MANUEL ACUÑA: NECROLOGÍA DEL RIMAR AUSENTE

viernes, diciembre 16, 2011



Nació en Sahuayo, Michoacán en 1964. Biólogo, poeta y cuentista. Ha colaborado en columnas semanales de los periódicos: Provincia, Tribuna y Vox Pópuli; y en la sección poética de la revista Expresión Tecnológica, del Instituto Tecnológico de Jiquilpan. Poemas suyos aparecen en el libro “Follaje de palabras” (1996). Fue premiado con mención honorífica en el certamen de poesía de los Juegos Florales Villamar, 2004.
Tiene en prensa (para su próxima publicación) el libro de narrativa: “La vida imita al arte: personajes sin tiempo”.



Algunas publicaciones en la red:
El bote de Colón: “Metamorfosis”
RASABADÚ: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Página de Edgar Omar Avilés, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2008): “Lío Letal”Vox Pupuli: “¡Salvemos al Amigo Lore!”


ALGUNAS  PUBLICACIONES SUYAS EN INTERNET:

El bote de Colón: “Metamorfosis”
http://www.elbotedecolon.blogspot.com/

RASABADÚ:  ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL BIOMBO? (Página de Edgar Omar Avilés, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2008): “Lío Letal”
http://www.rasabadu.blogspot.com/2007_08_10_rasabadu_archive.html

Vox Pupuli: “¡Salvemos al Amigo Lore!”
http://www.voxpopulis.com.mx/2009/05/personajes-de-sahuayo/

Blog del autor: http://maniacotextual.blogspot.com/ 


MANUEL ACUÑA: NECROLOGÍA DEL RIMAR AUSENTE
 

    No nos es difícil entrever la trágica tensión tras el telón de fondo cargado de presagios de aquella tarde del viernes 5 de diciembre de 1873. Dos poetas pasean por la Alameda mexicana después de pasar juntos la mayor parte del día: Juan de Dios Peza y el estudiante zacatecano de medicina Manuel Acuña –quien a la postre será considerado uno de esos promisorios talentos, insólitamente coartados por mano propia–, poetas cuya proximidad se erige en la hermandad y el abrojo trashumante del escritor provincial afincado en la metrópoli, versados en la contracorriente lírica que se gestó en el México positivista de entonces, a partir de la Sociedad Netzahualcóyotl –fundada por el propio Acuña–, donde la palabra sangra en la  camaradería del antro y el café, tanto como la idea voraz por el desvelamiento, la noción de la sombra, y el alumbramiento intempestivo del decir poético. Peza pormenoriza aquel último encuentro, en su libro Memorias, reliquias y retratos (1900): 

“El viento arrancaba las hojas amarillentas de los fresnos y los chopos que al caer bajo los pies del poeta atraían sus miradas de tristeza. “Mira –me dijo, mostrándome una de esas hojas que aún guardo secas por haber señalado con ella un capítulo del libro que leíamos aquella tarde (Les Feuilles  d´Automne, de Victor Hugo)– mira: ¡una ráfaga helada la arrebató del tronco antes de tiempo!” Allí me recitó la poesía El génesis de mi vida, que alguien extrajo de sus papeles el día de su muerte. Era una poesía lindísima, de la cual vagamente recuerdo uno que otro verso”.    

        Al anochecer se despide de su mejor amigo en la calle  de Santa Isabel, frente a la casa de Rosario de la Peña (la musa de Nocturno a Rosario). El diálogo del adiós semeja la representación del drama El pasado –única y triunfante obra teatral venida de su fugaz inspiración–. Coloquio final documentado por Caffarel Peralta (1999), en El verdadero Manuel Acuña2:

–Mañana, a la una en punto, te espero sin falta.
–¿En punto? –interroga Peza.
–Si tardas un minuto más…
–¿Qué me sucederá? –insiste su amigo.
–Que me iré sin verte –puntualiza Acuña.
–¿Te irás adónde?
–Estoy de viaje… sí… de viaje… lo sabrás después.

    Tal como lo refiere Caffarel (op.cit.), esa noche Acuña entra en la casa de Rosario (a quien conociera un año atrás en la residencia del General Joaquín Téllez). Peza se aleja apesadumbrado porque advierte que el poeta sufre una grave crisis. Entrada la noche, Acuña retorna a su aposento en la escuela de medicina y quema la mayor parte de sus papeles. El fatídico día siguiente (6 de diciembre) se levanta muy temprano, ordena su habitación, se asea y escribe cinco cartas –una de ellas para su madre–. Sale de su habitación a las doce y se encamina a la imprenta. Después regresa a la Escuela de Medicina, pasado el mediodía, entra en su cuarto para no salir más. “Haga usted que no despedacen mi cuerpo…” le escribe en una de las cartas al prefecto, indicándole que el veneno que ingiere es cianuro de potasio, para que no se le practique la autopsia a su cadáver, suplicándole dispensas ante el director, por haber tomado esa determinación  en el establecimiento educativo. En otro pliego, puntualiza Caffarel, traza estos patéticos renglones:

“Lo de menos era entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importen a ninguno; baste con saber que nadie más que yo mismo es el culpable”.

