JAN KASPER (II). LA SALVACIÓN DE LO CONCRETO por Xavier Farré

viernes, mayo 04, 2012

L’Espluga de Francolí, 1971 es poeta y traductor. Traduce del polaco y del esloveno. Cabe mencionar sus traducciones de Czesław Miłosz (Travessant fronteres. Antologia poètica 1945-2000, Proa, Barcelona), de Adam Zagajewski (Tierra del Fuego/Terra del Foc, Deseo, Antenas, todas en Acantilado, Barcelona) y los ensayos de Zbigniew Herbert; y del esloveno, las traducciones de Aleš Debeljak (La ciutat i el nen, Barcelona, Edicions la Guineu) y Lojze Kovačič (Los inmigrados, Siruela, Madrid).
Como poeta, ha publicado Llocs comuns (Lugares comunes) (2004); Retorns de l’Est (Tria de poemas 1990-2001) (Retornos del Este –Poemas escogidos, 1990-2001) (2005); Inventari de fronteres (Inventario de fronteras) (2006). En 2008 aparece su último libro de poemas: La disfressa dels arbres (El disfraz de los árboles). Algunos de sus poemas han sido traducidos al croata, esloveno, inglés, polaco y sueco.





JAN KASPER (II). LA SALVACIÓN DE LO CONCRETO

Cuando se construye un mundo propio a través de las palabras, las historias se entremezclan, empiezan a borrarse, a difuminarse, hasta que el escritor, el poeta las vuelve a delinear, las rescata de la niebla en la que estaban sumisas. Son las historias particulares, las que quedan grabadas en la mente de la persona y que, de repente, vuelven a aparecer, cobran un nuevo significado y tenemos la sensación de que explican algo oculto que hasta aquel momento no habíamos percibido. No sabemos qué resorte se ha tenido que activar para que las imágenes, los recuerdos vengan a nosotros y nos obliguen a rescatarlos, a darles una forma para que se puedan plasmar en el papel. En muchas ocasiones, esta actividad, que puede surgir de manera inconsciente, comporta una labor de reconstrucción en la que el contexto es necesario. Así, la historia particular toma contacto y se entrelaza con la historia externa, esa historia compuesta por los aspectos sociales, por unas conductas determinadas, por la política, por cómo la gente responde ante la época que le ha tocado vivir. El poema, el cuento, el fragmento de prosa explica entonces no tan sólo algo de nosotros mismos, sino de cómo nosotros nos veíamos en ese contexto del que, en el fondo, no sabemos nunca si podemos separarnos. No es éste un aspecto que se dé en todas las tradiciones literarias. No voy a hacer aquí una clasificación en cuanto al uso o no de esta conexión, ya que siempre se cae en generalizaciones. Pero ya que éstas son necesarias algunas veces, presentaré algunas líneas básicas para ejemplificar la afirmación que he hecho en las líneas anteriores. Con un repaso a la poesía norteamericana más reciente, podremos observar que la historia se centra en un individualismo muy marcado, donde las relaciones familiares más próximas ocupan un lugar de preferencia, donde el poeta centra el poema en lo que a él le ocurre, sin tener en cuenta muchas veces los condicionantes externos. La poesía inglesa va por otros derroteros, allí la geografía, el campo, la observación de la naturaleza pasa a un primer plano, y su importancia es mucho mayor que en poetas de otras procedencias. Aquí también hay que diferenciar la poesía irlandesa de la estrictamente británica. Aunque se escriban, en la mayoría de los casos, en la misma lengua (también existen poetas irlandeses que escriben en gaélico), las diferencias no son de nacionalidad, sería absurdo afirmar esto, además de muy peligroso porque daría pie a remitirnos a algunas ideas del Romanticismo muy cercanas a cualquier manifestación de carácter nacionalista. No, las diferencias no son de nacionalidad, sino de la manera cómo tratan el tema que les interesa en el poema. Las circunstancias históricas y políticas de las últimas décadas en el mundo irlandés, sobre todo en la Irlanda del Norte, ha provocado que los poetas no puedan desligarse de ese contexto y se hayan embarcado en una búsqueda de explicaciones (más que para el lector, para sí mismos) del hecho que comporta vivir bajo unas condiciones y no otras. No es de extrañar, siguiendo esta línea, el interés que haya despertado en una mente tan lúcida y atenta a los avatares de su época como es el poeta Seamus Heaney autores de la llamada Europa del Este, donde la historia es casi un elemento omnipresente que lo condiciona todo. La historia externa como configuradora de la historia particular. Así, poetas como Czesław Miłosz, Zbigniew Herbert, Tadeusz Różewicz o también el checho Miroslav Holub han tenido siempre una presencia, casi como de figuras en cierta manera tutelares, para el autor de Norte.
Uno de los cambios que han dejado una huella más perceptible en la poesía polaca de los últimos años es el abandono precisamente de esta historia externa, como si fuera excesiva (sí, ha sido excesiva), a favor de una introspección libre de cualquier condicionante, a pesar de que sepamos que esto es completamente imposible. Al menos, dentro de la literatura, sí que puede existir esta línea. No obstante, a pesar de que este abandono se haya dado hace ya unos treinta años, como que conviven las diferentes generaciones en un mismo instante de la historia literaria, todavía siguen escribiendo los autores para los que las circunstancias en las que han crecido tienen una importancia fundamental puesto que han sido las que han condicionado su manera de vivir y de ver el mundo. Son los autores nacidos en la década de los 40. La generación posterior empezó abandonando estos aspectos, en un primer intento de liberación. Pero después han vuelto a ella, como es el caso de Jan Kasper, para quien la historia externa entrelazada con la historia particular va cobrando cada vez más importancia. Es especialmente en los dos últimos libros de poemas en los que se percibe con claridad este cambio, llegando incluso en algún momento a franquear la frontera de una abierta politización. Cuando no lo hace puede llegar a instantes de gran condensación poética en la que el perfecto entrelazamiento de las historias consigue una iluminación que desemboca en una revelación metafísica:



