BREVES APUNTES SOBRE LA POESÍA DE ADAM ZAGAJEWSKI y II por Xavier Farré

viernes, diciembre 02, 2011

L’Espluga de Francolí, 1971 es poeta y traductor. Traduce del polaco y del esloveno. Cabe mencionar sus traducciones de Czesław Miłosz (Travessant fronteres. Antologia poètica 1945-2000, Proa, Barcelona), de Adam Zagajewski (Tierra del Fuego/Terra del Foc, Deseo, Antenas, todas en Acantilado, Barcelona) y los ensayos de Zbigniew Herbert; y del esloveno, las traducciones de Aleš Debeljak (La ciutat i el nen, Barcelona, Edicions la Guineu) y Lojze Kovačič (Los inmigrados, Siruela, Madrid).
Como poeta, ha publicado Llocs comuns (Lugares comunes) (2004); Retorns de l’Est (Tria de poemas 1990-2001) (Retornos del Este –Poemas escogidos, 1990-2001) (2005); Inventari de fronteres (Inventario de fronteras) (2006). En 2008 aparece su último libro de poemas: La disfressa dels arbres (El disfraz de los árboles). Algunos de sus poemas han sido traducidos al croata, esloveno, inglés, polaco y sueco.



BREVES APUNTES SOBRE LA POESÍA DE ADAM ZAGAJEWSKI y II

W. H. Auden decía que la “poesía puede hacer muchas cosas, puede cautivar, entristecer, inquietar, divertir, enseñar, puede expresar todos los matices de los sentimientos, y describir cualquier tipo de acontecimiento, pero hay una cosa que todo tipo de poesía tendría que hacer: tiene que celebrar todo lo que pueda por el mero hecho de que existe y de que acontece”. Parece que estas palabras sean como una directriz en la poesía de Adam Zagajewski. En el poeta reviven las ciudades (las propias y las ciudades que ha querido incorporar a su imaginario de viajero que todo lo absorbe, las ciudades del Sur de Italia, por ejemplo, bañadas en la luz mediterránea que impregna también sus poemas), en el poeta reviven los recuerdos, los compañeros y amigos, los mirlos, los tilos, los ruiseñores, las estaciones, los aeropuertos, todo en una celebración constante. Tal como dice Czeslaw Milosz (poeta con el que tiene más de un punto de contacto, especialmente en el carácter epifánico de la poesía) es ésta una poesía en la que “el microcosmos se refleja en cada detalle, como si fuera el sol en una gota de rocío.” Y a pesar del carácter de celebración, de estas concomitancias con el concepto que en occidente se percibe de la poesía oriental, es una poesía, la de Adam Zagajewski, claramente enmarcada en el mundo moderno y dentro de su propia tradición. La poesía polaca, especialmente en el siglo XX, ha intentado mantener siempre una relación muy cercana con el lector, el poeta se sabe miembro de una comunidad, y sabe que las tragedias históricas no son meros hechos, son circunstancias de participación. Pero, a la vez, la tragedia histórica se refleja en cada una de las personas que, lo quieran o no, se ven impelidas a participar de la misma. Es, pues, una tragedia particular, un reflejo en el detalle. En la “escuela poética polaca” no encontraremos que el poeta se queda ensimismado en los propios problemas. La realidad entreteje un mundo de relaciones en las que estamos atrapados como en una telaraña. El poeta ve el peligro que le acecha, y a la vez no puede dejar de mirar la luz del sol que traspasa la telaraña en un momento determinado. El horror y la belleza. Nuestro mundo compartido.

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Ya que nos hemos adentrado en la tradición, será necesario destacar, no podía ser de otra manera, la marcada conciencia de la historia, apuntada muchas veces en la poesía de Zagajewski en un solo verso que funciona como contrapeso a la epifanía que acaba de aparecer o a la que está a punto de aparecer, creando así una sensación de iluminación y de choque de conciencia moral simultáneamente en el lector, y es éste un gran hallazgo y una de las claves del éxito de su poesía. Nos recuerda que un lago se llamaba Adolf Hitler, que cuando Europa se duerme, Bosnia está en los brazos de Serbia, en el poema Kathleen Ferrier (Antenas) nos recuerda que también era la época de Goebbels, y estaba tanto la voz de la contralto inglesa como la del ministro de propaganda del III Reich, en Griegos dice que le gustaría haber sido contemporáneo de los griegos, hablar con los discípulos de Sófocles, pero, por desgracia, cuando él nació “todavía vivía y gobernaba / el georgiano picado de viruelas y sus lúgubres policías y teorías”, o también la sombra de la historia en los siguientes versos: “en la penumbra de una espesa floresta quizá se oculten las sombras / de los que vivieron poco, con temor y sin esperanza, las sombras / de nuestros hermanos y hermanas, las sombras de Kolyma y Ravensbrück, / ángeles pobres de negra salvación, y nos miran con avidez”, o también, del libro Antenas, el poema “Jedwabne”, que representa un escollo insalvable en la traducción, donde asistimos otra vez a esta agridulce combinación de horror y belleza en una recreación lingüístico-cultural que es la base del poema.

