JOHN COLTRANE por Francisco Javier Irazoki

viernes, septiembre 09, 2011

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.







JOHN COLTRANE


          El padre era sastre, pero llevaba el veneno de la música en sus dedos de violinista y clarinetista aficionado; la madre tocaba el piano en la iglesia del distrito. John Coltrane (Hamlet, Carolina del Norte, 1926 – Nueva York, 1967) se cría en un ambiente de pasión musical y religiosa, con un abuelo que escribe sermones y predica delante del coro que después canta gospel negro.
         Coinciden quienes lo retratan en la niñez y en la adolescencia: Coltrane tiene un carácter tímido y conciliador; pasa muchas horas en la cocina familiar, donde repite con el saxo alto y el clarinete unos compases endemoniados; le gustan las películas de los hermanos Marx, pero sobre todo el nihilismo silencioso de Harpo. La muerte prematura del padre, cuando John sólo cuenta trece años, deja una herida que no se alivia con la práctica deportiva.
          En 1943, la familia fija su residencia en Filadelfia, urbe que, por estar situada cerca de Nueva York, permite a John Coltrane el encuentro con los más relevantes jazzmen de la época. Se describe a un Coltrane que escucha extático, con los dedos quemados por el cigarrillo, las  improvisaciones de Charlie Parker. Ya actúa en las orquestas de King Kolex y Joe Webb, acompaña a cantantes y analiza, con su amigo Jimmy Heath, cada detalle de los solos de Lester Young. Este rigor, que nace de su deseo de rebasar fronteras del conocimiento («Parto de un punto y voy lo más lejos posible. No sé qué busco. Algo que jamás ha sido tocado»), persiste en él hasta los últimos días. A menudo causa problemas en los hoteles donde se hospeda porque, a horas intempestivas, sigue trabajando con tenacidad inflexible.
          Ha reemplazado el saxo alto por el tenor, domina el rhythm’n’blues, el be-bop, el clasicismo de Coleman Hawkins, y se lanza al vacío cuando entra en el grupo de Dizzy Gillespie, trompetista que entre extravagancias bufas lidera la corriente innovadora. Gillespie confiesa, en las postrimerías de su carrera, que nunca tuvo una banda tan buena como en 1949, y elogia especialmente a Coltrane. Pero éste es un juguete de la adicción al alcohol y a la heroína. Dizzy se aleja, y hasta Jimmy Heath, inseparable compañero de juventud, lo despide de su conjunto en 1954. Solamente Miles Davis, ex yonqui, cree en la resurrección de los músicos heroinómanos, y colaboran durante seis años. La unión es perfecta. La elegancia de Miles Davis y la profundidad tumultuosa de John Coltrane dan como fruto varias obras maestras: Round about midnight, Workin, Kind of blue, etc. Sin embargo, la relación se estropea por asuntos de drogas y acaba en disputas ruidosas.
         El saxofonista se encierra en una habitación de su casa, lee libros de Aristóteles y Krishnamurti, se desintoxica solo. Se asocia entonces a Thelonius Monk, acaso el principal compositor de la historia del jazz, y Miles Davis dice que únicamente Coltrane podía participar sin desventaja en el mundo extraño de ese pianista que estuvo encarcelado, se le prohibió tocar en los clubes y vive protegido por una baronesa. Luego, en 1962, John Coltrane graba con Duke Ellington.
         La primera obra individual de Coltrane, Dakar, data de 1957, fecha en que también edita Coltrane y Blue train. Y no se detiene el aluvión de energía: Soultrane, Settin’the pace, Giant steps, My favorite things (con el pianista McCoy Tyner y el baterista Elvin Jones, sus almas gemelas), Olé, Ballads… Los cimientos del jazz son agitados en el aire con violencia por A love supreme, una ofrenda de la que se venden casi dos millones de copias. Aún intenta, con Pharoah Sanders, Archie Shepp, John Tchicai y otros, la máxima libertad en Ascension y, dos meses antes de morir de un cáncer veloz, graba Expression, tan sedante. En total, cerca de cincuenta álbumes a los que debo algunos de mis mayores placeres musicales.

                                                                                       

                                                                                            

                                        FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
                               (Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)

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