ALBERT AYLER por Francisco Javier Irazoki

viernes, enero 13, 2012

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.











                         ALBERT AYLER



          Veo la fotografía que le hicieron cuatro meses antes de su muerte. En la imagen, una cabeza suda bajo el sombrero oscuro, y la boca abierta sugiere el resuello del saxofonista que acaba de esforzarse en el concierto. Es un hombre joven, de treinta y pico de años, pero la perilla blanca anuncia su vejez prematura.
          Albert Ayler (Cleveland, 1936 – East River, 1970), a quien ahora llaman chamán y aduanero Rousseau del free, es el arquetipo del artista desasosegado. Y ya en la infancia encuentra los dos sitios para expresar su angustia: la fanfarria y la iglesia. En la primera de ellas, la libertad ruidosa que necesitará a lo largo de toda su juventud. En la segunda, un misticismo que supera los límites modestos de la comunidad negra en que vive el niño. Tiene éste un padre músico que participa en los oficios religiosos. 
          Pobre pero con estudios musicales, toca el saxo en los entierros y entra en grupos de blues y rhythm’n’blues. Cumple el servicio militar en los alrededores de Orleáns y, enrolado en la banda del ejército norteamericano, atraviesa los Campos Elíseos de París. A la noche se transforma cuando improvisa en las jam sessions del club Caméléon. Consigue escaso éxito, pues sus propuestas son demasiado radicales. Los testigos recuerdan la versión demoledora de La Marseillaise con que Ayler pincha el orgullo del auditorio.
          Regresa a su país, pero prefiere los fríos de Escandinavia. Actúa en los metros de Suecia, y en uno de ellos llama la atención del productor que apuesta por él. El primer disco sale en 1962. Al año siguiente son los daneses quienes le editan My name is Albert Ayler, que incluye una versión de Summertime.
          Se refugia en el Greenwich Village neoyorquino. Viaja de nuevo a Dinamarca, a menudo escoltado por el baterista Sunny Murry y ayudado por el trompetista Don Cherry. De vez en cuando los acompaña un joven trompetista, Don, hermano de Ayler. El álbum que al fin le editan sus compatriotas pasa inadvertido. El free jazz lo aprecian los pocos que eligen el mismo camino: Redescubrían las raíces africanas de la música. Los sonidos eran más importantes que las notas. El free se imaginaba como jazz rabioso, una música de bullanga nocturna, una declaración de belleza convulsiva, acierta el crítico Yann Plougastel.
          Ocurre además que el free jazz de este antiguo jugador de golf lleva materiales menos esperados. Cantilenas infantiles, ráfagas del gospel y marchas militares, temas proletarios. Mezclados en “un caos jubiloso”, vuelve a definir Plougastel.  
          Tampoco faltan gozos en la biografía de Ayler. Por ejemplo, disfruta al encargarse, en 1966, de la banda sonora de New York eye and ear control, una película de Michel Snow. Conoce también la amistad: John Coltrane es su compañero fiel, dispuesto a curarle el ánimo o a apoyarlo económicamente. Cuando Coltrane enferma, pide que Albert Ayler y Ornette Coleman toquen en su entierro. Así lo hacen. El poeta LeRoi Jones es otro de los amigos. Y el testamento musical de Ayler, sus conciertos en los jardines de la Fundación Maeght, en Saint-Paul-de Vence (Alpes Marítimos), forma parte de la historia del jazz. Estamos en julio de 1970. La novia del músico, Mary Maria, suelta onomatopeyas con cadencia monótona.             
           Su Holy Ghost, rare and unissued, cofre de diez discos, recibe el Premio de la Academia Charles-Cros.           
              El 25 de noviembre de 1970, el cuerpo grande de Albert Ayler, que había desaparecido tres semanas antes, es sacado del río East. El atestado policial no es un modelo de perspicacia: el músico de 34 años se había ahogado. Los conflictos con la madre reprensora, la enfermedad del hermano, la fragilidad íntima y una buena colección de fracasos siguen hinchando el fantasma del suicidio.     


FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)