BÉCQUER Y DANTE (Parte II) por Agustín Porras

viernes, noviembre 25, 2011

Buen aficionado al mundo de la poesía (dirigió, entre otras, las revistas Poesía, por ejemplo, La primera piedra y El invisible anillo), coordina hoy El Alambique.
Es autor de una pequeña biografía de Gustavo Adolfo Bécquer (Ed. Eneida, Madrid, 2006), de la reciente y sorprendente edición de Nuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (Olifante, Col. Veruela, Zaragoza, 2010) y de la antología Cuatro gatos. Otras voces fundamentales en y para la poesía española del siglo XXI (Huerga y Fierro editores, 2009), un acercamiento a la obra poética de Ángel Guinda, Javier Salvago, Lorenzo Martín del Burgo y María Antonia Ortega. Como poeta, ha publicado el libro Ojalá (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2006) y el simpático romance La mosca becqueriana (Olifante, Papeles de Trasmoz, 2009).


II


NOCHE SEGUNDA.- FLORENCIA, 128…

   Un joven de alta estatura y semblante meditabundo que llevaba sobre el hombro izquierdo una capa negra de gruesos y largos pliegos y cubría su cabeza con una caperuza de color escarlata contemplaba, con el codo apoyado en el puño de una espada, el cuadro que le presentaba una hermosa noche de verano descendiendo dulcemente sobre Florencia, la ciudad bella, sentado al borde de su poético Arno. Deslizándose por entre ramilletes de verdor, el río rodaba en ondas bajo los arcos del Puente-Cubierto; algunos pequeños faroles enteramente aislados cortaban su perfil sobre el claro cielo, mientras que el Castillo-Viejo, coronado por su esbelta torre destacaba su masa sombría sobre el fondo morado de las lejanas montañas.

   “¡Florencia, oh, patria mía! –exclamó el joven- verdaderamente tú eres la más bella; u quién supondría, al contemplarte en tu magnífica calma, que de un momento a otro tus palacios pueden convertirse en otras tantas fortalezas, tus plazas en campos de batalla y tus hijos en encarnizados enemigos!... ¡Los puentes van a trocarse en barricadas; el hierro y las llamas van a atacar tus flancos de granito! No habrá ni una coraza vacía ni una espada envainada. La sangre y el incendio detendrán las aguas de tu río mientras que la Martinella furiosa dará su toque de alarma contra ti; sí, porque tú, pobre Florencia, llevas la guerra civil en tus entrañas… ¡Ah, madre patria, yo quiero ayudarte algún día, yo quiero combatir, con la doble arma de la espada y de la palabra, a los ingratos, a los sacrílegos que te devoran… Pero no me siento aún con bastantes fuerzas, mi pensamiento austero se evapora en ilusiones… Mientras espero… mientras espero, gustaré los dulces placeres que nos dispensa el ángel de la poesía”.

   Los últimos resplandores del crepúsculo cedieron su puesto a la noche. Una litera oscura, llevada por cuatro hombres, pasó por delante del joven que entró en Florencia, y llegó al mismo tiempo que la litera debajo del arco del Puente-Cubierto, donde brillaba ya, como dice en algún pasaje Dante, la luz enronquecida de las tres lámparas que se encendían allí habitualmente.

   La cortina de la litera se apartó, y Dante apercibió una joven y bella dama que, saludándolo con sonrisa dulce a la par que severa, le hizo una seña para que se acercase. Reconoció en esta dama a Beatriz, de la familia de los Portinari, a su amiga de la infancia, que, después de haber pasado casi ocho años, labia olvidado porque los Alighieri y los Portinari, antiguos amigos, se habían dividido de pronto por una lucha en que se trataba de la denominación de un partido. A semejante olvido había ayudado la ausencia de la familia Portinari, que se había retirado a Pisa hacía ya seis años y no había regresado a Florencia hasta dos días antes.

   Dante se adelantó respetuosamente hacia la litera:
   -“A la casa de Falco”, dijo Beatriz con voz tímida y grave.
   Y volvió la cortina a tapar su bella figura.
   Dante llegó al lugar designado un cuarto de hora después que Beatriz.

