JANUSZ SZUBER. Una ficticia objetividad (II) por Xavier Farré

viernes, julio 02, 2010

L’Espluga de Francolí, 1971 es poeta y traductor. Traduce del polaco y del esloveno. Cabe mencionar sus traducciones de Czesław Miłosz (Travessant fronteres. Antologia poètica 1945-2000, Proa, Barcelona), de Adam Zagajewski (Tierra del Fuego/Terra del Foc, Deseo, Antenas, todas en Acantilado, Barcelona) y los ensayos de Zbigniew Herbert; y del esloveno, las traducciones de Aleš Debeljak (La ciutat i el nen, Barcelona, Edicions la Guineu) y Lojze Kovačič (Los inmigrados, Siruela, Madrid).
Como poeta, ha publicado Llocs comuns (Lugares comunes) (2004); Retorns de l’Est (Tria de poemas 1990-2001) (Retornos del Este –Poemas escogidos, 1990-2001) (2005); Inventari de fronteres (Inventario de fronteras) (2006). En 2008 aparece su último libro de poemas: La disfressa dels arbres (El disfraz de los árboles). Algunos de sus poemas han sido traducidos al croata, esloveno, inglés, polaco y sueco.



JANUSZ SZUBER. Una ficticia objetividad (II)
"He expresado mi Credo en el poema Sobre el niño que removía mermelada. Al niño, como al autor del poema, le aterra la totalidad, porque la totalidad le parece imposible de abarcar. La totalidad es aprehensible a través del detalle. Lo que cuenta es la singularidad. Todo lo que se puede tocar, oler, ver, lo que es abarcable por los sentidos. Mientras que la totalidad es una abstracción. El niño le tiene miedo. Es cierto que tiene la esperanza de poder captar alguna vez la totalidad, pero yo realmente dudo de que esto pueda ocurrir, al menos en esta vida.”
Con estas palabras, Janusz Szuber desvela la correspondencia que mantiene con la poesía. El detalle se convierte en la tabla salvadora en medio del océano de la totalidad, que el poeta, la persona, nunca podrá llegar a alcanzar con la vista, o con los sentidos. El más mínimo detalle aumenta su dimensión, se agiganta al estructurarse como una analogía de la totalidad. Janusz Szuber es ajeno a cualquier forma de expresión rilkeana, a pesar de que una primera lectura de sus poemas podría indicar lo contrario. No busca la esencia en el mundo abstracto para después derivar en la experiencia personal que el lector puede desentrañar o, más bien, puede experimentar. En él, se parte primero de la experiencia individual, que el lector ocasional puede llegar a pensar que no hay posibilidad de compartir. Pero esta experiencia, dentro de su especificidad, remite a un mundo común. A la extracción de un sentido. A la proyección de la experiencia que se esconde detrás de cada acto particular e individual.
El detalle va asociado a una condensación, la condensación en el lenguaje. No le son ajenos las enumeraciones, los objetos, lo concreto y palpable. En el detalle no hay la ligereza. Todo tiene su lugar en un aquí y en un ahora, para que el pasado se haga presente. Para que el lugar geográfico donde ocurre una acción sea concreto, y sea imaginable al mismo tiempo. El detalle es el elemento más importante en un informe, como en el siguiente poema del primer libro de Szuber:


INFORME DEL IMPERIO DE ETIOPÍA

Al anochecer de regreso del pasto
Desnudas siluetas de pastores patilargos
Bailan en acción de gracias alrededor

Del árbol más alto. O las acémilas
Que transportan placas de sal
Por las planicies cubiertas de nubes.

Unicornios en adornos de ébano y de oro.
Princesas, planas, sensuales, pintadas de ocre.
Asegurando la fertilidad de las aguas del lago santo.

- Llamado, entre multitudes, al Imperio de Etiopía
Hago un informe, concreto y conciso,
Basado en las datos estadísticos accesibles,

Utilizando raramente algún manual de poética
Convencido de que un funcionario de rango inferior
No debe escalar por los peldaños de las metáforas.

