LAS PALABRAS DELGADAS (Una aproximación a la poesía de José Luis Morales) por Federico Gallego Ripoll

viernes, junio 17, 2011

Federico Gallego Ripoll (Manzanares, 1953), es miembro fundador del Aula de Poesía de Barcelona, ciudad donde integró el grupo de poetas que editaron entre 1993 y 1996 los cuadernos de poesía Bauma.. Su obra poética publicada comprende: Poemas del Condottiero (1981), Libro de las metamorfosis (1985), Crimen pasional en la plaza roja (Accésit del “Premio Adonáis”, 1986), Escrito en No (“Premio Castilla-La Mancha”, 1986), Caín (1990), Tarot (1991), Tratado de Arquitectura (1991) Ciudad con puerto (“Premio Barcarola”, 2001), La Sal. (“Premio Feria del Libro de Madrid”, 2001), Para entrar en la nieve (2002), Quién, la realidad (“Premio Jaén”, 2002), La torre incierta (“Premio San Juan de la Cruz”, 2004), Mal de Piedra (2005), Cantos Prófugos (“Premio Ciudad de Irún”, 2006), Los poetas invisibles (y otros poemas) (“Premio Emilio Alarcos”, 2007) y Un lugar donde esperarte, Antología 1981-2007 (2008). Desde 1995 vive en Palma de Mallorca.

LAS PALABRAS DELGADAS
(Una aproximación a la poesía de José Luis Morales)

por Federico Gallego Ripoll


Nacido en Fernancaballero (Ciudad Real) en 1955, y habitante perpetuo y sentimental de La puebla -caserío de labor que fue, y hoy sigue existiendo en sus poemas-, su obra poética, tras una compartida antología inicial (7 x 7. Antología) se compone, por el momento, de cinco libros fundamentales: Por las deshabitadas arboledas (1991), Par(entes)is (1995), El aroma del tacto (2000), Otoños del amor (2002), y El viento entre las ruinas (2009). Importantes premios con los nombres de Blas de Otero, Rafael Morales, Luis Rosales, José Hierro o Miguel Hernández han dado reconocimiento a esta obra, y fortuna de publicación, lo que no siempre es fácil desde la independencia. Jurados divergentes y contrapuestos la han valorado. Sobresalir en medio de las tantas tensiones, es mérito añadido de un autor que sólo usa para hacerlo la verdad de su verso y un trabajo serio y depurado.

Los ríos de la infancia
Cuando un poeta rompe en madurez, no suele dejar espacio a la hojarasca. Ya desde sus primeros poemas establece cuanto habrá de ser sustancia y desarrollo de toda su trayectoria, y lo hace desde el convencimiento de quien ha cursado todas las etapas del aprendizaje con provecho y solvencia. Este es el caso de José Luis Morales, quien desde el arranque de Por las deshabitadas arboledas, instaura con rigor las premisas que habrán de regir su serena y contundente propuesta: un lenguaje ajustado, cuidadoso y sencillo, un sosegado ritmo que embarca la palabra con fluidez y acierto, un mundo natural y cercano que encierra al mundo todo, y una materia poética maleable que traspone por ósmosis (y por inteligencia) los límites del verso: arquitectura, infancia, extrañamiento, memoria, nostalgia de lo desconocido –representado por lo que fue el paisaje antes del nacimiento del poeta, “cuando el mar cubría (...) este rincón concreto / del planeta, mi casa.”-, separación y muerte. Todo ello plasmado con decisión y con precisa claridad. Patria poética, desposesión, conquista de la palabra como esencia del ser, evocación de la luz transformada, hacen de los primeros lugares de su vida permanente territorio poético en el que acontecer y al que regresar, pues sus sucesivos libros confirman la firmeza de sus propuestas.

        La corriente, la humedad, los olores, los sonidos. Y también el modo en que habrán de disponerse dentro del poema, y cuáles, las palabras: amorosamente escogidas de entre las que dejó sobre la vega sentimental la crecida de un Jabalón que más que río es criatura mitológica que consiente la vida y otorga al poeta ámbito donde la enseñanza preserve sus riquezas. Un Jabalón que continúa apareciendo a lo largo de su escritura como fiel compañero de viaje.

Nombrar para existir
¿Por qué escribir desde lo ya perdido? Quizás porque esa sea la única forma de no perdernos. Nombrar lo inexistente, o lo lejano, no sólo da a lo dicho razón de verdad o cercanía, también da a quien nombra soporte y referencia. ES lo nombrado y ES quien nombra. Objeto y sujeto pueden escucharse, tocarse y reconocerse, y en ellos cuantos, a través de la lectura, participan de la misma certidumbre para contrarrestar una idéntica angustia. Nombrar para dar vida y para vivir, pues en lo dicho habitan la idea, quien la formula y quien la recibe. La poesía es el lugar donde convergen las experiencias del poeta y el lector, ya que sólo a la luz de ambas puede ser asumido el poema como mecanismo de transformación de la conciencia humana. El olvido es la muerte. “La muerte / final es el olvido de los nombres.” Nombrando, el poeta sostiene el espejismo de la vida. Como una colectiva y circular Sherezade, el poeta sabe que callar es asumir la muerte. “Nunca  / se recuerda el ayer. Se inventa.” Nombrar es dar verdad a lo que pudo ser, regresar a lo que sólo supimos que era lo más hermoso de la vida tras haberlo perdido.

