Un poema de La Ordenación del Miedo, de Eduardo Moga.

viernes, julio 22, 2011

Eduardo Moga (Barcelona, 1962), ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída («Premio Adonáis», 1995), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006), Los haikús del tren (2007), Cuerpo sin mí (2007), Seis sextinas soeces (2008) y Bajo la piel, los días (2010). Ha traducido a Frank O’Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Ramon Llull, Carl Sandburg, Richard Aldington, Tess Gallagher, Arthur Rimbaud, Billy Collins y William Faulkner. Practica la crítica literaria en «Letras Libres», y «Turia», entre otros medios. Es responsable de las antologías Los versos satíricos (2001) y Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004). Ha publicado también los compendios de ensayos De asuntos literarios (México, 2004) y Lecturas nómadas (2007). Codirige la colección de poesía de DVD ediciones.



Tercer poema de La Ordenación del Miedo

 

III


«Dentro de ti, amor mío, por tu carne
¡qué silencio de trenes boca arriba!
¡cuánto abrazo de momia florecido!
¡qué cielo sin salida...!»
Federico García Lorca, Poemas de amor y erotismo.

«¿Quién puede decir
Que comprende la sangre?

Un día todo será cuerpo [...]

¡Oh, si ya el océano
Se tiñese de rojo,
Si los peñascos
Se hicieran carne perfumada!»
Novalis, Cánticos espirituales.


Tus mejillas como almiares, tu confesada cabeza,
tus opciones de estampida y caléndula, aún velan
el cuerpo que en cada pájaro arraiga, el pan que regresa
cuando las islas, acaso agonizando, se alejan.
La saliva central es lo que buscan, la madera
líquida del lugar más sereno: razón exenta
de metales que perjuran, donde sólo dejan huella
los edificios carnales. Hay mastines en tus venas,
fugacísimos insectos bajo el oro de tus teas;
hay, también, prohibiciones: tu piel, tan estricta, veta
el descoyuntado acero, el miedo de la azucena,
los caóticos abetos. Tantas llamas en tu seda.
Tantos dormidos infiernos. Tantas manos que congregan
las infinitas esfinges en una única azalea.
Llegan vientos cercenados para ver cómo te anegas.
Viene una dura espuma a derrotar tus cadenas.
El aire es lava que vive en tus ojos: tiene puertas
que no cesan, sabe a médano cuando, remansada, besas.
Las estatuas, poseídas por un fulgurante esperma,
cruzan países sin nadie, vierten su múltiple cera
en las grietas de los sueños, se introducen en la esfera
que fecunda los palacios, en la borrasca que cerca
las flores como si fuesen poblados, y por fin vuelan,
en un silencio de tórtolas, hasta convertirse en siembra.
La oscuridad sobrevive como si tuviese ruedas.
En los sótanos del frío se ocultan aves erectas.
En los sonidos que fluyen crece implacable maleza.
El mundo es hombros; los rayos, animales que navegan,
con acedía de labios, entre limpísimas cepas;
tu esqueleto está formado por indómitas estepas
donde el trigo no se enfría y la luna, cenicienta
como un pronto paraíso, adquiere nombre de leña.
Todo lo que puede ser definido se hace senda
en tu cuello. La equidad del navío, la pereza
de la muerte, las razones por las cuales las estelas
nunca yerran: todo es carne tuya, temblor que se tensa,
acompasado sudor de tus noches paralelas.
Altas como una agonía, tus pupilas indefensas
descienden hasta el fondo de la fruta, como estrellas
enterradas resucitan y distribuyen su néctar.
Ya no se advierte dolor, sino inteligencia; ofensas
no: consagración tan sólo. Un planeta: la diadema
de tus encías. Un acto: tu abdomen de cereza.
Un orbe: tú, despojada del mal. La tentación, llena
de muecas, sacia su sed en tu médula certera.
En la raíz de tu fuego se arraciman las cigüeñas:
¡que hallen el puñal que buscan! ¡que rompan el agua recta!
El ruido ha renunciado a sus colores. Cosechas
de ásperos nombres se aman entre orquídeas secretas.
La luz grita: oscuramente se introduce en la piedra
y desviste sus relojes; la luz traduce la arena
como si estuviese en celo; y el mar, en tu nuca, alerta,
sin envejecer jamás, sin contradecir las selvas,
embriagándose de músculos, haciéndose boca lenta
que, como la madrugada, ilumina lo que niega.
Y así, cuando me respiras, cicatrizan las tinieblas,
huelen los convalecientes a incógnita y a palmera,
se prolongan las caricias en lo íntimo de la tierra.
Los soldados son manzanas, plata se torna la brea,
tus pezones transparentes atraviesan las tormentas
concebidas por los muertos derramando bibliotecas,
paralizando la sal, varando en la carne ilesa,
siendo tumbas del rocío o gaviotas prisioneras,
revelándose en la innúmera penumbra de tu belleza.
Cesa la leche suicida. Cesa el morir de la abeja.
Cesar el dolor de las islas. En tu infinito poema
cesa la detonación, lo oscuro, el fin. Todo cesa.

 




El poema pertenece al poemario La ordenación del miedo, publicado por Trujal, Cambrils, en 1997.

2 Comentarios:

Isabel Huete dijo...

Sencillamente maravilloso. Es que Eduardo escribe una poesía que te tumba, te noquea. Y cada vez va a mejor...

estelblau... dijo...

impresioante, me quede... sin palabras