   En un aposento cubierto de tapicerías y de cuyo techo adornado de esculturas pendía una lámpara de plata con tres mecheros que figuraban salir de la boca de un dragón, en este aposento se hallaba una joven sentada, o mejor, recostada muellemente. En su frente, rodeada de blondos cabellos, se veía la melancólica palidez del narciso, palidez que se aumentaba con el dulce azul de sus ojos y la frescura de sus labios de grana. Había podido rivalizar con las más suaves creaciones del divino Giotto, el pintor poeta de los ángeles y de las vírgenes.

   Alighieri, acompañado hasta el dintel de la puerta por dos ancianos, antiguos criados, cuyos cabellos habían encanecido al servicio de los Portinari, se presentó a la joven Beatriz.

   -Señor Alighieri, dijo ésta, ¿queréis, os suplico, hacer un juramento?

   - Juro, cualquiera que sea el juramento que podáis exigir de mí, noble señora, contestó Dante.                          

- Gracias por vuestra noble confianza en obedecerme; y sin embargo acaso se rebelará vuestra imaginación cuando sepáis que vuestro juramento os impone el retiraros desde esta misma noche y permanecer en otra ciudad durante seis meses.

   Dante bajó la cabeza con tristeza y sumisión, sin pronunciar ni una palabra.

   -¿No me interrogas sobre el motivo?... Exclamó Beatriz. ¿Ni una pregunta, ni una palabra de vuestra parte, señor Alighieri, para saber la causa de ese juramento que habéis aceptado?... ¡Vuestra conducta es noble y grande!

- He hecho un juramento.

   -¡Ah, yo debo explicaros en dos palabras esta causa: el partido gibelino, sí, los gibelinos, he sabido que irritados por vuestro genio, os han señalado con el lápiz rojo en el libro de su odio, y vuestra vida no está segura en Florencia. Marchad a otra ciudad de que los guelfos sean dueños suyos.

   -Bendita seáis, noble y honradísima señora, que habéis sido la hermana de mi infancia… Obedeceré… pero permitidme que os pregunte cómo he podido merecer el ser consagrado por esta boca con ese nombre de genio que me asusta como una corona demasiado pesada para mis sienes.

   -Escuchadme, Alighieri. Hace dos años que un numeroso gentío se había reunido en el gran salón del Palacio-Viejo: la nobleza, la clase media, los doctores, los militares, los ancianos y algunas damas. Yo me hallaba cerca de mi madre… Un joven, revestido con una toga negra, se presentó en la tribuna y tomó la palabra. Sus discursos enseñaban la sabiduría de salomón con una boca de veinte años. Primero puso a la vista de la asamblea un estudio profundo sobre los dialectos de Italia, demostró los diversos grados por los cuales llegaron a confundirse los unos con los otros, indicando sucesivamente las gracias y errores de cada uno de ellos, desarrollando los medios para llegar a una armonía general que los ligaría entre sí, y daría de este modo a la Italia una lengua italiana que aún no posee. ¡Ah! ¡qué sublime estuve el joven doctor cuando, levantando su voz, probó con una inspiración entusiasta cómo una lengua común proporciona también el común bienestar, y cómo nuestra querida Italia, dividida por todos lados, podría aspirar a empuñar de nuevo su gran cetro de reina de las naciones!... En cuanto se dejó oír, se esperó ya que trataría del fin de esas guerras de ciudad a ciudad, de familia a familia; los hombres lo aplaudían, los ancianos levantaban sus manos hacia él, y hubo una mujer, una madre que dijo a su hija: “Hija mía, ese hombre es elegido de Dios: que Dios le guarde para Florencia, y que algún día lleve a cabo la obra que su mente ha comprendido; bendito sea!” Ved ahí por qué, Dante Alighieri, la pobre Beatriz Portinari os ha amado santamente y desearía ser vuestro ángel de bueno para guardaros en la alta senda a que Dios os ha llamado… ¡Y porqué os hicisteis digno de las simpatías de mi amada madre, que os bendijo!”

   Alighieri dobló una rodilla en tierra, inclinó la cabeza, se levantó lentamente, y salió del aposento dirigiendo una mirada de admiración y reconocimiento a la noble joven que, como un ángel guardián, acababa de conducirlo a la entrada de ese camino terrible, pero sublime, que se llama la senda del genio.

   Al día siguiente, Dante había abandonado a Florencia y llegaba a otra ciudad con la noche. Esa noche fue iluminada por un segundo sueño, casi divino, como el que tuvo en sus días de adolescencia.