        Y el poeta la nombra, a la vida, con las palabras aprendidas en contacto con su naturaleza esencial, palabras recibidas de un entorno de hombres sabios que definen de manera rotunda una realidad sustentada en pocos artificios. La Naturaleza es un animal listo que se sabe todas las canciones, y su enseñanza es básica para poder luego escoger lo primordial de cuanto la vida despliega ante sus ojos. “Yo no inventé el paisaje de mi infancia. / Sólo le puse nombres.” Sí, el poeta pone nombre a las cosas, y también a los sentimientos y a las sensaciones. Sólo nombrando se conoce vivo. Sólo es capaz de amar a lo que nombra. Y así nombra los ojos, los labios, los senos, el vientre, la espalda de quien ama. Porque discurre en espiral desde un centro hasta un borde que finaliza allí donde no se puede ya nombrar: la propia muerte, territorio del que no se regresa a no ser que uno sea nombrado por los otros.

Las voces dentro de la voz
La emoción siempre está presente en su poesía, aunque el vehículo de su transmisión haya evolucionado desde lo inmediatamente perceptible y sensitivo, a un más intelectual componente reflexivo en la composición de los textos, siempre magníficamente articulados en sólidas estructuras o movimientos -de apariencia arquitectónica, musical o cinematográfica- de gran equilibrio y armonía.

        Es de significar su acierto en la utilización, justamente medida, del recurso de incardinar distintas y contrapuestas voces dentro del poema: escritura dentro de la escritura, diálogo/monólogos alternos que a la vez distancian y aproximan, en una tensión entre los varios discursos que refuerza su efectividad, llegando a alcanzar las mayores cotas de lirismo, debido al contexto en que aparecen, en las frases más coloquialmente verdaderas: “palabras que encuentro por la calle”, dirá el propio autor.

        A lo largo de su trayectoria, el sentido del desarrollo de esta voz ha evolucionado desde una aproximación a la esencia a partir de lo externo, lo frutal e inmediato, a un flujo establecido desde el movimiento interior de búsqueda, que le otorga mayor densidad y persistencia en la memoria inmediata del lector. Gusta de encabezar los libros con un proemio que explique su intención, y también alude con frecuencia a términos que tengan que ver con la escritura (plumas, hiatos, pronombres, páginas, folios, cuadernos, idiomas, ortografías, subjuntivos, traducciones, gramáticas...): sus herramientas, sus recursos; como si presentando el libro como tal y señalando con su dedo lúcido el andamiaje del poema, pudiera mantenerse a resguardo de su propio alegato. Disculpen ustedes -parece sugerir-, esto es cosa del verso, pídanle a él cuentas. “Escribo para huir”, llega a decir.

Palabras verdaderas
Cuando se escribe desde la verdad sólo brotan palabras verdaderas, (que no siempre lo son si aparecen en boca equivocada). No son neutrales las palabras. José Luis Morales se va adensando desde esa certidumbre de honradez, de adecuación entre forma y modo, la sustancia poética y su cabal manera de entregarla. No hay impostura en el fluir: transmite un espacio de verdad en el que cada palabra adquiere o recupera el sentido que le vincula con su propia esencia, y así fortalece una identidad asumida desde la infancia, el paisaje y las emociones con que aprendió a vivir. El poeta es cuanto le rodea, en cuanto se implica, lo que teme perder, lo que le sobrecoge, lo que duele. Y en su poesía, la arquitectura es también Naturaleza; estatua, escombro, mausoleo, cripta, dovela, alfiz, no sólo son por cuanto significan, dividen o sostienen, sino que además son por su sonido, por lo que evocan o evidencian: lo carente. En José Luis Morales también el hueco es arquitectura, en igual medida que el aire entre palabras, el ritmo del callar, es poesía.

        Con “El viento entre las ruinas” (su último libro por ahora) vuelve a reconstruirse poeta desde los muros, vanos, falsos techos y vigas que fueron su mundo inicial y su mundo todo. Las casas son la casa; las luces, los olores, las distancias, los huecos, vienen a concretar a través de las cinco partes del libro toda la luz, todo olor, todo el hueco y toda la distancia. La metáfora es amplia y multiforme, excede a su sentido inicial, lo abarca todo; y es inmensa para el hombre –niño recuperando el acto inaugural de su propia conciencia-. Recibidor, Muros, Voces bajo los escombros, Espacios habitados, Puerta trasera, no son sólo las partes del libro, son las partes del mundo, en el que cabe la Isla Grande de su río de infancia con la misma solvencia que Syros, en el azul intenso del Egeo.