CARBÓN

A la profesora Ewa Krygierowa,
mi maestra de polaco en el instituto.


El liceo Piotr Skarga, al que iba hacía
un año, respiraba una atmósfera
de construcción del nuevo régimen. A los ideales
socialistas encajaban incluso nuestros uniformes,
azul marino, con cintas rojas en las perneras y en los puños.
Parecíamos un ejército de élite sin ametralladoras.
La disciplina tenía que tener bien atado
el vigor juvenil: de pie, sentados, una chusma es lo que sois,

y no intelectuales. Pausas cuando paseábamos
en fila alrededor del pasillo; las piernas de las chicas
jóvenes, una difusión de los pensamientos.
El viejo bedel, el señor Antonio, barría las
sombras errantes del zaguán. Teníamos 16 años.
Sordos a la fanfarria del hombre trabajador,
preferíamos las frases eléctricas del rock
que horadaban el cerebro, la transformación

del vino que bebíamos en sesiones de libertad. Pegaban
a los estudiantes con palos, borraban genealogías judías.
Una barraca de feria como era la ciudad de Sz.
que la historia menospreciaba. Un día, inmovilizado
por una corriente de debilidad, me escondí
en la bodega; con avidez fumé el primer
cigarrillo de mi vida. En los montones
del carbón que estaba allí se me apareció el futuro.


La grandeza de un poema se puede medir por la capacidad de síntesis y de multiplicidad de evocaciones y significados en los detalles. En crear todo un mundo cerrado y compacto a partir de una sola frase, de una sola palabra, de una referencia que estalla como unos cartuchos que se echan directamente al fuego, a la mente del lector que tiene que activar la munición. En este poema de Jan Kasper aparecen elementos que lo convierten en un artefacto de gran complejidad, desde el título, con el carbón, sustancia esencial para la Polonia de la época (y también la contemporánea), el nombre del instituto, Piotr Skarga, jesuita polaco y máximo exponente de la contrarreforma en el país, la frase “borraban genealogías judías”, que hace referencia a la persecución de los judíos que continuó después de la segunda guerra mundial y culminó con los hechos de 1968, las referencias al régimen político que destacan en este fondo, y finalmente la historia personal que cobra más importancia para el autor y también el lector.
El último libro de Jan Kasper, Los recolectores de manzanas, abunda en poemas de este tipo, demostrando así que se puede seguir haciendo una poesía donde el pasado aún tiene relevancia, en un país como Polonia, donde los poetas jóvenes parecen hastiados de la más mínima referencia a la historia. Pero volvamos a las preguntas del principio. ¿Cuáles son los mecanismos que se activan para que un autor vuelva al pasado para poder explicarse en una anécdota que puede parecer tan trivial como fumar el primer cigarrillo, en una época sombría en la que, dentro del texto, se subvierte el mito de la felicidad, de la edad de oro de la infancia (y juventud)? ¿Puede reconocerse en este episodio el autor? Porque es y ha dejado de ser a la vez aquel joven, está en él, pero no es él. ¿No es la particularización de un momento, cuando lo separamos y lo detenemos en el tiempo, como una fotografía que congela el movimiento, una manera de escapar a las tenazas de la historia que nos generaliza? Al contrarrestar estos dos niveles, Jan Kasper aporta una lección, la de que el arte nos sirve para abstraernos de la realidad, de la historia, a la vez que nos sumergimos en ella, puesto que uno no puede escaparse a su acción. Es con el lenguaje que lo conseguimos.