   Era el mismo ángel de la primera visión, pero su semblante tenía más majestad sin dejar de ser tan dulce como la primera vez; una brillante aureola lucí en derredor de sus cabellos rubios como el oro; su brazo derecho, levantado hacia el cielo, blandía una espada de fuego, y con la mano izquierda sostenía la cadena de perlas de un incensario; sus pies de marfil pisaban una nube de incienso, entre el cual serpenteaba en una cinta azul el místico: Beate, Beatrice beatus.

   -¿Eres tú, dijo el poeta, tú, el ángel de la poesía?

   -¡Soy el espíritu de la filosofía divina! Respondió el ángel, cuyo rostro celestial, como en la primera visión, describía las facciones de la joven Beatriz Portinari.


III

NOCHE TERCERA. – RÁVENA, 13…

   Tres hombres ocultos en una encrucijada seguían con la vista y con cierta curiosidad mezclada de respeto y casi de terror a un austero personaje que andaba delante de ellos lentamente, envuelto en una gran toga o caperuza de color rojo; esa caperuza, ajustada enteramente a su cabeza, dejaba libre el óvalo prolongado y sombrío de su rostro lívido, surcado por largas líneas; sus labios blancos y delgados marcaban esa curva amarga que produce el desdén mezclado con el dolor; sus ojos pardos, en cuyos párpados parecía verse desprender una lágrima, estaban fijos y sin brillo; andaba, o más bien se avanzaba sin que apercibiese ningún movimiento bajo los duros pliegues de su traje.

   -“Anda como los espectros”, dijo uno de los tres hombres.

  - ¿Quién puede reconocerlo?... exclamó otro. ¡Qué pálido está!

   -¿Por qué os asustáis de esto? respondió un tercero; ¿no lo sabéis? ¡Es el viejo gibelino, que ha vuelto del infierno!...

   -¿Dante Alighieri?

   -¡Dante Alighieri!

   El gran poeta desapareció al terminarse la calle.

   Tocaban las doce. En una sala subterránea, cuyas paredes y techo de granito estaban labradas con cierto esmero, Alighieri acababa de sentarse delante de una mesa sobre la cual se veía una lámpara de hierro que derramaba sus débiles resplandores sobre algunos manuscritos. A su derecha, el poeta tenía el codo apoyado sobre un gran volumen con cubierta amarilla en que se veía escrito en letras mayúsculas: El Infierno.

   Alighieri murmuró con voz extinguida: “¡No puede existir mayor dolor que el acordarse de los días felices en la adversidad!” Verso que se halla en el canto V de su poema, pero que había sido compuesto por él en uno de los días que siguieron a la muerte de Beatriz; pues esa estrella de bonanza, la dulce Beatriz, no pudo velar mucho tiempo sobre el destino del poeta: ya no existía…

   Después de su amargo duelo se han pasado veinte años, y el piadoso niño del Nido de la Paloma, el orgulloso joven que la bella Portinari había protegido tan virtuosamente, es éste que veis, pálido, triste, y que dicen ha regresado del infierno.

   Durante los tristes y largos años que han transcurrido después de la muerte de Beatriz, Dante había andado por el camino en que Dios le había colocado impulsado por ese ardiente soplo suyo que llaman genio.

     Había cogido con mano austera y vigilante la espada y la pluma sucesivamente; había combatido a pie y combatido a caballo, había vestido el traje del poeta y la toga del magistrado; había compuesto una lengua, creado un poema; era para la Italia el padre de la belleza y de la verdad… y sin embargo el viento del destierro le ahuyentaba, pues nada debía faltar a los sufrimientos de Dante Alighieri.

    Acababa de cerrar el Infierno sobre los malditos, y se preparaba para llamar a la puerta de fuego del Purgatorio, y a las de oro y azul del Paraíso

   “Virgilio me ha conducido al Infierno, se decía; ¿Quién será mi nuevo guía?”

   Y delirante, con el rostro apoyado en una mano, se durmió.

   Su ángel se le apareció de nuevo bajo la figura de Beatriz; una corona de estrellas sujetaba sus rubios cabellos, la inmortalidad brillaba en sus ojos celestiales, sus grandes alas blancas recamadas de oro descendían hasta el borde de su túnica, que ondulaba ocultando sus lindos pies. Esta vez el lema Beata Beatrice beatus resplandecía sobre la frente del ángel, escrito en letras de fuego más deslumbradoras que la llama del relámpago.

