Escribir siempre es un acto solitario, por José Antonio Fernández.

viernes, abril 15, 2011

José Antonio Fernández nace en 1963 en Terrassa (Barcelona). Su profesión siempre ha estado relacionada con el ferrocarril.
Con 24 años publica un pequeño poemario titulado “La profundidad del agua”, Ediciones Rondas, 1987. Así mismo, empezó a participar con poemas y lecturas en la “Festa de la Poesía” que organiza la “Comissió de Poetes Terrassencs”; publicaciones de poemas en extintas revistas de papel de la época: “Manxa” del Grupo Literario Guadiana, “Cuaderno literario Azor”, “Pliego de Murmurios”, Cuadernos de Poesía Nueva” de la Asociación Prometeo de Poesía y alguna intervención en el programa de radio “Breus” de RadioKanal Barcelona, donde se le han recitado algunos poemas.
Tras un largo paréntesis donde ha ido corrigiendo y reuniendo nuevos trabajos ha retomado la labor de sacar a la luz su obra publicando asiduamente en su blog: “Autorretrato en espejo convexo”: http://joseantoniofs.blogspot.com/
Recientemente ha publicado en las revistas literarias: “Fábula”, “Ágora”, “En sentido figurado”, “El laberinto de Ariadna”, “Almiar” (Margen Cero), “Palabras Diversas”, “La Fanzine”, entre otras.
Ganador de la XXV edición del “Premio Cálamo de Poesía Erótica” 2010, con el poemario “La eterna pubertad de Lino”.
2º Premio del “I Concurso Internacional de Poemas Yolanda Sáenz de Tejada” 2010.
Finalista del “I concurso de Microrrelatos Lorenzo Silva” 2010.
Participación en antologías de poesía y de microrrelatos.
En proceso de edición “La eterna pubertad de Lino” con la Editorial Cálamo/Gesto.
Tiene varios poemarios inéditos: “La tintura de los colores (31+13)”, “El silencio de la raíz”, “Espacios y Fronteras” e “Instantes (101)”; así como un trabajo de microrrelatos: “Fotogramas de un suicida”. Está ultimando otro trabajo de microrrelatos que se llamará: “El minuto para lelo”.

POÉTICA

Escribir siempre es un acto solitario, ya no digamos cuando nos atrevemos con la poesía que entonces es más bien un hecho de absoluto auto canibalismo. Con la edad, habitualmente se consigue ganar experiencia para que los efectos colaterales que conlleva la escritura sean los menos dañinos. Antes, se construía el poema a costa de mi propia savia pero finalmente he ido aprendiendo a beber del mismo poema por lo que el efecto final es nulo o al menos inapreciable. Sé también que el poeta y el poema han de tener autonomía propia, que lo único que les une es el tiempo en el que conviven juntos mientras ambos se retroalimentan y después lo mejor es decir, “si te he visto no me acuerdo” y que cada uno vaya por su propio camino. Sé que el poema no ha de versar sobre el poeta pues, al fin y al cabo, poco tiene que decir uno de sí mismo que tenga la importancia de un buen poema. Sé que el papel que le corresponde al poeta es el de hacer de actor para poder conseguir que el espectador se identifique con su obra y ría o se estremezca a su voluntad. En definitiva es hacer de mero manipulador intentando que el lector no descubra sus trucos, dejar cartas boca abajo y que la historia se la rellene cada uno.
Lógicamente todos los que escriben poesía han tenido que leer antes infinidad de ella. Esa regla la cumplo pues mis estanterías están llenas de libros y revistas de poesía y siempre me decanto por la poesía actual, donde se trata de buscar hasta descubrir esa pepita de oro que resalta entre la arena.
Mi única lectura de la que tengo constancia que me ha influido es la de René Char. La ventaja de leer a un poeta surrealista es que las posibles relecturas de su obra siempre son distintas unas de otras, pero siempre llego a la conclusión de estar leyéndome a mí mismo. A pesar del hermetismo de su poesía, sabe dejar palabras que el lector va recogiendo como un clavo ardiendo para evitar caer literalmente al vacío. “El poeta no retiene lo que descubre: una vez transcrito, lo pierde enseguida. En eso residen su novedad, su infinito y su peligro.”, dice el poeta. Como no puede ser de otra forma, suscribo la cita con el silencio que se merece.



