JACEK DEHNEL. LA MADUREZ DE UN JOVEN POETA por Xavier Farré

viernes, febrero 03, 2012

L’Espluga de Francolí, 1971 es poeta y traductor. Traduce del polaco y del esloveno. Cabe mencionar sus traducciones de Czesław Miłosz (Travessant fronteres. Antologia poètica 1945-2000, Proa, Barcelona), de Adam Zagajewski (Tierra del Fuego/Terra del Foc, Deseo, Antenas, todas en Acantilado, Barcelona) y los ensayos de Zbigniew Herbert; y del esloveno, las traducciones de Aleš Debeljak (La ciutat i el nen, Barcelona, Edicions la Guineu) y Lojze Kovačič (Los inmigrados, Siruela, Madrid).
Como poeta, ha publicado Llocs comuns (Lugares comunes) (2004); Retorns de l’Est (Tria de poemas 1990-2001) (Retornos del Este –Poemas escogidos, 1990-2001) (2005); Inventari de fronteres (Inventario de fronteras) (2006). En 2008 aparece su último libro de poemas: La disfressa dels arbres (El disfraz de los árboles). Algunos de sus poemas han sido traducidos al croata, esloveno, inglés, polaco y sueco.




 
JACEK DEHNEL. LA MADUREZ DE UN JOVEN POETA

La juventud es un valor. Lo saben todos los que se dedican a la publicidad, las grandes compañías que buscan un público consumidor (que tiene que aunar la voluntad, o el deseo más bien, de quedarse encerrado en esa burbuja que es la infantilización de la sociedad con el poder adquisitivo que uno puede llegar a tener a una edad ya más adulta), lo saben las empresas de cosméticos al presentar cualquier antídoto contra el paso inevitable del tiempo. Y lo saben las editoriales, que se afanan en buscar nuevos valores en autores cada vez más jóvenes. La huella de Rimbaud es demasiado profunda y sigue marcando esta tendencia. Y en el campo de la poesía, se suele considerar, erróneamente, que los primeros libros hay que publicarlos lo más pronto posible, con 20 años o con menos. Mientras que se deja la narrativa a una cierta “madurez” (aunque también hay casos de cierta precocidad, como cuando Thomas Mann publica sus Buddenbrook con 25 años). La mayoría de estos intentos de presentar a una nueva estrella literaria, a un nuevo valor joven, acaban en agua de borrajas. Las virtudes que pueden presentar los autores jóvenes se ven muchas veces menoscabadas por la falta de conocimiento de la tradición, por no tener una voz plenamente configurada o por las ganas de sorprender a través de algunas peripecias con el lenguaje que no acaban de tener una base sólida. Pero no siempre es así. De vez en cuando, puede aparecer un autor joven con una conciencia clara de cómo manipular el lenguaje, con un conocimiento profundo de la tradición, con una voz que sorprende por lo que se ha venido a llamar de manera consensual una voz madura. Es decir, ya establecida y fijada y reconocible. Es ésta una situación que ocurre con muy poca frecuencia, pero que se puede reconocer al acto, tan sólo con leer un par de poemas.
Jacek Dehnel nace en Gdansk en 1980. Publica su primer libro el año 1999, de prosa. El primer libro de poemas espera unos pocos años, y aparece en 2004. Desde entonces, ha publicado 4 libros de poemas (más dos que son recopilatorios), 6 libros de prosa (entre cuentos, semblanzas y novelas) y ha traducido a dos poetas con sendos volúmenes (al letón Karlis Verdins y a Philip Larkin). Es un autor no sólo precoz sino además prolífico, a juzgar por la obra que ya ha publicado. Y en todas las vertientes de su creación el lector puede encontrar elementos que prueban su solidez como uno de los autores a tener en cuenta de la literatura polaca contemporánea. Un uso refinado y conciso del lenguaje, una maestría a la hora de componer un poema con un conocimiento profundo no tan sólo de su propia tradición sino también de la mejor poesía europea que ha dado el siglo XX, una capacidad de crear imágenes y de mantener en vilo la atención del lector. No es de extrañar que uno de los primeros libros de poemas que publicó llevase en la faja de promoción una nota del premio Nobel Czeslaw Milosz.
En los primeros libros de Dehnel se encuentra un juego metaliterario constante, quizás excesivo en algunos momentos, que da fe del intento de Dehnel de mostrar y demostrar su erudición. Quizás sea éste el único inconveniente que se le puede atribuir a su creación, pero por otra parte es completamente normal teniendo en cuenta la juventud del autor (en contra de otros poetas jóvenes que llegan a jactarse de su falta de saberes, o que intentan indicar de esta manera que éstos ya no tienen valor alguno en la sociedad contemporánea). Por encima de todo, lo que destaca de su obra es la capacidad de observación (fundamental para cualquier poeta), el gusto por el detalle que siempre nos da más información de nosotros mismos de lo que llegaríamos a pensar, y también la manera cómo trata el tema, a través de la metaforización, de la imagen. Dehnel aprende perfectamente la lección de que la distancia es necesaria para poder poner orden al pensamiento y al sentimiento. Que todo está dicho y todo se puede volver a reformular. Como en el siguiente poema, un poema de amor cuya virtud se encuentra en una mirada diferente:

DESHIELO
Para P. T.