   “¡Ven!”, dijo Beatriz.

   Y llevó al poeta a las ardientes regiones del Purgatorio y con los espíritus místicos del Paraíso.

   La Divina Comedia quedaba entonces concluida.




* * *

       Ya el sólo subtítulo de este texto, El ángel de las tres noches, resulta sumamente atractivo. Se da cuenta en él de tres noches, tres fechas que serán fundamentales en la biografía de Dante, y que se corresponden con tres momentos en los que la figura de Beatriz tiene un protagonismo absoluto: ya sea niña que le ofrece sus rizos, joven recién casada, o espíritu inmortal que a partir de entonces dará sentido a la vida del poeta. Tres sucesos como los que en el texto de Bécquer “suelen servir de epígrafe a los capítulos de mis soñadas novelas”; una similar experiencia a la que, en tres ocasiones, distantes en el tiempo y teniendo como escenario la ciudad de Toledo, vivió el sevillano “a la mañana siguiente de uno de estos nocturnos y extravagantes delirios” suyos.

      Si la mujer idealizada a la que hace referencia el italiano tuvo una presencia real en su biografía, la joven novicia de las que nos habla Bécquer no parece sino un magnífico broche donde engarzar los tres capítulos de su inmejorable poema, “los tres puntos aislados que yo suelo reunir en mi mente por medio de una serie de ideas como con un hilo de luz, los tres temas en fin sobre que yo hago mil y mil variaciones, en las que pudiéramos llamar absurdas sinfonías de la imaginación”.

      No es mi intención diseccionar ahora y en detalle los aspectos que conectan ambas obras, tan numerosos son, pero les invito a detenerse al menos en la primera escena de una y otra. En el anónimo artículo aparecido en el SEMANARIO POPULAR vemos al jovencísimo Dante en el recinto de un poco frecuentado jardín; está colocando en una urna, casi oculta por la hiedra que tapiza uno de sus muros, la Virgen de cera que pudo completar gracias a los rizos donados por Beatriz; una capilla ésta que “había sido adornada con dos órdenes de columnitas góticas, que sostenían un arco compuesto con esa fantástica hojarasca que la arquitectura llama follaje.” Curiosamente, también la primera imagen que ofrece Bécquer en su Tres fechas nos describe detalladamente una calle con “un arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo cubierto”, bajo cuya “bóveda, y enclavado en el muro, se ve un retablo” con su farolillo y su votos de cera.

     Caminos paralelos parecen ser aquellos por los que transitaron ambos artistas (o el personaje que tan apasionadamente representaban), por más que fueran de muy diferente naturaleza las puertas que les impidieron cualquier posibilidad de contacto físico con estas idealizadas presencias femeninas: la de un convento de clausura, en el caso de Bécquer; la de una muchacha ya fallecida, en el de su admirado Alighieri.


     Como observarán ustedes, en la redacción de El Dante y Beatriz apenas se dispone de espacio para albergar más calificativos; adjetivos que, además, son exactamente aquellos mismos que florecen a cada paso que demos por cualquiera de los textos del poeta sevillano: Sombrío, severo, pálido, sublime, misterioso, noble, puro, pálido, melancólico, tierno, vago, oscuro, fantástico, divino(2)

      E igualmente familiares les resultarán todas estas imágenes que se suceden a lo largo del relato: así, la primera aurora, que vierte sobre las flores “las más frescas perlas del rocío”; el poeta, de quien afirma que “el genio moraba en él, pero debía dirigir su velo hacia otra región del pensamiento y del arte”; el joven Alighieri, “impaciente por dar una forma a su idea”; el vestido “color de fuego”; el “misterioso velo” que rodea las más diversas circunstancias; los “pliegues vaporosos de una túnica más blanca que la nieve misma”; “esa curva amarga que produce el desdén mezclado con el dolor”… Atractivas coincidencias que me llevan a sospechar que quizá sea este anónimo texto obra del poeta sevillano,  a quien además volvemos a ver tropezar aquí con ese lapsus, tan característico suyo, de hacer asomarse (y/o acompañar) a los protagonistas al dintel de las puertas. Pero, como ya les dije antes, hay que ser muy prudentes (no sería mi primer descalabro) antes de atribuirle al gran Gustavo Adolfo su autoría.

     En cualquier caso, nunca estará de más un nuevo brindis: ¡Viva Bécquer!



                                                                                                                Agustín Porras