CHET BAKER por Francisco Javier Irazoki

viernes, enero 14, 2011

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.










CHET BAKER


    Conocí su música gracias al escritor Fernando Aramburu, e inmediatamente busqué otros discos de aquel trompetista que, aunque carecía del brío fulminante de Miles Davis, dejaba una huella sutil en el oyente.
    Chesney Henry Baker nace en Yale, en 1929, dos meses después del pánico bursátil de Wall Street. Y parece que esa crisis que zarandea las estructuras del capitalismo liberal, favorece la aparición del nazismo y mancha el orgullo americano llega también hasta la cuna de este niño frágil. Todo es definitivamente delicado en él: la psicología, la voz aflautada, sus facciones que nos recuerdan a James Dean. Algún admirador va a definirlo con exactitud: «el ángel de rostro sucio».
    Chet Baker desperdicia en el ejército parte de su juventud, primero en Berlín y después en el desierto de Arizona, de donde huye fingiendo locura, y se somete a las pruebas en que Charlie Parker busca un trompetista. Actúan juntos. Con poco más de veinte años, es miembro de la banda del saxofonista Gerry Mulligan. Se forja en el cool, un tipo de jazz que surge en la costa oeste de EE UU y crea su atmósfera apacible por medio de armonías espesas y fraseos en legato; una especie de be-bop suave. El grupo publica discos notables: My funny Valentine, Walkin’shoes, Freeway, Revelation. Cuando Gerry Mulligan es condenado por consumo de drogas, en 1953, Chet Baker se une al pianista Russ Freeman y forma un cuarteto. Empieza asimismo a cantar con refinamiento y ligereza inhabituales en ese mundo de desgarros. Pero el éxito veloz acentúa su desconcierto. 

    Se mete entonces en el abismo de los estupefacientes, una sima que ya había acogido a los principales jazzmen de la época: Charlie Parker, John Coltrane, Miles Davis… La morfina y la heroína adormecen sus ingenios. Parker sucumbe, Davis renace y Coltrane opta por el misticismo mientras Chet Baker debe comerciar para costearse su calvario. Conoce varias cárceles americanas, inglesas e italianas. Lo peor le ocurre en los años sesenta. Se pelea con unos narcotraficantes que le rompen los dientes. Adicto, en la indigencia, pasa aproximadamente una década sin poder tocar la trompeta. La intervención amistosa de Dizzy Gillespie, que lo ayuda a desintoxicarse, es vital en medio de tantas historias sórdidas. Se coloca una dentadura postiza y regresa a los escenarios de las pequeñas salas europeas. El público lo apoya incluso si decide interpretar temas navideños en el disco Silent nights. Hay quienes aseguran que ha perdido el fulgor de los mejores tiempos, pero las grabaciones recogen una angustia perezosa que se arrastra en los compases y resume bien la biografía del músico. Da la impresión de que escuchamos al hermano blanco de Billie Holiday. No en vano edita un álbum que se titula Chet is black! El fotógrafo Bruce Weber capta los diferentes ángulos del personaje en el documental Let’s get lost. 
    Ha crecido su fama entre los músicos de jazz y rock. El británico Elvis Costello le rinde homenaje con Almost blue. Pero no sólo Costello (que a finales de los años setenta hace una versión de My funny Valentine, tema del que la alemana Nico extrae matices escalofriantes) o el irlandés Van Morrison se reconocen influidos por Chet Baker. La soprano María Cristina Kiehr, gran intérprete de Claudio Monteverdi, dice que el trompetista tiene «un mundo único, en el que me siento muy a gusto».
    Muere en Amsterdam, donde pasa los últimos días de su vida rodando una película. Es la primavera de 1988, y el cuerpo casi fantasmal de Chet Baker cae de la ventana del hotel donde se aloja.


FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)

1 Comentarios:

r. lopez dijo...

Existen varios errores en esta biografia y reseña.
1) No paso una decada sin tocar, de hecho fueron un poco mas de 6 meses.

2) Gillespie nunca lo ayudó a desintoxicarse, nunca se desintoxico.

3) No estaba en Amsterdam rodando una pelicula, era una gira europea regular.