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Joseph Brodsky afirmó, en un ensayo a propósito de Tsvietáieva, que “en el arte se alcanza un nivel tan alto de lirismo que no hay ningún equivalente físico en el mundo real”. Son estas dosis elevadas de lirismo las que encontramos en la poesía de Zagajewski a través de la feliz combinación de los elementos presentados. El tono y la voz poética, el carácter epifánico combinado con los elementos de carácter histórico o de carácter moral en otras ocasiones, la ironía perfectamente dosificada, el equilibro entre la cotidianeidad y el estilo elevado, la celebración y también el tono elegíaco que se transforma en canto, en celebración de nuevo, caracterizan y hacen inconfundible la poesía de Adam Zagajewski. Y son estos elementos, aparte de una cierta cadencia en el lenguaje que hay que reproducir, los que no se pueden perder a la hora de trasladar su poesía a otra lengua. El traductor deberá encontrar también las soluciones en su propia tradición para llegar a este equilibrio. Los conceptos abstractos determinan una jerarquía de valores, el tono determina una manera de ver y describir el mundo, la ironía es un antídoto ante la excesiva pomposidad en que se puede caer con el lenguaje, o un antídoto contra la seriedad y la tragedia de nuestra época, la epifanía determina que llegamos a una comunión con lo misterioso. Y de ahí surge la poesía. El mismo Zagajewski explica que al igual que de repente bajo la pala del trabajador brilla el espejo del oro, en nuestra rica cotidianeidad se topan entre sí momentos mortales y elementos inmortales. Así también en la poesía, en su poesía que nos permite acceder a estos momentos inmortales. No es de extrañar la recurrencia de los motivos pictóricos en su obra, y entre éstos, la elección de la pintura flamenca (como en el poema Pintores holandeses, de Tierra del Fuego). La pintura flamenca es el perfecto correlato de la poesía de Zagajewski, está el mundo de los interiores (en un doble sentido de la palabra), las escenas cotidianas, el juego de los claroscuros, y la súbita iluminación que aparece en el lugar e instante precisos.


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¿Podríamos hallar algunas afinidades electivas de la poesía de Zagajewski en el contexto contemporánea? Son unas afinidades que nos permiten dilucidar que no está solo en esta búsqueda de lo inefable, del misterio, sin renunciar a la claridad. Si tuviera que citar a algunos poetas, los primeros que presentaría son el escocés John Burnside y el sueco Tomas Tranströmer. No obstante, en el gran poeta sueco la presencia de la muerte como elemento de misterio, de encuentro, cobra mucha más importancia que en la poesía de Zagajewski. Si nos centramos en el ámbito de la producción en España, el primer nombre que considero que persigue elementos comunes a los de Adam Zagajewski es el de Álvaro Valverde, con su voz serena, con sus paisajes (muy diferentes, por otra parte, de los del poeta polaco) que acompañan en la reflexión, y la hondura moral que trasluce su poesía.

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Buscamos un instante de belleza. Puede ser una manzana dorada por el sol de invierno, sola, en un frutero que no constituye una naturaleza muerta; el andar armonioso de una joven que despierta el deseo; los guijarros que ruedan lentamente por la grava de la playa. Lo imprimimos en la memoria, pero las preocupaciones cotidianas parecen borrarlo, como si no hubiese existido. Y no obstante, fue real. Lo sabemos. Pero ya no podemos expresarlo, porque nos acucian las facturas del teléfono, qué vamos a hacer para comer. Como en un recuerdo, después lo encontramos en un poema. Y decimos, sí, yo también lo vi. No es ahora un pálido reflejo, antes bien, brilla como un anillo en una ciénaga. Con toda su intensidad. Es el encuentro con lo innombrable a través del lenguaje. La recuperación, la memoria en el lector. El proceso de lectura ante un poema de Zagajewski.

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El tono de la poesía Adam Zagajewski se amolda perfectamente en cada nueva tradición, en una nueva lengua. Es particular y universal. Formar parte de una rica tradición, y ser uno de los continuadores de los grandes nombres de la poesía polaca que alcanzó su esplendor en la segunda mitad del siglo XX (con el cuadrunvirato conocido fuera de las fronteras: Czeslaw Milosz, Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska, Tadeusz Rózewicz) no es óbice para poder integrarse en otras tradiciones.  No representa extrañez alguna su poesía dúctil, pausada, a veces meandrosa. Es como si escucháramos la voz de alguien que está haciendo una confesión, para parafrasear otra vez a W. H. Auden, una confesión donde se encuentran todas las contradicciones de nuestro deambular por los caminos de la historia, de la realidad, de las impresiones que de ambas se derivan. Una confesión que, como dice en uno de sus poemas acerca de la poesía, es una búsqueda de resplandor. Ahí radica la singularidad y la fuerza de sus poemas, y ahí está tal vez el secreto del éxito de su poesía en España.

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