UNA TARDE DE PICNIC

En el colchón de hojas, bajo el árbol,
ella dispersa y evasiva,
jugando con el lazo de sus trenzas
sabiendo que la piel de sus geranios
es el néctar que evita los rodeos
espera que su macho
expectante y guerrero con el último
botón que se resiste en el ojal
libere del encaje sus certezas
impregnando de olor a nube, a nata
y a talco fresco esas serpientes
que como dedos temblorosos piden
tener el privilegio de apartar
la gasa que retiene
la lluvia primeriza, sabedores
de que está por venir, de frente,
sin tiempo a refugiarse,
el epicentro de la catarata.



JUEGO EN LA SOLEDAD DE UNA ALMOHADA

El chico adolescente,
con mano torpe
e inexperta mirada juguetona
descubre el nervio que le tensa
la comisura de la parte baja,
donde el botón sujeta sus cosquillas.

La edad de su impaciente voz,
el pelo primerizo
y el acné de su piel begonia,
hacen que busque el roce,
que se refriegue
en cualquier parte oscura de una esquina,
hasta gastar el pantalón
arañando el bolsillo desde dentro
y el chico, hervido,
aprovechando el hueco que conoce
mete un dedo, apartando las canicas,
y luego el otro
que le pellizca un vello que molesta
y decide ponerle fin
a la presión del torniquete.

Ya perdido en un sueño que le nubla
busca directamente, sin reparos,
llevar el ritmo necesario
para aplacar la llaga de sus ingles.
El falo descorchado de su cesta
estalla entero entre sus manos.

Ese chico aún no sabe que ese juego,
hoy estrenado,
lo sacará de su cajita muchas noches.
De “La eterna pubertad de Lino” En proceso de edición con Cálamo/Gesto

PAISAJES

He vivido en el filo de las cosas.
Donde la espera sólo es síntoma
de una necesidad imperdonable.
Allí la hamaca se adormece quieta
esperando una brisa con calor
o el aliento perdido sin un dueño.

Siempre encendía un fuego en un pedrusco
para dar llama y luz
a unos paisajes sin cortinas.
Acumulaba bienes en la entrada
de una cueva pintada al carboncillo.
Allí, entre sombras y cartones,
quedaban esparcidas las pestañas
por un líquido suelo sin riachuelos,
al raso, sin abrigo; y a la vista
los anillos de algunos troncos viejos.
Allí, palpando siempre,
las manos fueron recogiendo muestras,
palabras, primerizos prólogos
con un sonido tartamudo.

Allí, sin velas, con la indecisión
del vértigo, se dibujó el comienzo
de una afónica nota superpuesta,
una firma sin dueño, un garabato
en una esquina, con la mano tonta,
vocales en un verbo mal cosido,
al fin y al cabo, notas musicales
que agrandan la rendija de la cueva
sin ventanas, sin puertas y con hebras
que tejen el dibujo de un pestillo.

Vuelto el sol, queda ropa en el poema.


SUEÑOS

Apaciguar el sueño
sobrellevado en la deriva.
Descansar en el brazo que me acoge
en la rutina de su compostura.
Apartar esa arruga que me aprieta
el lado inédito del lóbulo.
Borrar alguna página
donde quedó escondida la apariencia,
y redactar algún recuerdo nuevo
en papel fino de calcar,
aunque, eso sí, olvidarme
de los lápices masticados
y esas gomas que sólo quitan,
que disimulan, que se olvidan
de adecentar el hueco que dejó la traza.
Saborear el color de la acuarela
sin olvidar el dorso, a manos llenas,
si eso es posible,
y hacer, después, burbujas llamativas,
aunque no antes de la hora de la siesta.
Mirar esas burbujas, cómo
se quedan en vestigio, en evidencia.
Dejar que hibernen las libélulas,
ya saldrán, ya,
en el espacio cóncavo del nudo.
Buscar siempre la parte blanda
del interior de un verbo desgastado.
Notar el vértigo
de la curva que aloja un precipicio
y que se expanda el cosquilleo.
Hacer humo del último cigarro,
consumida la furia de la piedra.

Con su peso, se cierre el párpado.
De “Instantes y fronteras” Inédito

23

Siempre quise
acariciar la piel a la palabra,
pero una vez probado el tacto
sé que no encontraré ninguna
que no termine en un vulgar gerundio.