Se derrite la nieve. El cielo se ve más que de costumbre,
arriba, como siempre, abajo, con premio: enormes
depósitos de líquidos espejos azules. Alrededor, liberada
de los hielos, la desgarrado anarquía del deshielo,
ya compacto, ya lodoso: cimas de árboles sobre el agua,
migraciones de roedores, unas nubes velozmente
desordenadas. En los bosques, los restos de nieve emblanquecen
como deshechos de la transformación de las estaciones del año.

Tan sólo el puente y el río ponen freno a toda esta
confusión: hay norte y hay sur, flujo, corrientes, cuencas
marítimas, pistas forestales. Un camino que nos guía,
y que une ciudades, y gente en las ciudades.

Que estemos juntos es una parte de este orden,
como el ritmo de los árboles en los arcenes, la regularidad
de las calles, los rumbos, las fases de la luna, las mareas,
mi cuello almidonado, tu jersey ajustado, mi almohada izquierda,
la tuya derecha. Una relación: aquello que mantiene juntos
dos átomos de hidrógeno, un átomo de oxígeno.
En el tren Gdańsk-Varsovia, 30. III. 2005[1]
La ironía es otro de los elementos que sustentan muchos de los poemas de Dehnel, gracias a ésta consigue la distancia antes ya mencionada. Es una ironía en la que la gravedad del tema o la erudición del mismo se ven reducidas, dotando al hecho que se explica de una cotidianidad, de una contemporaneidad. Así, las épocas pasadas, muy frecuentes en su poesía, se convierten en actuales y muestran la actuación del género humano, a veces absurda, a veces ridícula, y con frecuencia tan fútil que no nos queda sino descubrirnos ante ella. La ironía se ve acompañada de la estrategia de la máscara, tan fértil en la poesía del siglo XX. El autor pone la voz a un personaje histórico que reflexiona o emite un discurso que es entendido como un mensaje sobre nuestra propia naturaleza. En Dehnel, esta estrategia cobra unos tintes diferentes al cambiar los roles históricos (en uno de sus poemas, Federico García Lorca se convierte en un abogado) o también al hacer hablar a personajes anónimos pero no como si estuviesen vivos en su época. Es así como lo plantea en el siguiente poema, que nos habla desde la fría piedra de un sarcófago:

SARCÓFAGO DE LOS ESPOSOS DE MAESTRO ETRUSCO DESCONOCIDO, VI a. n. e.
A la profesora Jolanta Szatkowska

Querida, he pagado generosamente al escultor
que tan bellamente ha modelado nuestra imagen,
y todavía hoy, cuando la historia ha borrado
toda Etruria de esta tierra quemada,
la arena no ha borrado la sonrisa de nuestros labios.

La sangre en nuestras venas de muselinas azules
ha amarrado como barcas endurecidas,
como largas barcas, drakkars del norte,
en alguna orilla, supuestamente conocida
pero del todo extraña.
                                   ¿Han traído los pájaros
en las alas de tus cejas ennegrecidas el frío
que marchitó el jardín de rosas de tu semblante?
La sangre en nuestras venas…
                                               Peines de hueso
encallados en la maraña de los cabellos,
y en la muñeca una pulsera de grueso oro
emite un triste ruido.

Lo que amaste, lo mandé mostrar
en las pinturas de nuestro sarcófago:
amplios campos, pájaros, músicos,
también cipreses, azucenas y una bailarina,
para que en la eternidad podamos reparar fuerzas
con esta imagen a través de la pupila de la muerte.
Lo sé, y tú, querida, ves el mundo ante ti:
dos japoneses, una alemana y un español,
por las noches los rollizos brazos de la limpiadora.

Generosamente pagué, querida, al escultor,
y él olvidó ponernos cara a cara.
Ahora, por toda la eternidad vemos
el mundo – tan sólo el mundo –, un doloroso suplemento.
Varsovia, 18-19. XI. 2002[2]
En el mundo actual de la velocidad, de las prisas, y de la congelación de la juventud, encontrar a un joven poeta que maneja con habilidad los recursos del género y que es capaz de construir un discurso coherente sin renunciar a la tradición, aunque renovándola, y que no intenta buscar a toda costa una provocación (excepto la intelectual) representa un hallazgo de primer orden. En casos así, uno le devuelve toda su confianza a la literatura.


[1]     Este poema aparecerá en la antología Poesía a contragolpe (Antología de poesía polaca contemporánea), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza (en prensa).
[2]    Ídem.

0 Comentarios: