inocencia del gesto.”)

Se ha roto el hilo…

la luz ciega tus pupilas,
a lo lejos, defiende el archipiélago
su cárcel de algas…

(–Releo:

“Todo parece abrir los ojos
en otra parte, en otra historia,
en otros ojos parece
que yo he abierto los ojos...”)

–Lezama muere tu deceso–

(cierro el libro. Un presagio:
“La otra orilla”,
donde yace tu voz
que hoy ha roto los vidrios de mis ojos
para escuchar su acento
y resurgir del gesto que te escribe:

2009―1970―2009...
el ciclo cierra su espiral anacrónica.
Y en el Adriático sin rumbo fijo
alguien zarpa...
(Ha “mudado el alma
la piel de sus retóricas”)
La travesía fatalmente retorna,

…nadie escapa al navío de su destino.



(J. Jesús Ávila Zapién. Sahuayo, Michoacán, México. 2009)

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