LEONARD COHEN por Francisco Javier Irazoki

viernes, junio 08, 2012

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) fue miembro del grupo surrealista CLOC. La Universidad del País Vasco editó en 1992 toda la obra poética que Irazoki había escrito hasta el año 1990. El volumen, titulado Cielos segados, comprende los libros Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. La editorial Hiperión le publicó en 2006 el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.









               LEONARD COHEN


         Mi hermana Nica me hizo escuchar las canciones de un poeta de Canadá, cuando yo era adolescente, allá a principios de los años setenta. Teníamos la traducción de las letras.

        Ahora, barbicano, habitante de otro país y siglo, espero las imágenes y palabras de Leonard Norman Cohen (Montreal, 1934) en una película de Armelle Brusq. 

         Él nace en una familia de inmigrantes conservadores. Su padre, militar, viene de Bielorrusia. La madre, judía lituana que enseña al hijo los cánticos religiosos, huye del estalinismo. Leonard dice no sufrir por las reglas estrictas de la casa, y sólo la muerte paterna evita su ingreso en el ejército profesional.

        Antes de comenzar los estudios universitarios, memoriza las páginas de Federico García Lorca y Willian Butler Yeats, y aprende el cancionero folk. Después, las aulas son un albergue para tocar el banjo y la guitarra con los amigos. De noche, sobre un fondo de música de jazz, lee en público sus poemas.

         A los veintiún años publica el libro de versos Let us compare mythologies, y en la naturaleza del joven se perciben los dos hilos rojos que lo conducen hasta la vejez: la austeridad y un deseo de escapar del remolino urbano. La escritura le parece “lo contrario de la abundancia, lo contrario del lujo. Es más bien un trabajo de trapero”. En 1959 se establece en Hydra, isla griega al sur de Atenas, donde lleva una vida de artista sobrio y apartado. 

         Los críticos elogian la novela (The favorite game), las prosas satíricas (Beautiful losers) y los poemas (Flowers for Hitler) que Leonard Cohen  escribe sin desenfundar su guitarra, y los españoles aguardan las versiones de Antonio Resines, quien saca del sombrero un perro de cristal:
        
         Caminé sobre la montaña con mi perro de cristal.
         Las setas temblaban y pelotas de lluvia

         caían de sus tejados.

         Silbé a los árboles para que se acercaran:

         aprovecharon ávidamente la ocasión:

         manzanas, bellotas saltaron a través del aire.

         Dientes de león por millones

         trastabillaron transformándose en paracaídas. Un viento blanco

         cargado de joyas con la forma de un inmenso rollo de gasa

         se enroscaba en torno a todo miembro moviente.
         Caí lentamente sobre los empapados guijarros.

          Cumplidos los treinta años, Cohen agrega música a sus textos. Reside en el East Village de Nueva York. Leonard, lento y esmerado, se queda boquiabierto comprobando la ligereza con que su vecino Bob Dylan llena cuartillas. Pero la parsimonia del canadiense gusta a Judy Collins, que graba Suzanne, primer éxito de Cohen.

          Leonard toma la determinación de interpretar sus composiciones. Los tres discos iniciales (The songs of Leonard Cohen, Songs from a room, Songs of love and hate) salen entre 1968 y 1971, y contienen un conjunto de aciertos: The partisan, Bird on a wire, Famous blue raincoat, etc. En 1974 edita el poemario Death of a lady´s man.

          El hilo rojo de su austeridad se descolora en este periodo. Ruptura con la madre de sus hijos; abatimientos; amores con Nico y Janis Joplin, recompensadas con dos bellas canciones (Take this longing y Chelsea Hotel). Para los nuevos álbumes (Various positions o I´m your man) se sirve de un sintetizador de baratillo.

          En la última década del siglo XX, Cohen se adhiere a una comunidad zen afincada en Mont Baldy, en las cercanías de Los Ángeles, y dirigida por el monje octogenario Sasaki. Se levanta a las dos de la mañana; medita; friega una pila de tazones, cucharas y palillos; prepara el desayuno de los compañeros.
         Sigue el documental de Armelle Brusq.
         Leonard Cohen, con el cigarrillo entre los labios, describe una comida y su maestro Sasaki figura en el primer verso del poema. La ventana de la habitación da a una arboleda. Con cada bocado, “los grandes pinos se hunden en mi pecho”, lee el cantante.

        
FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
(Del libro “La nota rota”; Hiperión, 2009)