        Una vez más, es la emoción la materia de que está hecho este libro, y de las voces amadas, que vuelven a vivir al escucharse en el poema, y con ellas quienes fueron sus dueños, que ahora están lejanos o no están: abuelos, padre, madre, hermano, amigos, lector posible, la casa, poetas admirados. La Toscana y La Puebla se hermanan en el idioma idéntico de sus cipreses; la propia infancia: el tiempo que se va Arno o Jabalón corriente abajo.

        Pero no son los muros, son las voces evocadas, presentes, las que sostienen la idea de la casa, su historia, el tiempo huido: el suyo, el nuestro.

        El elemento más evidente en esta poesía es la naturalidad (la muy trabajada, difícil y, en este poeta, siempre lograda naturalidad); el uso de la verdad como recurso poético nos da otra noción de las palabras más humildes al exponerlas sobre la desnudez del poema. Sillarejos, tobas, alcorques, alarifes... entorno cercano y residencia, universo mínimo de imposible ocultación.

La casa: biografía y metáfora
La casa es la metáfora plena en que cabe toda la vida: su construcción, su habitabilidad, su abandono; ruina, regreso, evocación, despojamiento. La melancolía es sustancia, y la palabra refugio para el hombre. La quietud contemplativa conjura a la verdad, que acontece para hacer memorable lo sencillo: la alberca, el dormitorio, los muros, los pájaros, las nueces, la vejez, las sombras de los árboles, el amor, la distancia: biografía.

        Las palabras delgadas dejan pasar la luz; sonido y ámbito superponen su transparencia. Con gran economía de recursos, y sin distorsión alguna, la piedad y la nostalgia se decantan con dulzura, caen en nosotros, y se adentran por su propio peso. Su inmediatez es verdad. La humildad sacraliza el aire todo en que el poeta y el poema son. Repuesta su claridad a las palabras, a las emociones, somos testigo y partícipe de un rito de purificación. Nombrar es también compartir la esperanza. Nombrando, José Luis Morales permanece y  nos hace permanecer.


FEDERICO GALLEGO RIPOLL

Un poema de José Luis Morales en “El viento entre las ruinas”

EVOCACIÓN DE UN HOMBRE SINGULAR, FRENTE A
LA FACHADA EN RUINAS DE SU CASA
(Padre)

Me duele este desastre permitido,
esta ruina anunciada tantas veces
y negada otras tantas.  No se cae,
será un tirante suelto.  No hay ceguera
mejor que no mirar.  Te tengo dicho
que esta casa es eterna.  Mas la esquina
del dormitorio principal  Parece
una grieta sin más.  está vencida
hacia fuera y caerá.  Eso se tapa
con un poco de yeso y ni se nota.
Pero la casa entera está cediendo,
hundiéndose en sí misma como un pozo
seco que busca el agua.  Con dos manos
de pintura se arregla.  Las goteras
fueron más ese invierno, y tú pusiste
unos cubos debajo...  En primavera
repasaré el tejado. Son los pájaros.
Pero los dos sabíamos que aquello
no era cuestión de pájaros. La casa
se abría por los cuatro  Cuando vengas
me ayudarás. A veces, ¡ay!,  costados.
me duele respirar. Serán los bronquios.
Paso mal los inviernos.  Y tampoco
era el invierno, padre, sino el frío
de un corazón a punto  Si pudiera
yo solo no esperaba.  de abatirse
lo mismo que el tejado.  Hace unos años
ya estaría arreglado.  Hace unos años,
hace sólo unos años, te creías
casi inmortal.  Tu madre no me deja
subirme ya al tejado.  Porque madre
sabe que estás mayor.  Si la entretienes,
y no quiere perderte.  en un instante
repongo yo las tejas  Te asfixiabas
al hablar.  que estén rotas.  Y es que, padre,
tu corazón de toro  Cuando vuelva
del hospital, los dos  estaba herido
de muerte.  en una tarde lo arreglamos.
Pero ya no hubo tiempo: lo primero
en ceder fue una viga,  Mientras tanto
cuida tú de la casa  luego el muro
del dormitorio sur  ¡es tan hermosa
y se agrietó el dintel  y hemos luchado
tanto por ella!  y se venció la esquina
del dormitorio principal.  Recuerda
que has de cortar la luz cuando te vayas.
Pero ya no hizo falta, padre, tú
perdiste la batalla por tu vida.
Y mientras madre y yo te sepultábamos,
se derrumbó la casa.

2 Comentarios:

José Antonio Fernández dijo...

Un gran poema. De los mejoresw que he leido en los últimos tiempos.
Muy original ese doble lenguaje, como un dialogo.

Salvador Moreno Valencia dijo...

El poema es de una belleza desoladora, hay tanto dolor en él, y hay tanto recuerdo... Ese juego en el diálogo, entrecortando el verso, metamorfoseando la casa con el puntal de la misma: el padre. Y esa esquina, y la preocupación por las griestas y las tejas por donde se esfuma la vida.
Gracias por traernos a este poeta.
Saludos
salvador