De tanto hablar con las mariposas
destilo purpurina por los dedos.
De “La tintura de los colores (31+13)” Inédito

VI

Todas las llamas devoran hombres. Y todos los hombres tienen las vísceras asustadizas.

Todos los dioses tienen los pies descalzos, planos, como una dimensión. Solamente
cuando son preguntados se les descubre el cuerpo de virus, mientras, su trono se afianza de dádivas y de hiedras.

Amor de ardientes pupilas, esconde tu crin asequible. Este viento que sopla trae polvo y cartílagos.

Nunca esperéis nada de un bebedor de vino. Tienen un aliento que cautiva y
la destreza del envolvimiento.

No esperéis nada de un libro sin autor conocido. Lo más que sería es literatura.

Y esos que prometen, sin cuerpo, ni firma, ni contrato, esos invisibles de precaria existencia que dicen palabras en boca de otros, esos que se acomodan en cualquier fluido, tienen elementos volubles y cautivadores que, como el humo, se adaptan a cualquier botella.

No esperéis nada del que os prohíbe. Seguro que una manzana nunca os desmerece pues, al fin y al cabo, tiene la corteza más asequible.

No esperéis tampoco caminos barridos de tierra y polvo, pues su luz sería cegadora. Espacio candente que os desdibuja, vuestras sombras, allí, serían puntiagudas.

¡Amor de árbol caído!, no sucumbas. Tu huella sigue despierta bajo el olivar y el viento trae mensajes profanos que te interfieren.

¡Ay, amor inverosímil!, deja correr tus quietas aguas. Verás como tus prisas se despiden, como tus fuentes te saludan.

Verás cómo nace un potro en la propia estrechez de un alambre.
De “El silencio de la raíz” Inédito


I

Los somormujos lanzan su ancla; el agua
resbalada las grietas las acanta
quitando años a la piedra y deformando su irregular cara,
transformando memorias ya olvidadas en el tiempo
y descubriendo aún más la raíz
empotrada en la costumbre de una semilla.

Lanza su ancla el nenúfar,
impasible ante la vitalidad de la corriente.
Por su quilla pasan restos de naufragios,
botellas lanzadas en la desesperación del oleaje,
mensajes incompletos en la transparencia de medusa,
una camisa de Morago entre traviesas de ferrocarril
como recurso fenecido de algún aventurero.

Todos buscan la ola, la isla.
Desde la costa, multitudes observan
cómo el atrevido se va perdiendo por la línea del horizonte,
despojándose de las vituallas
que flotan un momento ante él,
cómo su piel se escama como costras de cocodrilo,
cómo su voz emerge desde allí ya convertida en géiser.

Lanza un hombre su ancla
con la arrogancia de haber encontrado un banco de peces
y no poder digerir el secreto.
Desde lo alto
del puente a la profundidad del agua,
dibujando piruetas de un maniquí de trapo,
ante la desesperación
de una acostumbrada riada de gentes impasibles.
De “La profundidad del agua” Ediciones Rondas



MICRORRELATOS


RULETA RUSA

Cuando le faltaba un pétalo por arrancar, paró y sonrió.
Supo, aliviado, que el amor le daba otra oportunidad a la vida.

TEORÍA DE LA RELATIVIDAD

Dicen que antes de morir pasa la vida de uno delante de los ojos. Diez segundos suelen ser suficientes y no hay derecho de réplica.
De “Fotogramas de un suicida” Inédito




SIGNIFICADOS

Entender la locura es tarea ardua.
No es suficiente con estar en una camilla hablando, o en un sillón escuchando.
Se ha de tener en cuenta que esas posiciones son altamente intercambiables.


SALVACIÓN

Un loco oye lo que no se dice, ve lo que no está, piensa lo que no debe, habla cuando no toca.

Visto así, quedan pocas posibilidades.
De “El minuto para lelo” Inédito



3 Comentarios:

Perfecto dijo...

Saludo a este magnífico poeta, desconocido hasta ahora para mí, y que procuraré seguir en adelante.

Un abrazo.

emmagunst dijo...

!!!! Hay mucho para analizar y desmenuzar, pero estoy muy pero muy contenta de leer a José Antonio! Orgullosa de ser su amiga. Saludos desde Argentina!

Bel M. dijo...

Sí, Sí, un poeta que merece ser más conocido y reconocido.
Saludos con mis mejores deseos!