Es uno de los pocos poemas en toda la obra del autor de Sanok que no se sitúa en su micromundo particular, un mundo que remite constantemente a su Galitzia provinciana. Y por este motivo, el poema traído a colación cobra especial importancia al erigirse como una segunda poética de Szuber. La persona que habla en el poema se presenta como un informador en un lugar remoto para las coordenadas culturales de una persona ubicada en los confines orientales de Europa. Pero Etiopía podría ser cualquier otro lugar. Lo importante es ser un testimonio, y dar un informe fiel, intentando evitar la falsedad de la literatura, el engaño de la metáfora. No es tan importante encontrarse en un lugar determinado que se describe, sino que lo que cobra interés es saber, desentrañar cómo los objetos que rodean a la persona determinan su visión del mundo. Aunque sea a través de un frío intento de relatar, carente de cualquier sentimiento. Una lista aséptica de objetos, de observaciones claramente delimitada por el ojo y la mano del testigo, en una escritura simple y ordenada. Un intento ilusorio, como bien sabe su autor. Es la objetividad la que construye el sujeto. Lo que tenemos delante, los hechos que nos han sido legados en un nivel de la microhistoria. Szuber construye a través de lo que es pequeño, de lo que afecta al sujeto de manera directa. No aparece la gran Historia.
La ausencia de huellas de la gran Historia es un aspecto sorprendente en un autor que vive en la frontera con Ucrania, en un autor de raigambre claramente polaca, donde la historia tiene un papel fundamental. No tan sólo la poesía del siglo XX, sino también la del Romanticismo tiene en Polonia unos lazos indisolubles con el contexto histórico, tanto el presente en el momento que los poetas escribían los poemas, como en un pasado que no se puede dejar arrinconado en el olvido. No se puede entender a Czeslaw Milosz sin la historia, ni tampoco a Herbert, por poner tan sólo dos ejemplos. O a Rozewicz, en el fondo a toda la poesía que se ha constituido en el sólido pilar de la tradición más contemporánea. Pero sí se puede a entender, ilusoriamente, a Szuber sin la Historia. Y no obstante, la predilección por delimitar un espacio concreto y una época acotada lleva al autor a adentrarse en su historia particular, en su microhistoria, en la historia familiar. Donde las desgracias y el sufrimiento derivados de este nefasto siglo que fue el XX quedan relegados a un segundo término y su espacio lo ocupan las tragedias o las vicisitudes más cercanas, familiares.
La microhistoria familiar se entreteje a partir de abundantes referencias, “los datos estadísticos accesibles”, la objetividad de los documentos que pueden ser contrastados. De la siguiente manera empieza el poema “Un viaje inmóvil”:


(Aclaración: el siguiente texto está basado, en la mayoría de sus partes, en fragmentos de la Guía mencionada y en los anuncios que se encontraban en la misma)


Una guía de Galitzia y Bukowina,
editada en verano de 1906. La única guía de domicilios
que se encontraba en todos los compartimentos
de I y II clase en los trenes que circulaban
en las tres divisiones del imperio. De dirección de trenes.
No estaba permitido llevárselos. Pero la gente se los llevaba.
Alguien, alguna vez, de algún compartimento.
Quién? Si no hay culpables,
yo admito toda la culpa.


La pequeña historia de Szuber se encuentra dentro de los confines del antiguo Imperio Austrohúngaro. Y en los poemas revive el crisol que se formó en la zona de Galitzia. No exento de una cierta idealización. El intento de objetividad no representa inmediatamente la creación de la misma. A partir de la elección de un tema, de un mundo, de una historia, ya se está minando las bases de la objetividad. El punto de atención ya está materializado. Y el autor utiliza “raramente un manual de poética”, la importancia reside en el raramente, pues sabe que sí acude de vez en cuando. En la contradicción ilusoria de los planteamientos poéticos de Szuber se construye todo un sólido edificio poético. Y la microhistoria no esconde la Historia con mayúscula, más bien la realza, le da el visado a la existencia a través de las experiencias individuales que ayudan a comprender.


PARDUBICE 20 DE MAYO DE 1916


Una fotografía con formato de postal,
rota en una tercera parte,
con algunos pequeños daños.
En el reverso escrito a lápiz de carboncillo:
Pardubice, Chequia 20 de mayo de 1916.

Dos soldados apoyados en un taburete
de mimbre con rosas artificiales (árboles
bajos y una glorieta al fondo), ajados,
a lo Svejk, unas árdeas en las gorras de campaña,
un emblema con el águila de dos cabezas, un cigarrillo
entre los dedos, unos bigotes retorcidos.

En los ojos, penetrantes y distraídos,
unas ganas de vivir no disimuladas,
la sangre insolente, el ardiente esperma.
Un momento entre mil, un clic repentino y un largo después.

Si no cayeron, sobrevivieron y quizás
murieron después en sus viejas camas,
masticando con sus bocas desdentadas tabaco de hierba,
quemados de nuevo en una arcilla cenicienta.

Frías sombras en los márgenes
de otra ávida juventud.


Y de nuevo, la microhistoria vence al final, en la epifanía del poema. Lo importante deja de ser la fecha, es tan sólo la parte objetiva de un hecho pasado, de las nieves de antaño, que ya no volverán a hacerse presentes. Pérdidas para siempre, a pesar de que se puedan conservar los retazos de una memoria desmemoriada en una vieja fotografía. La memoria no representa un camino de regreso, es un camino de no retorno, porque está en los otros, no ya en quien observa la fotografía, y que tan sólo puede extraer su propia experiencia, su yo observador que llega a atisbar a las frías sombras. Esto era en 1916 (la acción del poema, tal como indica el autor en el título) y la única noticia de la Historia es esta fecha, por otra parte objetiva, y el verso “Si no cayeron…”. La historia no enseña la moral, ésta aparece en los actos individuales, en el deseo de vivir que intuye el observador. Un deseo que se irá repitiendo hasta el fin de los tiempos. En los que se sucederán las frías sombras en los márgenes. Siempre en los márgenes.

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