    Es difícil resistirse al morbo de conjeturar qué habría acaecido si su mejor amigo, Juan de Dios Peza (quien había llegado puntual a cumplir la cita concertada), no es obstruido por la inoportuna charla de quien lo demora en la puerta de la escuela, o traducir los instantes precisos con que Acuña, de escasos 24 años, avistando la tardanza, perpetrara la autoinmolación. Perturba la idea de que Peza, descubriendo los móviles del acto, pudo haber hecho desistir de su propósito a Manuel, Pero ¿cuáles eran los motivos reales? Quizás nunca se sepan. Se propondría un sugerente acopio de desgracias, con la muerte temprana de su padre, a la cabeza,  ocurrida dos años atrás; las deplorables condiciones económicas y las duras críticas a su obra teatral, tachada de nihilista, o el embarazoso nacimiento del hijo ilegal que procreara con la poetisa del grupo, Laura Méndez (primogénito muerto infortunadamente de bronquitis a los tres meses de edad, 41 días después de su deceso); la atrofia de los pies, que lo hacía tambalearse al caminar, o el desengaño amoroso con Rosario de la Peña…
     Fueran cuales fueran las circunstancias impulsoras de su deceso, no queda sino restregarle esa pregunta al vacío. La magnitud poética a la que pudo aspirar de haber vivido escasos años más, el propio Juan de Dios Peza en sus memorias lo reafirma:

“Los versos de Acuña han recorrido todos los dominios de la lengua castellana y en todas partes los admiran y los repiten, pues entre ellos hay muchos que bastan para revelar su genio. Acuña fue víctima del hastío, de la nostalgia moral, de esa enfermedad sin nombre que marchita las flores del alma cuando apenas están en capullo. En sus últimos días vivía de una manera extraña: sus vigilias eran constantes; leía y escribía hasta el amanecer; gustaba de tomar un café espeso, al que llamaba Manuel Flores «el néctar negro de los sueños blancos» y aparentaba una jovialidad que servía de antifaz a su secreta tristeza. Su trágica muerte es el resultado de un extravío cerebral: nadie aparece como causa de ella y son consejas triviales las que corren en boca del vulgo. […] Acuña, «si tan prematuramente no se roba a su propia gloria» sería hoy una de las más altas personalidades literarias de México. Las composiciones que dejó escritas revelan todo lo que pudo llegar a ser: el destino apagó la llama de su vida, pero no logrará extinguir su imperecedera memoria”.

     En su breve obra queda el último soneto, dedicado a su mejor amigo la víspera de su deceso. En éste se podría rastrear la exudada hiel de un desencanto amorfo, nebuloso, entre los tétricos rincones de las letras, entremezclado a ese desplome fraternal, desenfrenado, de un corazón humeante y “decidido”.   




A un arroyo

                                     A mi hermano Juan de Dios Peza

Cuando todo era flores tu camino,
cuando todo era pájaros tu ambiente,
cediendo de tu curso a la pendiente
todo era en ti fugaz y repentino.

Vino el invierno con sus nieblas vino
el hielo que hoy estanca tu corriente,
y en situación tan triste y diferente
ni aún un pálido sol te da el destino.

Y así en la vida el incesante vuelo
mientras que todo es ilusión, avanza
en sólo una hora cuanto mide un cielo;

Y cuando el duelo asoma en lontananza
entonces como tú cambiada en hielo
no puede reflejar ni la esperanza.


REFERENCIAS
Caffarel Peralta Pedro. 1999. El verdadero Manuel Acuña. U.N.A.M. 124 pp. 
Peza Juan de Dios, 1900. “Manuel Acuña”, en Memorias, reliquias y retratos. México. D. F. Editorial Porrúa.


3 Comentarios:

Anónimo dijo...

Este cuerpo es un equipaje,
solo polvo,materia humana,
con la muerte,inicia la travesia,
con boleto de un solo pasaje,
de la vida a la eternidad...
El alma.
no sabia los detalles historicos de la muerte de M. Acuna,dificil es descubrir los secretos que el corazon de un poeta encierra.
felicidades jesus por tu aporte a la cultura y la historia universal.
Roberto G.

Anónimo dijo...

ese bilologo hasta ajedrezologo, eso es todo biologo . arriba la prejosvi con el ingeniero

Anónimo dijo...

Manuel Acuña fue coahuilense, no zacatecano.
Por lo demás queda decir que son muy buenos datos, ¡gracias por compartirlos!.